El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

— P erdonad que me haya subido a la silla, amigos míos, pero así os resultará un poco más fácil verme. Para empezar, permitidme daros la más calurosa bienvenida de Harris a nuestra finca, una de las mayores de la zona, que adquirí personalmente hace dos años. No me ha decepcionado.

David Macaulay sonrió de oreja a oreja y se recreó en la admiración que suscitaba su enorme riqueza. Paseó la mirada por la sala y se detuvo un momento a contemplar a la concurrencia.

—Os estaréis preguntando qué tengo planeado para este fin de semana.

La mayoría me conocéis por motivos profesionales, o al menos sabéis quién soy.

Hasta ahora, ninguno de vosotros ha formado parte de mi círculo íntimo de amigos.

No porque os haya excluido a propósito, por supuesto; sencillamente, no nos habíamos conocido.

Pero os he reunido aquí por un motivo concreto. Veréis, esta casa tiene un problema.

Hasta aquel momento, Macleod había estado contemplando los libros de las numerosas estanterías, aburrido de toda la ceremonia.

La mención de un problema le despertó el interés.

Se volvió hacia el anfitrión y lo vio fruncir el ceño.

Macaulay seguía vestido con el kilt y la chaqueta, aunque el conjunto era de corte antiguo, nada moderno.

—Veréis, amigos míos, algunos dicen que este lugar está encantado, pero yo no estoy de acuerdo.

Es algo más que una casa encantada. Hay otra cosa abriéndose paso desde el más allá, quizá desde otra región del espacio o del tiempo.

Han pasado cosas extrañas en esta casa… Se ha notado la presencia de otras cosas, se han movido objetos y ha desaparecido gente.

Avisé a la policía local, pero me toman por un chiflado.

Por eso necesitaba a algunos de los mejores detectives del país.

¡No, no, no! Que no me convierta en la estrella del espectáculo , pensó Macleod. Esto va a ser uno de esos estúpidos misterios caseros que no se sostienen por ninguna parte e intentarán dejarme como un imbécil.

—El inspector Macleod y la encantadora detective McGrath, de Glasgow. Dirigieron las investigaciones de los asesinatos de Lewis y Black Isle. Los mejores, según me ha asegurado el jefe de la Policía.

Menuda chorrada, para empezar , pensó Macleod. ¡Como si el jefe de la Policía hubiera venido a verme alguna vez!

—Solo espero que puedan ayudarme, detectives. El resto de vosotros habéis venido por vuestra pericia en vuestros respectivos campos, junto con vuestros acompañantes, por supuesto. Procederé a presentaros a todos —continuó Macaulay.

Macaulay bajó de la silla de un salto y los reunidos se apartaron hasta formar un círculo, con él en el centro.

Alargó la mano y agarró a un hombre calvo que parecía poco dispuesto a dejarse zarandear.

Llevaba un abrigo largo, pantalones verdes y una camisa blanca.

A Macleod, el atuendo le pareció propio de un pintor de tiempos pasados.

—Este, como estoy seguro de que todos sabéis, es el señor Peter McKinney.

Puede que sea de baja estatura, pero ha sacudido el mundo del arte hasta sus cimientos con su vigorosa representación de la vida cotidiana de nuestro noble país.

Su capacidad para reproducir la esencia de cuanto retrata está fuera de toda duda.

Nos ayudará a registrar con fidelidad los detalles de nuestros encuentros, pues estas criaturas no se pueden captar con aparatos modernos.

Peter McKinney miró a Macaulay como si estuviera loco. A su lado se colocó un hombre rubio y corpulento, vestido con un traje a medida parecido al de Macleod, pero sin sombrero.

—Me llamo Andrew, pero podéis llamarme Pandie. Soy el marido de Peter; nos casamos hace poco, ahora que la ley por fin lo permite. Otra victoria para la causa.

Macaulay pareció un tanto desconcertado por la interrupción, pero se repuso con admirable rapidez y estrechó la mano de Pandie.

—Encantado de contar con usted. ¿Qué habilidades especiales aporta a la misión, caballero?

Macleod estuvo a punto de echarse a reír de lo entregado que estaba Macaulay a todo aquel teatrillo. Hope le dio un codazo y Macleod dedujo que la cara lo delataba más de la cuenta.

—Bueno, soy chef —dijo Pandie.

La respuesta dejó a Macaulay algo decepcionado.

—Siempre viene bien un poco más de músculo en el bando del bien —dijo el anfitrión—.

Y, hablando de músculo, nos acompañan dos grandes deportistas: el señor Aldo Brace y su deslumbrante pareja, Zara Dawson.

Sin duda necesitaremos a gente capaz de gatear, trepar y, en general, moverse por los lugares de difícil acceso que tengamos que investigar.

Es un placer tener con nosotros a nuestros amigos estadounidenses.

Aldo asintió y sonrió con cortesía, mientras Zara, del brazo de él, sonreía radiante.

Vestida con unos pantalones y un jersey ligero, tenía un aspecto encantador; parecía recién salida del instituto, o eso pensó Macleod.

Aldo vestía un traje, con un pañuelo asomando del bolsillo de la chaqueta y una rosa en la solapa del lado contrario.

Mientras el anfitrión buscaba a su siguiente víctima, el viento aulló de pronto fuera. Macleod miró por la ventana: empezaba a nevar con fuerza. La tormenta zarandeaba de acá para allá grandes copos blancos. Calculó que aquella nevada cuajaría y formaría grandes montones.

—Hasta los elementos conspiran contra nosotros, señoras y señores.

No os llaméis a engaño: nos enfrentamos a seres ancestrales y enemigos venidos del más allá.

Por eso necesitamos a alguien capaz de desentrañar las mentiras y descubrir la verdadera naturaleza de esos dioses.

He recurrido a la pericia de Jermaine Johnston, destacado ateo e incansable azote de las autoridades religiosas del país.

Llevaron al centro del corro a un hombre bajo y rechoncho.

Miró a Macleod con recelo y recibió a cambio una mirada distante.

Vestía una túnica blanca y sandalias, a todas luces fuera de lugar.

Claro que aquello era un juego y las fichas del tablero tenían que dar la imagen adecuada, ¿no? , pensó Macleod.

Al hombre se le unió una mujer corpulenta, quizá sexagenaria, que parecía algo mayor que él. Llevaba un gran chal de tartán y unos pantalones también de tartán. A Macleod le pareció ridícula.

—Y la profesora Christine Johnston, experta en lenguas antiguas. Sin duda sus conocimientos lingüísticos nos darán soluciones que, de otro modo, se nos escaparían.

La mujer alzó la vista por encima de unas gafitas y frunció el ceño.

—Dudo que estas lenguas supongan un gran desafío.

—¡Ese es el espíritu! —dijo Macaulay—. Debemos afrontar con entusiasmo las tareas que tenemos por delante. Y permitidme también presentaros a mi hija, Lorraine, experta en temas sociales y luz de mi vida.

Una mujer se adelantó con un vestido de noche azul claro y un collar de perlas al cuello. Completaba el atuendo con una estola de piel y guantes blancos. Macleod oyó que alguien susurraba «¡Parásita televisiva de pacotilla!», pero no supo de quién era la voz.

—La acompaña su pareja… —Macaulay vaciló un instante antes de continuar—. Anders Larsen, guardaespaldas con muchos años de experiencia.

El hombre iba vestido con un uniforme militar y Macleod estuvo a punto de soltar una carcajada.

Resultaba demasiado formal, con demasiados pasadores de condecoraciones.

Pero Anders se plantaba con aplomo y representaba su papel.

Juntos ofrecían una estampa casi cómica: Lorraine era menuda y tenía el pelo oscuro, mientras que Anders superaba holgadamente el metro ochenta y era rubio.

Era la pareja más extraña que Macleod había visto en mucho tiempo.

Buscó la mirada de Hope y ella asintió. Qué raro.

—Y, por último, permitidme presentaros a una mujer de mundo, alguien que comprende las intenciones de personas de todo el mundo.

Ha tratado con los poderosos, ha vivido los últimos cinco años en Rusia y ha viajado por toda Asia.

—Macaulay tomó de la mano a una mujer rubia enfundada en un vestido de noche rojo, con una gran abertura lateral que le dejaba una pierna al descubierto—.

Esta es Melanie Blayney, una diosa galesa. Creo que estaréis de acuerdo.

Macaulay no le quitaba los ojos de encima a la joven, que no podía tener más de veinticinco años. A diferencia del de Lorraine Baxter, su vestido tenía un corte atrevido y dejaba a la vista un escote generoso. Macleod oyó otra vez la voz que protestaba y supo que era Pandie.

—Así que se la ha traído para las sesiones nocturnas.

Sin hacer caso del aparte nada discreto, Macaulay señaló hacia la puerta, donde Macleod vio a la señora Smith, el ama de llaves, con una bandeja de vasos de whisky. Iba repartiendo la bebida entre los invitados.

—¡Alzad las copas por nuestra empresa! ¡Que todos conservemos intactos la mente… y el cuerpo!

Macleod vació el whisky en una maceta mientras los demás brindaban. Al menos todo aquello acabaría pronto, pero empezaba a darle la razón a Hope: ya iba siendo hora de que sirvieran el almuerzo.

—Ahora repongamos fuerzas antes de emprender la tarea. Venid, amigos: acompañadme al comedor para un almuerzo ligero.

Con el kilt al vuelo y un brazo alrededor de la descarada Melanie Blayney, David Macaulay condujo a sus invitados por un pasillo cuajado de cuadros hasta uno de los comedores más espléndidos que Macleod había visto jamás.

Las paredes estaban revestidas de madera y había largos cortinajes.

Los ventanales daban a la finca. Fuera, el paisaje era casi por completo blanco, pero aquí y allá alguna mata de brezo asomaba entre el manto de nieve.

Al fondo del comedor ardía un fuego que los bomberos de Glasgow tendrían dificultades para apagar.

Macleod agradeció el calor al mirar fuera, donde la ventisca seguía arremolinándose.

Sonó un móvil y Macaulay chasqueó los dedos. La señora Smith apareció en una de las puertas del gran comedor con una cestita de aspecto frágil. Se acercó a los invitados y se limitó a tenderla en silencio.

—Durante nuestra estancia no necesitaremos móviles. Como he dicho, esos seres que rondan la casa no se pueden captar con ellos, así que os ruego que dejéis los teléfonos en la cesta. La señora Smith atenderá todas las llamadas y os avisará si surge algo urgente.

—¿De verdad es necesario? —preguntó Aldo—. Me vendría bien subir unas cuantas cosas a Instagram para tener contentos a mis seguidores.

—Lo lamento, pero sí. Será solo por un día, más o menos. Debemos concentrarnos. Seguro que lo entiende —dijo Macaulay.

Macleod miró a Hope.

—Esto no me convence nada —dijo—. Deberíamos estar localizables por teléfono.

—Y lo estamos —respondió Hope—. Dales el número de la casa y la señora Smith puede venir a buscarnos. Seguro que no les importa. Además, aquí la cobertura no es gran cosa.

—Una sugerencia excelente, señorita McGrath, muy propia de una agente de la ley tan sensata como usted —dijo Macaulay—. Señora Smith, acompañe a la señorita McGrath a uno de los teléfonos de la casa para que pueda hacer esa llamada. Si a usted le parece bien, inspector.

Macleod asintió y dejó el móvil en la cesta, forrada de satén, o eso le pareció.

Entonces le llegó el olor de varias carnes a la parrilla.

En unas mesas junto a la pared del fondo había una hilera de fuentes con tapa.

Kyle Smith, con chaquetilla blanca de cocinero, iba destapándolas, y los aromas llenaron el comedor.

A Macleod le rugió el estómago. El desayuno quedaba ya muy lejos.

Macleod cogió un plato y se sirvió pollo, ternera, cerdo y algunas guarniciones que no supo identificar. Se sentó a un lado del comedor y se le unió Pandie McKinney, que se acomodó con aplomo. Macleod atacó la comida y enseguida se dio cuenta de que el hombre lo observaba.

—Perdone, ¿tan interesante le parece mi plato? —preguntó.

—Bueno, ya que lo pregunta —respondió Pandie—, se ha servido un montón de carne y también esos platos principales vegetarianos. Una combinación muy rara.

—¿Platos principales vegetarianos?

—Sí, los puerros en hojaldre, la berenjena, la calabaza…

—Guarniciones. Son guarniciones.

—¿De veras, inspector? ¿O debería llamarle…? En fin, ¿cuál es su nombre de pila?

—¡Macleod!

—Se llama Seoras —intervino Hope, que regresaba al comedor.

—Parece que a tu jefe le gusta la comida vegetariana —dijo Pandie.

—Solo son guarniciones —refunfuñó Macleod antes de engullir otro bocado con el tenedor bien cargado.

Hope se rio.

—Se ha criado a base de carne y un buen par de huevos —dijo—. Ya me entiendes.

—¡Ya lo creo! —respondió Pandie, enarcando las cejas.

Macleod sospechó que aquello tenía doble sentido, pero no lo pilló ni por asomo.

—¿No te conozco de algo? —preguntó Hope.

—Bueno, siempre me codeo con gente guapa, así que seguramente.

—No, no es eso —dijo Hope, llevándose una mano a la barbilla, concentrada—. Una manifestación. En Glasgow. Te he visto la cara, con un megáfono delante de la boca. ¿Una marcha del Orgullo? No, alguna protesta por los derechos de los gais.

—Probablemente. Tú no me detuviste, ¿verdad?

Macleod miró al hombre y luego volvió a su comida.

—Tu jefe no parece muy partidario de los derechos de todos.

Hope intentó contestar, pero Macleod ya se había levantado, dispuesto a responder.

—Estoy a favor de los derechos de todo el mundo.

Y de las responsabilidades. Pero todo el mundo tiene que gritar y luego montar bronca: los gais, los liberales, los conservadores, las iglesias, todos.

Y esos guerreros del clima. Horas de trabajo policial tiradas a la basura cuando tenemos un país que proteger. Es igual que con el fútbol.

Macleod vio que Pandie iba a replicar, pero de pronto se contuvo. Miró a un lado y vio a Hope negarle con la cabeza a Pandie, indicándole que parara.

—Ya he dicho lo que tenía que decir. El señor McKinney tiene derecho a expresar su opinión. Sin ánimo de ofenderle, caballero, pero las protestas son una carga innecesaria.

—Pero a veces hay que protestar. La gente tiene derechos.

—Lo sé. Yo los defiendo.

Ahí terminó la conversación.

—La comida tiene buena pinta —dijo Hope.