Capítulo 15
U na náusea le subía a Hope por la garganta, y no tenía nada que ver con el mar picado.
Plantó bien los pies mientras la barca cabeceaba de un lado a otro y vio a su compañero a bordo, Anders Larsen, desplomarse hacia delante y golpearse con fuerza la cabeza contra la cubierta.
Pero no podía ocuparse de él: siguió tirando desesperadamente de la cuerda de arranque.
¿Estaría agarrotado por falta de uso o se habría averiado?
Rezó por lo primero. Bastó un vistazo para comprobar que el puerto se alejaba demasiado deprisa.
Entonces dio señales de vida. El motor amagó con arrancar. Volvió a tirar. Nada. Hope probó de nuevo.
—Vamos, cabrón. Ni se te ocurra darme esperanzas para luego quitármelas de golpe.
Hope tiró de la cuerda. Esta vez, el motor arrancó y se mantuvo en marcha.
De pronto se animó. Alzó la nariz helada hacia el viento y buscó un rumbo.
¿Adónde iría Aldo Brace? Si seguía en el puerto, tal vez la estuviera esperando.
Pero ¿cuál era su plan? ¿Volver y matar a más gente?
Hope se estremeció. Estaba helada, en medio de la peor tormenta que había azotado la zona en mucho tiempo, pero por suerte aún no habían alcanzado las aguas realmente embravecidas.
Seguían al abrigo de un saliente rocoso, que amortiguaba el oleaje.
Un poco más mar adentro y la barca no les serviría de mucho.
Pero había otro problema. Aldo Brace había abierto el casco a hachazos. Por suerte, lo había hecho tan chapuceramente que el agua entraba despacio, aunque a un ritmo nada seguro. Aun así, una persona tenía que mantener el rumbo y otra achicar.
—¡Anders! ¡Anders! ¡Despierta de una puñetera vez!
El escandinavo no respondió.
—¡Y una mierda, Anders! ¡Despierta! ¡Te necesito!
Hope había oído el crujido de su cráneo al golpear la cubierta y había hecho una mueca ante el sonido. El pobre debía de estar malherido, pero lo primero era lo primero. Tenía que llevar la barca a tierra antes de hacer nada más. Aunque quizá él pudiera ayudarla.
Hope soltó la caña del fueraborda un momento y se acercó al hombre.
Lo agarró por detrás, por debajo de las axilas.
Tambaleándose con el movimiento de la barca, lo arrastró hasta dejarlo caer junto a la caña.
Lo acomodó, le apoyó un brazo en la caña y orientó la embarcación más o menos hacia el puerto.
Tendría que corregir el rumbo en cuanto avanzaran para compensar la marea, pero podía funcionar.
Miró al hombre, ya colocado, y comprobó que respiraba.
Nada más. En los compartimentos de la cabina de gobierno encontró un pequeño recipiente de plástico y empezó a achicar.
Pero estaba helada. Anders también debía de estarlo.
Seguro que podía encontrar algo con que cubrirlo, porque avanzaban despacio y podían tardar una o dos horas en llegar.
Volvió a la cabina de gobierno, encontró una lona de plástico y cubrió con ella al hombre inconsciente. Después cogió de nuevo el recipiente y siguió achicando. Pero ya empezaba a darle vueltas a otros problemas.
¿En qué demonios se habían metido? ¿Quién era el responsable? ¿Cómo se organizaba algo así? ¿Su llegada tardía lo había trastocado todo de verdad y el culpable había decidido seguir adelante como si todo fuera normal y matar a quien se cruzara? ¿Había siquiera un plan?
Brace estaba implicado, eso estaba claro. Pero ¿cuál era su papel? ¿Un lunático que actuaba solo? Si era así, ¿cómo manipulaba la maquinaria? Hasta hacía poco había jugado al rugby en Estados Unidos y, antes de eso, había disputado partidos por Europa.
Si formaba parte de un grupo de asesinos, ¿qué papel tenía y por qué hacían aquello?
Brace tenía un problema evidente con cualquier relación que no fuera heterosexual, pero ¿era solo eso?
Peter McKinney era gay y había sido el primero en morir.
Pandie, su marido, era el verdadero activista.
Pero ¿hasta qué punto podían controlar lo que ocurría?
Aquello era una locura. ¡Menuda forma tan demencial de matar! ¿No podían usar una pistola y punto?
El agua seguía entrando y Hope tenía la impresión de que el ritmo aumentaba.
Con el pequeño fueraborda, la barca apenas conseguía avanzar hacia tierra.
Quizá las corrientes fueran más favorables más adelante.
Tenía que mantenerse cerca de la costa: si se alejaba más, encontraría unas olas que la barca no soportaría.
Pero si seguían demasiado tiempo allí fuera, Hope acabaría con hipotermia, y a saber cómo lo estaba soportando el cuerpo de Anders.
Hope movió un poco a Larsen y ajustó la caña del timón hasta que la embarcación apuntó al saliente rocoso que los resguardaba del peor embate del temporal.
No había puerto y las rocas rodeaban lo que parecía una pequeña playa, pero tendría que arriesgarse.
Lo importante era tocar tierra y encontrar refugio.
Oyó un gemido desde la popa y, al mirar, la cabeza de Larsen rodó hacia un lado. Hope soltó el improvisado achicador de plástico y se arrodilló frente al hombre. El viento le azotaba el pelo rubio y los ojos se le entreabrían a espasmos, como si intentara volver en sí.
—Anders. Anders, ¿me oyes? —preguntó Hope.
El hombre murmuró algo y la miró sin enfocar, todavía desorientado. Hope le dio una palmada suave en la mejilla y se sorprendió al notar lo fría que estaba. Fuera como fuese, estaba despierto y ella tenía que mantenerlo consciente y tan alerta como pudiera.
—Escúchame, Anders. Estamos en la barca. Aldo nos ha dejado a la deriva. La barca hace agua y estoy intentando llevarnos a tierra. Si no lo consigo, nos ahogaremos cuando se hunda. ¿Me oyes?
—Frío.
Era la única palabra que repetía. Después empezó a hablar en un idioma nórdico, quizá sueco. Hope intentó comunicarse con él, pero el hombre apenas podía balbucear con el castañeteo de los dientes. Tengo que llegar a tierra cuanto antes , pensó Hope, y meterlo bajo techo.
La costa estaba algo más cerca. Eso la animó.
Pero la barca seguía haciendo agua, así que Hope volvió a achicar.
Durante la hora siguiente luchó con todas sus fuerzas para impedir que la embarcación se anegara.
El nivel no dejaba de subir; ya le sobrepasaba los tobillos. Pero la orilla estaba a la vista.
Resultaba casi absurdo, pensó, estar atrapada en una barca que se hundía mientras nevaba a su alrededor.
De joven, en sus mejores tiempos como nadadora, se había imaginado lanzándose al oleaje para rescatar a veraneantes arrastrados mar adentro.
Pero aquellos sueños transcurrían en playas al sol, donde Hope pasaba tanto tiempo luciéndose entre un grupo de socorristas bronceados como salvando vidas.
Ahora estaba en una pesadilla y dependía de unas habilidades que no había perdido, aunque estaban oxidadas.
A medida que subía el agua, la embarcación fue perdiendo velocidad.
Hope calculó la distancia hasta la orilla y creyó que, aunque no era seguro, merecía la pena arriesgarse a llegar a nado.
Pero tendría que llevarse a Larsen, y eso aumentaba mucho el peligro.
Sola, creía que lo conseguiría nueve de cada diez veces; con un pasajero, quién sabía.
Necesitaba algo que lo mantuviera a flote.
Hope registró la barca y sus compartimentos en busca de un chaleco salvavidas, pero no había ninguno.
En cambio, encontró varias defensas en el costado de la embarcación.
Las desató, cogió sus cabos y se las amarró a Larsen, dejando la menor holgura posible.
Mejor que nada. Pero ni de lejos lo ideal.
Tenía los ojos vidriosos mientras la observaba, pero cuando Hope le dio una palmada en la mejilla, la miró sin decir palabra.
—Vamos a nadar hasta la orilla, Anders. No sé si esto va a funcionar, pero te ayudaré, ¿vale? Tienes que nadar si puedes o, si no, agárrate bien a las defensas, a los flotadores.
—Frío.
Fue su única respuesta, pero se puso en pie cuando Hope se lo indicó. Al retirar la lona, Hope vio que las piernas le temblaban de frío y se preguntó si aquella era de verdad la mejor opción. Pero tampoco veía otra salida, si es que aquello podía llamarse una. Era una posibilidad. Nada más.
Hope se ciñó otro tramo de cabo a la cintura y lo amarró a Larsen, dejando algo de holgura para que no le estorbara al nadar.
—Intenta flotar. Deja que te sostengan las defensas —le indicó.
No estaba segura de cuánto entendía ni de cuánto sería capaz de hacer. Le rodeó la cintura con los brazos y lo aupó hasta la borda. La embarcación dio un bandazo repentino y Anders cayó al agua. Hope se zambulló antes de que el cabo la arrastrara tras él.
El frío del agua la sorprendió, pese a lo helada que creía estar ya.
Durante unos instantes se mantuvo a flote pataleando, con la cabeza fuera del agua, y se obligó a respirar con calma.
Ella no llevaba ninguna ayuda de flotación; prefería aferrarse a Anders y aprovechar sus defensas si hacía falta.
Como el oleaje era considerable, Hope solo alcanzaba a vislumbrar a ratos la pequeña playa hacia la que se dirigía.
Superado el impacto inicial del agua helada, empezó a nadar hacia la orilla, pero enseguida notó el lastre de Anders Larsen.
Dudaba que el hombre la ayudara; bastante sería con que pudiera mantener la cabeza fuera del agua.
Tenía que concentrarse, pero el pánico crecía: tal vez no pudiera salvar al hombre que llevaba detrás. ¿Seguiría consciente? ¿Le habría hecho perder el conocimiento el agua helada? Podía estar arrastrando un peso muerto. Literalmente.
Hope apartó la idea durante un rato y siguió nadando, concentrada en la técnica y el rumbo, pero la duda persistía.
A medida que los brazos se le fatigaban, crecía su inquietud.
Cerca de tierra, el mar se embraveció y las olas la zarandearon.
¿Era el cuerpo de Larsen lo que hacía que cada embate resultara más fuerte?
Hope sintió que ya no tenía fuerzas para arrastrarlo; al contrario, era él quien tiraba de ella mar adentro.
Hope se detuvo y tiró de la cuerda hasta llegar a Larsen.
Al alcanzarlo, se le encogió el corazón.
En algún momento, el hombre se había dado la vuelta y flotaba boca abajo.
Intentó sacarlo del agua, pero el oleaje se lo impedía.
Le agarró la cabeza y la alzó por encima de la superficie, pero Larsen no daba señales de respirar.
Los ojos se le llenaron de lágrimas al dejar que la cabeza volviera a caer.
La mente de Hope empezó a nublarse. No podía dejarlo allí.
¿Y su familia? ¿Y la investigación? Tenían que practicarle una autopsia; el cuerpo debía mostrar las lesiones que había sufrido antes de ahogarse.
Mil imágenes le cruzaron la cabeza hasta que recordó que debía respirar.
En agua fría, respira. Tranquila. ¡Tranquila, joder, Hope!
Metió las manos bajo el agua y empezó a desatarse la cuerda de la cintura. Una ola volvió a levantarla y vio la cabeza de Larsen, boca abajo. Musitó un «lo siento» al aire. El cabo se le escurrió y ella se volvió hacia tierra. No pienses, Hope. Hazlo.
Sin el pasajero, Hope notó que avanzaba más deprisa por el agua.
No pensaba. Toda su atención se concentró en cada brazada y cada patada.
La técnica le daba un objetivo y mantenía a raya los pensamientos, que amenazaban con desbocarse.
Seguía siendo una carrera hasta la orilla.
Después vendría otra: encontrar refugio.
Cuando las olas rompieron a su alrededor, Hope sonrió para sus adentros.
Estaba cerca. Cerca de ponerse a salvo. Sintió que una ola la lanzaba hacia delante y una masa de espuma la envolvía.
Se incorporó y notó la arena bajo los pies.
Pero otra ola la derribó y la hizo rodar hacia delante mientras el agua se le metía por la nariz.
Plantó los brazos, consiguió sacar la cabeza y se encontró a unos metros de la playa.
Con un esfuerzo enorme, se puso en pie y avanzó a trompicones hasta quedar fuera del agua. Allí se desplomó y jadeó.
Entonces rompió a llorar. Larsen había muerto. Ella había llegado hasta él, pero lo había perdido. Le vino a la mente la cara de Aldo Brace. Le había dicho a Macleod que aquello era cuestión de supervivencia. Pues bien, allí estaba. Y ahora iba a por Brace.
Entonces se echó a reír con ganas, de forma enloquecida y del todo inoportuna. ¿Ir a por él? Si estoy helada, agotada y necesito ayuda. Tiene que haber algo cerca. Necesito calor. Vamos, chica, mueve el culo o tú también morirás.
Hope se puso en pie. Se tambaleaba, pero se mantuvo erguida frente al viento. Estaba decidida a ver a Brace entre rejas. Por momentos quería algo más, pero era policía y tendría que conformarse con una condena. Y ahora, ¿adónde iba?
Mientras avanzaba penosamente playa arriba, vio la nieve más allá.
Tenía que ir hacia la derecha: mirando la playa desde el mar, la casa quedaba a ese lado.
Podía avanzar pegada a la costa, pero había dos problemas.
No encontraría refugio hasta llegar a la casa.
Además, Brace podía estar allí. Si se lo cruzaba, no estaba en condiciones de enfrentarse a él.
Cuando había consultado la zona por internet, había visto una carretera que partía de la casa.
Hope dejó atrás la playa y cruzó lo que parecía un campo.
La nieve era tan profunda que no asomaba ni una mata de brezo y le llegaba a los tobillos.
Entonces distinguió un bulto blanco que sobresalía del nivel de la nieve.
Corrió hacia él tan deprisa como pudo: un coche, con un pequeño ventisquero en el lado de sotavento.
Rodeó el vehículo y probó la puerta. Se abrió.
Hope se metió dentro y sintió el alivio inmediato de quedar al abrigo del viento.
Refugio, sí. Calor, no. Se inclinó hacia el salpicadero y dio gracias a Dios al ver las llaves puestas en el contacto.
Las giró. El motor tosió. Al segundo intento, arrancó.
Puso la calefacción al máximo y esperó a que empezara a calentar.
Tardó unos cinco minutos. Cuando por fin salió aire caliente, orientó hacia sí todas las salidas de aire.
Aún llevaba la ropa empapada. Miró en la parte trasera y vio una manta.
Había poco espacio, pero se desnudó, se envolvió en ella y se tumbó atravesada sobre los asientos delanteros.
Empezó a cabecear. Ya al borde del sueño, imaginó a Brace regresando a la casa e inventándose una historia sobre cómo habían muerto Larsen y ella.
Después vio el rostro de Macleod. Tenía que volver con él.
Pero el agotamiento pudo más y se durmió.