EL FILO DE PERSIA Capítulo Nueve — Donde terminan los caminos #3
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Capítulo Nueve — Donde terminan los caminos #3

No llevaba el uniforme con el que se había marchado. Tampoco venía solo. Detrás de él avanzaban hombres que Aylin reconoció inmediatamente por la forma de vestir y moverse.

Otomanos.

Los persas comenzaron a gritar.

Algunos exigieron que se detuvieran.

Emir levantó ambas manos y continuó hasta quedar a una distancia prudente.

Aylin caminó hacia él.

Durante un momento olvidó la batalla.

Olvidó a los ejércitos.

Olvidó que había cientos de ojos observándolos.

Solo recordó la carta.

—Te fuiste.

Emir bajó las manos.

—Sí.

—Dijiste que volverías a tu pueblo.

—Lo intenté.

Aylin miró a los hombres.

—¿Y ellos?

—Hombres que tampoco quieren seguir muriendo por esta guerra.

—Son otomanos.

Emir sostuvo su mirada.

—Yo también.

Aylin sintió rabia.

Alivio.

Miedo.

Todo al mismo tiempo.

—Eres un idiota.

—Dastan me lo dijo muchas veces.

—Por una vez tenía razón.

No hubo abrazo.

No hubo beso.

No era el momento.

Aylin se limitó a mirarlo como si necesitara comprobar que era real.

Después sonaron los tambores.

La batalla reclamó el mundo de nuevo.

Los desertores fueron colocados bajo vigilancia y aceptados provisionalmente como apoyo. No hubo tiempo para ceremonias.

El ejército persa avanzó.

El segundo asalto comenzó con una violencia de ruido y movimiento que hizo parecer pequeño todo lo ocurrido el día anterior.

La defensa otomana resistió. Los hombres que habían retrocedido hasta el campamento sabían que detrás ya no había una posición preparada.

Luchaban por abrirse un camino de retirada y conservar suficiente fuerza para no convertirla en desastre.

Harun encabezó a su unidad.

Meses atrás habría corrido hacia el enemigo impulsado por la furia.

Ahora avanzaba mirando a sus hombres.

Se detenía cuando debía.

Esperaba.

Ordenaba.

La fuerza que siempre había tenido dejó de ser su única herramienta.

El grupo consiguió abrir una brecha en la defensa exterior y mantenerla el tiempo suficiente para que otras unidades persas avanzaran.

Harun escuchó a sus hombres gritar su nombre.

No sintió orgullo.

Sintió responsabilidad.

Y comprendió que aquello era nuevo.

Aylin dirigió a los arqueros desde una posición adelantada. Emir permanecía cerca con los desertores, no como protector, sino como alguien que conocía el ritmo de las unidades que tenían enfrente y podía advertir cambios.

En un momento la línea persa se deformó.

Aylin avanzó para corregirla.

Demasiado.

Cuando quiso retroceder, un grupo enemigo había cerrado el espacio a su alrededor.

Los hombres que estaban con ella intentaron abrir camino, pero la presión aumentó.

Aylin levantó el shamir.

No sintió miedo al principio.

Sintió furia.

Después comprendió que no veía una salida.

Y entonces escuchó una voz.

—¡Aylin!

Emir.

Llegó con su pequeño grupo de desertores desde el costado de la línea. No fue una aparición milagrosa ni una carga de leyenda. Fue un puñado de hombres que eligió correr hacia el lugar del que otros intentaban salir.

Pero para Aylin fue suficiente.

Emir alcanzó su posición.

—¿Estás herida?

—No.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Pensé en decir algo heroico.

Aylin respiró con dificultad.

—Hazlo después.

Los desertores ayudaron a abrir el espacio necesario para que el grupo regresara a la formación persa.

Cuando estuvieron a salvo, Aylin miró a Emir.

—Volviste.

Esta vez la frase significaba otra cosa.

Emir asintió.

—Volví.

Aylin quiso decir más.

No pudo.

La batalla continuaba.

En el otro extremo, Dastan y Karim condujeron la caballería persa.

Karim no podía combatir como antes. Shirin había tenido razón. Cada movimiento brusco le recordaba que seguía vivo por poco. Por eso hizo algo que años atrás habría considerado una cobardía.

Se quedó donde podía ver.

Y mandó.

Dastan, en cambio, era movimiento.

La caballería persa avanzó con el objetivo de presionar el costado otomano y convertir su retirada en una decisión inevitable. No buscaban una persecución descontrolada. Querían que el enemigo entendiera que permanecer allí costaría más que abandonar el campo.

Dastan levantó la espada.

Miles de cascos golpearon la tierra.

Karim lo vio unos metros delante.

Recordó al hombre que había conocido trepando murallas enemigas como si la muerte fuera un inconveniente menor. Ahora había soldados siguiéndolo porque confiaban en él.

Dastan había cambiado.

Todos habían cambiado.

La presión persa creció durante horas.

Harun mantuvo abierta la brecha.

Aylin reorganizó a la infantería y a los arqueros.

Emir y los desertores combatieron bajo la mirada desconfiada de hombres que poco a poco dejaron de verlos como prisioneros.

Mendoza condujo a sus españoles junto a las unidades persas que habían aprendido a entender sus órdenes aun cuando no comprendían todas sus palabras.

Dastan y Karim empujaron a la caballería hacia el flanco.

Y entonces ocurrió.

No hubo un momento exacto que pudiera señalarse después.

Ningún hombre vio toda la batalla.

Para algunos, el final comenzó cuando una bandera otomana desapareció detrás de las tiendas.

Para otros, cuando una unidad dejó de avanzar.

Para otros, cuando los tambores cambiaron.

Lo cierto fue que el ejército otomano empezó a retirarse.

Primero ordenadamente.

Después con mayor urgencia.

Los oficiales persas enviaron la orden de no convertir la victoria en una matanza innecesaria. El objetivo era expulsar al ejército invasor de las posiciones y recuperar los caminos, no perseguir a cada hombre hasta el último rincón del mundo.

Karim escuchó la orden y sintió algo parecido a alivio.

Años atrás habría pedido continuar.

Años atrás habría llamado cobarde a quien dejara marchar a un enemigo capaz de seguir caminando.

Ahora sabía que ganar también significaba saber detenerse.

Dastan regresó junto a él.

—Se van.

Karim observó el horizonte.

Las columnas otomanas se alejaban hacia el oeste.

—Sí.

Dastan esperaba una celebración.

No llegó.

—¿Eso es todo?

Karim lo miró.

—¿Qué querías?

—No sé. Tambores. Mujeres lanzando flores. Alguien escribiendo una canción sobre mí.

Karim soltó una risa que inmediatamente se convirtió en gesto de dolor.

—No hagas eso —dijo Dastan.

—¿Reír?

—Morirte después de ganar. Sería ofensivo.

Karim volvió a mirar el campo.

—Ganamos.

Esta vez lo dijo en voz baja.

Como si necesitara escucharlo.

Persia había ganado aquella campaña.

Las fuerzas otomanas se retiraban de los corredores que habían intentado dominar. Los caminos comerciales que durante meses habían sido zonas de emboscadas, peajes militares y miedo comenzaban a quedar nuevamente bajo control persa.

No significaba que dos imperios dejaran de ser enemigos.

No significaba que la frontera fuera a permanecer en paz para siempre.

Significaba algo más pequeño.

Y para quienes habían sobrevivido, más importante.

Su guerra terminaba.

Aylin encontró a Emir cuando el ruido comenzó a disminuir.

Estaba sentado junto a uno de los desertores heridos.

Ella se detuvo frente a él.

Emir levantó la vista.

—Hola.

Aylin lo miró con incredulidad.

—¿Hola?

—No tuve tiempo de preparar algo mejor.

—Te fuiste sin despedirte.

—Dejé una carta.

—Eso no cuenta.

Emir bajó la mirada.

—Lo sé.

Aylin respiró.

Podía gritarle.

Podía abrazarlo.

Podía preguntarle qué significaba su regreso.

No hizo ninguna.

—Cuando esto termine de verdad, vamos a hablar.

Emir asintió.

—Cuando tú quieras.

Aylin señaló con el dedo.

—Y no vuelvas a besarme sin preguntarme.

Emir se puso serio.

—No lo haré.

Ella asintió.

Eso era suficiente por ahora.

A unos metros, Dastan observaba.

Rostam apareció junto a él.

—¿Vas a decir algo?

Dastan negó.

—He aprendido que hay batallas en las que un hombre inteligente no se mete.

Rostam soltó una carcajada.

—Entonces por fin aprendiste algo.

Los días posteriores fueron extraños.

Un ejército que había pasado meses preparándose para combatir tuvo que aprender a detenerse.

Se recogieron heridos.

Se enterraron muertos.

Se contaron unidades.

Se repararon caminos.

Los comerciantes comenzaron a preguntar cuándo podrían volver a circular.

Los mensajeros partieron hacia Isfahán, Qazvin y otras ciudades con noticias de la victoria.

No hubo una sola ceremonia.

Hubo muchas.

Pequeñas.

Un grupo de soldados levantó a Harun sobre los hombros hasta que él amenazó con golpearlos.

Los hombres de Dastan comenzaron a llamarlo comandante antes de que existiera una orden oficial.

Karim recibió visitas de oficiales que querían felicitarlo y Shirin expulsó a la mitad porque necesitaba descansar.

Aylin pasó una tarde entera sin tocar su espada.

Aquello le pareció más extraño que la batalla.

Mendoza recibió una oferta para regresar con la columna española cuando se reorganizara el contingente aliado.

La rechazó.

Karim lo encontró mirando el campamento.

—¿Te quedas?

Mendoza asintió.

—He pasado demasiado tiempo intentando volver a casa.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé cuál de todas es.

Karim comprendió.

Mendoza había dejado de ser únicamente un capitán extranjero. Había enterrado hombres en Persia. Había salvado persas y había sido salvado por ellos. Había aprendido palabras suficientes para insultar en más de un idioma y tenía amigos que ya no necesitaban traducción.

Las autoridades persas le concedieron un salvoconducto y reconocimiento como aliado, permitiéndole viajar por los territorios bajo control safávida sin ser tratado como mercenario enemigo.

Mendoza sostuvo el documento.

—Bonito papel.

—Procura no perderlo —dijo Karim.

—He perdido cosas más importantes.

Guardó el documento.

—Me quedaré un tiempo.

Ese tiempo, aunque ninguno lo sabía todavía, sería mucho más largo de lo que imaginaba.

Dastan recibió su nombramiento varios días después.

El mando necesitaba a alguien capaz de mantener las unidades del sur, asegurar caminos y responder a los grupos que pudieran aprovechar el vacío dejado por la retirada otomana.

Karim pensó que Dastan rechazaría.

No lo hizo.

Leyó la orden.

Después miró a Rostam.

—¿Comandante de los ejércitos del sur?

Rostam sonrió.

—El niño del gallinero.

—Voy a prohibir esa historia por decreto.

—Entonces la contaré dos veces.

Dastan guardó la orden.