El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

H ope observó al pequeño grupo que avanzaba delante de ella, hundiéndose en la nieve espesa, hacia el mar.

Entre los remolinos blancos distinguía las rompientes de un mar revuelto que el viento llevaba días azotando sin dar señales de amainar.

Una opción, al menos en teoría, era salir en barco a buscar ayuda.

A la vista del oleaje, y sin ningún marino experimentado entre ellos, aquello parecía condenado al fracaso.

Aldo Brace marchaba al frente. Desde que se conocieron, Hope había notado un cambio en su actitud hacia ella.

Al principio, cuando formaban aquel pequeño equipo con Macaulay y la señora Johnston, se había mostrado más que cordial, como si estuviera muy interesado en ella pero la relación que ya tenía lo frenase.

Luego su actitud cambió de golpe y Hope intentó recordar qué había dicho para provocarlo.

Había sido aquella broma sobre una novia o algo así, un comentario que insinuaba que no solo le atraían los hombres.

Y tampoco había sido para tanto. Fuera como fuese, no pensaba perderlo de vista: era un bruto fornido.

El jugador de rugby tenía un cuerpo trabajado, pero Hope ignoraba si sabía pelear o reducir a alguien. Así que lo vigilaría de cerca.

Anders Larsen era otro cantar. Estaba hecho polvo. Hope comprendía por qué Macleod la había enviado con dos hombres tan distintos que difícilmente podían estar compinchados, pero podría haberle asignado a alguien más útil.

Según el señor Smith, el cocinero, el barco estaba a menos de dos kilómetros, y Hope se alegraba de no tener que pasar mucho rato fuera con aquel temporal.

Dejaron atrás la casa, pasaron junto al lugar donde había aterrizado el helicóptero y bajaron a la playa.

Era la ruta más fácil, según el señor Smith: la nieve había bloqueado las carreteras y alguien que no conociese el terreno podía no distinguir por dónde pasaba la carretera.

Ya en la playa cubierta de nieve, caminaron junto a la línea de marea, por una estrecha franja donde el agua se había llevado parte de la nieve caída los días anteriores.

Mientras la marea subía, el viento y las grandes rompientes de más allá ahogaban el ruido de las olas pequeñas al romper en la orilla.

A pesar del frío cortante, Hope sintió paz.

Aquel lugar tenía una belleza salvaje incluso en condiciones tan duras.

Hope vio a Anders Larsen avanzar a trompicones, mirando desesperado a un lado y otro, mientras Aldo Brace aceleraba.

Se acercó y agarró a Larsen por los hombros para apremiarlo.

Como él no podía ir más deprisa, gritó a Brace que aflojase el paso, pero este no la oyó o no quiso hacerle caso.

Más adelante divisó el pequeño puerto. La embarcación, amarrada en su atraque, cabeceaba en el fuerte oleaje. El puerto estaba bastante expuesto.

Era un pequeño barco cangrejero, quizá con capacidad para tres o cuatro personas.

Tenía el casco rojo y una cabina de gobierno blanca y compacta.

Era la única embarcación del puerto. Hope concluyó que lo mejor era pedir ayuda por radio; salir al mar en medio de aquella tormenta parecía aún peor de lo que había imaginado.

Quería darse prisa. Empezaba a notar el frío por dentro, pues había sacrificado abrigo para llevar ropa con la que pudiera moverse si había que entrar en acción.

Mientras apremiaba a Larsen, vio a Brace recorrer el espigón y saltar a la cubierta.

Entró en la cabina de gobierno y Hope lo vio moverse de un lado a otro.

Por la pequeña ventana solo alcanzaba a verle los hombros; no sabía qué estaba haciendo.

Al cabo de unos instantes, salió y, de pie en cubierta, le hizo un gesto de impotencia.

A Hope le llevó otros cinco minutos conseguir que Larsen llegara hasta el espigón. Lo dejó al abrigo del muro y saltó a cubierta.

—No funciona —dijo Brace—. Algún cabrón ha cortado el cable del micrófono. No podemos usar el micrófono y no veo otra forma de transmitir.

Hope pasó junto a él con cuidado, sin perderlo de vista. Cogió el micrófono. El cable estaba cortado y el micrófono, suelto.

—Tienes razón. ¡Joder! —Hope agitó el micrófono y lo arrojó al suelo de la cabina. Luego le dedicó una sonrisa radiante—. Quizá podamos desconectarla y llevarla a la casa. Seguro que allí tenemos unas cuantas lumbreras capaces de hacer algo con ella.

—Buena idea —dijo Brace—. ¿Sabes desconectarla?

—Probablemente —dijo Hope.

—Vale. La cabina es demasiado pequeña para trabajar los dos cómodamente. Voy a resguardarme con Larsen mientras tú te encargas de la radio.

A Hope el plan le vino de perlas. Vio marcharse a Brace.

El cable del micrófono estaba cortado, pero la radio seguía encendida.

Echó un vistazo al espigón: Brace acababa de sentarse junto a Larsen.

Hope bajó la vista y localizó el botón de socorro del sistema de llamada selectiva digital (DSC).

Había visto funcionar uno durante una investigación anterior, a bordo de una pequeña embarcación en el Clyde.

Al pulsarlo, enviaría una señal que recibiría el servicio de Guardacostas o cualquier embarcación cercana. Una señal de socorro. Lo pulsó.

Todo parecía ir bien, salvo por un breve pitido de la radio.

Brace se levantó y empezó a acercarse. Hope no quería cortar la alimentación, porque la señal dejaría de emitirse.

Pero, si Brace se acercaba demasiado, vería lo que estaba haciendo.

Algo le decía que Brace no debía enterarse de aquella petición de auxilio.

Quizá era el rechazo y la indiferencia con que la había tratado por homofobia.

O quizá su instinto policial. Al fin y al cabo, podía haber cortado él mismo el cable del micrófono.

—¿Todo bien? —preguntó Brace al saltar a bordo.

Hope tiró del cable que había detrás de la radio.

—Sí, la estoy desconectando. Por eso ha pitado. Estos cacharros hacen ruidos raros cuando trasteas con la alimentación.

Brace asintió, al parecer convencido, y regresó junto a Larsen, que seguía acurrucado al abrigo del muro.

Hope continuó con su falsa desconexión. Se tomó sus buenos diez minutos antes de desconectarla de verdad.

Para entonces la señal debería haberse repetido dos veces.

Con suerte, alguna antena de VHF habría captado ya la llamada de socorro.

Pero ¿saldría alguien con aquel temporal?

Hope reapareció por fin en el espigón con la radio bajo el brazo. Brace se puso en pie. Larsen temblaba, y no solo de frío.

—Hay algo ahí abajo. Parece otro cadáver —dijo Larsen. Le temblaban las manos al señalar el extremo del espigón.

—No veo nada —dijo Hope, escudriñando la nieve hacia la punta del espigón.

—Creo que tiene razón —dijo Brace—. Desde luego, a mí me parece que hay algo. Será mejor que vayas a mirar primero, detective. Al fin y al cabo, tú sabrás qué hacer si es un cadáver.

Hope asintió, aunque no le gustaba apartarse de los otros dos.

Avanzó con cuidado por el espigón mojado y resbaladizo; patinó un par de veces cerca del extremo.

El mar embestía el muro bastante más abajo.

Hope miró hacia atrás para asegurarse de que nadie se le acercaba para tirarla al agua, pero los hombres seguían donde los había dejado.

Entonces Brace sacó algo del bolsillo y se lo puso sobre la boca a Larsen.

Hope se volvió para correr en auxilio de Larsen, pero algo le atrapó el tobillo.

Bajó la vista. Un tentáculo se le había enroscado en el tobillo, como el que había atrapado a Macaulay en la habitación del piso de arriba.

El tentáculo tiró de ella, la derribó contra el suelo de piedra y la arrastró hacia atrás.

Al caer al agua, Hope braceó con desesperación, pero el tentáculo la hundió.

Abrió los ojos. Apenas veía nada y manoteó a ciegas.

Tocó una roca y sintió que un pedazo se soltaba mientras la arrastraban al fondo.

El instinto le decía que se avecinaba algo malo.

Sujetó la piedra entre los pies. De pronto, mientras descendía, algo la zarandeó y le abrió un corte en un lado de la pierna mientras se retorcía bajo el agua.

Entonces cesó el tirón. La piedra debía de haber dañado lo que hubiera debajo. Al menos eso sospechó Hope.

La pierna sangraba. El agua salada le escocía en la herida y se teñía de rosa con la sangre. Hope siguió impulsándose hacia arriba. Cuando estaba a punto de quedarse sin aire, salió a la superficie.

Hope era una nadadora excepcional, pero aquel mar era brutal.

Luchó por mantener la cabeza fuera del agua y solo entrevió el espigón, que parecía muy lejos.

En uno de aquellos fugaces vistazos vio a Brace arrojar a Larsen dentro de la embarcación y, al parecer, abrirle un boquete en el casco con un hacha que había sacado de alguna parte.

Luego soltó amarras y dejó el barco a la deriva.

Hope hervía de rabia. Pero el frío empezó a calarle y necesitaba un plan.

Ya. El puerto quedaba demasiado lejos para volver a nado.

El barco, en cambio, derivaba hacia ella mientras se alejaba mar adentro.

Tal vez pudiera hacer algo con él, aunque al alcanzar aguas más bravas podría volcar.

Aun así, era su mejor opción: salir del agua e intentar que no se hundiera.

Convencida de que Brace ya no la buscaba y se dirigía a otro lugar, Hope nadó hacia la embarcación. Alzaba la cabeza para comprobar que mantenía una trayectoria que le permitía alcanzarla y rezaba para que le aguantaran las piernas y el resto del cuerpo.

Pensó en la noche de Lewis, cuando había luchado contra el temporal para mantener a flote a una víctima metida en una bolsa.

Pero entonces el agua había estado más tranquila, nada que ver con la tempestad furiosa que la zarandeaba ahora.

Lo que más la preocupaba era cómo subir a bordo con aquel oleaje.

Hope no tardó en alcanzar el barco gracias a que había nadado en diagonal a través de la corriente.

Llegó justo cuando la embarcación empezaba a internarse en aguas más agitadas.

El oleaje la lanzó contra la embarcación.

Desesperada, se cubrió la nuca con las manos al golpearse la cabeza contra el casco.

Gritó el nombre de Larsen, pero no obtuvo respuesta.

Hope se dejó flotar y esperó a que el oleaje la lanzase de nuevo contra la embarcación.

Esta vez dio una patada para subir con la ola y consiguió asirse al borde.

Se aferró con todas sus fuerzas mientras el agua bajaba y la dejaba colgando.

Consiguió apoyar los pies en el casco y, cuando el barco se escoró, el movimiento la lanzó al interior.

Hope rodó hasta quedar boca arriba y chocó con Anders Larsen, que yacía inconsciente en cubierta.

El agua alcanzaba ya unos cinco centímetros.

Hope se aseguró de que Larsen tuviera la cara fuera del agua, entró a trompicones en la cabina de gobierno y miró alrededor.

Encontró el panel del motor e intentó arrancarlo.

Nada. Ni un ruido. Revisó la popa. No había motor fueraborda.

Estaba segura de que antes lo había visto.

Antes de que cundiera el pánico, Hope abrió las escotillas junto a los paneles principales y metió las manos en los compartimentos inferiores.

Topó con unas palas curvas, como las de una hélice.

Sacó el objeto: un pequeño motor fueraborda de emergencia.

En aquel temporal no daría para mucho, pero quizá impidiera que siguieran alejándose de la costa.

A tientas en la oscuridad del compartimento, encontró lo que parecían ser los tornillos y las piezas de sujeción del motor.

Fue hasta popa. En menos de un minuto lo había fijado y había metido la hélice en el agua.

Tiró de la cuerda de arranque. Nada. ¡Vamos!

Volvió a tirar. Nada. El puerto casi se había borrado tras la nieve.

Hope alzó la vista al cielo y maldijo. Tenía que arrancar.