El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

M acleod estaba sentado en un gran sillón junto al fuego que crepitaba en la biblioteca. Tal como había ordenado Hope, todos estaban en la sala. La mayoría dormía donde podía: en colchones, en sillones arrimados, sobre mesas o directamente en el suelo. Gracias al calor de la lumbre, no hacía frío.

Hope dormía en un colchón junto a Macleod y roncaba suavemente.

Había imaginado a su compañera de muchas maneras —y algunas quizá no le habían hecho ningún bien durante sus años de soledad—, pero jamás roncando.

Una mujer tan atractiva no debería roncar jamás.

Ni siquiera se le había ocurrido. Las mujeres atractivas solo roncaban en las comedias de Hollywood, nunca en plena crisis ni en momentos de suspense.

Con una taza enorme de café solo en la mano, Macleod recorrió la sala con la mirada.

Solo había otra persona claramente despierta.

Anders Larsen, aquel mocetón rubio y fornido, llevaba mal la situación.

Ya le había anunciado varias veces que pensaba salir corriendo, y Macleod le había ordenado que volviera a sentarse.

Si el hombre se internaba en la tormenta, no pensaba salir tras él bajo ningún concepto. Para colmo, el temporal arreciaba.

Mientras cubría su turno de guardia, Macleod repasó la situación.

Había dos muertos. No sabía si por accidente o por asesinato.

También había estado a punto de perder a su compañera.

En su cabeza se libraba una batalla: limitarse a sobrevivir, como decía Hope, o ceder a su instinto natural y averiguar qué estaba pasando.

Los muertos. Por ahí había que empezar. Peter McKinney parecía un hombre tranquilo y, si se trataba de un asesinato, un objetivo bastante extraño.

Sí, era homosexual, y eso siempre podía ser un móvil para alguien intolerante.

Pero nadie había mostrado semejantes prejuicios.

Su marido, Pandie, parecía un objetivo más lógico: no se mordía la lengua en cuestiones LGTB.

Claro que la verdadera pregunta era otra: ¿quién había sido el objetivo?

La muerte de Macaulay era más difícil de encajar.

Él había construido todo aquel sistema de trampas sofisticadas y escenas ficticias de terror, pero aseguraba que no era más que un juego de rol de terror.

Extremo, sí, aunque nada indicaba que lo hubiese diseñado para matar.

Él mismo había muerto, y los asesinos no solían actuar así: se imaginaban llegando vivos hasta el final.

Con Macaulay muerto, Macleod ignoraba dónde estaba la sala de control del espectáculo.

¿Desde dónde se manejaban los mecanismos?

¿Cómo funcionaban? ¿Los habían ajustado mal y todo era un accidente?

¿O había una intención siniestra detrás?

No lo sabía. Estaba cansado. También le incomodaba que los dos cadáveres siguieran donde habían muerto.

La hora, la tormenta y la falta de manos lo hacían reacio a retirar los cuerpos de donde estaban, pero tampoco le gustaba verse obligado a tomar aquella decisión, aunque Hope lo respaldara.

Por la mañana alguien saldría hacia el barco y la radio.

Después de todo lo ocurrido, Macleod no contaba con una solución rápida.

A las seis despertó a Hope y consiguió dormir dos horas.

Cuando abrió los ojos, muchos ya se movían por la sala y comían fiambre y cereales que había traído la señora Smith.

Macleod también intentó comer, pero el estómago no estaba por la labor.

Fuera empezaba a amanecer. La nieve seguía cayendo con furia, arrastrada de un lado a otro por un viento cada vez más fuerte.

—La gente empieza a impacientarse. ¿Cuándo piensas salir hacia el barco? —preguntó Hope.

—Yo no —dijo Macleod—. Tú.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque eres más joven, estás en mejor forma y sabes defenderte mejor que yo en un cuerpo a cuerpo.

Tendrás muchas más posibilidades de hacer frente a quien vaya contigo si alguno resulta ser el asesino.

Pero quiero un grupo de tres como mínimo: tú y otros dos que no tengan ningún vínculo entre ellos.

No quiero dejarte ahí fuera con dos tipos conflictivos.

Ya sería bastante malo que uno fuera el asesino. Y no digamos si lo fueran los dos.

—¿Es la muerte de Macaulay lo que te hace pensar eso? —susurró Hope, acercándose a su inspector.

—Él era el maestro de ceremonias y, aun así, las cosas han seguido pasando después de su muerte. No sé si estaba metido en esto, si era una víctima o qué. Pero lo averiguaré. Necesito saber qué une a Peter McKinney, Macaulay y nuestra jefa. O a ti. O quizá hasta a mí. Ahora mismo no tengo ni idea.

Al otro lado de la sala empezó un alboroto. Hope se volvió para ver qué había llamado la atención de Macleod. Anders Larsen empujaba a Aldo Brace, y el jugador de rugby no dudaba en devolvérselo.

—Tenemos que salir de aquí, idiota, antes de que muramos todos. Es de día. Vámonos —gritó Larsen.

—¿Has visto la tormenta que hay ahí fuera? Te vas a congelar. Nos vamos a congelar todos —replicó Aldo Brace, agitando los brazos ante Anders y tratándolo como a un idiota.

—Y tú quieres retenernos aquí. Dejarnos morir. ¿Ese es tu plan? ¿Estás detrás de todo esto? ¿Mataste a McKinney porque era gay? ¿Eres uno de esos fundamentalistas americanos? ¿De la pandilla de beatos?

—¡Basta! —bramó Macleod. No pensaba permitir que aquello derivara en una disputa religiosa ni que empezaran a lanzar acusaciones sin fundamento—.

Entiendo que esté tenso, señor Larsen, pero así no llegaremos a ninguna parte.

Las acusaciones gratuitas no tienen cabida aquí, de modo que sea tan amable de guardar silencio.

En cuanto a ir hasta el barco para pedir ayuda, mi agente saldrá dentro de poco y necesita voluntarios.

Quizá usted y el señor Brace tengan la amabilidad de acompañarla. Así formarán un grupo más equilibrado.

—De acuerdo —dijo Larsen—, pero si se me presenta la ocasión de llegar a la carretera, pienso aprovecharla. Que quede claro.

—Perfectamente —respondió Hope—, pero sería una estupidez con este tiempo. No se separe del grupo o acabará solo y muerto de frío en cualquier parte.

Macleod vio palidecer a Anders Larsen ante la idea de morir de frío y pensó que Hope había sido demasiado brusca. Decidió que era mejor poner al grupo en marcha cuanto antes.

—Bien, decidido. Yo me quedaré con el resto. McGrath, ¿puede organizar su equipo? Cuanto antes se pongan en marcha, mejor para todos.

Cuando Hope salió de la sala con los otros dos, Macleod se sirvió algo del desayuno frío. Johnston se le acercó mientras contemplaba por la ventana la ventisca que rugía al otro lado.

—Buena decisión: enviar a su subordinada ahí fuera. El temporal está desatado. Y los hombres de nuestra edad no estamos hechos para esa clase de esfuerzo físico.

Macleod tuvo ganas de pegarle. Hombres de nuestra edad. Saltaste por un agujero y casi te rompiste algo. Creo que todavía me queda bastante más fuelle que a ti.

—¿Se encuentra mejor? ¿Ya se le ha curado la pierna? —preguntó Macleod.

—Un incidente lamentable, pero al menos he vuelto a ser el de siempre: más que útil. Si necesita un poco de capacidad intelectual, estoy a su disposición, inspector.

—Bien, me alegra saberlo, señor. Ya procuraré recurrir a usted.

Después de eso, Macleod no volvió a hacerle caso.

Johnston acabó sentándose, cansado de cargar el peso sobre la pierna lesionada.

Macleod detestaba quedarse allí esperando a que Hope regresara con noticias del rescate, pero tampoco podía marcharse y dejar a todos sin vigilancia.

Cuando se dividían en grupos pequeños, resultaba demasiado fácil que ocurrieran cosas.

Hope regresó veinte minutos después con el equipo, todos con gruesos abrigos y gorros, preparados para el frío. Macleod observó que ella no llevaba nada que le estorbara al moverse y se preguntó si iría lo bastante abrigada. Tal vez contaba con que surgirían problemas.

—Salgan, consigan avisar a alguien y vuelvan. McGrath, no baje la guardia y no los pierda de vista en ningún momento.

—Creo que estos dos no van a dar problemas. Larsen está muerto de miedo y Aldo Brace no ha dejado de mirarme de arriba abajo, haciéndose el simpático. Puede que tú tengas más problemas con los invitados que se quedan.

—Tú ten cuidado —dijo Macleod—. No podemos estar seguros, pero diría que aquí hay un asesino. No me creo que todo se deba a un error de configuración. Lo dijiste tú: sobrevivir. Así que no bajes la guardia, Hope.

Los invitados que se quedaban acompañaron al pequeño grupo hasta la puerta para despedirlos.

El ambiente era solemne, y Macleod se encargó de estrechar la mano de los dos hombres que acompañaban a Hope.

Se quedó en el umbral y los vio alejarse siguiendo las indicaciones de Kyle Smith, el cocinero.

Macleod sonrió, orgulloso de su agente. Hope cerraba la marcha, Brace iba delante y Larsen, el más nervioso, quedaba entre los dos miembros más serenos del grupo.

Pero Macleod estaba preocupado por ella.

No se fiaba de Brace ni de Larsen, aunque no sabía explicar por qué.

No era fácil sentirse una posible víctima.

Macleod hizo volver a la biblioteca a quienes se quedaban.

Todos estaban ya despiertos y recobraban algo de energía después de una noche agitada.

Macleod deseó que pudieran volver a dormir.

Él había descansado poco y necesitaba mantenerse alerta ahora que Hope estaba fuera y no podía cubrirle las espaldas.

Pidió a la señora Smith y a su hijo, Kyle, que se reunieran con él junto a la ventana, y siguió mirando hacia fuera hasta que llegaron.

Era una buena forma de evitar que nadie lo interrumpiera.

Entonces les indicó que miraran también por la ventana, de modo que nadie a sus espaldas pudiera leerles los labios.

—No quiero alarmar a nadie, así que hablen de cara a la ventana y mantengan la voz baja.

Mientras mi compañera intenta conseguir ayuda, he pensado que lo mejor es que yo continúe con la investigación, empezando por los mecanismos con los que su difunto señor montó este fin de semana de terror.

¿Saben dónde está la sala de control? ¿Cómo podemos apagar todo el sistema?

La señora Smith tosió y clavó la mirada en la ventisca.

—El señor hizo instalar aquello aprovechando que mi hijo y yo librábamos ese fin de semana.

La sala, al menos. No quería que destripásemos la sorpresa.

Vino una empresa extranjera, inspector. Yo los atendí y les di de comer la primera noche; después se quedaron más de una semana, mientras nosotros estábamos de vacaciones pagadas.

—¿Así que no saben dónde está la sala? —preguntó Macleod.

—No exactamente —dijo Kyle Smith—. Sé más o menos en qué parte de la casa está. Había una antigua habitación infantil en la parte norte. Antes se llegaba por las escaleras, pero, cuando volvimos, había desaparecido.

—¿Había desaparecido? ¿Cómo se hace desaparecer una habitación? —preguntó Macleod.

—Construyendo a su alrededor —dijo el señor Smith—.

Instalaron paneles nuevos y eliminaron el acceso.

Nadie sabría que sigue ahí si no hubiese visto la casa antes.

Puedo llevarlo hasta las escaleras de esa zona, pero nunca encontré la puerta.

Lo intenté varias veces, por encargo del señor. Lo hicieron demasiado bien.

—¿Se le ocurre algún sitio mejor por donde empezar a buscar, señora Smith?

—No, inspector. Estoy tan a oscuras como mi hijo.

—Gracias a los dos. Ni una palabra a los demás, por favor. Empezaremos a buscar la sala de control cuando regrese mi compañera.

Macleod mantuvo el gesto impasible mientras se alejaban, pero comprobó que la tormenta seguía tan violenta como durante toda la noche. Miró el reloj. ¿Cuánto tardaría Hope? ¿Conseguiría contactar con las autoridades? ¿Con alguien?

Macleod suspiró, se volvió y se acercó a una mesita con un termo de café.

Se sirvió una taza y recorrió la sala con la mirada.

Zara Dawson y Pandie hablaban junto a la chimenea, los dos pálidos.

Los Smith se habían sentado a tomar un respiro.

Habían trabajado duro para alimentar y atender a los invitados.

Melanie Blayney vigilaba a Lorraine Baxter desde un rincón y le guiñó un ojo a Macleod al notar su mirada.

Lorraine estaba hecha un desastre, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

La señora Johnston la rondaba, sin duda diciéndole que mantuviera el tipo. Macleod se rio para sus adentros.

Y entonces vio al gran señor Johnston, el hombre al que Macleod recurriría si necesitara una mente privilegiada.

Capullo arrogante , pensó Macleod. Ahí sentado en un sillón enorme, en medio de la sala, como si fuera el señor de la finca.

Y encima disfruta de esto, aunque hay muertos, gente aterrorizada y un asesino suelto. No me fío de él.

Mientras Macleod lo observaba, de pronto estalló una carcajada grave en la sala. Habría jurado que era la risa de Macaulay, aunque la resonancia sugería algún retoque informático. Todos empezaron a mirar a su alrededor hasta que alguien gritó desde el sillón situado en medio de la estancia.

—¡No puedo levantarme! —gritó Johnston.

Macleod echó a andar hacia el sillón, pero un estruendo en el techo lo hizo tirarse al suelo.

Al levantar la vista, vio descender una criatura con garras y alas pequeñas.

Las garras, negras y cubiertas de sangre, se cerraron sobre el sillón e izaron a Johnston hasta hacerlo desaparecer por el techo.

Mientras seguían cayendo polvo y trozos de pladur, Macleod corrió hasta el boquete, se situó debajo y miró hacia la estancia superior. No había rastro de la criatura.

Hubo otro estruendo arriba y algo cayó en la nieve, al otro lado de la ventana de la biblioteca. Macleod corrió hacia la ventana y escrutó la ventisca. En la nieve yacía el sillón destrozado, pero Johnston no aparecía por ninguna parte.