Capítulo 8 El encuentro #2
Parecía peligroso, sí. Frío. Excesivo. Quizá incluso cruel en las partes de su rostro que no se molestaba en ocultar. Pero nada en él se parecía a la lujuria rastrera de Hamish. El peligro de John era diferente.
Más oscuro.
Más profundo.
Más difícil de nombrar.
Y sin embargo, bajo ese peligro, había una promesa silenciosa de orden.
—Necesito recoger mis cosas —dijo al fin.
—Entonces camina.
Él se dio la vuelta antes de que ella pudiera responder.
Isla lo siguió porque el miedo de quedarse donde estaba era mayor que el miedo de irse con él.
La calle pareció abrirles paso. Los curiosos se echaron atrás. Algunos susurraron el nombre de John en voz baja, como se habla de un espectro, con reverencia y pavor. Isla lo notó. Notó que su presencia desplazaba el aire a su alrededor. Que la gente le temía.
Quizá con razón.
Su habitación alquilada estaba en la calle trasera, en un tugurio húmedo que compartía con otras dos mujeres y sus hijos. Cuando abrió la puerta, el olor a moho y carbón barato la golpeó con fuerza. Leopold dormía acurrucado en la estrecha cama, tosiendo de vez en cuando sin llegar a despertarse.
A Isla se le encogió el pecho.
John permaneció en el umbral, demasiado grande para aquel espacio miserable, empequeñeciendo todo a su alrededor.
—Coge al niño —dijo.
Lo hizo con delicadeza, envolviendo a Leopold en el mejor chal que poseía. Le besó la frente. Aún tenía algo de calor. No era fiebre alta, gracias a Dios, pero la tos seguía sonando mal.
Luego reunió lo poco que tenía: dos mudas de ropa, un cepillo, un chal extra, un broche viejo que había pertenecido a su madre y la pequeña taza de madera sin la cual Leopold se negaba a beber. Todo cabía en un pobre hatillo.
Cuando se volvió, John seguía allí de pie, inmóvil, como tallado en la noche misma.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Isla asintió, avergonzada de que toda su pobreza cupiera en tan poco espacio.
John no hizo ningún comentario.
Fuera, el viento soplaba más fuerte. Unos pocos copos empezaban a arañar el aire.
Su caballo esperaba junto al bordillo, un semental negro cuya presencia resultaba casi tan intimidante como la de su dueño.
John tomó a Leopold de sus brazos con una facilidad que la hizo contener el aliento.
El niño murmuró adormilado, pero no llegó a despertarse del todo.
John lo acomodó delante de la silla con un cuidado seco y práctico, sin ternura ostentosa, y quizá precisamente por eso la conmovió más que cualquier gesto de dulzura.
—Sujétalo bien —dijo Isla, incapaz de ocultar su ansiedad.
John le lanzó una mirada breve y cortante.
—No lo dejaré caer.
La respuesta fue áspera, pero destilaba una dignidad ofendida, como si la mera idea de fallar en algo así resultara insultante.
Entonces le tendió la mano.
Isla miró la palma enguantada y vaciló.
—Nunca he montado.
A John se le tensó la mandíbula.
Durante un segundo, pareció a punto de perder la paciencia.
Al siguiente, sin embargo, simplemente la agarró por la cintura y la alzó con brutal eficiencia para colocarla en la parte trasera de la silla. Isla soltó un jadeo sobresaltado y, por reflejo, se aferró al primer apoyo que encontró: el cuerpo de él.
John montó inmediatamente después.
Todo sucedió demasiado rápido. El mundo pareció elevarse. Leopold, acurrucado delante, ya había vuelto a adormecerse contra el pecho del caballo y al amparo del brazo de John. Detrás de él, Isla permaneció rígida, sin saber dónde poner las manos sin invadir aún más su espacio.
—Agárrate —dijo él.
Su voz sonó más profunda que antes.
Ella obedeció.
Le rodeó la cintura con los brazos, con cuidado, como si el simple contacto pudiera provocar alguna reacción violenta.
Bajo el grueso abrigo, el cuerpo de John era duro, cálido, vivo de un modo casi perturbador.
El frío que la había consumido toda la noche pareció retroceder un poco ante aquel calor masculino, denso y poderoso.
Isla se odió por notarlo también.
El caballo se puso en marcha.
Al principio, el viaje fue solo viento, nieve fina y el fuerte balanceo del animal bajo ellos.
Luego el cuerpo de Isla tuvo que seguir el movimiento y, sin querer, terminó más cerca de lo que deseaba.
El pecho de ella rozando la ancha espalda de él.
Los muslos ajustándose al ritmo del caballo.
El rostro casi contra el cuello del oscuro abrigo, de donde emanaba un aroma a cuero, aire frío y hombre.
John se tensó de inmediato.
Isla lo sintió.
También sintió cómo agarraba las riendas con fuerza excesiva, como si necesitara concentrar toda su brutalidad en un solo punto para no dejarla escapar por otros caminos.
Y profundamente vivo.
Isla bajó la mirada, mortificada consigo misma. Era miedo, se dijo. Solo miedo. Conmoción. Alivio. El cuerpo confundía las sensaciones cuando rozaba la violencia. Eso era todo.
Pero cuando el caballo salvó un pequeño desnivel del camino y ella se apretó involuntariamente aún más contra John, el escalofrío que la recorrió no pareció venir solo de la sorpresa.
—Agárrate fuerte —gruñó él.
No supo distinguir si la orden era por la seguridad de ella o por la cordura de él.
La finca Scott emergió de la niebla poco después.
Incluso de noche, incluso bajo un cielo encapotado y un frío cortante, la mansión se alzaba con grandeza suficiente para hacer que Isla olvidara, por un instante, la incomodidad de su cuerpo y el desasosiego de su espíritu.
Las altas verjas, el amplio camino de entrada, los viejos árboles alineados como centinelas, la piedra oscura de la casa iluminada por ventanas doradas: todo hablaba de riqueza sólida, riqueza antigua, riqueza respetable. No había ostentación vacía.
Había poder.
Cuando John detuvo el caballo ante la entrada principal, Isla necesitó un momento para recordar cómo respirar.
Él desmontó primero. Tomó a Leopold de nuevo, aún dormido, y solo entonces se volvió hacia ella.
Esta vez, le ofreció la mano sin decir nada.
Isla la aceptó.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, necesitó un instante para recobrar el equilibrio. John no la sostuvo más de lo necesario, pero tampoco se alejó hasta asegurarse de que no caería. Luego los condujo al interior con la autoridad de un hombre que no necesita anunciarse en su propia casa.
El vestíbulo de la mansión Scott era más grande de lo que Isla habría podido imaginar para toda la calle donde vivía. Madera oscura, mármol, alfombras gruesas, luz cálida, aroma a cera y confort. Leopold se removió en sus brazos, tosiendo suavemente, y eso la devolvió a lo que importaba.
John se quitó los guantes mientras la observaba asimilarlo todo.
—¿El niño se llama Leopold? —preguntó.
—Sí, señor.
—Mañana lo verá un médico.
Isla alzó la vista de inmediato.
—¿Haría eso?
John pareció casi irritado por su sorpresa.
—Si lo he traído a mi casa, no pretendo dejarlo morir en ella.
Era una respuesta dura.
Pero no indiferente.
Señaló a una criada que había aparecido discretamente al fondo y le dio instrucciones rápidas: agua caliente, ropa limpia, comida, y que prepararan una habitación junto a la de Agnes. Solo entonces volvió a dirigirse a Isla.
—Mi madre se llama Agnes Scott. Hay días en que olvida ciertas cosas. Tú la ayudarás.
Isla asintió en silencio.
—Necesita compañía, paciencia y rutina. No lástima.
—Lo entiendo, señor.
—No, no lo entiendes. Todavía no. Lo harás.
La examinó una vez más, pero ahora la mirada parecía menos la de un hombre que evalúa a una mujer y más la de alguien que sopesa la firmeza de una decisión ya tomada. Aun así, había demasiado calor bajo esa superficie helada como para que Isla pudiera fingir que no lo notaba.
John dio un paso hacia ella.
—Mientras estés en esta casa, tendrás refugio, comida, salario y protección. Tu hijo también.
La frase debería haberla tranquilizado por completo. En cambio, le provocó un extraño temblor en el pecho.
Porque protección, en boca de un hombre como John Scott, sonaba casi a posesión.
Quizá él se dio cuenta.
Quizá no le importó.
—A cambio —continuó—, espero obediencia, discreción y buen trabajo.
Isla estrechó a Leopold con más fuerza contra sí.
—Sí, señor.
John le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
En ese breve silencio, algo indefinible pasó entre ellos. No confianza. Todavía no.
Quizá reconocimiento.
Quizá el oscuro instinto de dos supervivientes que perciben el daño en el otro.
Entonces él se apartó.
—Ven. Te llevaré con mi madre.
Isla lo siguió escaleras arriba, atravesando la luz dorada de la mansión como quien entra en otro mundo sin conocer el precio del pasaje.
Llevaba a su hijo en brazos, un hatillo con todo lo que poseía, y un corazón dividido entre el alivio y la premonición.
John Scott la había salvado en el callejón.
Pero mientras subía aquellas escaleras tras él, Isla tuvo la extraña certeza de que el verdadero cambio en su vida no había comenzado cuando Hamish la tocó.
Había comenzado cuando aquellos ojos oscuros se posaron en ella por primera vez.
Y nada, desde aquel momento, volvería a ser simple jamás.