Capítulo 14 #2
—Y además tiene un culo de infarto —añadió Melanie al ver que Macleod enarcaba las cejas—. No te preocupes, es lo más normal. Es mucha mujer, si sabes a qué me refiero.
Macleod había pillado la indirecta, pero «pillar» se quedaba corto. La insinuación le había pasado por encima como un camión mientras él seguía plantado en mitad de una autopista, incapaz de moverse ante el tráfico que se le echaba encima.
Melanie se acercó y le pasó los dedos por debajo de la barbilla.
—Y ya veo por qué trabaja contigo.
Aquello era más difícil de ignorar. Los cumplidos no abundaban en la vida de Macleod.
Su visión sombría y la gravedad que llevaba arrastrando tantos años no los propiciaban.
Aunque había empezado a liberarse de todo aquello a medida que aceptaba la muerte de su esposa, seguía siendo reservado en el día a día.
Jane solo había conseguido derribar unas cuantas barreras; otras seguían en pie.
Por eso le costaba rechazar de plano a una mujer —y una mujer con el aspecto de la señorita Blayney— que se acercaba y lo halagaba de una forma tan abiertamente sexual.
Mejor disfrutar del momento y olvidarlo en cuanto ella se apartara.
—¿Y te llamo Seoras? —preguntó Melanie mientras la mano le bajaba de la barbilla al pecho.
—Como quieras, Melanie, siempre que te dejes guiar por mí.
—Por muy provocador que suene eso, creo que deberíamos limitarnos al caso.
¿Provocador? ¿Qué he dicho yo de provocador? ¿Y eso de «el caso»? Esto no es una serie de televisión. Macleod se descubrió corrigiéndose y cortó en seco. Es una jugadora. Y de las buenas.
—Por supuesto, tienes razón, Melanie. Ahora, ¿cómo salimos de aquí? O, mejor dicho, ¿cómo salió Johnston de aquí?
La cabeza de Pandie asomó por el agujero del suelo. Miró alrededor y, cuando vio a los investigadores, preguntó:
—¿Necesitan ayuda? ¿Lo han encontrado? La señora Johnston está muy preocupada. En realidad, está fuera de sí.
—No está aquí, Pandie. Por absurdo que parezca, no está aquí. Dígaselo, pero adviértale también de que eso no significa que esté bien. Sencillamente no conseguimos encontrarlo.
Pandie asintió y bajó por la escalera. Melanie Blayney recorría con los dedos la pared más alejada de la ventana en busca de algún defecto o abertura.
Macleod se situó cerca del centro de la sala y observó el entorno: los numerosos cuadros, la disposición de los objetos en el suelo, el lugar donde estaba sentada la criatura y los elementos que atraían la mirada.
—En la pared no hay ningún panel oculto, Melanie. Puedes dejar de buscar.
La rubia se volvió y lo miró con gesto interrogante.
—¿Cómo lo sabes?
—Has ido directa a por la solución rápida: un panel secreto por el que escapar. Pero mira la habitación. Ponte aquí conmigo y observa qué detalles llaman la atención.
Melanie se reunió con él en el centro de la sala y se colocó deliberadamente delante, más cerca de lo que a Macleod le habría gustado.
—Y ahora, ¿qué ves?
—Está la criatura, los objetos del suelo y la ventana rota. Los cuadros son espantosos; me han llamado la atención enseguida. Luego está el panelado, tan uniforme, sin una sola junta. Te hace preguntarte dónde está la puerta, pero no se ve ninguna. Entonces, ¿por dónde sales?
—El techo, en cambio, es anodino.
—Sí —dijo Melanie—. Casi todos los demás techos tienen algún tipo de ornamentación, pero este no. Solo hay dos luces, una en el centro y otra en una esquina, para iluminar esos cuadros.
—¿Y eso qué te hace pensar?
Melanie se inclinó hacia atrás hasta apoyarse en Macleod. El pelo le rozó la cara cuando giró un poco la cabeza y acercó el rostro al de Macleod más de la cuenta.
—Dímelo, Seoras.
—Esa luz no encaja. O, como mínimo, merece que la investiguemos. Una luz en el centro de la habitación es normal, pero la otra parece un añadido de última hora, en el mejor de los casos. Puede que sea algo más siniestro. ¿Y si la puerta estuviera en el techo?
Melanie sonrió, cruzó la sala a la carrera y se plantó bajo la lámpara.
—No veo nada —dijo.
—Hay que abrir la puerta. Si no ves un tirador, busca algo que haga esa función. No hay muchas opciones, por lo que veo.
—La propia luz —dijo Melanie. Dio un salto y agarró la lámpara colgante. Al tirar, la lámpara bajó y el panel al que iba sujeta se abatió, dejando al descubierto una abertura. Una escalera de cuerda se desplegó hasta el suelo.
Cuando Macleod se acercó a la abertura, Melanie estaba debajo, con una mano en la cadera y una sonrisa.
—Buen trabajo, inspector. ¿Subo yo?
Macleod asintió y ella puso un pie en el primer peldaño. Entonces se volvió hacia él.
—Hacemos un buen equipo, Seoras. Eres un gran maestro.
Le acarició la mejilla con suavidad.
—Y tú, Melanie Blayney, eres toda una jugadora. Haz el favor de subir por esa escalera y ver qué encuentras. Iré justo detrás de ti.
Mientras Melanie subía, Macleod procuró no fijarse en el vaivén de su trasero.
Clavó la vista en el suelo y se preguntó cómo afrontar lo que venía.
Descubrir aquellos escondrijos podía obligar al asesino a salir al descubierto y volverlo más temerario, sobre todo porque no contaban con efectivos suficientes ni con la experiencia necesaria para limitarse a detener al culpable.
O a los culpables. Algo le rondaba la cabeza.
Una intuición. Por mucho que la señorita Blayney se pareciera a Hope por fuera, no era una detective como su compañera.
En aquel momento deseó que Hope estuviera allí.