Capítulo 1 #2
Tras una hora de retraso, salieron disparados por la pista en un pequeño avión de treinta y tantas plazas.
El ruido de los motores hacía casi imposible hablar durante el vuelo.
Macleod hizo una mueca cuando algunas turbulencias le hicieron pensar que iba en una montaña rusa y, de nuevo, miró a Hope, tranquila y serena, que sonreía y dejaba ver una dentadura casi impecable. No había nada como ser joven.
El avión aterrizó en la pista norte y él divisó la torre de control de aspecto antiguo, pequeña comparada con la de Glasgow, minúscula al lado de la de Edimburgo. Mientras el aparato rodaba hasta la plataforma, vio al personal de tierra saludar al avión: dos hombres, uno con auriculares.
Dentro de la terminal vio a un hombre sosteniendo un cartel en el que ponía «Macleod / McGrath».
Al acercarse, el hombre le agarró la mano y se la estrechó con fuerza antes de hacerse cargo de las maletas.
Les explicó que esperaban a otro invitado antes de continuar el viaje, los condujo a unos asientos y les ofreció algo de la cafetería del aeropuerto.
Macleod declinó el ofrecimiento y preguntó dónde estaría el coche, porque le apetecía dar un paseo.
El hombre negó con la cabeza.
—En helicóptero, señor, hasta la finca. Dejaré las maletas a bordo. Nuestros otros invitados llegarán dentro de treinta minutos; vuelvan entonces y los llevaré al helicóptero.
Macleod asintió y salió de la terminal. Al cruzar la puerta, volvió la vista hacia su compañera, que charlaba con el hombre que los había recibido.
Él le prestaba toda su atención y ella conversaba con desenfado, jugueteando con el pelo mientras hablaba.
Bueno, el tipo tenía un helicóptero, pensó Macleod, pero Hope era Hope.
Fuera hacía frío, y caminó por la nieve de la acera con los zapatos negros, agradecido de que no fuera más profunda: no quería acabar con los pies helados o empapados.
Tras los vuelos de la mañana, el aeropuerto empezaba a quedarse tranquilo, y él se detuvo a contemplar el vehículo rojo que recorría la pista arriba y abajo.
Se detenía de vez en cuando; el conductor se bajaba entonces y disparaba una bengala al aire, que descendía antes de estallar con un fuerte estampido que resonaba por todo el aeródromo.
Una vez, una gran bandada de gansos alzó el vuelo.
El sol se abrió paso, pero seguía haciendo viento. Macleod observó los enormes nubarrones que parecían avanzar a ambos lados del aeródromo y deseó que no les pasaran justo por encima: debajo descargaban granizo y nieve. Entonces vio un pequeño reactor tomar tierra en la pista y oyó a Hope llamarlo.
—Ese es el vuelo de los otros invitados. Vuelve dentro un momento; dice que irá a recibirlos y nos los presentará.
Una vez dentro, Macleod sintió cómo el calor le devolvía el color a las mejillas y miró hacia la puerta de acceso desde la plataforma principal, esperando con impaciencia a quienes lo acompañarían los próximos días.
Esperaba que no fueran unos empresarios viejos y aburridos que no parasen de hablar de cuánto dinero tenían. No era precisamente un buen oyente.
Macleod miraba hacia el lado equivocado cuando el piloto entró por las puertas principales con un representante del aeropuerto y dos jóvenes —jóvenes para Macleod, al menos—.
El primero era un hombre negro alto que parecía estar en plena forma.
Macleod le calculó unos veinticinco años y vestía un traje elegante, de esos modernos que él nunca sabría llevar con soltura.
Los zapatos le relucían y, para rematar, llevaba un sombrero de última moda del que sobresalía una pluma.
A su lado iba una chica menuda, de cabello rubio recogido en una coleta, quizá aún adolescente o apenas entrada en la veintena.
También tenía un cuerpo atlético y vestía una blusa y unos pantalones elegantes, aunque llamarlos así no hacía justicia al conjunto.
—Bueno, hagamos las presentaciones —anunció el piloto—. Este es el inspector Macleod y esta es la detective McGrath, de la Policía de Escocia. Y estos son…
—Aldo Brace y Zara Dawson —dijo Hope—. Encantada de conocerlos. Pueden llamarnos Hope y Seoras; al fin y al cabo, no estamos de servicio. Zara, llevas un mes o así con él, ¿no?
—Sí —dijo Zara—, por fin he conseguido a mi hombre.
—A mí me encantan los jugadores de rugby —dijo Hope—, y si encima es internacional como Aldo Brace… Guau, chica, has triunfado.
Macleod pensó que Hope estaba siendo demasiado atrevida.
Además, ¿quiénes eran esas personas y por qué las conocía ella?
A él también le gustaba el rugby de vez en cuando, pero ¿un americano?
No conocía a ninguna estrella estadounidense del rugby.
¿Es que existían? A ver, Gavin Hastings, sí, Weir y los demás.
¿Pero Aldo Brace? Jamás había oído hablar de él.
—Encantado de conocerlo, inspector —dijo Aldo, tendiéndole la mano a Macleod antes de estrujársela con el apretón más fuerte que había soportado en su vida.
—Seoras, solo Seoras —dijo Macleod—. Es un placer, aunque no puedo decir que esté tan al día del deporte moderno como Hope. Discúlpeme. ¿No debería estar entrenando o algo por el estilo? Estoy seguro de que la temporada ya estará bastante avanzada si juega en Europa.
—Estoy lesionado. Tres meses de baja, Seoras.
—Pues para mí, mejor —dijo Zara, y Macleod pensó que aquella sonrisa era tan enorme que podía echar abajo las paredes.
—¿Conoce a nuestros invitados? —preguntó Hope.
—No, la verdad es que no, pero mi agente dijo que sería una buena idea, así que aquí estoy —respondió Aldo.
—Y adonde va él, voy yo —dijo Zara.
El piloto indicó que era hora de irse y condujo al grupo hasta una pequeña plataforma situada frente a la torre de control.
La torre parecía sacada de la Segunda Guerra Mundial, y Macleod observó que la pintura verde lima se desconchaba por los bordes.
Recordó los edificios que había visto alrededor del aeródromo: todos eran verdes, camuflados para no verse desde el aire.
Aunque hoy en día solo había vuelos comerciales, le alegró que el pasado siguiera allí, una faceta de la historia de la que apenas le habían hablado de niño.
Los llevaron hasta un pequeño helicóptero, los acomodaron atrás y les abrocharon los cinturones, mientras Aldo ocupaba el asiento delantero junto al piloto.
Al dejar atrás el aeródromo, Macleod vio el helicóptero de rescate de Guardacostas en su plataforma, al norte del gran hangar verde, en el lado este del aeródromo.
Notó que Zara lo observaba mientras él contemplaba el aparato.
—¿Ha visto alguna vez uno de esos en acción? —preguntó ella.
Macleod guardó silencio. Hope respondió por él.
—Sí, son impresionantes.
—Ya lo creo —dijo Macleod—. Pero los he visto demasiadas veces.
El helicóptero cruzó el aeródromo y pasó junto al puerto. Al mirar por la ventanilla, Macleod vio el lugar que le venía a la cabeza al menos una vez al día. Nunca te he olvidado, querida mía. Sigo sintiéndolo.