Capítulo 4 #2
El granero era de madera. La luz mortecina dejaba ver un altillo que parecía lleno de heno y una escalera de mano que subía hasta él.
En las paredes colgaban diversos aperos de labranza: guadañas, hoces y horcas.
El suelo era de hormigón y estaba cubierto de polvo.
En el centro descansaba un coche antiguo que Macleod calculó que sería de los años treinta.
Entonces cayó en la cuenta: estaba registrando el granero sin tener la menor idea de qué buscaba.
No había prestado atención a la explicación sobre el propósito de la reunión.
No sabía qué hacían allí ni por qué. Se rezagó un poco para ver si la señorita Baxter orientaba la búsqueda, pero, cuando se detuvo, ella se limitó a quedarse a su lado, nerviosa.
—Aparte del coche, aquí no hay nada —dijo Macleod—. Al menos, nada evidente. ¿Qué estamos buscando exactamente?
—La secta dejaría marcas. Señales para quienes vinieran después. Rutas trazadas hasta las estancias que utilizaban. Zonas de sacrificio, quizá recintos de encierro, marcas que señalasen entradas.
Era la primera explicación que daba Jermaine Johnston, y la soltó con tal sequedad que parecía considerarse por encima de todos. A Macleod empezaba a caerle francamente mal.
—¿Ve algo de interés, señor Johnston? —preguntó Macleod.
—No. Pero necesitaré mirar más de cerca. Voy a examinar el coche.
Johnston le quitó el farol de la mano. La señorita Baxter se aferró aún más a Macleod. Mientras el señor Johnston abría las puertas del coche, la señorita Blayney avanzó hasta el borde de la luz y escudriñó los rincones del granero.
—Habrá que mirar también arriba, donde está el heno —dijo la señorita Blayney.
—Obviamente —llegó la réplica seca desde el interior del coche.
El silencio del granero hacía que el viento y la nieve del exterior parecieran aún más estruendosos.
De vez en cuando, el señor Johnston maldecía al golpearse la cabeza o una mano mientras registraba el coche, y Macleod torcía el gesto.
Al final salió acalorado y sofocado, todo un logro en un granero tan frío.
—Aquí no hay ni una maldita cosa.
—¿Ha mirado en la guantera? ¿Debajo de los asientos? —preguntó la señorita Blayney.
—Soy capaz de encontrar un átomo en el culo de un mosquito, querida. Claro que he mirado ahí.
—Entonces quizá debería revisar el altillo —sugirió la señorita Baxter.
—En efecto. Tal vez quiera ayudarme, inspector.
—Por supuesto —respondió Macleod. Desprenderse del brazo de la señorita Baxter resultó más difícil de lo que habría imaginado.
Macleod siguió a Johnston por la destartalada escalera de mano y subió al altillo. Había heno por todas partes. Johnston echó un vistazo alrededor y empezó a arrojarlo sin orden ni concierto. Macleod sintió la necesidad de intervenir.
—Señor Johnston, déjeme a mí. Para estas cosas conviene seguir un método.
Sin esperar respuesta, Macleod empezó por un lateral y fue apartando el heno, dejando al descubierto el suelo y las paredes tramo a tramo.
Al retirar un montón grande, vio un motivo ornamentado en la pared: parecía representar unas criaturas con enormes tentáculos.
Tras contemplarlo un instante, el señor Johnston apartó a Macleod de un empujón, se dejó caer de rodillas ante el símbolo y empezó a murmurar entre dientes.
—¿Han encontrado algo? —preguntó la señorita Baxter—. Dense prisa, por favor; aquí abajo está muy oscuro.
—Hemos encontrado algo. El señor Johnston lo está examinando —respondió Macleod.
Pasaron otros dos minutos en silencio. Entonces Johnston se levantó, excitado, e instó a Macleod a retirar más heno. Tras otros diez minutos de trabajo, no encontraron nada más y bajaron del altillo.
—¿Qué era? —preguntó la señorita Blayney.
—Una marca. Sencilla, pero este es un lugar de reunión —dijo Johnston.
—¿De la secta? —preguntó Macleod.
—Claro que de la secta. No es precisamente la asociación local de madres. Pero no hay nada más. Esto solo puede ser un lugar de reunión. No hay por dónde seguir.
Johnston se giró para dirigirse a la puerta del granero.
—Un momento —dijo Macleod—. También voy a registrar el coche. Cuatro ojos ven más que dos.
Johnston gruñó y negó con la cabeza.
—Si eso va a darle una pizca de satisfacción, adelante, inspector.
El desprecio de aquel hombre por el mundo era evidente.
Macleod cogió el farol y vio que la señorita Baxter lo miraba como si quisiera disculparse. Se metió en el coche, registró todos los rincones y recovecos y abrió cuanto pudo. Después salió, abrió el maletero y levantó el capó. Nada fuera de lo normal.
—Ya ve: nada de nada, inspector —dijo Johnston.
—Un momento, por favor —respondió Macleod con calma.
Se agachó y alumbró los bajos del coche. Al incorporarse, le pasó el farol a la señorita Baxter.
—Ah, bien. Ya ha acabado, inspector. Volvamos al calor de la casa —dijo Johnston.
—Buena idea —dijo la señorita Blayney—. Me vendría bien entrar en calor.
Tenía los ojos puestos en Macleod al decirlo, y él no pudo evitar sentirse un poco incómodo. Algo no cuadraba en aquella mujer.
—¿Has terminado, Seoras? —preguntó la señorita Baxter.
—No —respondió Macleod—. Todavía no. Un momento.
Macleod volvió a inclinarse dentro del coche, soltó el freno de mano y puso la palanca en punto muerto. Luego apoyó el hombro contra el lateral y empezó a empujarlo despacio hacia delante. Miró por encima del hombro y detuvo el coche en seco.
—Estupendo, ha movido un coche. ¿Nos vamos ya? —preguntó Johnston.
—Lorraine, lleva el farol detrás del coche —le indicó Macleod.
La señorita Baxter avanzó con cautela hasta situarse detrás del coche y, de pronto, dejó caer el farol. Chilló y se volvió desesperada, buscando a los demás. Macleod encendió una cerilla.
—¿Qué pasa? —preguntó Macleod.
—Ahí… Dios mío, justo ahí. No me obligues a mirar.
Macleod se acercó justo cuando se le apagó la cerilla.
Encendió otra, localizó el farol, lo enderezó y volvió a encenderlo.
Después miró el suelo detrás del coche. Había una imagen en el suelo: una especie de criatura devoraba a una mujer.
Era repugnante, pero, para Macleod, no pasaba de ser eso: una imagen.
Había visto cosas peores. Aun así, la viveza del dibujo era asombrosa.
Johnston pasó por delante de Macleod para observar la imagen.
Al otro lado se colocó la señorita Blayney, que ni se inmutó.
Macleod oyó refunfuñar a Johnston, seguramente molesto porque el inspector se le había adelantado.
Pero Macleod estaba a punto de ir un paso más allá.
Recorrió con los dedos los bordes del panel pintado.
Después se levantó y cogió una horca de un lateral del granero.
Con cuidado, encajó uno de los dientes en la estrecha hendidura e hizo palanca hasta levantar el panel.
Johnston retiró el panel. Debajo quedó un agujero por el que apenas cabía una persona y que daba a la oscuridad bajo el granero.
—Supongo que tenemos que bajar —dijo Macleod.
—Mi padre, el muy cabrón —dijo la señorita Baxter. Volvió a agarrarse al brazo de Macleod; esta vez, él temió que le cortara la circulación.