El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

— Y a está: todo cerrado, McGrath. Fuera hace un frío de muerte. Y el viento ha arreciado de verdad. Dudo que por aquí hayan visto una nevada así en mucho tiempo.

Macleod se sacudía la nieve del abrigo largo de época en el vestíbulo. A su lado, Aldo Brace y Anders Larsen hacían lo mismo. A diferencia del señor Brace, Larsen se estaba viniendo abajo.

—Estaba allí, colgado. Tenía los ojos apagados. Ausentes.

—No hable de eso cuando entremos, por favor, señor Larsen. Ahí dentro hay un hombre que acaba de perder a su pareja y no necesita que se lo recordemos. Y usted, señor Brace, tampoco hable de lo que acaba de ver. Gracias por su ayuda, caballeros.

Macleod apartó a Hope y le susurró al oído.

—¿Qué tal por aquí?

—Todo está muy tranquilo, como era de esperar, pero se masca algo.

Todos están conmocionados en mayor o menor medida, pero Lorraine Baxter fulmina a su padre con la mirada.

Por algún motivo, la señorita Blayney ha estado preguntando a todo el mundo menos a mí qué había pasado.

Y Zara Dawson está a punto de derrumbarse.

Los Johnston, en cambio, están bien. El ama de llaves y su hijo también han sido de gran ayuda.

Todos han tomado algo fuerte y ahora traerán té y scones.

—Bien, Hope. Tengo que avisar a quien corresponda. Me temo que, con este tiempo, no será fácil.

—Ya he hablado con el ama de llaves. Ha mandado a su hijo a comprobar la carretera y está completamente cortada.

—Hope se encogió de hombros—. Además, las líneas telefónicas no funcionan y tampoco hay cobertura móvil.

En la casa no tienen radio, pero hay una a bordo de un barco en el puerto. Tendrías que volver a salir.

—Puede esperar hasta mañana. Ahora nadie va a poder hacer nada. Vuelve dentro, Hope, mantén a todos tranquilos y dentro de poco los mandaremos a la cama. Aunque quizá haya que vigilar a Pandie. Si sale esta noche hacia la cueva, se congelará.

Hope se dirigió a la puerta que daba al pasillo de la biblioteca, pero Aldo Brace le salió al paso. Se había quitado la chaqueta, ya cubierta de nieve, y el resto de su indumentaria seguía impecable.

—Su inspector es impresionante. Muy sereno en una crisis, igual que usted. Lo está llevando con mucha entereza.

—Es mi trabajo, señor Brace.

—Sé que lo ocurrido es horrible, pero ¿de verdad tenemos que tratarnos con tanta formalidad? Llámame Aldo, por favor. Diría que hasta te creces en situaciones así.

Hope sonrió. Reconocía una insinuación cuando la oía.

—¿No te pega más la señorita Dawson?

El hombre pareció descolocado por la franqueza de Hope, pero se recuperó bien.

—Zara sigue siendo una niña. Me he dado cuenta demasiado tarde. La relación nos da buena publicidad, como dice mi agente, pero a veces quiero hablar con una mujer de verdad.

—¿Solo para hablar? —se rio Hope—. Pero sé a qué te refieres. A veces yo también necesito el contacto de un buen hombre. O de una buena mujer.

La expresión de Aldo se ensombreció de golpe, antes de que se recompusiera y volviera a sonreír. A Hope no se le escapaban reacciones así, de modo que no le sorprendió que él se adelantara, entrara primero en la biblioteca y la dejara prácticamente tirada.

Capullo. A muchos hombres les habría encantado ese comentario. Hace años que no estoy con una mujer. En realidad, solo una vez. Es curioso el efecto que tiene eso en la gente.

Hope entró en la biblioteca y encontró a Lorraine Baxter plantada ante su padre, echándole en cara lo ocurrido.

—Siempre tienes que pasarte. Todo tiene que ser sangriento y feo, toda esa mierda en la que la gente normal no se mete. Y este es el resultado. Has matado a un hombre. Joder, has matado a un hombre.

Pandie se deshacía en sollozos en el sillón mientras la señorita Blayney intentaba consolarlo. Zara Dawson también lloraba. Hope oyó abrirse la puerta a su espalda y una voz le susurró al oído.

—Todos bien, por lo que veo. Aguantando el tipo. Buen trabajo, detective.

Al pasar junto a ella, Hope le dio a Macleod un golpecito rápido en el costado. Él no miró atrás. Se dirigió al centro de la sala y se subió a una mesita. Dio unas palmadas y recorrió la biblioteca con la mirada hasta tener toda la atención del grupo.

—McGrath, ¿puede hacer pasar también al personal?

Pasó un minuto hasta que la señora Smith y su hijo Kyle entraron en la sala. Macleod volvió a recorrer a todos con la mirada y empezó.

—Escuchen todos. Sé que muchos de ustedes están muy afectados por lo ocurrido. Antes de empezar, permítanme transmitir al señor McKinney nuestro más sincero pésame. Apenas conocía a su pareja, pero parecía un hombre decente y era evidente que usted lo quería.

»En circunstancias normales, habría avisado a la policía local, que ya estaría aquí para hacerse cargo.

Sin embargo, el temporal me impide tomar medidas.

Las líneas telefónicas y las antenas de telefonía móvil están fuera de servicio.

La carretera es intransitable y salir esta noche sería una temeridad.

Así que todos nos quedaremos aquí. Según la previsión, quizá incluso varios días.

Mantengan la calma y colaboren entre ustedes para que la espera transcurra con la mayor tranquilidad posible.

»La comida está al llegar y, como son casi las nueve, propongo que cenemos y después nos retiremos a nuestras habitaciones.

Mañana quizá necesite contar con algunos de ustedes para investigar qué ocurrió exactamente.

Hasta entonces, no anden por la casa: quédense en sus habitaciones, la biblioteca o el comedor.

Podría haber otros mecanismos defectuosos.

Supongo que estas salas son seguras, ¿verdad, señor Macaulay?

—Sí, sí. En estas salas no hay nada.

Macaulay seguía blanco como una sábana y temblaba. Su hija lo fulminaba con la mirada, sin bajar el dedo acusador. No cedía ni un ápice, aunque se veía obligada a guardar silencio.

—Bien. Coman y beban, por favor. Té o whisky, pero con moderación; no quiero tener que ocuparme de ningún numerito de borrachos en estas circunstancias. Ya tenemos bastante encima. Gracias. Y, de nuevo, señor McKinney, lamento profundamente su pérdida.

Cuando Macleod bajó de la mesita, Johnston lo llevó aparte.

—Una vez que haya resuelto el problema, supongo que podremos seguir con el fin de semana, ¿no?

La pregunta lo arrolló como un camión que invadiera el carril contrario. No la vio venir.

—¡No! ¿Está usted loco? Ha muerto un hombre. Esperaremos a que amaine el temporal, haremos venir a los especialistas y mandaremos a todos a casa. Tenga un poco de compasión: un hombre acaba de perder a su pareja.

Cuando Johnston abrió la boca para añadir algo, Macleod alzó una mano para cortarlo y se dirigió a Pandie McKinney. El hombre seguía llorando, con un buen vaso de whisky en la mano.

—Lo siento muchísimo, Pandie. No puedo imaginar lo que supone perder a su pareja.

Era mentira, por supuesto, pero aquello no iba de él.

—Marido, inspector. Era mi marido.

—Perdóneme. Es un mundo distinto y a veces me cuesta acertar con las palabras. Por supuesto: su marido. Haré todo lo posible por averiguar por qué ha pasado.

Pandie asintió y de pronto alzó la vista hacia Macleod.

—Pensábamos que sería yo. Por mi activismo a favor de la igualdad de derechos. Ya había recibido amenazas, pero a Peter nunca. No esperaba que se fuera él primero.

Macleod se disponía a hacerle otra pregunta, pero el hombre volvió a venirse abajo y se la guardó para otro momento. Junto a Pandie, Melanie Blayney estaba arrodillada en el suelo y le sostenía la mano.

—¿Puedo preguntarle algo, señorita Blayney?

—Por supuesto, inspector.

Macleod observó cómo la mujer se levantaba. Seguía con el disfraz, algo que, después de lo ocurrido, le pareció fuera de lugar: iba vestida para atraer miradas. Era difícil no fijarse en su figura, pero Macleod no se dejó distraer.

—Quédese con el señor McKinney, por favor. Ahora mismo necesita tacto, y parece que usted lo tiene.

—Por supuesto —dijo la mujer con una sonrisa—. Cuente conmigo.

Macleod vio el destello de los dientes y después el guiño cómplice.

No parecía el momento, pero la señorita Blayney se empeñaba en impresionarlo.

Sin embargo, algo no encajaba. No parecía exhibirse porque le gustara ser el centro de atención; había algo forzado en aquello.

El instinto intentaba decirle algo que no acababa de entender.

Algo le tenía los sentidos en alerta. Ojalá pudiera identificarlo.

La comida llegó y Macleod dio buena cuenta de los scones y el café.

El rato en la cueva lo había dejado helado por dentro, y aquello empezaba a entonarlo.

Con aquel tiempo, poco más podía hacer esa noche.

Había protegido la escena del accidente lo mejor posible y tomado todas las fotografías que pudo con el móvil.

Había mandado traerlo casi de inmediato, solo para descubrir que no había cobertura.

Por más que lo intentó, no encontró señal en ninguna parte.

Las líneas telefónicas tampoco funcionaban.

Kyle Smith, el chef, le explicó que la única antena de móvil cuya señal llegaba hasta allí estaba algo más al sur; las demás quedaban tapadas por el relieve.

A Macleod le fastidiaba no haber podido poner en marcha la investigación ni siquiera dar parte, pero se obligó a serenarse para lidiar con tanta gente alterada.

Algunos estaban más afectados que otros.

Desde la comodidad de un sillón, los observó y fue tomando nota.

Aldo Brace parecía sobrellevar bien la tragedia, al contrario que su pareja, Zara Dawson, que se estaba desmoronando.

A Aldo no parecía importarle demasiado. Rondaba cerca de Hope, aunque sin hablarle; luego se acercaba a Johnston y cruzaba unas palabras con él.