Capítulo Nueve — Donde terminan los caminos #2
—¡Se están moviendo!
—¡Que se muevan!
Eso era precisamente lo que necesitaban.
La artillería dejaba de dominar el frente para convertirse en una carga que el enemigo debía proteger.
Mendoza entendió la señal desde lejos y ordenó a sus hombres apoyar el avance persa. El ruido de los arcabuces se mezcló con el resto de la batalla, pero ya no había un solo sonido dominante. Todo era una tormenta.
Karim consiguió llegar a una elevación desde la cual pudo ver el flanco otomano.
Entonces comprendió que la segunda parte del plan también estaba funcionando.
La caballería enemiga se movía.
No cargaba todavía.
Buscaba espacio.
Karim levantó el brazo y un mensajero partió hacia las unidades persas que esperaban la orden.
El plan no consistía en enfrentar fuerza contra fuerza.
Consistía en negar a los jinetes el terreno que necesitaban y empujarlos hacia una zona donde su número dejara de ser una ventaja.
Las unidades persas comenzaron a cerrar el espacio desde varios puntos, no como una trampa perfecta, sino como una presión creciente.
Dastan llegó junto a Karim cubierto de polvo.
—Van hacia donde queríamos.
Karim miró la llanura.
—Todavía pueden salir.
—Entonces cerremos la puerta.
Ambos volvieron al combate.
Horas después, cuando el primer asalto empezó a perder fuerza, la artillería otomana ya no dominaba la batalla como al amanecer y su caballería había sido obligada a retroceder sin conseguir la ruptura que buscaba.
Los persas comenzaron a llamarlos héroes antes de que Karim y Dastan regresaran a la línea.
Ninguno lo sabía.
Todavía.
Karim solo sabía que algo iba mal.
Sintió primero un golpe seco.
Después una debilidad repentina.
Intentó mantenerse sobre el caballo, pero el mundo se inclinó.
Dastan lo vio caer.
—¡Karim!
Todo ocurrió demasiado rápido.
Dos soldados persas acudieron. Dastan intentó llegar hasta él, pero otra presión enemiga lo obligó a detenerse. Karim estaba consciente, aunque apenas podía responder.
Harun apareció desde la reserva.
No preguntó.
Vio a su amigo en el suelo y tomó una decisión.
Lo levantó con ayuda de otro hombre y lo llevó fuera de la primera línea mientras Dastan asumía el mando inmediato.
Karim intentó protestar.
—Déjame.
Harun lo miró con una furia distinta a la de sus antiguos episodios.
Una furia limpia.
—Cállate.
—Dastan...
—Dastan sabe qué hacer.
—La caballería...
—Cállate, Karim.
Fue la primera vez que Karim obedeció sin discutir.
Harun llegó a la zona de curanderos gritando el nombre de Shirin.
La mujer salió de una tienda.
Al verlo, perdió el color del rostro.
—Aquí.
Harun dejó a Karim sobre una manta.
—Sálvalo.
Shirin se arrodilló.
No prometió nada.
Eso asustó a Harun más que cualquier respuesta.
Durante largo tiempo trabajó con las pocas herramientas, vendajes, hierbas y conocimientos que había llevado consigo. No hubo milagro visible. No hubo luz ni palabras grandiosas. Hubo manos firmes, instrucciones breves y una lucha silenciosa por mantener a Karim entre los vivos.
Harun permaneció fuera.
Escuchaba la batalla.
Cada estruendo le recordaba que Dastan estaba ahora al frente.
Cada minuto le parecía una traición a los hombres que seguían combatiendo.
Pero no se movió.
Shirin salió finalmente.
Harun se puso de pie.
—¿Está vivo?
—Sí.
La palabra casi derribó al gigante.
—¿Va a vivir?
Shirin tardó demasiado en responder.
—Si deja de comportarse como Karim, quizá.
Harun soltó el aire.
—Entonces estamos perdidos.
Ella no sonrió.
—No puede volver al combate.
—Se lo diré.
—No. Yo se lo diré. A ti no te hace caso.
—A ti tampoco.
—Pero yo puedo golpearlo sin sentir culpa.
Dentro de la tienda, Karim abrió los ojos.
Lo primero que preguntó fue por Dastan.
Harun se sentó junto a él.
—Está liderando.
Karim intentó incorporarse.
El dolor lo detuvo.
—Tengo que volver.
Shirin apareció.
—No.
—Mis hombres...
—Tienen un comandante.
—Dastan no...
Harun lo interrumpió.
—Dastan sí.
Karim lo miró.
Harun sostuvo la mirada.
—Confía en él.
Aquella frase fue más difícil que cualquier herida.
Karim cerró los ojos.
Y confió.
En el frente, Dastan descubrió que dirigir era muy diferente a entrar donde nadie quería entrar.
No podía desaparecer.
No podía pensar únicamente en el siguiente muro.
Cada decisión arrastraba hombres detrás.
Rostam llegó con mensajes desde el mando y encontró a su viejo amigo cubierto de polvo, gritando órdenes que semanas atrás habría criticado.
—Te queda bien —dijo.
Dastan lo miró.
—¿Qué?
—Mandar.
—No empieces.
Rostam sonrió.
—Karim estaría orgulloso.
Dastan dejó de moverse.
—¿Está vivo?
—Sí.
La tensión abandonó sus hombros durante un segundo.
Solo uno.
Después volvió a mirar el frente.
—Entonces terminemos esto antes de que regrese a estropearlo.
El primer asalto concluyó al caer la tarde.
No hubo victoria completa.
Pero el ejército otomano había sido obligado a retroceder hacia su campamento principal.
La llanura quedó cubierta de equipo abandonado, animales sin jinete, humo y hombres buscando a sus unidades. Los persas no persiguieron sin orden. Habían aprendido demasiado durante aquella guerra para convertir una ventaja en una emboscada.
Dastan detuvo el avance.
Algunos oficiales protestaron.
Él no cedió.
—Mañana.
—Podemos terminar hoy.
Dastan miró el campamento enemigo.
—No. Hoy quieren que lleguemos cansados y desordenados. Mañana iremos sabiendo dónde están.
Karim habría dicho lo mismo.
Eso fue lo que terminó la discusión.
Aquella noche nadie celebró.
Los persas habían ganado el primer asalto, pero al otro lado de la llanura el campamento otomano seguía lleno de fuegos.
Menos que la noche anterior.
Pero todavía demasiados.
Aylin recorrió las líneas de arqueros.
Había sobrevivido a la jornada sin ver a Emir.
Había esperado dejar de pensar en él cuando comenzara la batalla.
No ocurrió.
En cada grupo de soldados otomanos capturados o retirándose había buscado su rostro sin admitirlo.
Se sintió ridícula.
Emir estaba lejos.
Tenía que estar lejos.
Shirin la encontró al anochecer.
—Karim vivirá.
Aylin cerró los ojos.
—¿Puedo verlo?
—Uno por uno. Harun ocupa demasiado espacio.
Cuando entró, Karim parecía más pequeño.
Aquello la inquietó.
Karim nunca parecía pequeño.
Se sentó.
—Dastan está insoportable.
Karim abrió un ojo.
—Entonces todo sigue normal.
Aylin sonrió por primera vez en días.
—Dice que mañana terminará la guerra.
—Dastan dice muchas estupideces.
—También salvó el asalto.
Karim guardó silencio.
Aylin entendió lo que significaba.
Orgullo.
—Descansa.
—Mañana vuelvo.
—No.
—Aylin.
—Shirin dijo que no.
—Shirin no manda el ejército.
La voz de la curandera llegó desde fuera.
—Pero mando sobre el hombre que casi se muere.
Karim cerró el ojo.
Aylin salió antes de reír.
En el campamento otomano también había silencio.
Emir lo escuchó desde una colina.
Había regresado.
No solo.
Su viaje hacia el pueblo había terminado antes de llegar.
En el camino encontró hombres que conocía.
Antiguos soldados otomanos que, como él, habían abandonado unidades agotadas por una guerra que ya no entendían.
Algunos eran desertores. Otros habían sido separados de sus columnas y habían decidido no regresar.
Todos sabían que acercarse al ejército persa podía significar ser tratados como enemigos.
Emir pudo continuar hacia casa.
Durante una noche entera estuvo convencido de que lo haría.
Entonces llegaron noticias de la concentración.
Del último enfrentamiento.
De que las unidades persas con las que había combatido marchaban hacia allí.
De que Aylin estaba entre ellas.
Emir maldijo.
Después dio media vuelta.
Los hombres que viajaban con él lo siguieron por razones distintas. Algunos querían terminar la guerra del único modo que creían posible: ayudando a que el ejército que todavía avanzaba fuera obligado a retirarse. Otros simplemente confiaban en Emir.
Eran pocos.
Suficientes para ser vistos.
No suficientes para cambiar por sí solos una batalla.
Pero Emir ya había aprendido que una guerra podía girar alrededor de grupos pequeños.
Al amanecer del segundo día, el ejército otomano seguía en pie.
Había sido diezmado, pero no destruido.
Sus defensas alrededor del campamento eran más compactas. Sus mandos habían recogido las unidades dispersas y convertido la retirada del día anterior en una nueva línea.
Dastan observó el campamento.
Harun se colocó a su lado.
—¿Plan?
Dastan sonrió.
—Pensé que nunca preguntarías.
El segundo asalto tendría que ser distinto.
Ya no bastaba con quitar ventajas.
Había que romper la defensa y obligar al ejército otomano a aceptar que la campaña había terminado.
Harun recibió el mando de una unidad de élite formada por hombres escogidos entre veteranos persas y soldados que habían sobrevivido a los meses anteriores. Su tarea era abrir la oportunidad que el resto necesitaba, no perseguir gloria.
Aylin recibió infantería ligera y arqueros.
Dastan asumiría la caballería.
Karim, según todos los planes razonables, debía permanecer acostado.
Por eso nadie se sorprendió demasiado cuando apareció montado.
Shirin venía detrás insultándolo.
—¡Si te caes, no pienso recogerte!
Karim estaba pálido.
Llevaba el cuerpo sujeto con vendajes y cada movimiento parecía costarle.
Dastan cabalgó hacia él.
—¿Qué haces?
—Mi trabajo.
—Tu trabajo ahora es no morirte.
—Puedo dirigir desde el caballo.
—No puedes ni respirar sin hacer esa cara.
Karim lo miró.
—Tú lideras.
Dastan dejó de bromear.
Karim continuó.
—Yo voy contigo. Pero tú lideras.
Aquello significaba más que cualquier nombramiento.
Dastan asintió.
—Entonces no te quedes atrás.
Karim sonrió.
—Idiota.
La señal del segundo asalto todavía no había llegado cuando Aylin vio movimiento en su flanco.
Un grupo pequeño se acercaba desde una zona lateral del campo.
Llevaban señales improvisadas para mostrar que no buscaban combatir contra los persas.
Los arqueros levantaron sus armas.
Aylin dio la orden de esperar.
Entonces reconoció al hombre que iba delante.
El mundo se quedó quieto.
Emir.