El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 7 El regreso #2
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Capítulo 7 El regreso #2

Fue un hombre mayor junto a la puerta de la herrería quien abrió mucho los ojos antes de fingir compostura.

Luego, una mujer que salía de la sombrerería se detuvo a medio paso.

Un joven que debía de ser un niño cuando arrestaron a John susurró algo a su amigo.

En cuestión de momentos, el murmullo se propagó como el viento entre paja seca.

—Es él.

—John Scott.

—No puede ser...

—¿Ha vuelto?

—Dicen que sí.

—¿Liberado?

—Escapó de la horca, pero no de la prisión.

—Dicen que nunca lo probaron bien.

—Y aun así, la chica murió.

A John se le heló la sangre.

No porque temiera a aquella gente.

Sino porque reconoció en sus ojos lo que jamás lo abandonaría: sospecha, curiosidad morbosa, repulsión y fascinación. Para ellos no era un hombre que volvía tras una injusticia. Era una historia oscura hecha carne. Un fantasma. Un escándalo reencarnado.

Entró en la tienda, reunió lo que necesitaba, pagó sin regatear y salió antes de que nadie se atreviera a dirigirle la palabra.

Pero los susurros continuaron.

Los sintió en la espalda.

En los ojos que lo seguían.

En cómo una madre atrajo a su hijo hacia sí al verlo pasar.

John volvió a montar con movimientos bruscos y abandonó el pueblo de inmediato, antes de que la ira encontrara un rostro contra el que descargar.

Cuando volvió a la mansión, no buscó descanso.

Ni comida.

Ni conversación.

Metió las compras en la casa, dejó las medicinas de Agnes con una criada y volvió directamente al trabajo.

Encontró pretexto en cualquier cosa: una cerca que reforzar, una bisagra atascada en el granero, herramientas que ordenar, arreos que limpiar, leña que apilar. Trabajaba como si estuviera huyendo.

Y quizá lo estaba.

El problema era que nadie puede huir de su propia mente.

A media tarde, mientras fijaba una barra de hierro al portón lateral con fuerza innecesaria, el recuerdo de Lily apareció tan entero que le robó el aliento.

No fue el fuego lo primero que vino.

Fue su risa.

Su risa corriendo por el campo.

Luego sus ojos castaños, tan vivos.

El modo en que decía su nombre, más grave cuando quería provocarlo, más suave cuando quería calmarlo.

Luego vino el resto.

El humo.

La demora.

Las cenizas.

John cerró los ojos y apoyó ambas manos en la madera áspera del portón, respirando con dificultad.

Así lo encontró Thomas.

Su padre se acercó despacio, sin aspavientos, como si ya conociera esa clase de silencio. Se detuvo a unos pasos de su hijo y no habló enseguida.

—No tienes que cargar con todo tú solo —dijo al fin.

John permaneció de espaldas.

La voz de su padre era dulce.

Precisamente por eso dolía más.

—No cargo con nada —respondió con aspereza.

Thomas no se movió.

—Sí lo haces.

John inspiró bruscamente.

—Padre, he dicho que no.

—Y yo digo que te veo.

Aquello era demasiado.

John se volvió bruscamente. Había algo feroz en su rostro. No dirigido a su padre, sino volcado sobre él por proximidad, por impotencia, por la vergüenza de ser visto en un momento de debilidad.

—¡Entonces no veas! —estalló—. No me mires como si pudieras arreglar esto. No intentes hablarme como si unas pocas palabras pudieran borrar quince años, o traerla de vuelta, o devolverle a mi madre la lucidez que va perdiendo poco a poco. No lo intentes.

El silencio que siguió fue terrible.

Thomas recibió el golpe sin retroceder.

No había ofensa en su rostro.

Solo tristeza.

Aquello hizo que John se odiara al instante.

Su padre bajó la mirada un instante y luego la alzó de nuevo con una calma que parecía aún mayor que antes.

—No intentaba arreglarte, hijo —dijo—. Solo quería que no sufrieras a solas.

Las palabras golpearon a John como un puñetazo limpio en el estómago.

Toda la ira que ardía en él se derrumbó de golpe, dejando solo agotamiento y culpa en su lugar.

Se pasó una mano por la cara, respiró hondo y dio un paso atrás, como si necesitara distancia del hombre que menos merecía su brutalidad.

—Perdóname —murmuró con la voz quebrada. Luego lo repitió, más firme, incapaz aún de alzar la mirada—. Perdóname, padre.

Thomas esperó.

Por fin, John lo miró.

—No quise hablarte así —tragó con dificultad—. No lo mereces. Ni madre. Solo que... a veces siento que si me detengo aunque sea un momento, todo vuelve. Todo de golpe.

Thomas se acercó despacio.

—Lo sé.

John soltó una risa amarga, breve, sin pizca de alegría.

—No, no lo sabes.

Thomas asintió, aceptando incluso aquello.

—Quizá no de la misma manera —respondió—. Pero sé lo que es ver sufrir a un hijo y no tener manos con las que arrancarle el dolor.

Esta vez, John no respondió.

Thomas le puso una mano en el hombro, pesada, firme, silenciosa.

—No tienes que ser el hombre más fuerte del mundo dentro de estos muros —dijo—. No en esta casa.

John cerró los ojos un instante.

La frase era más difícil de soportar que cualquier acusación en el pueblo.

Porque ofrecía refugio.

Y el refugio era algo que apenas recordaba cómo aceptar.

Cuando volvió a abrir los ojos, la tarde ya descendía en tonos fríos sobre la finca.

Los campos se extendían amplios, ricos, antiguos, ajenos a las pequeñas crueldades de los susurros del pueblo.

La mansión Scott se alzaba tras ellos, sólida y digna, como si aún prometiera algo de seguridad al hombre que había regresado roto por dentro.

John respiró hondo.

Todavía dolía.

Seguiría doliendo.

Lily seguiría muerta.

Agnes seguiría perdiéndose poco a poco.

El pueblo seguiría susurrando.

El pasado seguiría atado a sus hombros como una segunda piel.

Pero junto a su padre, ante las tierras que algún día serían suyas, comprendió una cosa simple y brutal: por mucho de él que hubiera muerto quince años antes, otra parte había logrado regresar.

No entero.

No limpio.

No en paz.

Pero lo bastante vivo para trabajar.

Lo bastante vivo para sufrir.

Lo bastante vivo para recordar.

Y quizá, algún día, lo bastante vivo para desear algo más que venganza.

Por ahora, eso bastaba.