El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3) Prólogo
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El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3)

El fin de semana del terror (Highlands e Islas 3)

Por G.R. Jordan

© inepub.com

Prólogo

M acleod estaba inquieto en el sillón, con la bata bien cerrada.

Mientras miraba a Hope en la cama, se imaginaba el calor bajo aquellas sábanas y lo cómodo que sería meterse allí.

Una hora antes, ella había apartado la colcha mientras dormía y había dejado al descubierto los hombros y la fina camiseta que llevaba para dormir.

El pelo rojo se le desparramaba por las almohadas. Era la viva imagen del sueño.

Clavó la vista en el reloj de la pared e intentó no seguir pensando en la mujer que dormía en su cama. Jane no podía enterarse jamás. ¿Cómo iba a explicárselo? A veces las circunstancias no dejaban elección. No. Nunca hablarían de aquello.

¿Por qué construían aquellas casas enormes con suelos de madera?

Hacía un frío de muerte. Había alguna alfombra raída aquí y allá, pero casi todo el suelo quedaba desnudo.

La habitación era una mezcla extraña: un televisor moderno en la pared y un mueble antiguo al fondo.

El resto tampoco casaba: un armario digno de la reina Victoria y una mesilla que podría haber salido de una gran tienda sueca de muebles.

La fiesta era igual: una mezcla de gente con muy poco en común; uno o dos, eso sí, eran idiotas.

Sí, idiotas, pensó. No estoy siendo injusto.

Pero nunca he entendido el mundo del glamur y los famosos.

¿Cómo demonios había conseguido la jefa una invitación para aquello, aunque su marido fuera amigo del anfitrión, David Macaulay?

Y luego estaba todo aquel juego de rol, que obligaba a la gente a disfrazarse.

No le hacía ninguna gracia que le hubieran encasquetado el papel de investigador en una recreación cutre de una trama de terror.

Efectos de pega. Fantasmas de pega. Sonidos de pega.

Todo falso. Pero quizá detrás se ocultara algo más siniestro.

Aquello no podía haber sido un accidente.

No sabía por qué, pero su instinto se lo gritaba.

Hope, desde luego, no compartía sus sospechas.

Se movía a sus anchas entre toda aquella parafernalia e incluso había coqueteado un poco con el gigante que parecía salido de la portada de una revista.

Macleod estaba acostumbrado a verla vestida para trabajar, y algunos de sus atuendos le parecían demasiado atrevidos para su educación conservadora.

No había sabido dónde mirar. O, mejor dicho, sí lo había sabido y se esforzaba por no hacerlo.

Y no era solo Hope. También estaba aquella galesa.

A ella le gustaba que la mirasen. Pero había algo más: era demasiado curiosa; aquello iba más allá del simple interés. Casi podría ser de los nuestros, pensó.

Oyó pasos en el pasillo. Horas antes, al retirarse a la habitación, había cerrado la puerta con llave y se había asegurado de que quedara bien encajada.

Hope lo había mirado como si estuviera loco, pero él no había llegado tan lejos en su carrera sin fiarse de su instinto.

Su compañera —su compañera de trabajo, claro— dormía en su cama, sin él, y era una buena detective.

Era concienzuda, sabía calar a mucha gente y, por pertenecer a otra generación, aportaba puntos de vista que a él se le escapaban.

Pero la intuición de Hope no estaba tan afinada como la suya. ¡Una de las ventajas de ser un carroza!

El rellano daba a un balcón que había visto aquel mismo día.

Desde allí, la entrada principal quedaba varias plantas más abajo; una barandilla que le llegaba a la cadera evitaba que nadie se precipitara.

Solo le había echado un vistazo de pasada cuando bajaron después de ponerse aquellos disfraces ridículos.

Ahora, de madrugada, la tormenta estaba en pleno apogeo y se oía de fondo.

Pero el crujido de una pisada sobre las tablas del rellano se impuso al temporal.

Una corriente helada le barrió los tobillos y se coló por las perneras, erizándole el vello de las espinillas. Quienquiera que fuese debía de haber abierto la puerta del balcón. ¿A quién se le ocurriría salir a pasear con aquel tiempo? Y entonces volvió la corazonada.

—Oye, cuando dijiste que dormirías en el sillón, creí que por lo menos ibas a dormir.

Hope se había incorporado en la cama. Al volverse, Macleod se encontró mirando la camiseta del pijama, ceñida a su cuerpo. Sin pensárselo, cogió de una silla su grueso jersey de lana y se lo lanzó.

—Ponte eso, que hace frío.

Hope atrapó el jersey y se lo puso de un tirón.

—Perdona. Debería haberme quedado tapada. Pero fuiste tú quien me invitó a la cama.

Macleod entrecerró los ojos, se volvió y caminó despacio hacia la puerta.

Hope ocupaba un lugar extraño en su cabeza y en su corazón.

Le caía bien. La respetaba. La consideraba una compañera de policía de plena confianza, incluso una amiga, pero no podía evitar que le gustara mirarla.

Aquello chocaba con su educación presbiteriana y no sabía si se le pasaría algún día.

Intentó concentrarse en lo que ocurría fuera e ignorar a Hope mientras se levantaba de la cama.

—¿Qué pasa?

—Alguien anda por ahí —dijo Macleod—. Ha abierto la puerta del balcón.

—¿De ahí viene esta puñetera corriente? A algunos se la sudan los demás.

Mentalmente, Macleod enarcó las cejas. Qué lenguaje tan soez. Impropio de una mujer. Entonces oyó un grito.

Giró la llave tan deprisa como pudo, abrió y escrutó el pasillo a oscuras. El rellano ornamentado estaba vacío, pero la puerta del balcón seguía abierta. El viento recorría con fuerza el pasillo entre los dormitorios y lo hizo estremecerse. Ni siquiera el disfraz lo protegía del frío exterior.

Macleod corrió hacia el balcón. Se abrió paso contra el viento hasta el pretil de piedra y la barandilla. No había nadie. Tampoco huellas en la nieve recién caída. Detrás de él se armó revuelo y oyó a alguien preguntar qué ocurría. Por instinto, se asomó por encima de la barandilla.

Abajo distinguió la verja rematada en púas que cercaba unos pequeños arriates frente a la casa.

La nieve cubría los arriates y ponía una mancha gris en la negrura de la noche.

Pero había manchas más oscuras. Entonces vio una figura doblada sobre las púas.

Dos de ellas le atravesaban el cuerpo y asomaban por el otro lado.

Hope se asomó por encima de su hombro y miró hacia abajo.

—Joder, Seoras. Pobre desgraciado. ¿Se habrá tirado?

—Lo dudo —dijo Macleod, forzando la vista en la oscuridad hasta distinguir un objeto—. La gente no suele apuñalarse por la espalda antes de saltar.