El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

— S eñor Smith, venga conmigo. Tenemos que encontrar esa habitación de arriba —dijo Macleod, señalando al joven, que parecía conmocionado—. ¡Ahora, Smith! Tenemos que averiguar adónde ha ido Johnston.

Macleod esperó a que el joven reaccionara y luego lo siguió fuera de la biblioteca, por el pasillo y escaleras arriba. Corrieron por otro pasillo hasta que Smith se detuvo en seco.

—Aquí debería haber una puerta. Esto era una zona de despachos, un lugar donde trabajaba el señor Macaulay. Inspector, aquí mismo había una puerta.

Macleod examinó el panelado de madera maciza que recorría el pasillo y no vio ninguna irregularidad. Había cuadros en la pared, pero ni una junta ni una puerta. Desesperado, pasó las manos por la madera en busca de alguna imperfección que delatara un panel falso. No encontró nada.

—Lléveme por fuera, alrededor de la habitación.

Smith lo miró sin comprender.

—Quiero inspeccionar todos los lados, a ver si encuentro una entrada.

Smith por fin lo entendió y echó a correr por los pasillos.

Primero inspeccionaron lo que, por lo que alcanzaban a deducir, debía de ser el lado este de la habitación, pero tampoco allí había acceso.

Por el sur había una estancia contigua; Macleod examinó la pared y no encontró ninguna forma evidente de abrirse paso.

Ya en el lado oeste, se topó con otro pasillo sin puerta allí donde debería haberla.

—Hay puertas que llevan a las habitaciones que quedan más allá, pero ninguna da a la que buscamos. ¡Maldita sea! ¿Tiene alguna escalera de mano, Smith? Una que llegue hasta ese agujero del techo de la biblioteca. Podríamos entrar desde abajo y luego buscar la salida.

Smith asintió.

—Vaya a buscarla y reúnase conmigo en la biblioteca.

Macleod alargó la mano para detenerlo.

—O mejor no. Vuelva primero a la biblioteca.

Al entrar en la biblioteca, Macleod vio a Melanie Blayney juntando sillas para improvisar una estructura con la que alcanzar el techo.

Al otro lado de la sala, la señora Johnston lloraba sentada en una silla mientras la señorita Baxter la consolaba.

Pandie miraba fijamente el hueco abierto sobre su cabeza, con Zara Dawson a su lado.

La señora Smith entró por la puerta del fondo con una taza de algo caliente para la señora Johnston.

El alivio se le notó en la cara cuando vio a su hijo detrás de Macleod.

—Bien, Smith, llévese a su madre y vaya a por la escalera. Tráigamela, por favor —pidió Macleod antes de dirigirse a Melanie Blayney—. Le agradezco la iniciativa, pero ya viene una escalera.

—Me pareció mejor no quedarme de brazos cruzados, inspector. Era evidente que te estaba costando entrar en la habitación de arriba.

—No hay puerta ni acceso. La habitación está cerrada por todos lados, igual que la sala de control, esté donde esté. Pensé que todos estaríamos más seguros juntos en la biblioteca, pero por lo visto no.

Melanie Blayney le dedicó una media sonrisa.

—Intentas proteger a todos, y lo entiendo. Como investigadora privada, estoy más acostumbrada a ir de frente, a plantarme donde está el problema.

—No se preocupe, señorita Blayney. La seguridad de la gente no es mi única preocupación.

Ya hay dos muertos, quizá más, así que atraparé al cabrón que ha causado esto.

Pero necesitamos cabeza, no solo acción.

Y por muy detestables que me parezcan los fisgones privados, al menos sé cuáles son sus motivos.

Necesito un escudero ahora que McGrath anda por ahí de paseo.

Macleod le devolvió la sonrisa y la señorita Blayney asintió.

La escalera tardó cinco minutos más en llegar.

Mientras esperaba, Macleod intentó escudriñar la habitación de arriba, pero no descubrió nada nuevo.

La criatura, presumiblemente mecánica, quedaba fuera de su vista.

Nada delataba el prodigio tecnológico instalado en la habitación.

Colocaron la escalera bajo el agujero del techo y la afianzaron. Macleod le pidió a Pandie que apoyara un pie para sujetarla mientras él subía, pero una mano se posó en su hombro.

—Los escuderos suelen entrar primero en lo desconocido. Somos prescindibles, ¿sabes? No podemos permitir que un hombre de tu categoría tenga un final prematuro.

Le apretó el hombro al decirlo y luego pasó rozándolo antes de poner un pie en la escalera. La mujer sabía explotar su sexualidad, que no era poca, pero Macleod no se fiaba: veía que la utilizaba como una herramienta.

—De acuerdo, pero despacio. No queremos toparnos con otra cosa ahí arriba.

Macleod observó cómo Melanie subía con agilidad y se detenía justo cuando la cabeza alcanzaba la altura del techo. La oyó jadear y agacharse un poco sin soltar los peldaños.

—Aquí arriba sigue habiendo algo. Esa cosa que agarró al señor Johnston está en una esquina. Hay una ventana rota por la que entra algo de luz, pero, aparte de eso, está oscuro. La cosa está sentada en el rincón. Se le mueve la barriga.

—Baje —dijo Macleod—. Yo entraré.

—Tonterías, inspector. Menudo escudero sería si no me enfrentara a lo que encontremos.

Macleod empezó a enfurecerse. Aquello era cosa suya y debía ser él quien estuviera ahí arriba.

En el cuerpo estaba acostumbrado a obedecer y a que obedecieran sus órdenes cuando eran claras.

No me importa darle cierto margen, pero acabo de dar una orden y Melanie Blayney tiene que entrar en vereda.

Demonios, hoy no se puede decir eso. Seguro que me acusan de machista.

La galesa ya subía otra vez y estaba a punto de pisar el suelo roto de arriba.

—¡Cuidado! —gritó Macleod. Se subió a la escalera detrás de ella y empezó a trepar deprisa.

Tenía que llegar arriba y hacerse con el mando antes de que ella cometiera alguna estupidez y se hiciera daño.

No sabía qué estupidez podía cometer, pero, como no obedecía sus órdenes, la cosa podía acabar mal.

La habitación de arriba estaba a oscuras salvo por la luz que entraba por la ventana rota.

La otra ventana tenía bajado el estor. En un rincón, una criatura estaba sentada sobre las ancas y respiraba con fuerza.

Macleod apenas podía creer lo que veía. El pecho subía y bajaba con suavidad.

Tenía las orejas puntiagudas, la piel oscura y correosa, los ojos cerrados y unos dientes que le sobresalían de la boca.

Con tan poca luz era difícil asegurarlo, pero parecía tener sangre en los labios.

—¿Crees que es de verdad? —preguntó la señorita Blayney.

—¿Ha visto alguna vez algo así? —preguntó Macleod—. En nuestro primer encuentro vimos figuras decapitadas de látex y luego el esqueleto falso de la cueva. No, no creo que sea real. Pero eso no quiere decir que sea inofensivo, así que tenga cuidado.

Alarmado, Macleod vio cómo la señorita Blayney recogía un libro de entre los cascotes del suelo y se lo arrojaba a la criatura.

Durante un instante se le encogió el corazón, hasta que comprendió lo absurdo de su miedo: aquello era una especie de muñeco animado.

El libro rebotó contra la criatura y cayó al suelo con un golpe sordo.

—No se acerque todavía —le advirtió Macleod mientras terminaba de subir los últimos peldaños y se aupaba junto al agujero del techo.

El suelo parecía sorprendentemente firme, y eso le resultó sospechoso.

Ya se había caído al ceder un suelo más endeble durante un caso en Lewis.

Aquel parecía sólido, pero seguía creyendo que lo mejor era ir con cuidado.

Pero la señorita Blayney no estaba dispuesta a esperar. Cruzó la habitación con paso firme, fue directa hacia la criatura y le dio una bofetada.

—Sí, tienes razón. Es látex o algo parecido. Aun así, vaya trabajo para que parezca tan real. Y mira todo esto que hay por el suelo.

La señorita Blayney se inclinó y le mostró varios frascos con polvos distintos y un libro con unas marcas que Macleod habría tomado por símbolos de brujería. Fascinada, se puso después a examinar los cuadros grotescos de la sala, llenos de criaturas extrañas.

—Increíble. Sencillamente asombroso. Tanto esfuerzo para matar a alguien. ¿Por qué se tomó Macaulay tantas molestias? ¿Y por qué iba a hacerse matar?

—No creo que se hiciera matar —dijo Macleod—.

Sí, se tomó muchas molestias, pero creo que se limitaba a organizar una especie de fin de semana de terror.

Si pretendía despedirse de la vida por todo lo alto, no le salió bien.

¿Y por qué matar a los demás? Usted consiguió la invitación a través de él.

¿Alguna vez le pareció tan loco? Excitable, sí, pero no un demente dispuesto a matar a otros por el camino.

Parecía un jugador de rol bastante normal, aunque entusiasta.

—Pero mira todo esto, inspector. Es increíble.

—No, señorita Blayney. No se distraiga. Busque el cuerpo.

—¿El de Johnston?

—Sí. ¿Dónde está el señor Johnston? El juego de rol preveía que alguien fuera capturado y, supuestamente, devorado.

Pero, en realidad, a esa persona la sacarían del recorrido y la llevarían a otra habitación, donde se quedaría mientras continuaba el juego.

Si Johnston fuera una víctima, deberíamos encontrar su cuerpo en alguna parte.

Si está implicado, esta es una forma estupenda de desaparecer y actuar sin que nadie lo vigile. Y esto queda entre usted y yo.

—Por la señora Johnston, que está abajo. Te entiendo, inspector.

—Y por Pandie. Si Pandie creyera que ella está implicada, podría armarse una buena, o algo peor. Así que esto queda entre nosotros, señorita Blayney.

—De acuerdo, inspector, pero llámame Mel. O Melanie, si lo prefieres. Dudo que a la detective McGrath la llames por el apellido —añadió con una sonrisa—. Ya veo por qué la elegiste como compañera.

—Yo no elegí a McGrath. Nos tocó trabajar juntos por la baja de un compañero. Y sí, pedí que siguiera trabajando conmigo por su valía. Es una detective excelente: fuerte y rápida cuando la situación lo exige, a diferencia de mí, y ve las cosas de otra manera. Formamos un buen equipo.