Capítulo 5
— B ajaré yo primero —anunció el señor Johnston. Se arrodilló antes de descolgarse por el oscuro hueco. Macleod sostuvo el farol por encima de él y creyó distinguir el suelo allá abajo.
—Parece que hay suelo, señor Johnston. ¿Puede dejarse caer sin problema o prefiere que le ayude a bajar? —preguntó Macleod.
—Estoy bien —insistió Johnston. Se dejó caer. Se oyó un golpe sordo, seguido de un quejido. Macleod se arrodilló a toda prisa, asomó la cabeza por la abertura y bajó también el farol. Abajo, el señor Johnston se sujetaba la rodilla con una mueca de dolor.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Macleod.
El hombre soltó una maldición por lo bajo.
—Creo que me he fastidiado la rodilla.
—¿Qué quiere decir? —preguntó la señorita Baxter desde arriba.
—Creo que el golpe me la ha dejado resentida, señorita Baxter. No sé si podré apoyar la pierna.
—Si me da la mano, señor, le ayudo a subir —dijo Macleod.
—Tonterías. Gatearé si hace falta. Además, me necesitará si quiere resolver algo.
De entrada, Macleod se indignó. ¿Necesitar a aquel hombre?
Era inspector. Había resuelto unos cuantos misterios en su vida, de los de verdad.
Y, hasta el momento, Johnston no había encontrado nada y se había fastidiado la rodilla.
Imbécil. Pero entonces Macleod empezó a sonreír y tuvo que esforzarse para contener la risa. El hombre resultaba cómico, la verdad.
—De acuerdo. Ahora bajaré con vosotras —dijo Macleod—. ¿Bajas tú primero, Lorraine?
—No quiero bajar ahí —respondió ella, con un leve escalofrío en la penumbra—. No va a ser nada agradable. Él siempre ha querido montar esta clase de mierda y sabe que lo detesto.
—No hace falta que bajes —dijo la señorita Blayney—. Seoras tiene cerillas y podemos dejártelas. El farol tendremos que llevárnoslo, claro.
—No pienso quedarme aquí arriba sola. Bájame, Seoras. Me quedaré en la retaguardia.
Primero bajaron a la señorita Baxter por el agujero; después, a la señorita Blayney.
Macleod descendió el último. La caída era de apenas un metro ochenta y se preguntó cómo se las había arreglado Johnston para lesionarse.
Con el farol en la mano, se puso al frente y empezó a explorar la oscuridad.
La señorita Baxter, que había querido quedarse atrás, volvió a agarrarle el brazo y se aferró con fuerza.
Detrás, Macleod oyó a la señorita Blayney protestar por Johnston, que avanzaba arrastrándose e intentaba abrirse paso hasta la cabeza del grupo pese a la lesión.
Se encontraban en un pasillo revestido de hormigón.
Las paredes, frías y húmedas al tacto, estaban cubiertas de moho.
Macleod procuraba no rozarlas, pero la señorita Baxter insistía en colgarse de él, de modo que avanzaban como un solo bulto por un corredor concebido para una persona y media.
Al menos no era su ropa la que acababa cubierta por aquel polvillo blanco de esporas.
El pasillo parecía interminable, aunque solo debieron de caminar unos cinco minutos a oscuras. Poco a poco empezaron a oír voces: débiles al principio, luego cada vez más claras. No era ningún idioma que Macleod conociera, lo que en su caso solo descartaba el gaélico escocés y el inglés.
—Santo Dios, ¿ha oído eso? —susurró Johnston—. Están celebrando una invocación. Están llamando a alguna criatura.
—¿Cómo puede saberlo? —preguntó la señorita Blayney.
—Domino el latín, señorita. Eso era una invocación.
Macleod siguió avanzando hacia las voces.
Hasta él notó que el corazón se le aceleraba un poco en la oscuridad.
Puede que fuese un juego, pero funcionaba.
Escudriñó la penumbra y distinguió una puerta de madera más adelante, con otro símbolo marcado en ella: más tentáculos y una inscripción en una lengua que no comprendía.
—Hay un símbolo en la puerta —dijo Macleod.
—Déjeme pasar —susurró Johnston con tono tajante—. Esto exige un experto.
El problema era que allí no había sitio para que pasara nadie.
Aun así, Johnston se abrió paso a la altura de las rodillas de Macleod, apoyado en una rodilla y en las manos, y lo empujó contra la señorita Baxter.
Ella era menuda y Macleod la cubría casi por completo.
Quedaron trabados en un abrazo más propio de amantes que de dos participantes reunidos por azar en un extraño juego de rol.
Cuando la señorita Blayney también se arrimó para ver la puerta, Macleod se sintió dentro de una chabacana comedia británica de los años setenta.
—Ahí dentro hay una sala de invocación —dijo Johnston, entusiasmado—. Sin duda, un lugar de culto y de invocación.
—¿Culto al diablo? —preguntó Macleod.
—Esto no es una fantasía infantil sobre Jesús y el diablo, señor. Hablamos de los seres primigenios que llegaron de muy lejos. Y ahí dentro intentan abrir un portal.
A Macleod le costó aceptar que Johnston llamara fantasía a su fe cuando allí estaban, disfrazados, buscando criaturas inventadas. Pero lo dejó correr. Lo único que quería era salir de aquel apretujón.
—¿Puede abrir la puerta? —preguntó.
—Eso creo —dijo Johnston. Las voces sonaban cada vez más fuertes. Ahora también se oían cánticos y alguien volvía a gritar en aquel idioma.
—¡No quiero que la abran! —gritó la señorita Baxter, abrazándose a Macleod—. ¡No voy a mirar! —añadió, y hundió la cabeza en su pecho.
—La vamos a abrir, señorita —gritó Johnston. Macleod lo vio girar el picaporte. La puerta se abrió y Johnston se coló dentro. Macleod logró zafarse de la señorita Baxter y atravesó el umbral a trompicones, con la señorita Blayney pegada a él. Lo que vio le hizo dar un respingo.
La sala estaba iluminada por varias antorchas. Al fondo había una losa de piedra. Las paredes estaban cubiertas de símbolos intrincados, muchos con aquellos tentáculos. Aparte de aquellos adornos, la sala estaba vacía. Salvo por la sangre y los cuerpos.
Había miembros cercenados esparcidos por la sala, empapada de sangre.
A sus pies se extendía un charco rojo que manaba de la cabeza de algo.
Las orejas puntiagudas y la piel cerosa y rojiza indicaban que aquello no era humano, pero eso no redujo la repulsión de Macleod.
Como buen inspector, contó los cuerpos de un vistazo: ocho.
Después recorrió la sala con la mirada en busca de alguien más.
En la pared del fondo oscilaba una puerta.
Varias huellas impresas en la sangre aún húmeda atravesaban el umbral.
Por instinto, Macleod echó a correr, cruzó la sala y se lanzó por la puerta.
Al otro lado había unos escalones de madera, también con huellas ensangrentadas.
Los subió a toda velocidad y abrió otra puerta de madera.
Una ráfaga de viento y nieve le azotó el rostro sudoroso.
Protegiéndose los ojos de la tormenta, alcanzó a seguir el rastro de sangre durante un corto trecho. Después, nada.
El frío le mordió la piel. Macleod se abrió paso por la ventisca hasta donde terminaban las huellas ensangrentadas.
Más allá no había nada. Tenía el corazón desbocado por la persecución y por la escena que acababa de presenciar, pero entonces se impuso la voz de la experiencia.
Para. Más despacio. Es un juego. Aquí no hay nada real.
Vuelve dentro. Es lo que se supone que debes hacer. Sigue el juego.
Al darse la vuelta, agradeció volver a los escalones de madera y entrar de nuevo.
El temporal era brutal. Si seguía así, pronto tendrían serios problemas para desplazarse.
La sincronización del montaje era impecable: los sonidos justo cuando entraron, la puerta oscilante, las huellas ensangrentadas que salían de la cámara subterránea.
Todo encajaba con lo que se suponía que estaba ocurriendo. Pero no dejaba de ser un juego.
Macleod se agachó en los escalones y hundió los dedos en uno de los charcos de sangre.
Se los lamió y se concentró en el sabor.
Tenía un punto dulce. No era sangre humana: no sabía lo bastante salada.
No. Seguramente era sangre de cerdo. Solía comer morcilla hecha con aquella sangre; así, en crudo, daba asco.
El llanto procedente de la sala subterránea lo sacó de sus cavilaciones de detective.
Volvió a pensar en sus compañeros. Cuando entró de nuevo, vio a la señorita Baxter de cara a la pared, balanceándose.
Jermaine Johnston gateaba de un lado a otro, examinando los símbolos, y la glamurosa señorita Blayney estaba de pie junto a una de las cabezas.
Macleod se acercó a la señorita Baxter y le pasó un brazo por los hombros.
—Tranquila. Son todos de mentira —dijo—. Todo forma parte del juego.
La mujer sollozaba mientras Johnston ladraba:
—No hace falta que lo estropees. No te salgas del papel, hombre.
—Ya sé que son de mentira —gritó la señorita Baxter—. Pero es asqueroso, joder. Siempre monta estas mierdas. Siempre.
—¿Tu padre ya había montado cosas así? —preguntó Macleod.
La señorita Baxter se giró y se aferró a Macleod, hundiendo la cabeza en su pecho.
—No a esta escala —dijo entre hipidos—. Pero alguna vez ha montado algo así en una habitación sin avisarme. Cosas aisladas. Por eso compró este sitio: para montar un espectáculo de terror.
—¡Por favor! ¿Podemos mantener el espíritu del juego?
—exigió Johnston—. No cabe duda de que estas son marcas de los seres primigenios, propias de alguna forma de culto.
Y la manera en que han decapitado a estas criaturas indica un sacrificio ritual.
Recorramos la sala y busquemos más pistas.
Como es obvio, si encuentran algo, tráiganmelo: tendré que examinarlo.
Dudo que puedan aportar gran cosa, aparte de fuerza bruta.
—Ayudaremos cuando la señorita Baxter esté donde ella quiera, Johnston —dijo Macleod. La observó; quizá tuviera que llevarla de vuelta a la casa. Estaba blanca como una sábana y seguía temblando, aunque se aferraba a él como a un décimo premiado.
—Estaré bien —dijo la señorita Baxter—. Déjame sentada en el umbral, así seguiré teniendo luz, y no te vayas sin mí.
—Por supuesto —dijo Macleod—. Pero me quedaré contigo si necesitas compañía. Lo más importante es que estés bien.
La señorita Blayney se acercó y se estremeció ligeramente.
A Macleod le pareció fingido. La mujer se quitó el abrigo y se lo ofreció a la señorita Baxter.
Lorraine lo aceptó, temblorosa, y Macleod la sentó en el umbral.
La vio cerrar los ojos. Entonces la señorita Blayney le puso una mano en el hombro y se inclinó hacia él.
Aquella familiaridad le pareció impropia, sobre todo cuando ella le susurró al oído.
—Deja a la miedica, Seoras. Me vendría bien un hombre como tú… para ayudarme a echar un vistazo a este sitio. Seguro que estás acostumbrado a fijarte en los detalles más sutiles de la vida.
Macleod se volvió y se encontró el rostro de la señorita Blayney a escasos centímetros.
Ella le dedicó una sonrisa pícara y arqueó las cejas para subrayar la insinuación.
Macleod disfrutaba del coqueteo de casi cualquier mujer, pero no se le escapaba que ella intentaba sacarle algo.
Aún no sabía qué quería exactamente. Era despampanante y el acento galés no hacía sino aumentar su atractivo.
Aun así, le hacía saltar todas las alarmas.
Macleod se puso a registrar la sala con la señorita Blayney.
Levantó varias cabezas cercenadas con una libertad que jamás se permitía en el trabajo: los técnicos forenses lo habrían despellejado por contaminar una escena.
Debajo de una encontró un libro. La cubierta mostraba símbolos extraños y las páginas estaban escritas en un idioma que no entendía.
—Johnston —dijo Macleod—, tengo un poco de lectura ligera para usted.
Le arrojó el libro. Johnston seguía avanzando por la sala sentado, en una estampa bastante cómica, y se le iluminó la cara.
Pero Macleod no se entretuvo. Lorraine estaba angustiada en el umbral y tenía que volver a la casa.
Él ya sabía lo que quería saber. La sangre parecía de cerdo o, al menos, de algún animal.
Tras manipular las cabezas y los cuerpos, había comprobado que eran de látex.
Todo era falso. No entendía cómo habían sincronizado los sonidos con tanta precisión, pero allí no había nada delictivo.
Solo un juego. Bastante enfermizo, eso sí.
—Vamos, Johnston. Puede leer ese libro en la casa. Ya lo hemos visto todo.
—Tenemos que examinarlo todo aún más de cerca —dijo Johnston—. ¿No es maravilloso? Estamos en pleno sacrificio ritual de una secta. Hace falta más tiempo, inspector.
—Yo me vuelvo —dijo Macleod con rotundidad—. Usted puede quedarse, pero yo me llevo a Lorraine. Necesita tumbarse y quizá tomar una copa bien cargada. También está helada. Señorita Blayney, ¿se queda con el señor Johnston o viene con nosotros?
La despampanante galesa se fue directa hacia Macleod y se plantó un poco demasiado cerca.
—Vámonos, Seoras. Me vendría bien una ducha caliente.
No había dicho nada provocador, pero a Macleod le resultó sugerente la forma en que habló de la ducha, como si le estuviera tirando los tejos. Se quitó la idea de la cabeza y se centró en el problema inmediato.
—¿Viene, Johnston, o piensa usted volver a casa arrastrando el culo solo?
Johnston maldijo, pero se dio la vuelta y empezó a arrastrarse hacia la puerta. Macleod lo vio atravesar el charco de sangre sin mostrar el menor asco.
Con un brazo alrededor de la señorita Baxter y la señorita Blayney pegada a él todo lo que permitía el estrecho pasillo, abrió camino hacia la salida a la luz del farol.
Al llegar, tuvo que izar primero a las mujeres.
Empezó por la señorita Blayney. Macleod dudaba que fuera tan torpe como fingía mientras la alzaba sobre los hombros.
El cuerpo de Melanie se vencía y se ladeaba en los momentos más inoportunos.
Macleod se sintió metido en una de aquellas comedias verdes de Carry On .
Alzar después a la señorita Baxter fue sencillo, porque era menuda.
Johnston fue harina de otro costal. Ya costaba ponerlo en pie, y sus bandazos y protestas no ayudaron.
Con Johnston a cuestas, Macleod perdió el equilibrio y ambos chocaron contra la pared más de una vez.
La sangre que empapaba el trasero de Johnston empezó a gotearle a Macleod por el cuello, así que se apresuró a subirlo al granero.
Luego las mujeres ayudaron a Macleod a subir y el grupo emprendió el camino de vuelta a la casa a través de la ventisca.
Avanzaron despacio porque Johnston renqueaba, y, cuando llegaron, la nieve les cubría un costado de arriba abajo.
Macleod condujo a la señorita Baxter a la biblioteca, donde ya se habían reunido los otros grupos.
La acomodó en un gran sillón, le preparó un brandy bien cargado y después se preparó un café.
—¿Estás bien? —preguntó Hope al entrar en la biblioteca.
—Esto es un poco raro, ¿no? —dijo Macleod.
—Ya lo creo, pero espera a oír lo que ha pasado en mi grupo.