El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

—¿ Q uiere que vaya a Harris con este tiempo? ¿Sabe qué tormenta se avecina?

Macleod iba y venía por la cocina mientras escuchaba la petición de su jefa.

Al día siguiente se reincorporaba al trabajo tras dos semanas de vacaciones y no le hacía ninguna gracia tener que lidiar con el caos que se avecinaba desde el norte.

Vientos feroces, con rachas que podían superar los ciento sesenta kilómetros por hora en algunos puntos, y una nevada que iba a alegrarles el día a todos los críos.

Quizá cerraran los colegios. Habría un montón de problemas de tráfico y mucho papeleo esperándolo a la vuelta.

Mientras su jefa le explicaba lo que quería, vio a Jane entrar en la cocina, envuelta en la bata y recién salida de la ducha.

Prácticamente se había instalado allí y ya casi nunca se marchaba, algo que a Macleod no le molestaba en absoluto.

Le recorrió con la mirada las piernas desnudas hasta el borde de la bata, que le cubría el trasero, y sonrió.

Lo habían educado con una norma estricta: nada de sexo antes del matrimonio.

Pero, a esas alturas de la vida, había decidido que no estaba para perder el tiempo.

Y tampoco andaba por ahí acostándose con cualquiera; así era como su madre se refería a ese tipo de hombres.

Jane le preguntó con un gesto si quería café y él asintió.

Normalmente se lo preparaba él mismo, pero Jane gozaba del privilegio de acercarse a sus preciados granos de café de verdad y al molinillo.

Eso sí, lo preparaba demasiado cargado: llenaba el filtro hasta los topes.

Pero solía llevarle una taza a la cama por la mañana, y las vistas que la acompañaban eran mejores que cualquier café. Bueno… sí, lo eran.

—Entonces, ¿vas a ir, Seoras?

La voz al otro lado de la línea lo había llamado por su nombre de pila.

No Macleod ni inspector: Seoras, sin más.

Su jefa también le había conseguido hacía poco entradas para la ópera, en primera fila.

Él la había detestado, pero Jane había disfrutado de la velada entera y Macleod había ganado aún más puntos, pese a partir ya de cotas estratosféricas. De esta no se libraba.

—Jane —dijo mientras el amor de su vida se volvía hacia él—. Tengo que ir al norte unos días. Serán solo dos, tres a lo sumo.

Jane asintió y volvió a preparar el café. Entonces se giró de golpe.

—Ibas a estar trabajando de todas formas, así que vale. Me iré unos días a casa de mi hermana; seguro que le viene bien un poco de ayuda con la tormenta que se avecina.

La hermana de Jane había perdido el uso de las piernas en un accidente de coche y, aunque en general se valía por sí misma, Jane le echaba una mano de vez en cuando.

Macleod había visto a Anna varias veces, y le había parecido tan encantadora como Jane.

Solo quedaban ellas dos en la familia; ninguna tenía hijos.

A diferencia de Jane, Anna aún no había cumplido los cuarenta: apenas pasaba de los treinta y, como ella misma decía, sus padres se habían decidido muy tarde a tenerla.

Aunque solo había coincidido con ella algunos días sueltos, Macleod se preguntaba cómo era posible que no tuviera a hombres solteros rendidos a sus pies.

Quizá fuera por la silla de ruedas. Ya no era políticamente correcto decirlo, pero el prejuicio seguía ahí, aunque nadie hablara de él.

—Bueno, ¿y adónde vas exactamente? —preguntó Jane.

—A la isla de Harris.

—¿Eso está en las Hébridas?

—Sí —dijo Macleod—, en la parte de la isla que queda justo al sur de Lewis. Tenemos que ir allí juntos, enseñarte de dónde vengo. Que conozcas mi pasado, que veas dónde…

A punto estuvo de soltarlo. De volver a hablar de su difunta esposa, Hope.

—Donde conociste a Hope —dijo Jane—. Donde empezasteis a salir, donde os quedasteis fuera toda la noche por primera vez, ¡donde lo hicisteis por primera vez al aire libre!

Macleod se rio.

—Eres tremenda.

—Y tienes que entender que no estoy celosa de Hope.

Fue una parte importantísima de tu vida, alguien muy especial para ti.

Ayudó a moldear al hombre que tengo delante, al que deseo, al que no puedo evitar amar, a pesar de lo inseguro que te pones cuando se te escapa algo sobre la mujer a la que quisiste antes que a mí. Puedes hablarme de ella.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —preguntó Jane—. Sé más de ti de lo que crees, Seoras Macleod. Sé cosas de ti que ni tú mismo sabes.

—Creía que el detective era yo.

—Por ejemplo —dijo Jane, sin dejar que la distrajera—, sé de buena tinta que prefieres prepararte tú el café.

Sé que ya es todo un privilegio que me dejes siquiera tocar esos granos.

—Soltó una risita al ver su gesto horrorizado—.

Pero, sobre todo, sé que si de verdad pones tu preciado café en manos de una profana como yo es porque lo preparo solo con la bata puesta y esperas alegrarte la vista mientras trabajo.

A Macleod se le borró la sonrisa.

—Eso ha sido un poco injusto. A lo mejor solo estoy compartiendo, ofreciéndote un pedacito de mí.

Jane se rio y se giró hacia la máquina de café. Se levantó la bata para dejar las nalgas al aire.

—Ahí es donde estabas mirando. —Todavía riéndose, se volvió, se acercó a Macleod, lo rodeó con los brazos y le dio un beso en la mejilla—.

No apartes nunca los ojos de mí. Llámame tonta e insegura si quieres, pero tú sigue mirándome, Seoras Macleod.

—Él la estrechó con fuerza—. Y háblame de Hope Macleod.

Por lo que cuentas, habría sido de las mías. —Macleod la estrechó aún más.

El viento golpeaba la ventana de la cocina y Macleod miró por el cristal sin soltarla. La nieve caía, revoloteando bajo el resplandor de la farola: un remolino danzante, la pura misericordia de Dios. Dios mío, ¿qué me has puesto entre los brazos? Gracias.

Jane se soltó del abrazo y cogió el café de la encimera.

—Solo tienes tres días, Macleod, que no se te olvide. Ni uno más. ¿Me oyes? —Macleod asintió, con el rostro iluminado por aquella luz de su vida—. Bien. Ahora sube; ya harás la maleta por la mañana. Cuando me hayas recordado que aún somos jóvenes, me cuentas lo del viaje.

Todavía estaba oscuro cuando Macleod se levantó, se duchó y se vistió para el viaje.

Jane lo había arrastrado escaleras arriba la noche anterior, así que tuvo que hacer la maleta en la oscuridad de la madrugada, hasta que ella se quejó de que hacía demasiado ruido y encendió las luces.

Cuando bajó a trompicones, Jane lo esperaba con unos pantalones de chándal y un jersey grande, el pelo revuelto y los ojos nublados por el sueño.

Pero aquella ya era su casa, pensó él. Cada vez se sentía más seguro de su relación y el futuro parecía prometedor.

Mientras miraba por la ventana, Jane volvió a rodearlo con los brazos y apoyó la cabeza en su espalda. La llegada de un coche rompió el momento. Un bocinazo rasgó el silencio de la madrugada.

Son las cinco de la mañana, Hope. Un poco de decoro.

Jane le dio un beso de despedida, le dijo que se cuidara y se quedó en la puerta mientras él caminaba hacia el coche donde lo esperaba su compañera.

—Buenos días, Seoras. ¿Por qué estoy en pie a estas horas de Dios para ir a una fiesta? —preguntó Hope entre bostezos.

—Tienes el privilegio de pasar un par de noches fuera; en comisaría hay más de uno que se apuntaría encantado.

—Pues que se apunten ellos. Yo quiero mi cama.

Macleod se rio y se despidió de Jane con la mano mientras Hope conducía despacio por las calles de Glasgow.

Fuera hacía frío y el viento empezaba a arreciar de nuevo.

Ya había nevado y la ciudad estaba cubierta por un manto que ocultaba la mugre gris.

Junto al bordillo, la nieve se convertía en aguanieve sucia.

—¿Has vuelto a Lewis desde nuestro primer caso? —preguntó Hope mientras conducía.

—No. Voy a llevar a Jane para que vea de dónde vengo.

Para que vea dónde murió mi Hope. Creo que podría ayudarme.

—Macleod se removió, incómodo, en el asiento al decirlo.

A pesar de tener a Jane en su vida y de disfrutar de verdad de su compañía y de su amor, seguía llevando dentro un dolor que se negaba a desaparecer.

—Qué bien. Se os ve muy a gusto juntos. Es encantadora, Seoras. Has caído de pie.

—¿Y tú qué me cuentas? Me cuesta creer que estés soltera, Hope.

Quiero decir… —Macleod se interrumpió. Había estado a punto de soltarle lo estupenda que estaba, aunque de una forma bastante más vulgar.

Hoy en día era más difícil hacerle un cumplido a una mujer.

Resultaba ofensivo comentar lo bien que estaba.

Le encantaba que a Jane no le importase cómo la miraba, pero Hope no era su amante y debía ser más prudente con sus comentarios.

Al fin y al cabo, con una mujer como Hope era demasiado fácil que la mente se desbocara, sobre todo trabajando codo con codo con ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Hope.

—Tu forma de ser. Es muy contagiosa. —Macleod sonrió para sus adentros.

—Buen intento. A este paso aún haremos de ti un hombre moderno —dijo Hope entre risas.

El aeropuerto de Glasgow estaba tan abarrotado como siempre a primera hora de la mañana, y Macleod detestaba las prisas y el agobio de pasar el control de seguridad para luego tener que sentarse media hora a esperar el avión.

En lugar de aguardar en la reducida zona reservada a los pasajeros de los vuelos a las islas, Macleod arrastró a Hope hasta una cafetería y pidió dos bocadillos de beicon y café.

A través de los grandes ventanales veía los quitanieves avanzar por la pista, y se estremeció.

Diez años atrás el frío no le molestaba, pero últimamente lo sentía más que nunca.

A su lado, Hope llevaba un abrigo negro largo, desabrochado, con una blusa blanca debajo.

Ella sí parecía ir calentita. ¡Qué suerte la suya!