Capítulo 4
T ras el almuerzo, condujeron a los invitados a un amplio salón, donde rugía el fuego de otra chimenea enorme.
Aquello parecía una seña de identidad de la casa, y Macleod lo agradeció.
Fuera, el viento arreciaba y la nieve seguía cayendo.
Cuando se atrevió a mirar por los grandes ventanales de guillotina, apenas distinguió el camino de acceso a la casa.
Uno de los postes parecía haberse ensanchado por la nieve apelmazada en un costado. Todo resplandecía.
Cuando todos tuvieron una copa en la mano y Macleod se hubo instalado junto a una planta de generosas proporciones, Macaulay anunció que había llegado la hora de iniciar las investigaciones.
Les pidió que se acomodaran frente a la chimenea.
Cuando se apagó el murmullo de los invitados, Macaulay fue hasta un interruptor y apagó las luces.
Entonces vieron a la señora Smith correr junto a los ventanales y echar las cortinas, y la sala quedó unos instantes a oscuras.
Se oyó un zumbido. Macleod vio cómo el cuadro de encima de la chimenea empezaba a elevarse, dejando al descubierto un televisor empotrado en la pared.
La pantalla se encendió con un parpadeo.
En la pantalla apareció el letrero «Caminan entre nosotros».
Después, la imagen dio paso a Macaulay, de pie ante un granero.
Se puso a parlotear sobre unos indicios de que unas criaturas habían llegado a la casa y a sus terrenos, invadido la finca de los Macaulay y causado desperfectos en instalaciones y enseres.
Luego habló de los Grandes Antiguos y de cierta clase de esbirros que habían quedado en la Tierra.
Se sucedieron imágenes de culturas extranjeras adorando a dioses de todo tipo, con tentáculos por todas partes.
Macleod clavó la mirada en el whisky y vertió otro chorrito en la maceta.
Había dejado por completo de prestar atención a la presentación y se dedicó a observar a los reunidos.
Un poco más allá, Aldo Brace y Zara Dawson contemplaban la pantalla cogidos de la mano.
Más lejos, Lorraine Baxter estaba sentada junto a su pareja, Anders Larsen, que parecía bastante aburrido.
Macaulay saltaba de un pie al otro mientras contemplaba la pantalla.
Justo detrás de él, Melanie Blayney le masajeaba el cuello con una mano; sus ojos, sin embargo, estaban puestos en la señorita Baxter. Evaluaba a la hija del anfitrión.
De pronto, Melanie levantó la vista y la clavó en Macleod.
Le dedicó una sonrisa pícara, se puso de lado sin romper el contacto visual y dejó asomar una pierna desnuda, con las cejas enarcadas.
Macleod apartó la mirada. Pero algo en ella le intrigaba.
No eran los encantos físicos que exhibía sin reparos, sino la expresión que había tenido antes de verse descubierta.
Esperó unos instantes y volvió a mirar a hurtadillas a la señorita Blayney.
Otra vez tenía los ojos clavados en la señorita Baxter.
Macleod apartó la mirada y empezó a examinar al resto de los presentes mientras el espectáculo continuaba. Todo el mundo miraba el televisor. Hope se había deslizado en silencio hasta él y ahora le susurraba al oído.
—Esa planta tuya se lo está pasando en grande. Ojo, no vayas a dejarla borracha perdida.
Macleod sonrió en respuesta justo cuando la imagen de un ser tentaculado llenó la pantalla y se oyeron los gritos de una mujer. Varios invitados dieron un respingo, aunque estaba claro que el sonido salía del televisor.
—Y eso es lo que hemos venido a investigar —anunció Macaulay.
Macleod no tenía ni idea de qué acababa de explicar. ¿Monstruos? ¿Tribus? ¿Graneros? En fin. Tendría que salir del paso como pudiera. Al menos, seguro que cenarían bien.
Macaulay estaba en su elemento. Estaba tan excitado que Macleod temió que fuera a mearse encima.
No dejaba de sonreír a sus invitados y de animarlos a entrar en su mundo de fantasía.
Macleod no sabía cuántos se creían aquello.
Mientras vertía más whisky en la planta, ya casi en coma etílico, oyó su nombre junto al de otros.
Lo habían asignado a un grupo y, lo que era más alarmante, lo mandaban fuera, a un granero.
Ahí fuera parecía hacer un frío de muerte.
La luz del día inundó la sala tras la breve presentación: la señora Smith volvía a descorrer las cortinas. Fuera arreciaba el temporal.
Macaulay había dividido al grupo en tres. Macleod iría con la señorita Baxter, la señorita Blayney y Jermaine Johnston, el hombre presentado como ateo. Hope iría con Macaulay, la señora Johnston y Aldo Brace. Anders Larsen, Zara Dawson y Pandie formarían el último grupo.
Mientras los invitados se arremolinaban antes de dirigirse a los lugares asignados, Hope se acercó a Macleod.
—A mí me toca la buhardilla. Mejor que tu expedición al granero helado.
Se reía, pero él no le veía la gracia.
—Ahí fuera hace un frío que pela —se quejó Macleod—. Espero que tengan algún abrigo que pueda ponerme.
Como si lo hubiera oído, la señora Smith apareció en una de las puertas con varios abrigos para quienes «iban a salir». Macleod se echó encima una pesada gabardina y se caló aún más el sombrero. Macaulay se le acercó, dando botes como un crío, y le dio una palmada en el costado.
—Al menos ha tomado usted bastante de lo bueno para no pasar frío.
Macleod asintió con cortesía, pero no pudo evitar una mirada furtiva a la maceta más cercana.
—Creo que voy con usted, inspector —dijo una voz a su espalda.
Se giró y vio la delicada figura de Lorraine Baxter. De pronto la reconoció: era la mujer de la tele, la de uno de esos programas para mujeres que veía Jane. En persona parecía menos rellenita; de hecho, estaba más delgada de lo que parecía saludable.
—Eso creo, señorita Baxter. Aunque no me hace ninguna gracia salir a ese temporal.
Las ventanas traquetearon, como para darle la razón. Macleod vio estremecerse a la señorita Baxter.
—Sé a qué se refiere, pero ya sabe cómo es mi padre.
Empezó a envolverse en un abrigo de piel que le había proporcionado la señora Smith y luego reunió al resto del pequeño grupo.
—Macleod.
Jermaine Johnston se plantó delante de él. Bajo el enorme abrigo asomaba la túnica blanca. En el hombre bajito, la prenda parecía una manta gris descomunal. Macleod reparó en que aún llevaba sandalias.
—Johnston —respondió Macleod.
Ese fue todo el saludo que pensaba concederle después de una presentación tan seca.
Además, la señorita Blayney acababa de llegar, envuelta en un chubasquero.
Pese a lo corriente del abrigo, resultaba sumamente atractiva.
Su sonrisa contagiosa y su acento galés seguro que descolocaban a más de un admirador.
—Inspector, encantada de conocerlo. Me pierden los hombres de uniforme.
La frase vino acompañada de medio guiño y una sacudida de melena que Macleod supo apreciar. Aun así, seguía recelando del modo en que ella había estudiado a la señorita Baxter y decidió que más le valía no dejarse enredar por los encantos de la señorita Blayney.
—Seoras, por favor. Llamadme todos Seoras. Y hace tiempo que no visto el uniforme. Creo que debemos salir ya. ¿Nos ponemos en marcha? Deberíamos escoltar a las damas, señor Johnston. Señorita Baxter, si quiere tomarme del brazo, estaré encantado de abrir la marcha en ese caos blanco que nos espera.
La señorita Baxter se aferró a su brazo con evidente gratitud.
Puede que el señor Johnston tampoco le causara buena impresión.
Salieron de la sala, recorrieron varios pasillos y llegaron a una puerta trasera.
La hoja se resistía a abrirse y Macleod cargó contra ella para dejar pasar a los demás.
Con una mano en el sombrero y la otra alrededor de los hombros de la señorita Baxter, avanzó hacia el granero.
A ratos, los pies se le hundían en la nieve hasta los tobillos.
Ante ellos se alzaba un granero enorme. Su única puerta golpeaba con estrépito bajo el viento.
La nieve llegaba hasta la puerta y caía con tanta fuerza que Macleod apenas distinguía los alrededores.
De nuevo se plantó en la entrada para sujetar la puerta y fue haciendo pasar a su pequeño grupo.
Cuando todos estuvieron dentro, entró él también y cerró enseguida.
—Está oscuro —dijo la señorita Blayney—. No intente nada, señor Johnston.
Un gruñido fue la única respuesta.
Macleod intentó sacar la pequeña linterna del bolsillo, pero se dio cuenta de que la había dejado con la ropa de diario.
Escrutó la oscuridad. Al cabo de unos instantes, cuando sus ojos empezaban a acostumbrarse, distinguió un pequeño farol anticuado.
Junto a él había una caja de cerillas. Macleod abrió el farol, lo preparó y lo encendió.
La tenue luz apenas penetró en la oscuridad.
—Bien hecho, Seoras —dijo la señorita Baxter—. Y llámame Lorraine, por favor.
Se acercó a él y le tomó el brazo. El señor Johnston permanecía junto a la puerta con cara de pocos amigos mientras la señorita Blayney trataba de cogerle el otro brazo a Macleod.
—Lo siento, señorita Blayney. Con la señorita Baxter en un brazo, me temo que necesito el otro para llevar el farol. Quizá el señor Johnston vuelva a ofrecerle el suyo.
—En mi tierra, un hombre nunca rechaza a dos mujeres a la vez —dijo la señorita Blayney—. Y soy Melanie, aunque puedes llamarme Mel si quieres, Seoras. Mi último amante me llamaba Mel. Me gustaba bastante.
Macleod no entendió qué insinuaba y optó por ignorar la coletilla. Avanzó con la señorita Baxter y empezó a registrar la estancia a la luz del farol. Le pareció que ella se aferraba con más fuerza a medida que se adentraban en la oscuridad.