El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 6 El grito que parte el mundo #2
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Capítulo 6 El grito que parte el mundo #2

En ese instante, ella no era la mujer que los había separado.

Era solo una madre ante el cuerpo destrozado de su hija.

Y eso lo empeoraba todo.

Porque el sufrimiento no corregía nada.

No devolvía a Lily.

No salvaba a nadie.

El alguacil MacLeod bajó justo detrás de ella, acompañado por dos hombres.

Su rostro palideció al comprender la escena.

Miró del fuego a John. De la ropa en sus manos a Violet destrozada en el suelo.

Y, como tantos hombres obligados a elegir entre el dolor y la apariencia, eligió lo que parecía más simple.

Entonces Violet se volvió hacia John.

No había cálculo en sus ojos.

Solo conmoción.

Solo horror.

Solo un dolor tan enorme que necesitaba forma, culpable, dirección.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó, y la pregunta era absurda, porque la respuesta ardía ante ella. Quizá por eso la hizo—. ¿Qué le hiciste? ¿Qué le hiciste?

John la miró como un alma muerta mira a otra.

—La amaba —dijo, pero su voz salió tan rota que apenas sonaba humana—. Fui tras ella. Llegué demasiado tarde.

Violet miró la ropa de Lily en sus brazos, el fuego, la sangre en su frente, la devastación del lugar. Su rostro perdió el último rastro de color.

No vio matices.

No vio una trampa.

No vio conspiración.

Solo vio a su hija destrozada y al hombre con quien había huido arrodillado entre las cenizas.

Y una madre enloquecida por la pérdida necesitaba convertir lo imposible en algo comprensible.

—No... —susurró primero, negando con la cabeza—. No.

Entonces su dolor encontró voz.

—¡Tú te la llevaste! —gritó, y el sonido le brotó de las entrañas—. ¡Tú me la quitaste!

John cerró los ojos un segundo.

La injusticia ya estaba ocurriendo.

No como un plan.

Como una tragedia.

—Intenté salvarla —murmuró, pero nadie allí estaba en condiciones de escuchar la verdad en toda su complejidad.

Violet se levantó con dificultad, señalándolo con una mano temblorosa, el rostro bañado en lágrimas.

—¡Mi hija está muerta! —El grito le salió de las entrañas, de la sangre, de la pérdida—. ¡Mi hija está muerta por tu culpa!

Quizá no era, técnicamente, toda la verdad.

Pero era la verdad que todos veían.

Y era devastadora.

El alguacil MacLeod respiró hondo, como si él también comprendiera demasiado tarde que cualquier decisión tomada allí sería insuficiente ante semejante escena.

Aun así, la tomó.

—John Scott —declaró con voz grave y solemne, como si la formalidad pudiera imponer orden al caos—, queda arrestado por el asesinato de Lily Cameron.

John no respondió de inmediato.

La sentencia no le llegó como algo nuevo.

Le llegó como una profanación.

¿Asesinato?

Como si el mundo, no contento con arrebatarle a la mujer que amaba, quisiera además arrancarle el recuerdo de su amor y reemplazarlo por un crimen.

Dos hombres avanzaron para apresarlo.

Fue entonces cuando John estalló.

No en defensa de sí mismo.

En defensa de ella.

Intentó liberarse para volver al fuego, a la ropa de Lily, a cualquier resto que aún la atara al mundo. Rugió su nombre como si el mero acto de gritarlo pudiera impedir que la muerte terminara de poseerla.

—¡Lily!

Incluso el alguacil vaciló.

Incluso Violet cerró los ojos un instante, como si ese nombre, en su boca, demostrara precisamente lo que hacía todo más cruel: aquello no parecía la escena de un hombre aliviado por un crimen.

Parecía el derrumbe de un hombre que lo había perdido todo.

Pero el horror ya había ido demasiado lejos para revertirse.

John siguió gritando mientras lo arrastraban. Gritó hasta que la voz le falló, hasta que el pecho le ardió, hasta que su propio cuerpo se rindió. Y en todo momento sus ojos permanecieron clavados en el humo que se elevaba, como si apartar la mirada fuera traicionar a Lily por segunda vez.

Violet cayó de rodillas otra vez, ahora sin fuerzas, sin compostura, sin nada más que dolor. El alguacil tuvo que ordenar a dos mujeres del carruaje que la sostuvieran. Sus sollozos siguieron resonando por el barranco mientras encadenaban a John.

Fue entonces cuando comprendió, con terrible lucidez, que el mundo no solo lo había derrotado.

El mundo había sido injusto de un modo casi artístico.

Le había arrebatado a Lily.

Había destrozado a su madre ante sus ojos.

Y ahora lo encadenaba como si fuera el verdugo, no el hombre que había llegado demasiado tarde.

Cubierto de barro, sangre y hollín, John fue sacado de aquel lugar mientras el humo del fuego aún se elevaba tras él como testimonio mudo de lo que jamás podría repararse.

El dolor en su pecho comenzó, entonces, a transformarse.

Primero fue pena.

Luego culpa.

Luego odio.

No un odio simple, breve y humano.

Sino algo más oscuro.

Más paciente.

Más destructivo.

Si la verdad podía enterrarse bajo la apariencia, si la justicia podía nacer ciega precisamente cuando ver importaba más, entonces él aprendería a vivir sin piedad.

Más tarde, cuando la puerta de la celda se cerró tras él con un estruendo metálico, John no reaccionó.

Permaneció inmóvil en la oscuridad, respirando moho, sangre seca y el recuerdo del humo.

Tenía el nombre de Lily ardiendo dentro de él como fiebre.

Tenía la imagen del incendio grabada a fuego tras los párpados.

Tenía la voz quebrada de Violet en la memoria.

Tenía la certeza de haber fallado a la única mujer que había amado en su vida.

Allí, en aquella celda, John Scott no solo perdió su libertad.

Perdió al hombre que había sido.

Y allí, en medio del dolor, su corazón murió con Lily.

En su lugar, solo quedó el odio.