Capítulo 4 La promesa de fuego
La furia corría por las venas de John Scott como veneno incandescente.
Las palabras de Violet Cameron —el hijo de la criada, un pasatiempo, barro— le martilleaban las sienes con la fuerza de un yunque.
El joven que había acudido a aquella habitación perfumada en busca de aprobación había muerto allí.
En su lugar se alzaba un hombre que por fin había comprendido que el honor, por sí solo, no le daría a la mujer que amaba.
Esa noche, el lenguaje entre él y Lily no estaría hecho de versos ni de flores recogidas.
Estaría hecho de fuego.
Bajo un cielo sin estrellas, John cabalgó hasta el lindero entre sus propiedades, donde el aire de las Highlands le azotaba el rostro con la promesa de una tormenta.
Ató la cinta azul al viejo roble —el código secreto que los había acompañado desde la juventud y que ahora se convertía en una llamada a la guerra—.
La espera fue una tortura. Cada minuto de silencio alimentaba a la bestia que rugía en su pecho: el miedo a perderla, la furia de verla reducida a carne de negociación, y la necesidad brutal de reclamarla antes de que el mundo intentara de nuevo separar lo que había nacido unido.
Cuando ella apareció, sin aliento y pálida entre los troncos, John no vaciló.
La atrapó entre sus brazos.
El impacto del cuerpo de Lily contra el suyo le arrancó un sonido áspero del pecho. La sostuvo con una fuerza que rozaba el dolor; sus manos se hundieron en la pesada capa en busca del calor de aquella carne que Violet había pretendido medir en títulos, sangre y conveniencia.
—Tu madre lo sabe —dijo contra su cuello, con la voz deformada por la rabia—. Fui a verla. Le pedí tu mano como corresponde a un hombre. Y me llamó barro. Dijo que yo era tu juguete.
Lily se apartó solo lo suficiente para tomarle el rostro entre las manos temblorosas. Sus ojos color avellana no contenían lágrimas.
Contenían llamas.
—Entonces que se las arregle con lo que quede de mí —susurró—. Porque no le pertenezco, John. Soy tuya.
Aquellas palabras destruyeron lo que quedaba del control que él había fingido poseer.
John la empujó contra el tronco del roble y la besó con un hambre que ya no pedía permiso.
Fue un beso de posesión, de desesperación, de guerra declarada.
La boca de ella se abrió bajo la suya con igual furia, y sus lenguas se encontraron como si también ellas supieran que la era de la delicadeza obediente había terminado.
El aroma de la lluvia, la corteza húmeda y la piel de Lily lo arrastraron hasta el límite de sí mismo.
—Nos vamos mañana —ordenó entre besos, con la frente pegada a la de ella, la respiración entrecortada—. Gretna Green. Antes de que se ponga el sol, serás mi esposa. Pero esta noche... esta noche necesito oírlo de tu boca. Sin miedo. Sin madre. Sin el maldito mundo entre nosotros.
Lily le agarró la nuca y lo atrajo más cerca, sintiendo la dureza de aquel cuerpo presionada contra su vientre. La presión le recorrió entera como un escalofrío. Había poder en aquel hombre. Fuerza. Hambre. Y bajo todo ello, una devoción tan absoluta que casi dolía.
—Entonces escucha bien —murmuró, sin aliento—. Soy tuya por elección. Muéstrame lo que eso significa.
John la miró durante un instante suspendido, como si necesitara grabar aquella imagen para el resto de su vida: la hija de la duquesa con el cabello suelto, el pecho agitado, la boca enrojecida por sus besos, los ojos encendidos de rebeldía y deseo.
Luego la condujo hacia lo más profundo del refugio de los árboles, donde el musgo formaba un lecho oscuro y el mundo parecía retroceder, dejándolos solos con su propia condena.
La recostó con una urgencia que le hizo temblar los brazos. Sus dedos endurecidos por el trabajo se movían ahora con precisión febril, deshaciendo lazos, abriendo botones, apartando capa tras capa de tela como si estuviera liberando algo sagrado y hambriento a la vez.
Cuando la seda del vestido cedió y la piel pálida de Lily quedó expuesta en la sombra del bosque, John se detuvo.
Lily sintió que todo su cuerpo se encendía bajo aquella mirada.
No la miraba como a un trofeo.
La miraba como un hombre que por fin había alcanzado el milagro por el que había estado dispuesto a enfrentarse al mundo.
—Eres demasiado hermosa para este infierno —dijo, con la voz baja, áspera, casi dolorida.
Luego bajó la cabeza y comenzó a besarla.
Primero los hombros.
Luego la curva delicada de la garganta.
Luego la parte alta de los pechos, donde la piel ya relucía de frío y anticipación.
Cada beso quemaba. Cada pausa entre una caricia y la siguiente hacía que el cuerpo de Lily esperara más con un hambre casi insoportable.
Cuando la boca de John se cerró sobre un pezón tenso y succionó con firmeza y reverencia a la vez, Lily se arqueó por completo bajo él y soltó un gemido tembloroso que parecía demasiado grande para el bosque silencioso.
John alzó los ojos hacia los de ella mientras la succionaba, como si quisiera presenciar el efecto de cada caricia. Aquello la deshizo aún más. No era solo deseo. Era la conciencia brutal de saberse observada, estudiada, adorada en cada reacción.
La mano de John viajó lentamente por la cintura, sobre el vientre, a lo largo de la curva de la cadera, hasta encontrar un camino entre los muslos. El primer roce contra el calor húmedo de ella hizo que Lily dejara de respirar.
—John...
—Mírame —ordenó, sin crueldad, pero con una firmeza que no admitía escape—. Quiero ver tu rostro. Quiero saber qué sientes.
Ella obedeció.
Y aquella obediencia, entregada y no arrancada por la fuerza, casi lo volvió loco.
John deslizó el pulgar lentamente por los pliegues resbaladizos de su sexo, abriéndola, acariciándola como si estuviera tanteando la frontera peligrosa entre la ternura y la ruina. Lily se estremeció. Todo su cuerpo se tensó y luego se abrió de nuevo por instinto, buscando más.
—¿Así? —preguntó, con la voz más grave—. ¿Así es como me quieres?
—Sí —susurró ella, sin saber ya dónde esconder la vergüenza ni el anhelo—. Sí... más.
La comisura de los labios de John se curvó en un gesto oscuro y satisfecho. Le gustaba oírla pedir. Le gustaba aún más ser el hombre capaz de arrancarle aquel ruego.
Siguió acariciándola, rozando el punto más sensible hasta que las caderas de Lily se alzaron hacia su mano. El placer llegó rápido, sorprendente y demasiado vivo. Nunca había sentido nada igual. Era como si alguna parte secreta de su cuerpo estuviera despertando por completo bajo el mando de él.
—Eso es —murmuró John, observando cada temblor—. Siéntelo. No tengas miedo de sentir.
Lily se aferró a los hombros de él. El placer y la tensión se trenzaron hasta convertirse en lo mismo. La boca se le abrió en busca de aire; los ojos se le cerraron, y volvían a abrirse cada vez que la voz de John la reclamaba y su mirada la sostenía allí, dentro de aquel fuego.
La besó mientras sus dedos continuaban preparándola.
Le besó la boca, la mandíbula, la comisura del ojo, como si cercara su miedo por todos los flancos hasta que solo quedara el calor.
Lily dejó escapar un sonido agudo y entrecortado, y sintió una ola de placer atravesarle el estómago con fuerza suficiente para hacerla temblar.
John lo notó.
Lo notó todo.
La repentina tensión de sus muslos.
Cómo su cuerpo ya no sabía si retroceder u ofrecerse por completo.
Cómo su nombre empezaba a brotar de sus labios como plegaria y rendición.
—Me estás volviendo loco —confesó, con la frente apoyada contra la de ella—. Cuatro años, Lily. Cuatro años queriendo tocarte así.
La atravesó como fuego nuevo. Cuatro años. Cuatro años de hambre contenida, de miradas sobre ella, de promesas sin carne. Y ahora ese mismo hombre estaba entre sus piernas, guiándola como si cada segundo de espera debiera saldarse con devoción y pecado.
—Entonces no te detengas —suplicó, sonrojada y sin aliento—. Esta noche no.
John soltó un sonido grave, casi un gruñido de aprobación. La besó de nuevo, con más profundidad. Lily sintió su cuerpo aflojarse. Se sintió más cálida, más húmeda. Y con ello llegó una nueva confianza: la certeza de que podía dejarse caer porque él la sostendría hasta el final.
Cuando John se desvistió, lo hizo sin apartar los ojos de ella.
Su cuerpo grande y duro, marcado por el trabajo y el frío de las montañas, se alzó ante Lily con una autoridad que le robó el aliento.
Era hermoso de un modo peligroso. Fuerte de un modo que intimidaba.
Y sin embargo, cada centímetro de él parecía volcado por completo hacia ella.
Al verlo desnudo entre sus muslos, Lily sintió un verdadero escalofrío de nervios.
John lo notó de inmediato.
Le apartó el cabello del rostro y la besó con una ternura inesperada.
—No me mires así —susurró—. Jamás haría de esta noche algo doloroso y torpe. Estás conmigo.
Ella asintió, aunque sus dedos aún temblaban al tocarle el pecho.
John le guio la mano más abajo, hacia su miembro, dejándola sentir el peso, el calor, la dureza viva y palpitante bajo la piel.
Lily soltó un aliento lento, sorprendida por aquella realidad tan carnal.
Esa intimidad, tan tangible, tan adulta, le envió una corriente caliente hasta lo más hondo del vientre.
—Es tuyo —dijo, mirándola con una intensidad casi brutal—. Todo en mí es tuyo.
Esas palabras, más que su desnudez, disolvieron el último vestigio de miedo.
John se colocó entre sus piernas y volvió a llevar los dedos a su sexo, acariciándola lo justo para mantenerla abierta, cálida, rendida. Luego se tomó el miembro con la mano y lo deslizó lentamente contra su entrada húmeda, una vez, dos veces, sintiéndola estremecerse con cada roce.
—Dolerá un poco al principio —dijo contra su boca—. Pero iré despacio. Y no te dejaré sola en esto ni un solo instante.
Lily le rodeó el cuello con los brazos.
—Te deseo, John.
La besó en el mismo momento en que comenzó a entrar en ella.
Despacio.
Centímetro a centímetro.