Capítulo 9
H ope estaba de pie, con un brazo extendido ante ella y una cruz en la mano.
El hombre de pelo oscuro que tenía delante lucía unos colmillos de los que goteaba sangre, pero también un torso desnudo y viril digno de un número de striptease.
La bestia la horrorizaba, pero también la atraía de un modo extraño.
Hope se quitó las gafas de un tirón y sacudió la melena.
El viento rugía por el cementerio y, a su alrededor, otras criaturas irrumpían de las tumbas.
A algunas les salían larvas del cuerpo; otras llevaban muy poca ropa y, aunque se les desprendía tierra de los hombros, seguían pareciendo sacadas de una revista pornográfica.
—Hope Van Helsing, solo tú podrías haber escapado de las garras de mi hija.
—El hombre dio un paso al frente, con el pecho expuesto al viento, como si se dispusiera a soltar un largo discurso—.
Solo tú podrías haberles metido ajo crudo en la garganta mientras se deleitaban con tu perfección.
Pero a mí no me vencerás. Te daré muerte, beberé tu sangre y después te llevaré a cotas que ningún no muerto ha alcanzado jamás. Serás mi esposa, mi amante, mi todo.
—Hoy no, conde —gritó Hope. De la nada sacó una espada y la blandió mientras él la contemplaba.
Ella le sostuvo la mirada, hizo girar el arma alrededor de la muñeca de un modo imposible, se volvió y describió con la hoja un largo arco que decapitó al conde.
Mientras las demás criaturas aullaban, Hope se lanzó contra ellas y las fue despachando a los rincones del cementerio, o quizá al mismísimo infierno.
—Bien —dijo una figura desde un rincón del cementerio—. Has aprendido bien, hija mía. Algún día serás tan grande como yo: serás el azote del mismísimo infierno.
Hope se volvió, con la espada chorreando sangre, y le propinó de pasada un puñetazo a un necrófago. Entonces vio a Macleod plantado en aquel rincón, con una capa que ondeaba sobre un traje impecable y un sombrero de ala ancha.
Hope abrió los ojos. Sobre ella se extendía el techo revestido de madera. Recordó que estaba en la casa de la isla de Harris. Alzó la cabeza despacio y vio a Macleod sentado en el sillón donde había dicho que dormiría aquella noche. Ella estaba en su cama, con las mantas echadas hacia atrás.
¿Qué demonios había sido aquello? ¿Drácula o un Drácula buenorro? ¡Y Macleod! ¿«Hija mía»? En serio. Qué mal rollo.
Macleod no se había cambiado de ropa. Por lo visto, estaba despierto, atento a algún ruido.
—Oye, cuando dijiste que dormirías en el sillón, creí que por lo menos ibas a dormir.
Vio a Macleod volverse hacia ella, coger el grueso jersey de lana y lanzárselo. Hope lo atrapó. No se le había escapado cómo la había mirado Macleod al principio. Vaya. Se me debían de marcar bastante las tetas. En fin, fue él quien insistió en que me quedara aquí. Allá él.
—Ponte eso, que hace frío.
Vale , pensó mientras se lo ponía de un tirón.
—Perdona. Debería haberme quedado tapada. Pero fuiste tú quien me invitó a la cama.
Hope lo vio volverse sin decir nada y dirigirse a la puerta.
Mientras ella salía de la cama, él parecía escuchar algo fuera.
O quizá solo intentaba ser discreto, por si enseñaba algo más.
Hope se rio para sus adentros. Las cosas eran distintas ahora.
No le importaba que Macleod la mirase y él, por suerte, jamás había dicho nada inapropiado.
Además, era un buen jefe. Pero aquella corazonada debía de preocuparlo de verdad.
—¿Qué pasa?
—Alguien anda por ahí —dijo Macleod—. Ha abierto la puerta del balcón.
—¿De ahí viene esta puñetera corriente? A algunos se la sudan los demás.
Hope vio que Macleod intentaba disimular el disgusto que le provocaba su lenguaje. Pero si hoy en día habla así todo el mundo.
Entonces alguien gritó.
Hope vio a Macleod abrir la puerta y escrutar el pasillo.
Corrió hasta él y miró por encima de su hombro.
El rellano ornamentado estaba vacío, pero la puerta del balcón seguía abierta y el viento recorría con fuerza el pasillo entre los dormitorios.
A Hope se le cortó la respiración cuando una ráfaga se le coló por las perneras del pijama.
Macleod salió disparado hacia el balcón y corrió hasta asomarse por encima de la barandilla.
Ya se oían voces en el rellano cuando Hope fue tras él.
El frío le castigó los pies descalzos en cuanto salió al balcón.
Al llegar a su lado, miró por encima de su hombro y vio abajo una figura doblada sobre una verja rematada en púas.
Dos le atravesaban el cuerpo de lado a lado.
—Joder, Seoras. Pobre desgraciado. ¿Se habrá tirado?
—Lo dudo —dijo Macleod mientras ambos escrutaban la oscuridad a sus pies—. La gente no suele apuñalarse por la espalda antes de saltar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó una voz desde la puerta del balcón.
—Hazlos entrar —ordenó Macleod.
Hope se volvió y empujó enseguida a Zara Dawson y Aldo Brace hacia el rellano. Cerró la puerta tras ella.
—Quédense aquí. Nadie sale hasta que vuelva el inspector.
Hope miró por encima del hombro. Macleod escudriñaba el balcón y daba vueltas sobre sí mismo como un poseso. Al final negó con la cabeza, regresó a la puerta y entró junto a Hope. La acercó de un tirón y le susurró al oído:
—¡No hay huellas! Ni una. Esto no cuadra. Un puñal en la espalda y ni una sola huella.
Hope lo miró, incrédula.
—¿Seguro?
—¿Hay algún herido? —preguntó Aldo Brace—. ¿Ha saltado alguien? Voy a bajar a echar un vistazo. Sé de primeros auxilios; también he visto unas cuantas lesiones en el rugby.
—¡No! —gritó Macleod—. Todos quietos. Reúnanse junto a esa pared. Quiero pasar lista ahora mismo.
Volvió a agarrar a Hope por el hombro.
—Baja y comprueba que está muerto. No dejes que nadie más se acerque.
Hope asintió y echó a correr escaleras abajo. Entonces se dio cuenta de que iba descalza y pensó en volver, pero si alguien llegaba antes podría alterar la escena. El instinto de Macleod no había fallado.
Al pie de la escalera, Hope buscó una salida, pero la puerta estaba cerrada con llave.
Descolgó de la pared una espada enorme y se dispuso a descargarla contra la cerradura.
Entonces vio por el rabillo del ojo una hilera de llaves.
La señora Smith había cerrado la casa, pero había dejado las llaves junto a la puerta trasera.
A Macleod no le haría ninguna gracia. Aunque, bien pensado, la mujer debía de creer que había sido un accidente. ¿Por qué iba a esconder las llaves?
Hope abrió la puerta e hizo una mueca al pisar la nieve helada.
El terreno le permitía correr sin dificultad, pero tenía que esforzarse para que el frío no le trepara por las piernas.
Los pantalones del pijama apenas la protegían del viento y, a decir verdad, ni siquiera el jersey de lana evitaba que se le metiera el frío hasta los huesos.
Cuando llegó junto al hombre ensartado en la verja, le vio la cara.
Tenía los ojos cerrados y el cuerpo desplomado.
Hope le dio una palmada en la mejilla. No respondió.
Le buscó el pulso. Nada. Estaba muerto. Le levantó despacio la cabeza y reconoció a Macaulay.
En la penumbra, el pijama azul brillante estaba manchado de rojo oscuro.
Oyó pasos a su espalda. Luego, una voz:
—¿Quién es?
Hope reconoció al instante el tono de Lorraine Baxter.
—¡Atrás! ¡Aléjate de ahí! ¡Ahora!
A la señorita Baxter se le desencajó el rostro al reconocerlo y echó a correr hacia el cadáver. Hope la interceptó, la sujetó entre sus brazos y la hizo retroceder con suavidad.
—¡No! ¡No! ¡No puede ser! ¡No!
—Atrás. Venga, volvemos dentro —dijo Hope con firmeza, pero sin perder la compasión.
—Le dije que lo odiaba. Le dije que ojalá se muriera por culpa de sus malditos juegos. ¡Mierda! ¡No!
Lorraine se estremeció entre sus brazos y, de pronto, le fallaron las piernas. Hope tuvo que soportar todo su peso. Con los pies ya entumecidos, se esforzó por sostener a la mujer, que no llevaba más que una bata.
—¡Señor! Necesito ayuda. Lorraine Baxter se ha desmayado. ¿Hay algún sanitario entre los invitados?
—¡Métete dentro! Ya bajamos —respondió Macleod desde arriba.
Hope arrastró a Lorraine por la puerta abierta hasta el pasillo que llevaba a la parte trasera de la casa.
La dejó en el suelo e hizo lo posible por colocarla en posición lateral de seguridad.
Nunca le había gustado la formación básica en primeros auxilios, pero ahora le venía bien.
De pie en el pasillo, temblando, volvió a pensar en el cadáver.
Macleod tenía razón: había un puñal en la espalda.
No había tenido tiempo de tocarlo ni de examinarlo bien, pero aún veía su silueta.
A Macaulay lo habían asesinado. Seguro. Aquello lo cambiaba todo.
La señora Smith, el ama de llaves, llegó corriendo y se arrodilló enseguida junto a la señorita Baxter. Al ver que Lorraine ya estaba atendida, Hope se sentó en un banco del pasillo mientras llegaban los demás. Macleod les ordenó que se mantuvieran atrás y luego miró a Hope.
—¿Está bien?
—Creo que solo se ha desmayado, señor. Lo que hay fuera no es nada agradable.
—De acuerdo —dijo Macleod—. ¿Y tú?
—Muerta de frío. Por lo demás, bien. Y, señor…
Hope le indicó a Macleod que se inclinara para poder susurrarle.
—Es Macaulay. Lo han asesinado. Tenías razón: lleva un puñal clavado en la espalda.
Macleod miró alrededor, consciente, como ella, de que había un asesino entre ellos. Hope vio que sopesaba las opciones. Él también sabía que estaban solos. Solo ellos dos. Macleod paseó la mirada por los sospechosos y por Lorraine, tendida en el suelo. Calculaba cómo contener la situación.
—¡Bien, todo el mundo! Vayan ahora mismo a la biblioteca. Señor Smith, ayude a su madre: encienda el fuego y preparen entre los dos algo caliente para todos. McGrath, ayude a la señora Smith a llevar a la señorita Baxter a la biblioteca y vuelva aquí.
Hope asintió. Era lo que esperaba: reunirlos para que se vigilaran unos a otros mientras ellos examinaban el escenario del crimen. ¿Y después? Al menos tendría que moverse. Sus pies agradecerían el movimiento, si conseguía volver a sentirlos.
Después de ayudar a la señora Smith y comprobar que todos los invitados y los Smith estaban en la biblioteca, con órdenes de no salir, Hope fue a buscar a su jefe. Lo encontró fotografiando el cadáver.
—Hará falta bastante gente para sacarlo de ahí —dijo Macleod—. Y será mejor hacerlo pronto, antes de que se congele. Pero quiero revisar otra vez el balcón y averiguar de dónde salió el puñal. ¿Lo arrojó alguien? No está en el centro de la espalda, sino un poco desplazado hacia la izquierda.
Subieron juntos y volvieron al balcón. Hope pasó por la habitación para ponerse las botas y un abrigo. Cuando salió, su jefe observaba la pared situada al fondo del balcón.
—Mira, Hope. Debió de caer por aquí, justo después de la ventana que da al balcón. Desde este punto hay un tramo de pared maciza hasta la ventana del rellano siguiente. Quizá huía e intentó pasar deprisa de un rellano a otro. A lo mejor buscaba refugio.
Hope examinó la pared y la hiedra cubierta de nieve. Aun abrigada, seguía helada. Entonces reparó en un tramo aún verde, como si la hiedra se hubiera movido y la nieve se hubiera desprendido. Metió la mano por detrás y encontró un hueco.
—Aquí hay algo, señor. Voy a meter la mano.
—Ten cuidado. No sabes qué clase de locura puede haber ahí dentro —dijo Macleod.
—¡Ah, mierda! Perdón, señor. Me he pinchado con una punta, pero ya tengo algo agarrado.
Hope tiró con fuerza y extrajo de la pared una pértiga larga. En el extremo había una pinza que se abrió cuando la pértiga alcanzó su máxima extensión. Al soltarla, la pinza se cerró mientras la pértiga se retraía dentro de la pared.
—¿Uno de sus juegos? —preguntó Macleod.
—Pero él debía de saber que estaba ahí. ¿Y no se supone que están diseñados para que no alcancen a nadie?
—Díselo a Peter McKinney. Aquí hay algo que no cuadra, McGrath, y estamos metidos hasta el cuello. Revisemos su habitación antes de volver con los demás. Tenemos que averiguar qué ocurre, y rápido, Hope, porque presiento que este no será el último truco que salga mal.