El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 19 Antes de la caída #3
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Capítulo 19 Antes de la caída #3

—Puedo entender la inquietud —continuó—. Algunas mujeres, tras vivir demasiado tiempo bajo la protección de otros, se acostumbran a confundir el refugio con un derecho sobre cosas que no les pertenecen.

El golpe fue tan preciso que Isla tardó un segundo en asimilarlo.

Cuando lo hizo, se le heló la sangre.

Las palabras no la llamaban sirvienta. No la llamaban oportunista.

Hacían algo peor.

Insinuaban.

Rebajaban.

La situaban como una dependiente que había olvidado cuál era su lugar.

John permaneció inmóvil.

Solo un instante. Quizá dos o tres segundos. Pero para Isla fue suficiente.

Suficiente para que el beso se convirtiera en algo aún más irreparable: la había dejado sola frente a la otra mujer.

—¿Mi posición? —preguntó Isla, tan bajo que parecía no quedar fuerza en la pregunta. Pero la había.

Alma le sostuvo la mirada. Había un rubor de vergüenza en su rostro, pero también esa ferocidad social de las mujeres que prefieren herir primero a ser vistas heridas.

—La posición de alguien acogida en una casa respetable que, pese a esa generosidad, se cree con derecho a entrometerse en lo que pertenece a una historia más antigua que la suya.

Era demasiado.

No porque Isla no hubiera oído cosas peores en su vida.

Las había oído. Había sobrevivido a hombres y mujeres mucho más crueles.

Sino porque se decía allí, delante de John, después del beso, después de la persecución silenciosa, después del amanecer en vela, después de todo el amor que aún llevaba como una vergüenza sagrada en el pecho.

Se volvió hacia John.

—¿Y tú vas a quedarte callado?

La pregunta no salió herida.

Salió devastada.

John abrió la boca.

Ninguna palabra acudió a tiempo.

Isla sonrió, pero no había alegría en aquella sonrisa, solo el último destello del orgullo tratando de mantenerse en pie.

—Entiendo.

Se dio la vuelta antes de que ninguno de los dos pudiera verla llorar.

Pero John vio, en el instante en que ella le dio la espalda, la rigidez excesiva de sus hombros, cómo sus manos apretaban el chal contra el pecho, la prisa apenas contenida de sus pasos sobre la grava.

Era la huida de una mujer que se negaba a derrumbarse ante testigos.

—¡Isla! —la llamó.

Ella no se detuvo.

John dio un paso para seguirla.

Fue entonces cuando Alma le tocó el brazo, no con fuerza, solo con súplica.

—John...

Él se volvió hacia ella.

Todo cambió en su rostro.

La culpa seguía allí. La confusión también. Pero ahora había algo más, más limpio y más duro: repulsión moral.

—No.

Alma palideció.

—Solo...

—No. —Esta vez su voz sonó firme—. La mujer que amé pudo ser orgullosa, herida, desesperada. Pero jamás habría pisoteado a otra mujer humillada para recuperar su superioridad.

Alma lo miró como si la hubiera abofeteado.

—No entiendes lo que viste.

—Vi suficiente. Vi la vergüenza convertida en crueldad. Te vi elegir a la única persona allí que no podía devolver el golpe sin perder más de lo que ya había perdido.

Las lágrimas que llenaron los ojos de Alma parecían sinceras. Quizá lo eran. Quizá incluso aquel dolor suyo tenía algún fundamento verdadero. Eso solo lo hacía todo más confuso.

—Fui observada como una pecadora cualquiera —murmuró—. Fui reducida ante ella, ante ti, ante mí misma.

John retrocedió un paso.

—Y elegiste reducirla porque no podías soportar tu propia vergüenza.

El silencio que cayó entre ellos fue duro como piedra mojada.

Cuando John volvió a hablar, su voz era más baja.

—Lily no habría hecho eso.

Entonces Alma comprendió.

El nombre, pronunciado así, separando a la mujer muerta de la viva, abrió un abismo terrible entre quien ella había sido y quien acababa de revelarse.

—John...

Pero él ya no la escuchaba de la misma manera.

Se volvió hacia el sendero por donde Isla había desaparecido.

—Si te queda algo de honestidad, no me sigas.

Y se marchó.

Esta vez no hubo vacilación.

Bajó los escalones de la terraza casi corriendo, cruzó el jardín mojado y alcanzó la puerta lateral, donde la vio a lo lejos, avanzando por el camino con pasos demasiado rápidos para una mujer que intentara conservar la dignidad.

El chal oscuro golpeaba contra sus faldas.

El viento le arrastraba mechones sueltos por el rostro. Ella no miró atrás.

John volvió a llamarla.

—¡Isla!

Nada.

La desesperación ya no era el remordimiento pegajoso de la noche anterior.

Era algo más afilado y puro, algo que rozaba el pánico.

Por primera vez desde que había vuelto a encontrar a Alma, comprendió con brutal claridad que podía perder a Isla no como se pierde una fantasía, sino como se pierde la única verdad valiosa que queda en una vida ya demasiado manchada por los cadáveres del pasado.

Aceleró el paso.

Muy lejos, a su espalda, Alma permaneció sola en el invernadero, empequeñecida contra la piedra antigua de la casa, con las manos vacías colgando a los lados y el rostro pálido, con la expresión de una mujer que acababa de recibir no el descubrimiento de su propio secreto, sino algo casi tan terrible: la primera grieta real en la imagen que aún mantenía ante John.

Pero John ya no veía nada de eso.

Solo veía la figura de Isla alejándose por el camino húmedo, llevándose consigo el poco honor que aún le quedaba por salvar.