El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 21 La caída en la tormenta #3
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Capítulo 21 La caída en la tormenta #3

—Me gusta verte perder el control.

La brutal honestidad de aquellas palabras lo cegó por un momento.

Isla atravesó su mente como una daga.

Su rostro. Sus ojos heridos. La boca que quizás nunca lo perdonaría.

Y, en un contraste aún más cruel, el recuerdo de Lily sonriendo en un jardín de verano relampagueó en su mente, mezclándose con la mujer bajo él, contaminándolo todo de forma insoportable.

La confusión lo arrastró aún más profundo.

Embistió más fuerte. Más rápido. Más brutal. El banco golpeaba bajo el cuerpo de ella; el cristal sobre sus cabezas temblaba con la tormenta, como si el mundo entero observara y no hiciera nada para detenerlo.

—No te amo —repitió, casi escupiendo las palabras contra sí mismo—. Ni por un maldito segundo.

Alma dejó escapar un sonido que era mitad placer, mitad desprecio.

—Y sin embargo estás dentro de mí.

John le tiró del cabello, obligándola a levantar el rostro.

—No confundas mi error con tu poder.

Ella jadeó, pero había triunfo incluso en su sumisión.

—No necesito confundirlo. Lo siento.

Eso decía más que cualquier explicación sobre el abismo entre Alma y la mujer que Lily había sido.

Lily nunca habría parecido tan viva en el sufrimiento de otro.

Lily nunca habría encontrado gloria en el desmoronamiento de un hombre.

Alma, en cambio, se encendía precisamente porque él estaba roto, excitado y furioso.

Ella deslizó la mano entre las piernas, buscando el clítoris mientras él la follaba desde atrás. John vio el gesto, sintió que el orgullo le ardía como un insulto, y le apartó la muñeca con sequedad casi brutal.

—¿No soy suficiente hombre para ti?

Alma rio sin aliento, arqueada sobre la piedra.

John no la acarició. No sustituyó la mano de ella con la suya. Simplemente le inmovilizó el brazo detrás de la espalda y siguió embistiendo con fuerza, en seco, a fondo, como si la pregunta hubiera herido un lugar demasiado profundo de su orgullo, clausurando cualquier ternura.

—Respóndeme.

—Eres más que suficiente —gimió ella—. Ese es exactamente el problema.

Se hundió en ella con mayor violencia. El sonido húmedo de los cuerpos llenaba el invernadero, mezclándose con el repiqueteo de la lluvia sobre el cristal y el goteo de las hojas.

Alma temblaba, apretándose alrededor de él.

John sintió que la lujuria se le hinchaba como rabia física.

Tenía el miembro duro, la sangre ardiente, el cuerpo respondiendo con fuerza brutal, humillándolo casi tanto como el acto mismo.

—Esto era lo que querías —le susurró al oído—. Que te usara como si no fueras nada.

—Quería que me tocaras —jadeó ella—. Aunque fuera así.

La confesión lo atravesó en un lugar oscuro.

Porque era demasiado degradante.

Porque era demasiado cierto.

Porque, de alguna manera retorcida, ella parecía satisfecha en medio de la humillación.

John la embistió unas cuantas veces más con fuerza bruta, sintiendo cómo el cuerpo de ella cedía al placer. Los gemidos de Alma subieron de intensidad, su respiración perdió el ritmo, todo su cuerpo se tensó, y se corrió violentamente, apretándolo sin control.

El orgasmo de ella lo arrastró consigo.

Con un sonido ronco, casi furioso, John dio dos embestidas más y se corrió enterrado en ella, con todo el cuerpo en tensión, como si hasta el placer tuviera que venir en forma de castigo.

Se quedaron así un momento.

Jadeando.

Inmóviles.

Manchados el uno del otro.

Cuando él se apartó, el frío regresó demasiado rápido.

Alma se apoyó en la mesa, recuperando el aliento.

Tenía el vestido desarreglado, el cabello casi deshecho, el rostro iluminado con la satisfacción de una mujer que había conseguido exactamente lo que buscaba.

Había algo casi triunfante en ella —no una victoria evidente, pues era demasiado astuta para eso, sino la calma inquietante de quien había poseído el cuerpo de un hombre sin tocar lo que él guardaba como sagrado.

John se arregló la ropa en silencio.

El placer había durado menos que el desprecio.

Alma se volvió lentamente.

—No me mires así.

—¿Cómo?

Ella se ajustó el corsé con dedos aún temblorosos.

—Como si yo fuera lo único que está mal en esta habitación.

John soltó una risa breve y amarga.

—Solo fuiste el arma más cercana.

Las palabras la golpearon. Él lo vio.

Pero Alma no iba a ceder el terreno que había ganado. Se acercó y le alisó el cuello de la camisa con las yemas de los dedos.

—Y sin embargo caíste en mis manos.

John le agarró la muñeca y se la apartó sin delicadeza.

—No. —Su mirada era acero mojado—. Caí en las mías.

Se marchó antes de que ella pudiera responder.

La lluvia de medianoche le azotó el rostro como un castigo merecido. Montó y cabalgó de vuelta bajo un cielo negro y despiadado —sin estrellas, sin gracia. Su cuerpo aún ardía con el calor del sexo reciente; su mente, contaminada por el sabor rancio de su propia degradación.

Cabalgó un trecho demasiado largo, sin ver más que agua y barro. El caballo resopló con brusquedad. El viento le azotó el abrigo contra la espalda. Y entonces el horror de lo que había hecho dejó de ser una noción abstracta.

Se convirtió en carne.

Isla.

El nombre explotó dentro de él.

John tiró de las riendas con fuerza, desmontó casi a trompicones y dejó que las botas se le hundieran en la orilla fangosa. Dio dos pasos a ciegas bajo la tormenta, se pasó una mano por la cara y maldijo con una furia tan profunda que su propia voz le sonó ajena.

—Maldito seas.

No al cielo.

A sí mismo.

Se arrodilló en el barro como un hombre que no buscaba perdón, sino que ya no sabía cómo soportar el peso de su propia repulsión.

La lluvia le caía por el cuello, los hombros, la espalda.

El pecho le subía y bajaba en jadeos ásperos.

Su cuerpo aún recordaba el placer. Su miembro aún palpitaba entre las piernas, prueba cruel de su caída.

Nada lo humillaba más que eso.

Golpeó la tierra empapada con el puño. Una vez. Luego otra. No como un niño que pierde el control, sino como un hombre que necesitaba herir algo porque no podía arrancarse de sí mismo lo que acababa de hacer.

Quería culpar al alcohol.

No podía.

Quería culpar a Alma.

No podía.

Quería convencerse de que lo habían conducido, provocado, confundido.

No podía.

Lo había sabido.

Cada segundo, lo había sabido.

Permaneció arrodillado bajo la tormenta durante largo rato, hasta que el frío empezó a calarle hasta los huesos. Al fin se levantó, volvió a montar y cabalgó a casa con el rostro duro de un hombre que sobreviviría a su propio asco solo porque todavía le quedaba algo por hacer.