Capítulo 8 #2
Macaulay y su hija seguían enfrentados, aunque hablaban más bajo por consideración hacia Pandie, o al menos ese era el motivo que Macleod les atribuía.
Christine Johnston lo estaba pasando mal: Anders Larsen, completamente ignorado por Lorraine Baxter, le hablaba atropelladamente.
Macleod reconocía los signos de conmoción y pánico, pero al menos Larsen hablaba con alguien impasible, no con alguien que se dejara arrastrar por sus nervios.
El personal lo sobrellevaba admirablemente.
Cortés como siempre, la señora Smith se mostraba práctica y tajante, y hasta reprendía a algún que otro invitado si su tono se volvía demasiado lúgubre o frívolo.
Pero algo inquietaba a Macleod. Había una mezcla desconcertante de conmoción y ambivalencia.
Si todo el grupo se hubiera sumido en un silencio respetuoso, o incluso en el pánico, se habría quedado tranquilo.
Pero las reacciones eran demasiado dispares.
Y Melanie Blayney seguía haciéndole ojitos.
Bueno, a algunas mujeres les atraía el poder, pero ella podía encontrar a alguien mucho mejor que él, bromeó para sus adentros.
Hope se acercó y se arrodilló frente a él. Macleod se inclinó hacia delante y se ofreció a levantarse para que ella se sentara.
—No hace falta, señor, aunque agradezco el detalle.
Creo que ya va siendo hora de mandar a todos a la cama.
Empiezan los comentarios, y ninguno es bueno: que si no había sido un accidente, cómo iba a saberlo nadie…
La mierda de siempre. Pero todos están de los nervios, estamos encerrados y no hay adónde mandar a los más alterados.
Creo que deberías anunciar que es hora de dormir.
—Me haces parecer una niñera. —Vio a Hope poner los ojos en blanco—. Basta. Déjalo ya. —Se inclinó más hacia ella—. Algo no encaja. No sé qué, pero tengo un mal presentimiento. Esta noche no deberíamos dormir en habitaciones separadas.
Hope estuvo a punto de soltar una carcajada.
—Es una frase de ligue bastante cursi.
—Hablo en serio. Dormiré en la silla. No sé qué es, pero aquí hay algo que no va bien. No he llegado hasta aquí por ignorar mi instinto.
—¿Crees que alguien lo hizo adrede? ¿No te estarás dejando llevar por los disfraces y todo el montaje?
Macleod enarcó las cejas.
—Confía en mí. Y trae el pijama. Y una bata. Una bien gruesa y de lana, que te cubra de pies a cabeza.
Hope sonrió, pero asintió. Macleod no se sentía ridículo por proponer aquellas medidas, aunque sabía que, si en comisaría se enteraban, se armaría una buena. La corazonada era demasiado fuerte para ignorarla.
—Bien, creo que ha llegado la hora de retirarse.
Lo mejor es que duerman bien y mañana veremos qué nos trae el tiempo.
Tengo intención de examinar el mecanismo por la mañana con ayuda del señor Macaulay y, con suerte, podré mandar a casa a la mayoría de ustedes.
Hasta entonces, les ruego que mantengan la calma y permanezcan en sus habitaciones hasta mañana.
Señora Smith —dijo Macleod al ama de llaves—, haga el favor de cerrar la casa dentro de una hora.
Así todos tendrán tiempo de sobra para acostarse. Nada más de alcohol, por favor.
Hope dijo que subiría a buscar sus cosas para llevarlas a la habitación de Macleod y tomó la llave que él le tendía.
Macleod se sentó en el sillón frente al fuego mortecino y empezó a repasar las posibilidades.
¿Y si no había sido un accidente? ¿Quién lo haría?
¿Quién podría hacerlo? ¿Cómo se controlaba el mecanismo?
Macaulay había dicho que se accionaba a distancia, pero aquella trampa estaba programada para activarse antes de que llegara el investigador.
Solo verían un cuerpo falso estampándose contra la pared.
No debería haberse activado antes de la hora prevista.
Todo estaba programado y nadie había entrado en la sala de control, cuya llave solo tenía Macaulay. Lo comprobaría por la mañana.
El viento aullaba alrededor de la casa cuando subió las escaleras.
Todos estaban ya en la cama salvo la señora Smith, que cerraba la casa.
Al desembocar en el rellano de su planta, vio a Aldo Brace entrando en una habitación al fondo del pasillo.
No era la habitación que, según recordaba, ocupaba Aldo.
Entonces vio asomar un instante la cabeza de la señora Johnston.
Macleod se quedó inmóvil en la penumbra y le pareció que ella no lo había visto.
Al entrar en su habitación, encontró a Hope en pijama, estirándose en una postura de yoga. Desde donde estaba, tenía una vista impresionante de su trasero, así que apartó la mirada y se puso a rebuscar en el cajón de los calcetines sin motivo alguno.
—Perdona, señor. Solo estaba haciendo un poco de yoga antes de acostarme. Deberías probarlo algún día. Ya te daré una clase.
—No —respondió Macleod, quizá demasiado rápido—. Muy amable por tu parte, pero no. No es lo mío.
—Es muy liberador, señor, sobre todo si te desnudas. No hay nada mejor para quitarte la tensión de encima…
—¡No! —soltó Macleod.
Había aprendido a admirar a Hope sin sentirse un mirón: a disfrutar, simplemente, de su presencia y de su ingenio. No pensaba volver a dejarse arrastrar por pensamientos más carnales.
—Gracias, pero no. Estoy listo para dormir. Creo que dormiré con la ropa puesta.
Macleod se acomodó en el sillón, estiró las piernas y trató de relajarse. Hope fue hasta la cama, cogió una manta grande y volvió con ella. Lo arropó y le deseó buenas noches.
—¿Y ahora quién hace de niñera? —preguntó él.
La vio reír y brincar hasta la enorme cama, levantar las mantas y acurrucarse debajo.
Luego un brazo salió de entre ellas y apagó la luz.
A Macleod le costó conciliar el sueño. Se quedó pensando en qué estaría haciendo Jane.
Pensar en ella mantuvo a raya las ideas sobre el caso y sobre su compañera, dormida en la misma habitación, hasta que cayó en un sueño profundo.