Capítulo 4 La promesa de fuego #2
Lily sintió primero la presión, luego el escozor, luego la sensación casi imposible de que él la abriera por completo. El gemido que soltó murió en la boca de John, y él se detuvo de inmediato, enterrado solo lo suficiente para no herirla más allá de lo inevitable.
—Mírame —pidió, con la voz tensa, contenida con brutal esfuerzo—. Soy tuyo.
Ella abrió los ojos. En los de él encontró no solo deseo, sino control. Cuidado. Posesión contenida. La mano de John le subió por el muslo, le acarició la cadera, el estómago, el pecho, como si quisiera convencerla con todo su cuerpo de que estaba a salvo.
—Así es, mi amor. Despacio. Siénteme despacio.
Lily respiró de nuevo. La incomodidad comenzó a ceder. En su lugar llegó algo más profundo, más caliente, una plenitud extraña e íntima, la conciencia de tenerlo dentro por primera vez.
John sintió el momento exacto en que el cuerpo de ella dejó de resistirse y comenzó a recibirlo.
Entonces se hundió más profundo.
Más profundo.
Hasta estar completamente dentro de ella.
Cuando finalmente se enterró por completo, ambos se quedaron inmóviles durante un segundo demasiado largo para medirlo.
La lluvia había comenzado a tocar las hojas sobre sus cabezas.
El corazón de Lily latía tan fuerte que lo sentía en el fondo de la garganta.
John estaba dentro de ella. Caliente. Pesado.
Real. Y esa sensación, en lugar de asustarla, hizo que algo íntimo en ella se encendiera con nueva fuerza.
—Mía —susurró, casi sin voz, el aliento áspero contra los labios de ella—. Mi mujer.
Lily gimió suavemente. El calor de esas palabras fue más intenso que la penetración misma.
—Tuya —respondió—. Siempre tuya.
John comenzó a moverse despacio, como un hombre que conocía su propia fuerza y elegía usarla al servicio del placer de ella.
Cada embestida era profunda. Cada retirada dejaba un anhelo inmediato por su regreso.
Y a medida que la incomodidad se desvanecía, Lily comenzó a sentir algo más: una fricción creciente, deliciosa e imposible de ignorar.
Su cuerpo empezó a moldearse a su ritmo, aprendiéndolo, aceptándolo, queriendo más.
John lo vio todo.
Vio cómo se le entreabría la boca.
Vio el rubor que le subía por el pecho.
Vio el momento en que sus caderas comenzaron a elevarse, tímidamente al principio, para encontrarse con él.
Lo volvió loco.
John se alzó un poco más y aumentó el ritmo, aún firme, aún controlado.
Luego deslizó una mano entre sus cuerpos para acariciar el centro sensible de su sexo, el punto que la hacía perderse, mientras cada embestida se hundía más profundo.
Lily se arqueó con fuerza ante la sacudida del placer.
Era demasiado intenso. Demasiado nuevo. Casi oscuro de tan bueno.
—John...
—Dime qué sientes.
—Yo... no lo sé... —jadeó, perdida entre la vergüenza y el delirio—. Solo no te detengas.
Sonrió contra su boca.
La sonrisa de un hombre satisfecho de estar llevándola exactamente adonde quería.
—No me detendré.
Entonces la tomó de verdad.
Aún sin crueldad.
Pero con la certeza de un hombre que la tenía ahora consigo, cálida y abierta, y podía exigir más de su cuerpo.
El ritmo se volvió más fuerte. Más profundo.
Más masculino. Lily sintió cómo cada embestida le enviaba oleadas por el vientre, los muslos, los pechos, hasta que la sensación ascendió como un temblor por toda la columna.
Nunca había imaginado que la rendición pudiera tener tanta fuerza.
Que pudiera haber tanto placer dentro de algo tan pleno, tan invasivo, tan absolutamente suyo.
John hundió el rostro en su cuello por un momento, aspirando su piel como un hombre al borde de la condenación. Luego se alzó sobre ella y volvió a mirarla. Esa alternancia entre fuerza y adoración era casi peor que cualquier otra cosa. Hacía que Lily se sintiera poseída y adorada a la vez.
—Nunca más —dijo entre dientes, el ritmo más duro ahora, la mano firme en el muslo de ella para mantenerla abierta—. Nunca más nadie pondrá sus manos sobre ti. Nunca más nadie decidirá tu destino.
Cada palabra llegaba marcada por una embestida.
Cada embestida la llevaba más cerca de un precipicio que no sabía cómo nombrar.
Lily se aferró a sus hombros, clavándole las uñas en la piel.
Ya no quedaba timidez. Solo necesidad. El mundo entero se había reducido a la presión del cuerpo de John, la fricción entre ellos, esa mano entre sus piernas que lo volvía todo más insoportable.
Cuando el placer comenzó a concentrarse en un punto caliente y pulsante, perdió el último vestigio de compostura.
—John... por favor...
—Eso es —murmuró él con voz profunda y autoritaria—. Córrete para mí.
La orden la destrozó.
Lily se corrió con un estremecimiento que nació en su vientre y le desgarró todo el cuerpo.
Se apretó alrededor de él en oleadas sucesivas, y por primera vez comprendió cómo el placer podía ser más grande que el cuerpo mismo, demasiado vasto para contenerse en hueso y piel.
El sonido que se le escapó fue fuerte, roto, indefenso, y John lo bebió de su boca con un beso feroz.
Sentir a Lily correrse alrededor de él, apretándolo con tanta fuerza, destruyó el último hilo de su control.
La embistió varias veces más, profunda y certeramente, hundiéndola en el musgo mientras el nombre de ella le salía de la garganta como plegaria y hambre.
Luego se derramó enterrado en su cuerpo, con un gemido bajo y sufriente, sosteniéndola entre sus brazos como si pretendiera fundirla consigo.
Durante unos segundos, el mundo desapareció.
Solo quedaron ellos dos.
El calor.
La lluvia fina que empezaba a caer.
Su cuerpo todavía dentro del de ella.
Los dos corazones latiendo contra el silencio del bosque.
Cuando la respiración empezó a normalizarse, John no se apartó de inmediato.
Le besó el rostro, la frente, la boca, como si todavía necesitara asegurarse de que ella estaba allí.
Luego la atrajo contra su pecho, la cubrió con la capa y la sostuvo con fuerza, como si el mundo entero pudiera mantenerse a distancia por la pura fuerza de sus brazos.
—Ahora —murmuró, besándole el cabello húmedo—, nada en el cielo ni en la tierra puede deshacer esto. Tienes mi nombre antes de que ningún sacerdote lo pronuncie. Eres mi fuego, Lily.
Ella sonrió contra su pecho, pero la delicadeza obediente de la hija de la duquesa ya no estaba en ella.
Algo nuevo había echado raíces.
Más profundo.
Más peligroso.
La mujer que había elegido caer con los ojos abiertos.
La guerra estaba declarada.
Y John, con el calor de ella aún entre los muslos, supo que ya no le tenía miedo a nada.