El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 9 La primera noche
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Capítulo 9 La primera noche

La casa de los Scott era demasiado silenciosa por la noche.

No era el silencio pequeño y resignado de la pobreza, ese en el que se oía el viento colándose por las grietas y el estómago quejándose quedamente.

Este era otro tipo de silencio. Un silencio vasto, lujoso y elegante, hecho de largos pasillos, alfombras gruesas y puertas cerradas que ocultaban habitaciones caldeadas, retratos antiguos y vidas demasiado remotas para que Isla pudiera comprenderlas.

Todo allí parecía grande.

Demasiado grande para ella. Demasiado grande para Leopold. Demasiado grande para una mujer acostumbrada a contar trozos de carbón, remendar mangas gastadas y compartir el miedo con la necesidad.

Y sin embargo, aquella primera noche no hubo tiempo para el asombro.

Después de que una criada le mostrara la habitación sencilla pero cómoda junto a la alcoba de Agnes, Isla acomodó a Leopold en la estrecha cama contra la pared y se aseguró de que el niño estuviera bien abrigado.

Le tocó la frente, escuchó su respiración, le ajustó las mantas limpias y solo entonces se permitió salir de nuevo.

Agnes la necesitaba.

La alcoba de la señora Scott era espaciosa, caldeada por un fuego que ardía perezosamente en el hogar, pero la fragilidad que allí reinaba relegaba todo lujo a un segundo plano.

Agnes parecía demasiado pequeña en la gran cama.

Su cabello gris, arreglado con esmero anticuado, yacía sobre la almohada como seda cansada.

Sus manos finas y pálidas descansaban sobre el cobertor bordado con la delicadeza de alguien que una vez había pertenecido a un mundo más amable que este.

John estaba en la puerta cuando Isla entró con más leña en los brazos.

—La nueva acompañante, madre —dijo.

Su voz era baja y controlada, pero sin la dureza con la que había hablado en el callejón.

Todavía había dureza, sí. Siempre había dureza.

Sin embargo, ante aquella cama, algo diferente la contenía, como si la mera presencia de su madre lo obligara a recordar que una vez había sido un hombre menos roto.

Agnes abrió los ojos lentamente.

Cuando vio a su hijo, algo dulce y doloroso le cruzó el rostro a la vez.

—John —susurró—. Todavía estás despierto.

—Todavía.

Isla dejó la leña cerca del hogar y se acercó a la cama.

—Señora Scott —murmuró con suavidad—. He venido a atender el fuego y a ayudarla en lo que necesite.

Agnes volvió el rostro hacia la voz y la estudió con ojos nublados que, por momentos, se tornaban sorprendentemente atentos.

—¿Tienes las manos cálidas? —preguntó, como si eso importara más que su nombre.

Isla vaciló y luego esbozó una leve sonrisa.

—Sí, señora. Las tengo.

—Entonces ven aquí.

Obedeció.

Tomó la mano de Agnes y sintió, en aquel ligero contacto, toda la diferencia entre cuidar a alguien por deber y cuidar porque el alma reconoce la fragilidad ajena. La piel de la señora era fina, fría y frágil, pero la leve presión con que respondió estaba llena de humanidad.

Agnes cerró los ojos ante el calor.

—Ah... qué bien. Hace tanto que esta casa no se siente cálida, ni siquiera con todos los fuegos encendidos.

Isla miró a John antes de poder contenerse.

Permanecía inmóvil, con los anchos hombros casi ocupando todo el marco de la puerta. Su rostro era una máscara. Aun así, algo en la rigidez de su mandíbula delataba que había escuchado cada palabra como si hubiera sido dirigida a él.

—Avivaré el fuego, señora —dijo Isla—. Luego puedo prepararle té, si lo desea.

—Hablas con suavidad —murmuró Agnes—. Me gusta.

—Entonces siempre hablaré así.

—Eres hermosa —dijo Agnes sin rodeos—. Las chicas hermosas suelen atraer tragedias. Ten cuidado en esta casa.

El aire pareció cambiar.

John no se movió.

Pero Isla sintió que su presencia se volvía aún más pesada, como si toda la habitación hubiera cobrado conciencia de algo que nadie se atrevía a nombrar en voz alta.

—Madre —dijo él en voz baja.

Agnes volvió el rostro lentamente hacia su hijo.

—No estoy mintiendo —respondió, con una dignidad serena que conmovió a Isla de un modo incómodo—. He perdido demasiado para mentir ahora.

John fue el primero en apartar la mirada.

—Haz lo que debas, Isla.

Era una orden. Pero también una retirada.

Se marchó un momento después, dejando la habitación en silencio.

Isla pasó las horas siguientes dedicada a Agnes.

Preparó té con miel y hierbas suaves, la ayudó a beber poco a poco, recolocó las almohadas, calentó paños para sus manos y su nuca, peinó las hebras grises con cuidado y, más tarde, leyó en voz baja pasajes de un libro de poemas que encontró en la mesita de noche.

Con cada gesto, sentía con más claridad el peso de la soledad que habitaba aquella casa.

Había sirvientes, sí, pero mantenían una distancia respetuosa. Thomas Scott no había aparecido en toda la noche. Y John... John era una presencia que se sentía antes de verse.

Cuando Isla salió de la alcoba para ver a Leopold, lo sintió de inmediato.

Estaba en el pasillo.

Apoyado contra la pared, con una copa de whisky en la mano, sin el abrigo que había llevado antes.

La camisa blanca, abierta en los primeros botones, revelaba el comienzo de un pecho marcado y la fuerte columna de su garganta.

El cabello oscuro parecía revuelto por sus propios dedos.

Su expresión permanecía severa, pero había algo cansado en él ahora, algo casi peligrosamente humano.

Isla se detuvo.

La luz de las velas en el pasillo afilaba la cicatriz de su rostro y hacía sus ojos más profundos, más oscuros, más difíciles de sostener.

—¿El niño duerme? —preguntó John.

La pregunta era simple. La manera en que la formuló, no.

Parecía exigir una respuesta y, a la vez, observar todo lo que ocurría dentro de ella mientras la formulaba.

—Duerme, señor. Su respiración es más tranquila.

John asintió, pero no se apartó de la pared.

Solo entonces Isla reparó en que seguía de pie a unos pasos de él, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, como si fuera muy joven o muy tonta. Quizá un poco de ambas cosas.

—A mi madre le agradas —dijo él.

No sonó como un elogio. Sonó casi como una acusación.

—Solo necesita amabilidad.

—La amabilidad no suele durar en esta casa.

La respuesta llegó seca, con la amargura suficiente para cargar quince años de ausencia, culpa y cosas peores.

Antes de que Isla pudiera responder, John se apartó de la pared y avanzó un paso. Luego otro.

El corazón de ella latió con más fuerza.

Él se detuvo demasiado cerca.

No la tocó de inmediato. Solo la miró. Su mirada recorrió el rostro de Isla, su boca, sus manos, y luego volvió a sus ojos. Era como ser examinada por una criatura antigua que aún no había decidido si la quería viva, intacta, protegida o entregada.

Entonces John alzó la mano.

Por reflejo, Isla se encogió.

Cerró los ojos antes de poder evitarlo.

El silencio que siguió fue devastador.

Cuando volvió a abrir los ojos, él seguía allí, inmóvil, con la mano suspendida en el aire entre ambos.

La expresión de su rostro había cambiado.

No se había suavizado. John Scott parecía incapaz de una ternura fácil.

Pero había una ira oscura en su mirada, y esta vez Isla comprendió que esa ira no iba dirigida a ella.

Iba dirigida al pasado.

A quienquiera que le hubiera enseñado a esperar violencia de un gesto tan simple.

John bajó la mano lentamente.

—No golpeo a las mujeres —dijo con voz áspera—. Nunca.

Las palabras entraron en ella como calor y amenaza a la vez.

Isla tragó saliva.

—No quise decir...

—Sé lo que quisiste decir.

Estaba tan cerca que ella podía oler el whisky mezclado con cuero, humo y piel masculina cálida. Tan cerca que el más mínimo movimiento se convertía en una conciencia excesiva del cuerpo de él.

Entonces John le tocó el rostro, pero solo con el dorso de los dedos, rozando ligeramente la curva de su mejilla como si probara algo frágil que no había esperado encontrar. El gesto fue tan inesperado, tan contrario a la brutalidad que emanaba de él, que Isla perdió el aliento.

—Hiciste sonreír a mi madre —murmuró él. Sus dedos descendieron hasta la barbilla de ella, alzándola con firmeza tranquila—. Eso importa.

Su voz era baja. Profunda. Casi íntima.

Isla sintió que el vientre se le tensaba de un modo que la avergonzó al instante.

—Me alegra poder ayudarla —susurró.

Los ojos de él bajaron hasta la boca de ella.

Solo un segundo.

Pero un segundo demasiado prolongado para ser inocente.

—No me agradezcas todavía —dijo John, soltándole la barbilla—. No suelo dar nada sin cobrarlo después.

La frase debería haberla aterrado por completo. Y en cierto modo, así fue.

Pero en esa voz, bajo la amenaza cruda, había algo más. Un agotamiento salvaje. Un hombre que ya no sabía cómo ofrecer protección sin envolverla en posesión, dureza o exigencia.

Él retrocedió.

El aire volvió a los pulmones de Isla con un dolor punzante.

—Mañana mi madre saldrá —dijo él—. El médico insiste en que el aire fresco le sienta bien cuando puede soportarlo. Irás con ella.

—Sí, señor.

John asintió.

Luego miró brevemente hacia la puerta de la habitación de Isla, al fondo del corredor.

—Si necesitas algo para el niño, pídeselo al ama de llaves.

Ella parpadeó, sorprendida por la preocupación oculta en la orden.

—Lo haré.

Él se volvió para marcharse. Ya había alcanzado el umbral de su propia habitación cuando habló de nuevo.

—Y Isla...

Ella alzó los ojos de inmediato.

—¿Señor?

John se tomó un momento antes de continuar, como si no estuviera acostumbrado a dar explicaciones.

—No me gustan las puertas cerradas con llave.

No había una orden clara en su tono.

Había algo peor.

Memoria.

Esta vez, cuando la miró, Isla vio tras aquellos ojos oscuros la sombra fugaz de una celda, de barrotes, de quince años perdidos por un crimen que, según los susurros del pueblo, él llevaba como una marca.

No preguntó nada. No era el momento. Pero comprendió que aquella frase no había nacido del capricho de un amo acostumbrado a ser obedecido.

Había nacido de un hombre que había aprendido a odiar las cerraduras.

—Entiendo —respondió ella con suavidad.