Capítulo 10 El fantasma
Pasaron los días e Isla fue acostumbrándose a la casa.
Una mañana húmeda en las tierras de los Scott, la niebla baja cubría los campos como un velo pálido, ocultando la hierba, los troncos cortados y los surcos embarrados de la noche anterior.
Leopold sostenía el mango de la pequeña hacha con ambas manos.
Parecía demasiado menudo para ella. Demasiado delgado. Demasiado joven. Y sin embargo, había algo en la forma en que mantenía la barbilla alzada que John reconoció de inmediato. No era valentía pura.
Era supervivencia.
Esa terquedad que solo nace cuando el mundo golpea demasiado pronto.
John permanecía detrás de él, con los brazos cruzados, observando.
—La estás sujetando mal —dijo, sin suavidad—. Así, el golpe muere antes de alcanzar la madera.
Leopold ajustó los dedos de inmediato, lanzándole una mirada fugaz y aprensiva.
—Perdón, señor.
—No te disculpes conmigo. Aprende.
El niño asintió.
John se acercó, tomó el mango y colocó las manos del niño en su sitio con precisión firme.
—Aquí. Más separadas. El peso hace el trabajo si lo dejas. No intentes golpear la madera con los brazos. Usa el cuerpo.
Leopold respiró hondo y lo intentó de nuevo.
El hacha cayó torcida, pero golpeó el tronco con más fuerza que antes.
John ladeó la cabeza.
—Mejor.
La palabra salió breve, casi a regañadientes, pero el niño pareció crecer por dentro al oírla.
Isla observaba desde la ventana de la cocina, con un paño todavía en las manos.
Acababa de terminar de ayudar a servir el desayuno de Agnes, pero su mirada la había delatado por completo.
Había seguido con los ojos a John y Leopold hasta el patio, como si una parte de ella no pudiera apartar la vista.
Vio a John corregir la postura del niño de nuevo. Vio la forma áspera pero precisa en que le enseñaba a Leopold a plantar los pies. Vio, también, el instante en que el niño asestó un golpe limpio y volvió el rostro por instinto, buscando aprobación.
John no sonrió.
No era un hombre hecho para gestos fáciles.
Pero dijo:
—Eso es. Otra vez.
Y en ese tono bajo y contenido había algo que Isla no esperaba oír tan pronto.
Orgullo.
Se le encogió el corazón.
Porque era imposible no ver la contradicción andante que era aquel hombre. John Scott podía parecer tallado en piedra, venganza y cicatrices, pero había grietas en él. Profundas. Y a veces, por una de esas grietas, se escapaba algo casi humano.
Casi tierno.
Más tarde, cuando Leopold descansaba y Agnes dormitaba junto al hogar, la lluvia regresó.
Llegó espesa, fría, impaciente, doblando las ramas más finas y repiqueteando contra los altos ventanales de la mansión.
John pasó el resto del día entre cercas, establos y trabajadores, rechazando cualquier refugio que no fuera el agotamiento mismo.
Cuando por fin regresó a última hora de la tarde, traía la tormenta consigo, adherida al cuerpo.
Entró en su habitación con barro en las botas, el abrigo pesado y empapado, la camisa pegada al pecho y a los anchos hombros. El olor a lluvia, cuero mojado y trabajo duro entró con él.
Isla ya estaba allí.
Preparaba el baño con agua caliente. El vapor se elevaba en ondas lentas, extendiéndose por la habitación y empañando ligeramente los espejos. Había dejado toallas limpias dobladas sobre una silla y ropa seca extendida sobre la cama.
Al oír la puerta, se volvió.
Y se detuvo.
John parecía aún más grande cuando llegaba así, poseído por la tormenta. El cabello oscuro y húmedo le caía sobre la frente. La aspereza de la barba le endurecía aún más el rostro. La camisa mojada trazaba cada línea de su cuerpo con una intimidad involuntaria que aceleró el pulso de Isla.
—¿Por qué no está haciendo esto la señora Robertson?
—No lo sé, señor. Vine porque me enviaron —susurró Isla.
Él la observó en silencio durante varios segundos.
Luego caminó hacia la bañera.
—Ven aquí.
Las palabras cayeron entre ellos con demasiado peso.
Isla vaciló junto a la bañera.
—Ya he preparado todo, señor. El agua está caliente y...
—He dicho que vengas aquí.
Su voz no se elevó.
No lo necesitaba.
Ella tragó saliva y se acercó unos pasos.
John se quitó el abrigo sin apartar los ojos de ella. Luego desabrochó lentamente los botones de la camisa empapada. La tela se despegó de la piel con dificultad, revelando, poco a poco, el torso fuerte y las marcas que lo surcaban.
Isla ya conocía el rostro marcado por cicatrices. Ya conocía la dureza de su mirada. Pero ver las marcas sobre el resto de su cuerpo era algo completamente distinto.
Las cicatrices comenzaban en los hombros, cruzaban el pecho, surcaban los brazos y continuaban por la espalda como memoria escrita a la fuerza. Algunas eran finas y antiguas. Otras, más gruesas, irregulares, brutales. No había vanidad masculina herida en ellas.
Solo violencia sobrevivida.
Ella soltó el aire lentamente.
John lo notó.
—Feo, ¿verdad? —preguntó, sin humor.
No había autocompasión en su voz.
Había desafío.
Como si la obligara a mirar hasta el final. Como si quisiera verla retroceder.
Pero Isla no retrocedió.
Los ojos se le llenaron de una tristeza involuntaria.
—No —dijo con suavidad—. Cruel.
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, John pareció pillado por sorpresa.
Se quedó inmóvil un breve instante. Luego fue él quien apartó la mirada primero, como si no supiera qué hacer con una respuesta así.
Se quitó las botas, luego el resto de la ropa, y se sumergió en el agua con un suspiro áspero, casi doloroso. El calor del baño le arrancó un estremecimiento visible.
Isla permaneció donde estaba, de pie, con las manos entrelazadas frente a ella.
John apoyó la cabeza contra el borde de la bañera y cerró los ojos por un momento.
—Enjabóname la espalda.
Por un instante, estuvo a punto de vacilar, pero obedeció. Se acercó con pasos cuidadosos y se arrodilló junto a la bañera. Mojó la esponja, la enjabonó y tocó primero uno de sus hombros.
Su gesto fue demasiado ligero.
John exhaló brevemente.
—Más fuerte.
Isla volvió a pasar la esponja, ahora con más firmeza. Fue del hombro al brazo, luego al cuello, después al pecho, bordeando las cicatrices como si temiera profanar algo sagrado y terrible a la vez.
Bajo sus dedos, sintió que el cuerpo de él no respondía con deseo inmediato, sino que el agotamiento empezaba a ceder. Los músculos seguían tensos, pero ya no como cuerdas a punto de romperse. Era como si cada caricia le arrancara una capa de alerta.
—Lo que te hicieron… —comenzó, pero la frase murió a la mitad.
John abrió los ojos lentamente.
Eran oscuros, sí. Siempre lo eran. Pero había en ellos una fatiga tan profunda que la voz de Isla se quebró antes de que pudiera siquiera terminar la pregunta.
—El mundo hace lo que puede cuando encuentra a un hombre solo —respondió—. Y yo tuve la desgracia de encontrarlo demasiado joven.
Isla pasó la esponja sobre una cicatriz más antigua en su clavícula.
—Aun así, regresaste.
Su boca se curvó casi imperceptiblemente.
—Regresé roto.
Ella alzó los ojos para encontrarse con los suyos.
—Regresaste vivo.
John sostuvo esa mirada durante demasiado tiempo.
El vapor se elevaba entre ellos. Afuera, la lluvia seguía golpeando los cristales. Dentro de la estancia, el aire parecía más espeso, más lento, como si hasta el tiempo tuviera que atravesar primero la tensión que los unía.
Él levantó la mano y le atrapó la muñeca.
No brutalmente.
Con firmeza.
Isla dejó de moverse.
El corazón le latía con demasiada fuerza en aquel silencio.
—No me miras como lo hacen los demás —dijo John.
Su voz había bajado. Se había vuelto más áspera.
Más peligrosa precisamente por ello.
—No sé cómo miran los demás.
—Como si ya fuera mitad hombre, mitad ruina.
Ella respiró hondo.
—¿Y qué crees que veo yo?
Los dedos de él se apretaron un poco alrededor de su muñeca mojada.
—Todavía estoy decidiendo si quiero saberlo.
La respuesta le provocó un escalofrío lento en la nuca.
John le soltó la muñeca, pero la ausencia de su mano resultó casi tan intensa como lo había sido el contacto.
Ella volvió a lavarle los hombros, luego el pecho, luego los brazos, tratando de ignorar la aguda consciencia de la cercanía entre ambos.
Tratando de ignorar que cada respiración de él parecía rozarle la piel.
Tratando de ignorar cómo sus propios pensamientos se volvían peligrosos en aquella habitación llena de vapor.
Cuando terminó, dejó la esponja en el borde de la bañera.
—Ya está, señor.
John no se movió.
Tampoco respondió.
Solo la observó.
El silencio se extendió entre ellos hasta volverse casi insoportable.
Isla hizo ademán de levantarse.
Fue entonces cuando él le atrapó la mano de nuevo.
Esta vez, le llevó los dedos a los labios.
No para besarlos.
Solo para apoyarlos allí un instante, con los ojos fijos en los de ella, en un gesto tan inesperado y tan cargado de significado que a Isla se le cortó la respiración.
—Tienes manos demasiado delicadas para esta casa —murmuró.
Ella sintió el calor subirle por la garganta, el rostro, el pecho.
—Quizás esta casa necesita eso.
Un destello extraño cruzó el rostro de él. Dolor. Deseo. Ira. Anhelo. Era imposible separar uno del otro.
Entonces John levantó la mano libre y, muy lentamente, le tocó el rostro.
Los dedos se deslizaron desde la sien hasta la línea de la mandíbula, y se detuvieron allí como si ni él mismo entendiera por qué la estaba tocando de esa manera. No había violencia en el gesto.
Solo contención.
Una contención feroz.
Isla no se apartó.
Tampoco se acercó más.
Pero los labios se le separaron sin que se diera cuenta.
Los ojos de él descendieron a su boca.
Y permanecieron allí.
Fue una mirada larga. Deliberada. Hambrienta sin prisa.
Cuando John finalmente la atrajo hacia sí, el beso no llegó como una invasión salvaje, sino como la colisión de dos necesidades silenciosas.
Fue intenso desde el primer instante, pero no brusco.
Su boca tomó la de ella con una urgencia profunda, cansada, casi desesperada.
Isla respondió por impulso, y la honestidad de su propia respuesta la sorprendió.
Ella posó la mano libre sobre el hombro de él y sintió bajo los dedos la piel caliente, las cicatrices, la fuerza contenida.
John emitió un sonido grave contra sus labios.
El beso se profundizó.
La barba de él le rozó la piel. El vapor los envolvió. El mundo pareció reducirse a ese contacto, a esa respiración compartida, al vértigo de comprender que él podía ser peligro y refugio en igual medida.
Cuando se separaron, fue solo lo suficiente para volver a respirar.
Sus frentes casi se tocaban.
—Isla… —Su nombre salió como advertencia y deseo a la vez.
Ella nunca lo había oído decirlo así.
—Sí —susurró, aunque él no había hecho ninguna pregunta.
John abrió los ojos y un muro pareció alzarse dentro de él en ese preciso instante.
La soltó despacio.
—Ve a dormir.
El cambio fue tan repentino que dolió.
Isla parpadeó, aturdida.
—Señor...
—Vete.
La palabra sonó áspera, como si él necesitara salvarse de ella.
Se quedó de pie con el corazón desbocado, sin saber qué dolía más: la intensidad de lo que acababa de ocurrir o el modo en que él intentaba enterrarlo al instante.
Aun así, antes de alejarse, cogió una toalla y se la tendió.
John vaciló antes de cogerla.
Sus dedos volvieron a rozarse.
Breve.
Eléctrico.
Insoportable.
Isla se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Con la mano ya en el pomo, oyó su voz a su espalda.
—Leopold tiene buen pulso.
Ella miró por encima del hombro.
John seguía en la bañera, pero ya no la miraba. Parecía hablarle al vapor, a la lluvia, a cualquier cosa que no fuera ella.
—Si alguien le enseña como es debido, puede llegar a ser fuerte.
El corazón de Isla se encogió con una ternura inesperada.
—Gracias —dijo ella.
John alzó por fin la mirada.
—No me des las gracias por todo, Isla.
Esta vez, sin embargo, la frase no sonó a amenaza.
Sonó a la advertencia de un hombre que temía acabar debiendo más de lo que jamás podría devolver.
Ella salió sin responder.
Esa noche, el silencio de la mansión pareció más denso.
Isla tardó mucho en conciliar el sueño. Leopold dormía profundamente a su lado, protegido por el calor de las mantas y el agotamiento propio de la infancia.
Agnes no volvió a llamar. El pasillo permaneció en silencio.
Aun así, había una inquietud casi dolorosa en el pecho de Isla, como si su cuerpo aún conservara el recuerdo del beso, del contacto, de la voz áspera pronunciando su nombre.
En la habitación de al lado, John tampoco encontró descanso.
Permaneció largo rato sentado en el sillón frente a la chimenea, con una copa de whisky intacta en la mano. El fuego proyectaba sombras danzantes sobre su rostro marcado, endureciendo aún más sus rasgos. Pero no toda la oscuridad de aquella noche provenía de las llamas.
Pensó en Lily.
Siempre lo hacía.
Pensaba en ella al amanecer, al acostarse, mientras cabalgaba, mientras trabajaba, mientras bebía.
Pensaba en sus ojos, en su dulzura, en la promesa de una vida que le habían arrebatado antes de que pudiera florecer.
Lily era un recuerdo puro. Una pérdida sagrada.
El fantasma que ninguna otra mujer debería atreverse a tocar.
Y, sin embargo, cuando cerraba los ojos, no era a Lily a quien veía.
Era a Isla.
Ojos color ámbar. Manos delicadas. Un coraje obstinado. El modo en que había mirado sus cicatrices sin asco, sin horror, sin lástima vacía. El modo en que le había devuelto el beso.
John apretó la copa con más fuerza.
Quería odiar aquella confusión.
Quería aplastarla antes de que creciera.
Pero la verdad lo aguardaba en la oscuridad, cruel como siempre: no deseaba solo el cuerpo de Isla.
Deseaba su presencia. El sonido de su voz en la casa.
Su calidez junto a su madre. El modo en que Leopold empezaba ya a mirarlo sin un miedo absoluto.
Contra toda razón, deseaba aquello mismo que más lo aterraba.
La vida.
Y la vida, para John Scott, siempre había traído consigo la amenaza de la pérdida.
A la mañana siguiente, se entregó al trabajo con ferocidad redoblada.
Si algún fantasma había nacido en su pecho, lo enterraría bajo cercas, tierra húmeda, libros de cuentas, caballos y órdenes. Cualquier cosa sería mejor que admitir que, tras quince años viviendo solo con dolor, un único beso había bastado para recordarle lo peligroso que era volver a sentir.