El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 9 La primera noche #2
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Capítulo 9 La primera noche #2

John la observó un instante más y entró en su habitación sin otra palabra.

Isla se quedó sola en el corredor, con el corazón acelerado y la piel aún cálida en el lugar exacto donde él le había tocado el rostro.

Regresó a su habitación en silencio.

Leopold dormía profundamente, desparramado sobre la cama limpia, aferrando la manta como si nunca hubiera conocido semejante comodidad.

Su respiración seguía siendo corta, pero menos dolorosa.

En la silla junto al hogar, alguien había dejado ropa nueva para ella, una palangana con agua tibia y un pequeño frasco de aceite para el pecho del niño.

Isla pasó varios minutos atendiendo a Leopold. Le frotó el aceite con suavidad, murmurando promesas tontas que toda madre hace cuando la vida parece demasiado grande y su hijo demasiado pequeño. Luego se lavó, se cambió de ropa y se sentó en el borde de la cama.

Miró la puerta.

Podía echar la llave.

Nadie la culparía.

Quizá ni siquiera el propio John la echaría abajo. Quizá.

Pero con el recuerdo de su mirada en el corredor y la sombra que había cruzado su rostro al hablar de puertas cerradas con llave, Isla supo que no podía hacerlo.

No por sumisión ciega. Ni por valor. Quizá por una extraña forma de curiosidad.

Quizá por compasión. Quizá por alguna chispa oscura de deseo que ya empezaba a confundirse con el miedo.

Dejó la puerta sin echar el cerrojo.

Se acostó junto a Leopold, pero el sueño tardó en llegar.

Y cuando por fin empezaba a rendirse, oyó pasos en el pasillo.

Lentos. Pesados. Masculinos.

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

Isla abrió los ojos en la oscuridad y contuvo el aliento.

No hubo llamada.

Ninguna voz.

Solo presencia.

Alguien permaneció allí durante segundos que se sintieron como minutos, como si librara una batalla silenciosa al otro lado. El pomo no giró. La puerta no se movió.

Al fin, los pasos se alejaron.

Aun así, Isla tardó mucho en volver a respirar con normalidad.

A la mañana siguiente, la mansión parecía otra casa.

A la luz del día, su grandeza resultaba más clara, menos fantasmal.

El brillo discreto de los muebles oscuros, las ventanas altas, el aroma a pan fresco que llegaba de las cocinas, la actividad mesurada de los sirvientes: todo hablaba de un orden antiguo, de una fortuna mantenida con disciplina, no exhibida con vulgaridad.

John bajó tarde a desayunar.

Thomas Scott ya estaba en el saloncito junto a la ventana, leyendo informes de la finca y correspondencia de negocios en lugar de un periódico.

Era un hombre que había envejecido con buena planta, aunque la preocupación había tallado en su rostro surcos más profundos de los que la edad por sí sola justificaría.

Poseía la misma fuerza física que se intuía en John, pero suavizada por una calidez que su hijo había perdido con los años.

Cuando vio entrar a John, Thomas alzó la vista y esbozó una leve sonrisa.

—¿Dormiste algo?

John se sirvió café antes de responder.

—Lo suficiente.

Thomas lo observó un momento, como observan los padres a los hijos adultos cuando saben que la verdad completa no llegará.

—Tu madre parece mejor esta mañana.

John no comentó nada, pero se detuvo una fracción de segundo antes de llevarse la taza a los labios.

Thomas lo notó.

—La muchacha que trajiste tiene buenas manos para el cuidado —continuó—. Agnes habló de ella esta mañana temprano. Dijo que su nueva acompañante tiene una voz serena.

—Hace el trabajo por el que se le paga.

Thomas dejó los papeles sobre el regazo.

—Quizá. Pero a mí no me lo parece.

John le lanzó una mirada fría.

—¿Y desde cuándo analizas mis decisiones domésticas?

—Desde que volviste a casa cargando quince años de silencio sobre los hombros y un vacío al que nadie en esta casa logra llegar.

John dejó la taza con una fuerza demasiado controlada para resultar casual.

Thomas suspiró.

—Hijo, no te estoy provocando. Solo te digo que reconozco cómo te pones cuando algo atraviesa ese muro tuyo. Lo vi cuando eras un muchacho. Lo vi con Lily.

El nombre cayó entre ellos como plomo.

John se quedó inmóvil.

Por un momento, Thomas pareció arrepentirse. Pero ya era demasiado tarde.

—No hagas eso —dijo John en voz baja.

—¿Crees que hablar de ella la destruye de nuevo? —preguntó Thomas con una tristeza cansada—. Ya te destruye en silencio cada día.

John apretó la mandíbula.

—Tengo trabajo.

Se volvió para irse, pero Thomas se levantó.

—John.

Su hijo se detuvo sin volverse.

—No tienes que vivir enterrado con los muertos.

La frase quedó suspendida en el aire.

John cerró los ojos un instante, casi imperceptible.

—No me pidas lo que no puedo dar.

—No te pido que la olvides —dijo Thomas, más cerca ahora, con voz más suave—. Te pido que no destruyas el resto de tu vida arrodillado ante el dolor.

John se volvió al fin. Había tanta ira en su rostro que cualquier criado sensato habría retrocedido. Thomas no.

—¿Crees que no lo intenté? —preguntó John, la voz baja y afilada—. ¿Crees que no me despierto cada día recordando lo que le hicieron? ¿Lo que me hicieron a mí? ¿Crees que respirar no sigue pareciéndome una traición, a veces?

Thomas palideció, pero le sostuvo la mirada.

—Creo que sigues siendo mi hijo, a pesar de todo.

Eso pareció herirlo más que toda la discusión.

John apartó el rostro.

Cuando volvió a hablar, su voz sonó más áspera, casi tosca, como si la ternura de su padre le resultara insoportable.

—Entonces ahórrame estos consejos. Ocúpate de tu casa. Yo me ocuparé del resto.

El silencio que siguió fue inmediato y duro.

Thomas encajó el golpe sin responder del mismo modo. Quizá porque sabía que la rudeza de su hijo no nacía de falta de amor, sino de un exceso de ruina.

John se dio cuenta un instante demasiado tarde.

Se pasó una mano por la cara y soltó un aliento corto y violento, como un hombre irritado consigo mismo.

—Padre...

Thomas alzó una mano, pidiendo calma sin aspavientos.

Pero John insistió.

—No debí hablarte así.

La sinceridad era brusca. Torpe. Pero real.

Thomas lo observó un largo momento antes de asentir.

—Lo sé.

La simple respuesta casi desarmó a John más de lo que habría hecho un reproche.

—Solo... —comenzó, buscando palabras que no parecían pertenecerle desde hacía años—. No hables de ella como si pudiera pasar página solo porque ha pasado el tiempo.

Thomas dio otro paso hacia él.

—Nunca diría eso. Sé muy bien que el tiempo no cura ciertas pérdidas. Solo cambia la forma en que nos devoran.

John bajó la mirada.

—Entonces no intentes salvarme.

—Soy tu padre. Es lo único que seguiré intentando hasta el día de mi muerte.

Por un momento, ninguno de los dos habló.

La fría luz de la mañana atravesaba los altos ventanales y dibujaba franjas pálidas en el suelo. Fuera, la mansión Scott seguía siendo imponente, próspera, respetada. Dentro, padre e hijo parecían dos hombres que intentaban atravesar, cada uno a su manera, el mismo viejo dolor.

Thomas fue el primero en ceder un poco de terreno.

—Ve a trabajar, entonces —dijo con más suavidad—. Siempre pensaste mejor con las manos ocupadas.

Una sonrisa casi cansada amenazó con asomar en los labios de John, pero murió antes de nacer.

—Sí.

Sin embargo, cuando salió de la habitación, no llevó paz consigo.

Se llevó la imagen de Isla en el corredor.

El recuerdo del miedo en sus ojos ámbar cuando él levantó la mano.

La calidez de su rostro suave bajo sus dedos.

Y peor que todo eso, se llevó la intolerable sensación de que algo en él, enterrado quince años atrás junto a Lily, estaba empezando a moverse dentro de su pecho.

Lo enfurecía.

Y lo atraía con igual fuerza.