Capítulo 5 La noche más larga #2
John la besó de nuevo, pero esta vez el beso fue un descenso medido hacia el abismo.
Su boca recorrió la piel de ella con hambre controlada, sin perder nunca el cuidado que la hacía aún más suya.
Aprendió rápidamente dónde Lily temblaba, dónde le fallaba el aliento, dónde la tensión se apoderaba de sus muslos.
Cuando descendió más, abriéndola con las manos y arrastrando la punta de la lengua sobre su sexo por primera vez aquella noche, Lily se arqueó por completo y hundió los dedos en el cabello de él.
—John… —Su nombre salió roto, casi sin aliento.
Él no se detuvo.
Su lengua la exploró con paciencia constante, alternando lentitud y presión hasta que el cuerpo de ella comenzó a perder el ritmo.
Lily se movió bajo él, inquieta, buscando más fricción, más calor, más de lo que solo él parecía capaz de arrancarle.
John sintió el sabor de ella, la humedad, la respuesta creciente de su cuerpo, y aquello lo llevó a un estado de concentración casi feroz.
Quería hacerle olvidar el miedo.
Quería grabar el placer en el lugar donde, solo horas antes, había habido terror.
Quería que a partir de entonces, cada vez que pensara en esta huida, también recordara haber sido amada hasta el borde del delirio.
Cuando Lily pronunció su nombre con voz rota y suplicante, John se alzó solo lo suficiente para deslizar dos dedos dentro de ella, moviéndolos con lentitud calculada mientras continuaba saboreándola.
El efecto fue devastador. El cuerpo de ella se estremeció largo y profundo, las rodillas intentaron cerrarse alrededor de él, el pecho subía y bajaba en jadeos irregulares.
Llegó con un temblor que pareció comenzar en el vientre y extenderse hasta la garganta.
John la observó como si fuera un ritual sagrado. Le besó la boca, bebiendo los últimos sonidos de placer, luego la frente, luego las comisuras de los ojos aún húmedos.
—¿Te gusta? —preguntó en un susurro contra su piel.
Lily soltó una pequeña risa sin aliento, el cuerpo aún vibrándole.
—Sí…
Fue entonces cuando lo atrajo de vuelta sobre sí, los dedos cerrándose con firmeza sobre los hombros de él, las piernas envolviéndole la cintura.
—Ahora te quiero a ti —dijo tan suavemente que la frase casi se mezcló con el crepitar del fuego.
Aquella súplica acabó con el poco control que le quedaba a John.
Se colocó entre sus piernas y frotó la cabeza húmeda de su miembro contra la entrada sensible de ella, lentamente, solo lo suficiente para hacerla temblar de nuevo. Luego entró en ella con una embestida lenta y profunda, sintiendo el calor y la estrechez de Lily envolverlo como un abrazo de fuego.
Ambos soltaron el aliento al mismo tiempo.
Ya no existía la vacilación de la primera vez.
Había hambre.
Reconocimiento.
La sensación devastadora de pertenecerse el uno al otro.
Se movieron lentamente al principio, en un ritmo hipnótico. John la observó todo el tiempo: el rubor en sus mejillas, la forma en que su boca se abría buscando el aire que él seguía robándole, la presión de las piernas de ella alrededor de sus caderas.
—Mírame —pidió con una voz que surgía de lo más profundo de su pecho.
Ella obedeció.
Y lo que pasó entre ellos no fue solo carne.
Fue alma.
John la besó mientras el ritmo se profundizaba, volviéndose más fuerte, más ardiente, más posesivo.
Lily respondió con valentía, alzando las caderas para encontrarlo, entregándose de una manera que casi le robó la razón.
Cuando él deslizó una mano entre sus cuerpos y encontró su punto más sensible con precisión ya aprendida, Lily perdió el resto de su compostura.
—John… John…
Él la besó para sellar el sonido en su boca.
—Estoy aquí —murmuró contra sus labios—. Siéntelo conmigo.
La áspera dulzura de aquella orden volvió a deshacerla.
Lily le sostuvo el rostro, sin dejarlo alejarse, mientras el placer ascendía una vez más, más intenso, más profundo, y barría lo que quedaba del miedo.
Cuando llegó por segunda vez, arqueándose bajo él y apretándolo con una fuerza sorprendente, John sintió que una ola brutal de satisfacción le desgarraba el cuerpo entero.
Solo entonces se permitió ir con ella.
El ritmo perdió su última capa de contención y se convirtió en un galope duro y urgente.
John hundió el rostro en el cuello de ella, respirando sudor, fuego y piel, con su propio latido resonando dentro del de Lily.
Cuando el clímax lo alcanzó, llegó con fuerza suficiente para arrancarle un sonido profundo contra la garganta de ella, mientras se vaciaba enterrado en su cuerpo y la sostenía como si quisiera fundirla consigo mismo.
Permanecieron abrazados largo tiempo, sin aliento, con los cuerpos brillantes bajo la luz moribunda del fuego.
John le besó el cabello rojo y le pasó los dedos por el rostro con una ternura que contrastaba con la furia de los momentos anteriores.
Lily lo observó con una nueva sabiduría carnal, grabando a ese hombre en la memoria.
Sabía que, pasara lo que pasara, ese fuego nunca se apagaría.
El sello había quedado impreso.
Ella era suya.
Y él era, irrevocablemente, de ella.
Porque en aquella cabaña miserable, robándole calor a un fuego casi muerto, habían construido refugio el uno dentro del otro.
Eso era lo que hacía tan peligrosa su intimidad.
Era demasiado hermosa para sobrevivir intacta al mundo.
Se durmieron en brazos del otro durante un lapso imposible de medir.
Fue el frío que se filtraba por las piedras lo que despertó primero a John.
Se levantó con cuidado, se puso los pantalones y volvió para cubrirla mejor.
Cuando Lily despertó, temblando, dejó que él la ayudara a vestirse.
Había una intimidad silenciosa en el gesto: en los dedos de él ajustándole la ropa, en la forma en que sus ojos se encontraron y se demoraron un segundo más de lo necesario, como si todavía estuvieran atrapados dentro de lo que acababan de compartir.
Entonces un relincho cortó el aire en el exterior.
John se quedó rígido al instante.
Su cuerpo respondió antes de que su mente pudiera hacerlo.
Sus instintos gritaban peligro.
Se volvió hacia la puerta, fue hasta la rendija y miró al exterior. Se le heló la sangre.
Dos figuras a caballo.
Siluetas oscuras contra el cielo que empezaba a clarear.
—Quédate detrás de mí —ordenó en voz baja—. Ahora.
Pero ya era demasiado tarde.
La puerta estalló hacia dentro con violencia brutal, arrancada de sus goznes.
Dos hombres irrumpieron en la cabaña como si estuvieran hechos de la ferocidad del amanecer mismo.
John se lanzó contra el primero sin vacilar.
Su puño golpeó el rostro del hombre con fuerza suficiente para romperle la nariz y hacerle retroceder tambaleándose.
Pero mientras se enfrentaba al primero, el segundo llegó por detrás.
Algo pesado se estrelló contra su cabeza.
El dolor explotó.
Absoluto.
El suelo desapareció bajo sus pies. Cayó de rodillas, aturdido, intentando respirar, intentando levantarse, intentando volver a ella.
Entonces oyó el grito de Lily.
Un grito tan puro en su terror que le desgarró algo vital por dentro.
John se volvió a tiempo de ver cómo la agarraban. El hombre la arrastró hacia fuera con fuerza brutal, indiferente a su lucha desesperada, a las uñas que le arañaban el rostro, a la tela desgarrada de su ropa.
A Lily no se la estaban llevando sin más.
Se la estaban arrancando de su lado.
—¡No! —rugió John, intentando ponerse en pie.
Pero las piernas no le obedecían.
El dolor en la cabeza era un sol blanco y cruel, y el cuerpo le pesaba demasiado para su propio horror. Aun así, se arrastró hasta la puerta, con las manos resbalando sobre la piedra fría, con la visión borrosa.
Vio a uno de los hombres arrojarla sobre el caballo como si no fuera más que una presa. Vio a Lily luchar, patear, intentar liberarse con un coraje que solo hacía todo más insoportable. La vio mirar hacia atrás una vez.
Los ojos de ella encontraron los de él.
Terror.
Súplica.
Amor.
Entonces llegó otro golpe.
Más oscuro.
Más profundo.
El mundo empezó a hundirse.
John intentó decir su nombre, pero solo un sonido roto le salió de la boca. Extendió una mano hacia ella como si todavía fuera posible tocarla, como si el mero esfuerzo de su cuerpo pudiera detener la pérdida.
Pero a Lily se la llevaban cada vez más lejos.
El último sonido que oyó fue el eco de su grito perdiéndose en la mañana.
El último pensamiento que tuvo fue solo este:
Lily.