Capítulo 10
M acleod mandó a Hope abajo para averiguar cuál era la habitación de Macaulay y aprovechó para cambiarse en la suya.
Cuando ella volvió, le ofreció hacer lo mismo, pero Hope dijo que se ducharía cuando hubieran terminado por aquella noche.
Seguro que prefiere seguir con ese atuendo , pensó Macleod.
Le sienta de maravilla. Elegante, pero muy sugerente.
Desde luego, sabe lucir la ropa; no como yo. Cuando me arreglo parezco un payaso.
La habitación de Macaulay estaba al fondo del mismo rellano que las suyas. Macleod abrió la puerta con cautela, metió la mano y accionó un interruptor. El resplandor cálido de varios focos empotrados inundó la estancia. Macleod cruzó el umbral y se volvió hacia Hope.
—Ten cuidado. A saber dónde habrá colocado las trampas. Y, aunque en principio no estén pensadas para hacer daño, casi con toda seguridad son letales.
Hope asintió y se adelantó a su jefe, como para protegerlo.
Macleod la observó recorrer la habitación, registrar cajones y otros muebles, recoger papelitos y examinar cachivaches.
La estancia estaba decorada con gusto, en estilo señorial, y tenía varios cuadros grandes en las paredes.
Pero donde Macleod esperaba ver viejos terratenientes de gesto adusto, había criaturas enormes, con tentáculos y rasgos grotescos.
—Vaya familia más fea —dijo Hope al ver que Macleod miraba los cuadros.
—¿Quién en su sano juicio cuelga estas cosas de la pared?
—Es parte del juego, Seoras. Son los dioses ancestrales del juego en el que participábamos. Supongo que la presentación no te pareció muy estimulante.
Macleod la vio sonreír y seguir con el registro.
Pero algo lo inquietaba. Todo estaba demasiado ordenado; ni una sola cosa fuera de sitio.
Si algo había alterado a Macaulay hasta el punto de hacerlo salir al balcón, tendría que haber dejado señales.
Huía de algo. Tenía que haber señales. Tampoco había indicios de que alguien hubiese ocultado nada ni vuelto a dejar la habitación en orden después de revolverla.
Esos retoques solían dejar indicios sutiles.
Recomponer una habitación no era fácil, y entre la muerte de Macaulay y la salida de todos al rellano apenas había transcurrido tiempo.
—¿Algo, Hope?
Su colega pelirroja se volvió con un pequeño cuaderno en la mano y asintió.
—Hay notas sobre los mecanismos y cosas por el estilo. Parece un boceto del diseño de este fin de semana. Puede que merezca la pena leerlo.
—Bien. Tráelo. No huyó de aquí, así que debía de estar en otra habitación. Tendremos que revisar las demás. Vamos a hacer que todos suban y nos abran sus habitaciones.
—Espera —dijo Hope—. ¿Por qué no comprobamos primero si están abiertas? Podemos echar un vistazo sin que se enteren.
—Eso no está bien —dijo Macleod—. Sabes que solo podemos registrarlas con permiso.
—Pero, si están abiertas, ¿qué problema hay? Uno vigila la escalera y el otro echa un vistazo rápido.
—Sabes muy bien cuál es el problema.
—Mira, señor… Seoras, si tienes razón y esto es un asesinato, no un par de accidentes como a mí me parece, estamos atrapados con un asesino entre nosotros y no tenemos forma de detener lo que esté pasando.
A saber cuándo volveremos a la civilización o conseguiremos refuerzos.
Hasta entonces solo estamos tú y yo, y tenemos que ir un paso por delante.
Esto va tanto de sobrevivir como de atrapar a un criminal.
Si tu instinto no falla, tendremos que actuar con mucha cabeza.
Macleod contempló aquel rostro suplicante, con los ojos asomando por encima de las gruesas gafas de montura negra. No le faltaba razón. El temporal acabaría por amainar, pero quizá tardase uno o dos días. ¿Cuándo podrían marcharse o recibir refuerzos? Hope tenía razón.
—De acuerdo, pero solo las que estén abiertas. Siempre podremos decir que comprobábamos que todos se encontraban bien.
Hope sonrió y salió de la habitación. Macleod fue tras ella. Comprobó la primera puerta; estaba abierta. Encendió la luz y miró alrededor mientras Macleod vigilaba desde lo alto de la escalera. En menos de un minuto volvió a salir.
—Diría que es la de Pandie. Hay ropa de dos hombres, algunas prendas tiradas por ahí, pero nada que parezca una pelea o un forcejeo.
—Bien —dijo Macleod—. La siguiente. Rápido.
La habitación contigua a la de Pandie también estaba abierta y Hope volvió a inspeccionarla.
—Es la de la señorita Baxter, señor —informó al salir—. Qué raro: hay dos camas separadas. Parece que Anders y ella no se lo montan.
—No son íntimos, Hope. La palabra es «íntimos».
—Sí, señor. No se lo montan íntimamente.
Macleod intentó parecer molesto, pero se le escapó una sonrisa. A veces, aquella ordinariez le atraía; formaba parte de su descaro. Podría moderarla, claro, pero entonces se notaría que había renunciado a ser ella misma.
—Venga, sigue.
De vuelta hacia la escalera, la siguiente habitación resultó ser la de los Johnston. Estaba impecable, con cada prenda y cada objeto en su sitio. Desde luego, no había señales de forcejeo. Ya solo quedaban dos habitaciones, pero ambas parecían cerradas con llave.
—Qué fastidio —dijo Macleod—. Estas habitaciones podrían decirnos algo, aunque solo fuera que Macaulay creía que alguien lo perseguía.
—Un momento —dijo Hope, y metió una mano dentro de la blusa.
—¿Qué haces? —preguntó Macleod.
—Siempre las llevo aquí, donde no llegan las manos curiosas. No ocupan mucho y puedo esconderlas sin problema.
Macleod no entendía nada, pero se volvió hacia la escalera. Procuró mirar hacia otro lado, consciente de dónde hurgaba Hope, hasta que notó un toque en el hombro. Ella sostenía un pequeño juego de ganzúas que reconoció.
—¡No! Estaríamos forzando la cerradura.
—Ya te he dicho que esto va de sobrevivir. Si tú tienes razón, es cuestión de supervivencia. Y me fío de tu instinto, señor. Solo vamos a mirar.
Macleod reflexionó. Ella tenía razón, por mucho que detestara la idea de forzar una cerradura. Sobrevivir. Esa era la palabra. Asintió y se acercó a la escalera. Sin volverse, susurró:
—Date prisa.
Solo habían pasado dos minutos cuando la oyó salir.
Hope se acercó por el rellano y señaló la habitación con el pulgar.
Sin vacilar, se dirigieron hacia ella y Macleod miró dentro.
Había sillas volcadas y objetos del tocador esparcidos por el suelo.
Uno de los cuadros estaba rasgado. Vio dos maletas y supuso que aquella era la habitación de Aldo Brace y Zara Dawson.
Entró deprisa en la segunda. Había ropa tirada por todas partes y la cama estaba revuelta, con las sábanas desparramadas. Junto a la pared había una sola maleta; en el baño privado, artículos de aseo femeninos. Tenía que ser la habitación de Melanie Blayney.
Hope tosió. Macleod salió de inmediato y oyó los pasos de una sola persona que subía por la escalera. Al reunirse con Hope, vio asomar por la escalera la coronilla de la señora Smith.
—Detectives, disculpen la interrupción, pero los invitados preguntan si pueden volver a sus habitaciones. Algunos quieren dormir, señor. Ya son casi las cuatro de la madrugada.
—Lo entiendo, señora Smith, pero ¿podría pedirles que esperen un poco más? Bajaré enseguida para darles nuevas instrucciones. No tardarán en poder acostarse. Ha sido una noche dura para todos.
—Muy bien, señor. Volveré con ellos y se lo comunicaré.
Macleod observó cómo bajaba y le indicó a Hope que volviera a cerrar con llave las dos habitaciones. Ella regresó dos minutos después y lo miró con una ceja enarcada.
—Dos habitaciones revueltas. ¿Cómo quieres plantearlo? —preguntó.
—Melanie Blayney. Hablaremos primero con ella; sé que oculta algo. ¿Has visto cómo observa a la gente? Hay algo raro en ella. Casi se comporta como tú…
Macleod iba a añadir «o como yo», pero no le dio tiempo.
—No se parece en nada a mí. Yo no me tiro a los hombres así.
—Me refería a que se comporta como una detective, Hope. Como tú o como yo: observa, cala y manipula a la gente. Oculta algo.
—Ya —dijo Hope—. Como una detective.
—Y, por si sirve de algo, yo no te veo de esa forma. No eres ninguna fulana, por muy anticuado que sea mi protocolo de vestimenta.
Protocolo de vestimenta… ¿De dónde he sacado esa expresión? Siempre me pongo nervioso cuando hablo de su aspecto.
—Lo sé, jefe. Tendré presente el protocolo de vestimenta.
—Venga, vamos a ver a los sospechosos.
Bajaron en silencio, pensando cada uno en lo que tocaba hacer después. La muerte de Macaulay dejaba muchas preguntas sin respuesta. Pero la principal saltaba a la vista: ¿qué había alterado tanto a Macaulay para que pareciese huir de alguien? ¿Y adónde iba?
Al entrar en la biblioteca, Macleod vio a Anders Larsen pasearse de un lado a otro.
Los Johnston parecían roncar en unos sillones.
La señorita Baxter volvía a beber, esta vez una copa generosa de brandy, y Melanie Blayney la atendía.
Zara Dawson y Aldo Brace mantenían una discusión acalorada y no paraban de señalarse con el dedo.
Pandie se limitaba a mirar por la ventana.
El cocinero, Kyle Smith, estaba sentado junto a su madre, bostezando.
—Gracias por su paciencia —dijo Macleod al entrar—. Antes de que se vayan a la cama, quisiera saber si alguno de ustedes vio al señor Macaulay antes de lo ocurrido en el balcón. Me refiero a cualquier momento entre nuestra salida de la biblioteca para acostarnos y su lamentable fallecimiento.
La señora Johnston carraspeó.
—Lo vimos subir las escaleras y entrar en su habitación, inspector. La señorita Blayney puede confirmarlo; estaba con nosotros. Lo dejamos allí porque no se encontraba en las mejores condiciones.
—Así es —dijo Aldo Brace—. Zara y yo íbamos detrás. Vimos cómo lo acompañaban hasta su habitación.
—¿Alguien lo vio después? —preguntó Macleod.
Se hizo el silencio. Entonces Zara Dawson levantó la mano.
—Sí, señorita Dawson. Esto no es el colegio. No hace falta que levante la mano; puede hablar sin más —dijo Macleod.