Capítulo 7 El regreso
Finca Scott, Tierras Altas de Escocia
Habían pasado quince años, pero la mansión Scott seguía alzándose imponente sobre la colina, desafiando al viento, a la lluvia y al tiempo mismo.
Cuando John la vio alzarse a lo lejos, con sus amplios muros de piedra oscura, sus altas ventanas que reflejaban el cielo gris y sus campos fértiles que se extendían a su alrededor como un reino sin corona, tuvo la extraña sensación de estar contemplando un recuerdo que se había negado a morir.
La finca era tan grandiosa como siempre.
Los establos seguían siendo vastos, los graneros sólidos, las tierras demasiado extensas para que un hombre común pudiera abarcarlas con la mirada.
Los Scott no poseían títulos, no portaban escudos antiguos ni apellidos ilustres, pero poseían algo que muchas familias nobles envidiaban en silencio: riqueza, respeto y una fortaleza construida con trabajo honesto a lo largo de generaciones.
Era una casa de gente importante, aun sin corona.
Y sin embargo, de pie ante ella, John no se sentía importante.
Se sentía cansado.
Desmontó lentamente, como si su propio cuerpo desconfiara del suelo firme.
La prisión le había enseñado a sospechar de todo: de las puertas abiertas, del silencio, de la amabilidad, de la comida caliente, de las noches tranquilas.
Quince años no pasaban sobre ningún hombre sin dejar su marca. Y menos aún sobre uno inocente.
Tampoco pasaban sin dejar huella en la memoria del mundo.
John no había sido ahorcado porque ni siquiera la justicia, en el apogeo del escándalo, había sido capaz de llevar una certeza limpia hasta el cadalso.
El fuego había consumido demasiado. No había habido testigos del crimen.
Ninguna prueba directa de que su mano hubiera matado a Lily.
Solo quedaban la huida, la pérdida, el cuerpo quemado, la ropa de ella en sus brazos y la desesperación de una madre transformada en acusación.
Eso había bastado para condenarlo a prisión.
No había bastado para entregarlo a la soga.
Su padre había movido dinero, influencias y todo lo que un hombre podía mover para evitar que la indignación pública se disfrazara de sentencia final.
Al final, John había recibido años de encarcelamiento en lugar de la horca.
Una condena lo bastante larga para destruir a un hombre desde dentro, sin la misericordia de matarlo ante una multitud.
Ahora esa condena había terminado.
La puerta principal se abrió antes de que alcanzara los escalones.
Thomas Scott apareció en el umbral, todavía imponente a pesar de su edad, los hombros anchos, el rostro tallado por el tiempo, el cabello casi enteramente blanco.
No había debilidad en él. Había desgaste.
Había viejo sufrimiento. Había un padre que había envejecido cargando una ausencia que nunca debió existir.
Por un momento, John se quedó inmóvil, mirándolo.
Porque era más fácil recordar a su padre que enfrentarlo de verdad.
—Hijo mío… —dijo Thomas, y la voz se le quebró al final.
Eso fue todo.
Solo dos palabras, y algo violento se agitó en el pecho de John.
Thomas bajó los escalones deprisa, sin la contención de los hombres orgullosos, sin importarle las apariencias. Lo abrazó. Con fuerza. Con desesperación. Como si necesitara asegurarse de que John era real. Como si temiera que, si lo soltaba demasiado pronto, John volvería a desvanecerse.
John cerró los ojos.
El abrazo de su padre no se parecía a nada de lo que había conocido en los últimos quince años. No contenía cálculo, ni amenaza, ni dureza. Era amor puro. Crudo. Incondicional. Un amor que no le exigía nada, que no requería explicaciones ni pedía pruebas.
Se le tensó la mandíbula.
—Padre… —murmuró con voz ronca.
Thomas se apartó solo lo justo para sostener el rostro de su hijo entre sus manos callosas.
—Estás en casa —dijo con voz firme pero emocionada—. Por fin estás en casa.
John asintió, incapaz de responder.
Había demasiado dolor atascado en su garganta para convertirse en palabras.
Thomas le rodeó los hombros con un brazo y lo condujo al interior.
El interior de la mansión Scott seguía siendo magnífico sin afectación.
No poseía la extravagancia ornamental de las casas nobles, pero portaba el peso silencioso de la verdadera prosperidad.
Los muebles eran sólidos, la madera oscura y pulida, las alfombras gruesas, las paredes adornadas con pinturas antiguas, relojes costosos y estanterías repletas de libros encuadernados.
Las chimeneas caldeaban los largos corredores, y el aroma a cera, pan fresco y hierbas secas aún flotaba en el aire.
La casa seguía siendo rica.
Seguía viva.
Y para John, seguía siendo dolorosa.
Agnes Scott estaba en la sala principal, sentada junto a la ventana, envuelta en un chal de lana azul oscuro.
A primera vista, John apenas pudo reconocer a la mujer que lo había criado.
La enfermedad la había consumido. Su rostro era más delicado ahora, casi frágil, y su cabello, antes abundante y dorado, era ahora un gris suave recogido con sencillez en la nuca.
Y sin embargo había algo en ella que ni el tiempo ni la enfermedad habían logrado destruir: la dulzura.
Cuando alzó la mirada y lo vio, todo su rostro se iluminó.
—¡John! —exclamó con una alegría tan pura que parecía casi infantil—. ¡Dios mío… John!
Intentó levantarse demasiado deprisa.
John cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló ante ella antes de que pudiera caer. Le tomó las manos frías entre las suyas.
—Despacio, madre.
Agnes le tocó el rostro como si estuviera tocando un milagro.
Le temblaban los dedos.
—Volviste a mí —susurró mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Mi niño volvió a mí.
John agachó la cabeza, vencido por una opresión casi insoportable en el pecho.
Ella lo atrajo hacia sí, y él la abrazó con cuidado. Sintió el cuerpo que se había vuelto demasiado ligero, los hombros frágiles, el tenue aroma a lavanda mezclado con medicinas y hierbas. Aquello lo quebró en silencio.
Porque la madre que lo había esperado todos esos años ahora se deslizaba, poco a poco, fuera de su propio cuerpo y de su propia memoria.
Cuando Agnes se apartó, lo miró durante varios segundos con absoluta ternura.
Luego frunció el ceño.
La confusión cruzó su mirada como una nube fugaz.
—Thomas… —dijo, mirando por encima del hombro de John—. ¿Quién es este apuesto joven?
El mundo entero pareció detenerse.
Thomas bajó el rostro un instante. John se quedó inmóvil.
La pregunta no contenía crueldad.
Solo tragedia.
Agnes volvió a mirarlo. Había amabilidad en su expresión, pero ningún reconocimiento.
—Perdóname —murmuró avergonzada—. Debería saberlo.
John forzó una sonrisa que le dolió más que cualquier golpe recibido en prisión.
—Soy yo, madre —dijo en voz baja—. Soy tu John.
Ella abrió los ojos de par en par, como si por un instante la niebla se disipara.
—Por supuesto —susurró, apretándole la mano—. Por supuesto que lo eres. Mi John.
Pero la incertidumbre seguía allí, frágil y cruel.
John le besó la frente y se incorporó despacio.
En ese instante comprendió que volver no le traería solo consuelo.
También le traería nuevas pérdidas.
Aun así, aquella primera noche fue amado.
Fue amado en la mesa, donde Thomas ordenó que sirvieran el mejor asado de la casa, aunque John apenas logró tragar dos bocados.
Fue amado en el modo en que Agnes insistía en tocarle la mano una y otra vez, como si necesitara confirmar que de verdad estaba allí.
Fue amado en el dormitorio que había permanecido cerrado, ventilado y limpio todos aquellos años, como si la familia Scott se hubiera negado a aceptar que su dueño pudiera no volver jamás.
Por primera vez en quince años, John durmió entre sábanas limpias, en una cama amplia.
Aun así, despertó antes del amanecer con un sobresalto, el pecho oprimido por la sensación de haber oído a Lily llamándolo.
En los días que siguieron, se entregó al trabajo con la misma ferocidad con que un hombre herido hunde las manos en agua helada para no sentir el fuego.
Retomó la rutina junto a su padre. Inspeccionó cercas, acompañó a los arrendatarios, entró en los establos, ayudó con los caballos, revisó herramientas, vigiló los campos y escuchó a Thomas hablar de cosechas, contratos, compras de ganado y las dificultades de los últimos años.
Pese a las pérdidas emocionales, los Scott seguían siendo prósperos.
Había buena gestión, tierras excelentes y respeto en la región.
La finca seguía siendo una de las más ricas de las Highlands.
Thomas se lo explicaba todo con paciencia, sin tratarlo como a un extraño, sin hacerle sentir que debía ganarse de nuevo el lugar que siempre había sido suyo.
John respondía poco, pero lo escuchaba todo.
Trabajaba con una diligencia brutal.
Como si un cuerpo en movimiento fuese lo único capaz de acallar la mente.
Porque Lily estaba en todas partes.
En el reflejo dorado de la mañana sobre los cristales.
En el aroma de las manzanas guardadas en la despensa.
En la hierba alta detrás de los graneros, donde el viento producía el mismo sonido que años atrás.
En el simple hecho de que la vida había seguido sin ella.
Unos días después, Thomas le pidió que bajara al pueblo a buscar piezas para un carro, algunas provisiones y medicinas para Agnes. John aceptó sin entusiasmo. Se puso el abrigo oscuro, montó a caballo y tomó el camino bajo un cielo bajo y pesado.
El pueblo no había cambiado tanto como debería.
Las mismas calles de piedra.
Las mismas fachadas.
Las mismas ventanas curiosas.
El mismo olor a carbón, cerveza y humedad.
Pero en cuanto desmontó frente a la tienda, la primera mirada lo reconoció.