El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 11 Entre el dolor y el deseo
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Capítulo 11 Entre el dolor y el deseo

La mañana siguiente amaneció en la mansión Scott bajo un silencio tan pesado que parecía haberse asentado en las propias piedras durante la noche y haberse decidido a quedarse.

John pasó la mañana en la biblioteca, pero nada de lo que había sobre el escritorio lograba retener su atención.

Los libros de cuentas, las cartas de los arrendatarios, los registros de tierras: todo se difuminaba ante sus ojos.

Leyó la misma línea tres, cuatro veces, sin lograr captar su significado.

Su mente seguía regresando al mismo lugar.

Al calor de la noche anterior.

Al aliento de Isla.

Al sabor de su boca.

A cómo su cuerpo había respondido al de él como si todavía estuviera entero: un hombre, no una ruina sostenida por la ira.

John cerró el libro de cuentas con más fuerza de la necesaria.

La madera de la mesa gimió bajo sus dedos.

Necesitaba hablar con ella. Necesitaba borrar la frialdad de la noche anterior y el caos que le siguió. Necesitaba, al menos una vez en su vida, encontrar las palabras antes de que el silencio lo destruyera todo.

Cuando salió de la biblioteca, divisó a Isla en el pasillo.

Llevaba la bandeja con el almuerzo de Agnes. Lucía su delantal sencillo de siempre, el cabello recogido sin vanidad, la postura modesta, como la de alguien que había aprendido a ocupar el menor espacio posible en el mundo. Aun así, verla golpeó a John como un puñetazo en el pecho.

Era más que deseo.

Era reconocimiento.

Como si alguna parte de él la hubiera buscado incluso antes de que sus pensamientos pudieran formar su nombre.

Se detuvo frente a ella.

El pasillo era lo bastante estrecho como para que uno de los dos tuviera que ceder el paso.

—Isla...

Las palabras salieron bajas, ásperas, extrañas incluso para sus propios oídos.

Ella alzó los ojos.

No había furia en ellos.

Había algo peor.

Frialdad.

Una frialdad tranquila, disciplinada, casi elegante. Como si hubiera cosido todas las heridas que él le había infligido por dentro y ahora le negara incluso el derecho a rozar siquiera ese dolor.

John dio un paso adelante.

Su mano se alzó por reflejo, como para agarrarla del brazo, detenerla, obligarla a escuchar.

Pero Isla lo esquivó, bandeja en mano, como si él no fuera más que un mueble mal colocado en el corredor.

No dijo una palabra.

No vaciló.

No aminoró el paso.

Su indiferencia lo golpeó con una violencia que ningún puño en quince años de prisión había igualado.

John se quedó inmóvil, la mano suspendida en el aire durante un momento ridículo, humillante, vacío.

El pasillo volvió a quedar en silencio.

Pero dentro de él, algo rugía.

Giró bruscamente y salió de la mansión antes de que la asfixia se volviera insoportable. Necesitaba aire. Necesitaba frío. Necesitaba escapar del aroma a lavanda que ella dejaba a su paso y del recuerdo de su propia debilidad.

Sus pasos lo llevaron al bosque sin elección consciente.

La memoria conocía el camino mejor que él.

Junto al claro bajo el roble antiguo, el cielo era de un gris duro, despiadado. El invierno había despojado al árbol de sus hojas. Solo quedaban ramas negras y retorcidas, cortando el cielo como los dedos de un cadáver mal enterrado.

John se detuvo en el centro del claro.

Aquí.

Aquí la había amado.

Aquí había prometido un futuro.

Aquí había enterrado, sin tumba, todo lo que quedaba de su juventud, su esperanza y su inocencia.

La escarcha crujió bajo sus botas cuando dio otro paso. Luego otro.

Entonces sus rodillas simplemente cedieron.

El hombre que había pasado quince años aprendiendo a no doblegarse se derrumbó sobre la tierra fría.

—Lily... —susurró.

El nombre se fracturó en su lengua.

Demasiado bajo para ser una plegaria.

Demasiado doloroso para ser un mero recuerdo.

John cerró los ojos con fuerza, tratando de verla. Tratando de reconstruirla. El cabello rojo. La piel pálida. La sonrisa. El brillo cálido y castaño en sus ojos cuando se reía de él, dulce y obstinada, como si el mundo pudiera conquistarse simplemente insistiendo en la felicidad.

Pero la imagen llegó incompleta.

Borrosa.

Inestable.

Cuanto más intentaba retenerla, más se disolvía.

Y en el espacio vacío que se abría, emergió otro rostro.

Ojos ámbar.

Labios suaves.

Manos delicadas recorriendo sus cicatrices.

Isla.

Los ojos de John se abrieron de golpe, como si lo hubieran apuñalado desde dentro.

—No... —jadeó.

Sus manos se hundieron en la tierra endurecida, los dedos excavando como si pudieran contener la culpa que lo devoraba entero. Le falló la respiración. Le dolió el pecho. Le ardió la garganta.

—Dios... —murmuró con la voz quebrada—. Dios, perdóname.

Las lágrimas llegaron con rabia, no con alivio.

—No pude protegerla —dijo al vacío—. Y ahora ni siquiera puedo conservar su rostro como debería. Ni siquiera eso.

El viento atravesó el claro en ráfagas frías.

John se dobló sobre sí mismo.

—Soy un traidor —susurró—. Si empiezo a olvidarla, entonces merezco cada maldito día que pasé encerrado.

—El asesino siempre regresa a la escena del crimen.

Su voz cortó el claro como una cuchilla.

John se quedó inmóvil.

Alzó la cabeza lentamente.

Violet Cameron estaba a pocos pasos de distancia.

Vestía de luto como si la tela formara parte de su propia piel.

El negro caía sobre su delgada figura con una solemnidad casi regia, y el velo levantado dejaba ver un rostro marcado no por la edad, sino por el dolor.

Sus ojos, antaño simplemente orgullosos, ahora parecían forjados de cristal y acero.

No temblaba.

No lloraba.

Pero en el modo en que mantenía la barbilla en alto había la postura de quien solo había sobrevivido porque el sufrimiento se había convertido en su segundo esqueleto.

En el pueblo, la noticia del regreso de John Scott se había propagado demasiado rápido para poder contenerla, y Violet ya había convertido aquel roble en una especie de tumba sin lápida, visitándolo los días en que el dolor le oprimía el pecho con fuerza insoportable.

Aquella tarde había acudido porque el recuerdo de su hija la había llevado allí.

Se quedó porque necesitaba ver con sus propios ojos al hombre que osaba regresar.

—Necesitaba verlo con mis propios ojos. John Scott ha vuelto —dijo Violet.

John se levantó lentamente.

Tenía barro en las rodillas, en las manos, en el dobladillo del abrigo. No hizo ademán de limpiárselo.

—Yo no la maté.

Violet soltó una risa seca, sin vida.

—Y sin embargo, mi hija murió por tu culpa.

No gritó.

Sus palabras sonaron agotadas.

Y precisamente por eso, calaron más hondo.

A John le costó respirar.

—Yo la amaba.

—No uses esa palabra conmigo.

Dio un paso hacia él.

—No te atrevas a pronunciar esa palabra ante una madre que enterró las cenizas que le aseguraron eran de su propia hija.

Algo se hizo añicos dentro de John al oír aquellas palabras en voz alta. Daba igual lo bien que conociera la historia, daba igual cuántas veces hubiera imaginado el horror: nunca le había parecido tan real como en ese momento, en boca de la mujer que lo había vivido.

Violet no apartó la mirada.

—¿Sabes lo que me hicieron, John Scott? —preguntó, con voz firme aunque un temblor latía bajo la superficie—. Me trajeron un cuerpo quemado hasta resultar irreconocible. Me dijeron que era mi niña. Mi Lily. Mi hija. Mi criatura.

Se llevó una mano al pecho, no por debilidad, sino como si intentara contener un dolor demasiado antiguo para caber en su cuerpo.

—Ni siquiera me dejaron verla como madre. No pude cepillarle el cabello una última vez. No pude besarle la frente. No pude vestirla con ropa limpia. No pude velarla. ¿Entiendes eso? Me robaron hasta el derecho a despedirme.

La voz se le quebró en esa última palabra.

John cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a mirarla, en sus ojos había un dolor crudo, casi salvaje.

—Entiendo más de lo que crees.

—No. Tú entiendes la culpa. Yo entiendo la pérdida.

Él encajó el golpe.

Porque una parte de él creía que ella tenía ese derecho.

—Todos estos años —continuó— me he dormido y despertado con la imagen de esa pira.

Todos estos años he oído susurros, mentiras, versiones, excusas, y ninguna me ha devuelto a mi hija.

Ninguna. Así que no, John. No te perdono.

Nunca lo haré. Y nunca aceptaré verte libre, caminando por estas tierras, respirando el mismo aire que ella debería respirar.

John apretó la mandíbula.

—Yo también morí ese día.

—Pero no lo suficiente.

El golpe fue limpio. Preciso. Casi mortal.

Sintió la sangre palpitarle en las sienes.

—¿Crees que no pago? —preguntó, con voz más grave—. ¿Crees que una celda fue todo? Me despierto con su nombre atragantado en la garganta. Duermo oliendo a humo. Recuerdo su vestido desgarrado, la ropa abandonada junto a las llamas, y me odio por cada segundo que no estuve allí para detenerlos.

Violet lo observó en silencio, y por un instante John creyó ver algo cruzar su rostro.

Pero no era perdón.

Era solo el reconocimiento del dolor.

Nada más.

—Tu dolor no absuelve nada —dijo ella.

—No quiero absolución.

—Mentira.

John se pasó la mano por el rostro sucio.

El silencio que cayó entre ellos no estaba vacío. Estaba demasiado lleno. Lleno de todo lo que habían perdido en nombre de una tragedia que no cesaba de desplegarse.

Cuando Violet volvió a hablar, su voz era más baja.

Más humana.

Y por eso mismo, más devastadora.

—¿Sabes qué es lo que más me indigna? —preguntó—.

No es solo su muerte. Es que el mundo siguió adelante.

El sol siguió saliendo. Las estaciones cambiaron.

La gente envejeció. Y yo me quedé atrapada en ese día.

Mi hija murió, y yo fui enterrada con ella, John.

Pero nadie lo notó porque mi cuerpo siguió caminando.

John no encontró respuesta.

Porque no la había.

Violet se ciñó el chal sobre los hombros como si de pronto sintiera un frío insoportable.

—No me vuelvas a hablar de amor —dijo—. El amor, si es que fue amor, le falló. Y no aceptaré que el hombre que me arrebató a mi niña aún lo llame destino, desgracia o mala suerte.

Lo miró una última vez.

Le brillaban los ojos, pero no derramó una sola lágrima.