El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

L a biblioteca bullía de conversaciones sobre las escenas espantosas que habían presenciado.

El tercer grupo —Anders Larsen, Pandie y Zara Dawson— había tenido su propio encuentro en el sótano y también había encontrado indicios de aquellas personas de cabeza elíptica, incluido un diario escrito por una de ellas.

Las copas no paraban de circular y casi todos estaban metidos de lleno en el misterio.

Lorraine Baxter, no. Se limitaba a beber whisky a un ritmo que habría enorgullecido al más curtido de los pescadores.

—¿Qué le pasa? —preguntó Hope.

—No está disfrutando precisamente con las bromas de su padre —respondió Macleod—. En el sitio que nos tocó había mucha sangre, y era de verdad. Sangre animal, sí, pero real. De cerdo, seguramente.

—¿Le dio una crisis?

—Y no pequeña, Hope. Una pinta entera de crisis, con chupito y todo.

Mientras tanto, Macaulay corría de un invitado a otro, comentando lo ocurrido. Se entretuvo bastante con el señor Johnston, que, por suerte, se había cambiado la ropa empapada de sangre, aunque seguía tan entusiasta y arrogante como antes. Macaulay no paraba de darle cuerda.

Pandie también se lo estaba pasando en grande y se había bebido casi una botella entera de vino tinto.

Su marido, Peter McKinney, permanecía sentado en silencio, estudiando unos documentos que su grupo había encontrado, mientras Pandie iba de grupo en grupo comentando en voz alta lo asustado que había estado.

Macleod se acercó a Peter McKinney.

—Hola. Soy Seoras. Creo que antes he empezado con mal pie con su pareja. Lo siento, pero a veces el trabajo puede conmigo. ¿Qué le está pareciendo todo esto?

El hombre levantó la vista. Macleod habría jurado que había miedo en sus ojos. La luz de la sala se reflejaba en su cabeza, completamente calva y casi pulida. Peter lo miró como si fuera la persona más extraña que hubiera visto en su vida.

—Está bastante claro. Tenemos que bajar a la orilla. Todos los indicios apuntan a la orilla. ¿No le parece, Seoras?

Macleod no había pensado lo más mínimo en el misterio. Aquello le parecía pueril, sobre todo cuando él sí tenía asesinatos de verdad de los que ocuparse. Pero no quería parecer un aguafiestas, así que asintió mientras Peter le señalaba el detalle clave de su deducción.

—A la playa, Peter. Me parece una conclusión razonable.

Dicho esto, Macleod se apartó y buscó a Hope.

—Parece que vamos a bajar a la playa. Hace un frío que pela ahí fuera. Y la tormenta empeora. Macaulay está como una regadera, Hope.

—¿No te lo estás pasando bien? —preguntó ella—. Yo me lo estoy pasando en grande, y encima tengo detrás a un jugador de rugby despampanante. No puedo ponerle pegas a esta fiestecita.

—Ten cuidado —dijo Macleod—. Su novia ya te ha echado unas cuantas miradas.

—Y la señorita Baxter a ti. Puede que esté fuera de combate, pero no te ha quitado ojo. Debes de ser un hombro estupendo en el que llorar.

Hope dio un sorbo al whisky y preguntó a Macleod si quería otra copa.

—Con el café tengo bastante. Cuidado con el señor Johnston: es un auténtico capullo. Arrogante como él solo.

—Pues hace buena pareja con su mujer —dijo Hope—. Uy, espera: tu admiradora va a entrar en acción.

Lorraine Baxter se puso en pie, tambaleándose, y se agarró a la chaqueta de su padre para alzarse hasta su oído.

Macleod no alcanzó a oír lo que decían, pero los dos tenían el rostro crispado de rabia.

Macaulay empujó a su hija hacia una silla y le sirvió otro whisky.

Ella se balanceó en la silla y después pareció calmarse.

—Bien, amigos —anunció Macaulay de pronto—.

Tras consultaros a todos, parece claro que nuestros visitantes vienen de la zona de la playa y quizá se hayan instalado allí.

Después de cenar bajaremos. Abrigaos bien; debemos prepararnos para el encuentro.

¡Es hora de que empecemos a desentrañar el horror que se ha abatido sobre mi hogar!

Algunos participantes vitorearon, pero Macleod observaba a Lorraine Baxter, que volvía a estar en pie.

—¿La playa? ¿Ahí fuera? ¿Te has vuelto loco, joder? Escuchadme todos: este es mi padre y es un auténtico cabrón.

Macaulay intentó agarrarla del brazo, pero ella lo rechazó con un violento empujón.

—No intentes callarme. Ese hombre —dijo, señalándolo—, ese miserable, sabe que odio la sangre y toda esta mierda por la que nos hace pasar. Y aun así se las arregla para arrastrarme a esto. Le encanta acojonar a su propia hija. Esto es una forma de…

Se desplomó. Macleod observó quién reaccionaba primero. Hope y Aldo Brace llegaron antes que nadie a su lado y se pusieron a examinarla. En menos de un minuto la habían acomodado en un sillón. La sala quedó extrañamente silenciosa, aunque nadie apartaba la vista.

—Bueno —dijo Macaulay—, demasiado alcohol. Nunca se le dio bien la bebida. Sea como sea, después de la cena intentaremos acabar con nuestros enemigos. Y ahora, a cenar, damas y caballeros: sustento para exploradores de otros mundos.

Mientras los demás se dirigían al comedor, Macleod se acercó con paso firme a Hope y Aldo.

—¿Está bien?

—Creo que sí, Seoras. Solo se ha dado un golpe, pero está borracha como una cuba. Conviene que la vigilemos de cerca durante la cena.

—De acuerdo —dijo Aldo, y llamó a Zara para que se uniera a ellos—. Si se sienta entre Zara y Hope, no hará el ridículo con ninguno de los hombres.

—Buena idea —dijo Macleod.

—Lo que quiere decir —dijo Hope— es que así él no tendrá que hacer de niñera.

Macleod no discutió. Llevaron a la señorita Baxter al comedor, sosteniéndola en todo momento.

Después la acompañaron a buscar su abrigo grueso mientras los demás se preparaban para la expedición nocturna a la playa.

Se reunieron en la biblioteca, donde repartieron faroles a los improvisados investigadores.

Macleod se había echado una capa amplia sobre el disfraz.

Hope llevaba un abrigo elegante, pero a él no le pareció lo bastante cálido.

Claro que los jóvenes no notaban el frío como él.

Cuando todos estuvieron bien abrigados, el grupo se reunió en el vestíbulo. Hope y Aldo sostenían a la señorita Baxter entre ambos, con Zara pegada a ellos, en teoría para sujetar a Lorraine si se caía. Más bien para no perder de vista a su hombre.

El viento aullaba y la nieve seguía cayendo. Adentrarse en la ventisca parecía una insensatez, pero Macaulay aseguró que no recorrerían ni medio kilómetro.

Macleod salió al temporal y se le heló la cara al instante. Fijó la vista en las huellas de Macaulay e intentó seguirle el ritmo. Cuando cruzaron el césped de la casa, bajaron a la playa y buscaron refugio para orientarse, el grupo ya se había dispersado un poco.

—La cueva está ahí delante —gritó Macaulay—. Justo delante. Nunca me he atrevido a entrar, pero tienen que estar ahí dentro.

—Mirad —gritó la señorita Blayney—. ¿Qué demonios es eso?

A lo lejos se distinguía una figura borrosa cerca de la cueva. Parecía llevar una especie de red pegada al cuerpo por varios sitios, pero la cortina de nieve impedía verla bien.

—¡A por él! —gritó Macaulay—. Es uno de ellos. Va a meterse en la cueva. Pandie, tú eres rápido. ¡Ve tras él, muchacho!

Cuando Pandie dio un paso para echar a correr, Peter McKinney le agarró la mano y los dos salieron corriendo, con Peter un poco por delante. Hope seguía con la señorita Baxter, así que Macleod decidió mantener el ritmo del grupo de cabeza.

Cuando llegó a la entrada, Peter y Pandie ya se habían internado en la cueva. Macleod entró con el farol. Las sombras bailaban en las paredes. Avanzó con cuidado: apenas veía dónde pisaba. Mientras trataba de orientarse, los dos regresaron.

—¿Esperamos a los demás? —preguntó Pandie.

—Pueden tardar bastante, a juzgar por lo despacio que avanza el señor Johnston —dijo Macleod—. Pero quizá sea lo mejor. Al fin y al cabo, estamos todos juntos en esto.

Macleod se dio cuenta de lo cursi que había sonado, pero al menos sentía que aportaba algo al ambiente del juego de rol.

—No creo que tarden mucho —dijo Peter—. Veo a Macaulay y a Aldo. El americano lleva a Johnston a hombros. Se nota que es jugador de rugby.

—Vaya cuerpazo —comentó Pandie, haciendo que Macleod enarcara las cejas—. Bueno, tú a lo tuyo y yo a lo mío.

—En efecto —dijo Macleod, sintiéndose reprendido.

Le costaban de verdad aquellas muestras tan abiertas.

Quizá fuera un poco homófobo, por mucho que procurase no entrometerse en la vida de nadie.

Debía de llevarlo dentro, pero tenía que quitárselo de encima.

Los tiempos modernos y todo eso. Aunque ni él mismo estaba seguro de creérselo.

Macaulay se acercó y gritó al pequeño grupo que iba en cabeza.

—¿A qué esperáis? ¡Vamos a ver qué hay! No habréis entrado ya, ¿verdad?

—Solo un poco —dijo Pandie—. Peter ha insistido en que no le bastaba con que yo le cogiera de la mano; también os quería aquí a los demás.

—Vamos —gritó Johnston—. Fuera hace un frío que pela con este viento. Entremos de una vez. ¡Métete en esa cueva, McKinney! ¡Vamos!

Peter miró a Pandie y su marido le devolvió una mirada de fastidio.

—Entonces, ¿me toca a mí? —preguntó Pandie. Peter negó con la cabeza y echó a correr cueva adentro con un farol. Macleod y Pandie fueron tras él, pero no lograron seguirle el ritmo.

El farol daba bastante luz, pero, si lo sostenía a la altura de la cara, apenas iluminaba el suelo.

Pandie miró hacia el débil resplandor de otro farol más adelante.

Macleod no corría: avanzaba a zancadas, con el paso medido de un buen agente de patrulla.

Habían pasado años, pero el cuerpo no olvidaba el ritmo.

Y entonces Pandie cayó. Soltó un alarido y Macleod se agachó para agarrarlo del brazo. Había dado con la barbilla en el suelo y se había abierto una brecha bajo la barbilla; la sangre goteaba.

—Tome —dijo Macleod, tendiéndole un pañuelo.

—Dios, qué rápido se me ha venido encima el suelo. Jesús, cómo escuece.

Macleod decidió pasar por alto la blasfemia y le examinó los ojos para asegurarse de que estaba lúcido y orientado.

—No tiene tan mala pinta.

—Siempre es agradable recibir un cumplido de un hombre de uniforme —dijo Pandie con una sonrisa pícara. Macleod no supo qué pensar. Tampoco era momento de analizar sus propias actitudes.

—Pandie, ¿has sido tú? —gritó una voz desde más adelante.

—Sí, no me veo ni los pies. Tú sigue; ahora voy. El buen detective me está atendiendo.

—Vale, hay una especie de símbolos y cosas por aquí delante. Voy a echarles un vistazo. Parece algo así como…

Un estruendo y un grito retumbaron por toda la cueva. Alguien gritó desde atrás.

—¿Qué demonios ha sido eso?

Macleod no esperó a que Pandie comprendiera que algo iba mal. Echó a correr hacia el interior de la cueva. En las paredes se sucedían pinturas y tallas de tentáculos, personas y criaturas de formas extrañas. Ignoró aquel teatrillo. Solo le importaba comprobar que Peter estaba bien.

El haz del farol cayó sobre un gran mecanismo adosado a la pared y Macleod estuvo a punto de dar un respingo.

Era una estructura metálica con una especie de eje que permitía a una sección rectangular alargada girar y barrerlo todo hacia la pared.

Levantó el farol hacia el punto de impacto.

Allí había una figura aplastada. Blanca. Un esqueleto.

Macleod soltó el aire, aliviado. Entonces vio más abajo, en el suelo, una mancha oscura.

La tocó con los dedos y se los llevó primero a la nariz y luego a los labios.

Era sangre. No de cerdo. De una cosa estaba seguro: era humana.

Aquella sangre no cuadraba con un esqueleto, así que acercó el farol para mirar mejor.

Pero que la sangre fuera humana no descartaba que Macaulay lo hubiera preparado. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar aquel hombre con la farsa? Agarró el mecanismo al oír pasos detrás.

—¿Qué es eso? —preguntó Pandie entre risas—. Joder, sí que se está luciendo con esta mierda, ¿eh?

Macleod asintió y tiró del mecanismo hasta separarlo un poco de la pared. Había algo detrás del esqueleto. Una cabeza cayó hacia un lado y lo miró sin reconocerlo. Peter McKinney estaba ahora más callado todavía que durante todo aquel día. Ya no volvería a hablar.

—¿Dónde se ha metido Peter? —preguntó Pandie. Macleod se volvió. Pandie lo miraba con expresión alegre, expectante. Cuando el farol iluminó el rostro de Macleod, aquella expresión dio paso a una incomprensión desesperada.

—Atrás —ordenó Macleod mientras lo agarraba por los hombros y lo apartaba con suavidad del mecanismo—. No se acerque. Atrás.

—¿Peter? ¿Está Peter ahí dentro?

—Atrás. Retroceda, por favor. Siga retrocediendo.

—¡Peter! ¡Peter! ¿Cómo?

—¡McGrath! ¡McGrath, necesito su ayuda, detective!

Macleod sujetó a Pandie cuando este se derrumbó contra su hombro, con el cuerpo sacudido por espasmos.

—¡No! ¡No! ¡Déjeme verlo!

Se oyeron pasos al otro lado del recodo.

—¿Señor?

—Llévese a Pandie y no deje que se acerque nadie. Ha habido un accidente terrible.

—¿Señor? —preguntó Hope.

—Al menos creo que ha sido un accidente.