Capítulo Nueve — Donde terminan los caminos
La concentración de los ejércitos apareció primero como una nube.
No eran las tiendas, ni los estandartes, ni los caballos.
Era el polvo. Una franja parda que se levantaba sobre la llanura occidental y permanecía suspendida aun cuando el viento cambiaba.
Durante horas la columna de Karim avanzó hacia ella sin distinguir otra cosa que aquella señal.
Después comenzaron a aparecer los sonidos: ruedas de carretas, relinchos, martillos, órdenes repetidas por centenares de gargantas y el rumor grave de miles de hombres reunidos en un mismo lugar.
Aylin había imaginado muchas veces cómo sería contemplar al ejército de Persia preparado para una batalla decisiva. En su imaginación había grandeza. Había estandartes limpios, hombres orgullosos y una sensación de seguridad nacida de los números.
La realidad era diferente.
Había soldados con vendas viejas. Jinetes que dormían sentados junto a sus monturas.
Muchachos que intentaban parecer mayores.
Veteranos que no necesitaban fingir nada.
Había qizilbash, ghulams, arcabuceros, arqueros, unidades de caballería llegadas de provincias distintas y grupos que habían pasado tanto tiempo combatiendo lejos de sus hogares que ya hablaban de ellos como si pertenecieran a otra vida.
Los españoles de Mendoza levantaron su pequeño campamento junto a una línea de tropas persas. Nadie los observaba ya con la desconfianza de los primeros días. Habían luchado demasiado juntos para seguir siendo extranjeros.
Karim desmontó y miró el horizonte.
Del otro lado de la llanura, casi perdido bajo una segunda nube de polvo, estaba el ejército otomano.
Aquella vez no había una fortaleza que tomar y abandonar.
No había una caravana que rescatar.
No había un camino secundario por el cual retirarse.
Los dos ejércitos habían llegado al mismo lugar porque ninguno podía seguir cediendo terreno.
Un oficial safávida pasó frente a las unidades repitiendo la orden que había llegado desde el mando.
No habría una tercera concentración.
No habría otra oportunidad para reorganizarse.
Si Persia perdía, los caminos occidentales quedarían nuevamente expuestos y las rutas que habían defendido durante meses volverían a estar bajo amenaza. Si vencía, el ejército otomano tendría que retroceder y abandonar las posiciones desde las que había intentado estrangular el comercio.
Dastan escuchó la explicación mientras examinaba el terreno con los ojos entrecerrados.
—Entonces es ganar o morir.
Karim lo miró.
—No.
Dastan levantó una ceja.
—Eso acaban de decir.
—Dijeron que no habrá otra oportunidad. No que tengamos que desperdiciar la vida.
Dastan sonrió apenas.
—Empiezas a sonar como un comandante.
—Eso llevo intentando desde que te conocí.
Rostam, apoyado en un bastón improvisado, soltó una risa.
—No le hagas caso. Cuando éramos niños también decía que tenía un plan.
Dastan se volvió.
—Y siempre funcionaba.
—El gallinero.
—Cállate, maldito bocon
La broma murió rápido.
Frente a ellos había demasiados hombres para sostener la ilusión de que aquello sería una aventura.
Harun llegó desde la zona de curanderos acompañado por Shirin.
Desde que la mujer había tratado sus heridas y sus episodios de furia, el enorme guerrero parecía haber aprendido una forma distinta de caminar.
Seguía siendo imponente, pero ya no cargaba el cuerpo como si estuviera a punto de pelear contra el mundo entero.
Shirin observó el campamento y negó con la cabeza.
—Demasiados hombres.
Mendoza apareció detrás de ella.
—Eso suele ocurrir cuando los reyes discuten.
Shirin lo miró sin comprender el castellano.
—¿Qué dijo?
—Nada importante —respondió Aylin.
Mendoza abrió los brazos.
—Algún día alguien va a traducir correctamente mis mejores frases.
Aylin casi sonrió.
Casi.
Desde la partida de Emir y la noticia de la muerte de Farid, sonreír se había convertido en algo que debía recordar hacer.
Guardaba la carta del desertor junto al trozo de seda de su padre.
Dos pedazos de otra vida escondidos debajo de la ropa de una mujer que ya no sabía si seguía perteneciendo a Isfahán o al camino.
Aquella noche los comandantes se reunieron.
Sobre una mesa larga extendieron mapas incompletos y reportes de exploradores. Karim permaneció cerca de Dastan, Mendoza y otros jefes de unidad. Rostam no tenía rango suficiente para estar allí, pero sus conocimientos de caminos y desniveles habían demostrado ser demasiado útiles para ignorarlos.
La información era preocupante.
Los otomanos conservaban artillería suficiente para castigar las líneas persas antes de un avance general. Su caballería, aunque desgastada por meses de campaña, seguía siendo una amenaza capaz de romper una formación desordenada. La infantería había sufrido pérdidas, pero mantenía disciplina.
No era un ejército derrotado.
Era un ejército cansado que todavía sabía combatir.
Y eso podía ser peor.
Karim escuchó durante largo tiempo.
No propuso una carga gloriosa.
No pidió hombres para demostrar valor.
Pensó en su padre. En Zahir. En Rostam. En los trescientos veinte cautivos. En todas las veces que la guerra había castigado a quienes confundían coraje con prisa.
Dastan señaló el mapa.
—La artillería es el problema del primer asalto.
Uno de los oficiales asintió.
—Lo sabemos.
—Entonces no la dejemos decidir la batalla.
El oficial lo observó con cierta impaciencia.
—¿Y qué propones?
Dastan miró a Karim.
Durante meses ambos habían aprendido a entenderse sin necesidad de largas explicaciones. Karim veía la batalla como un conjunto. Dastan veía grietas. Uno organizaba. El otro encontraba el lugar por donde una organización podía romperse.
Karim habló.
—Que el primer asalto no busque vencer al ejército. Que busque quitarle aquello que le permite controlar la llanura.
No explicó más de lo necesario. No hacía falta convertir el consejo en una lección.
Bastaba con definir el objetivo: obligar a la artillería otomana a perder su capacidad de sostener el frente y, al mismo tiempo, impedir que la caballería encontrara un campo abierto donde pudiera decidir la jornada.
Mendoza estudió el mapa.
—Si eso funciona, el segundo golpe será diferente.
—Si funciona —repitió Karim.
Dastan cruzó los brazos.
—Funcionará.
Karim lo miró.
—Esa seguridad tuya algún día va a matarte.
—Pero no hoy.
Nadie respondió.
En el exterior comenzaron a sonar tambores.
Aylin estaba sola cuando los escuchó.
Había terminado de revisar a sus arqueros.
Algunos la conocían desde Isfahán. Otros únicamente habían oído historias sobre ella.
Ya no intentaba demostrar nada. Caminaba entre ellos corrigiendo posiciones, revisando cuerdas, preguntando nombres y obligando a comer a quienes llevaban demasiado tiempo con el estómago vacío.
El ejército enemigo encendió fuegos al otro lado de la llanura.
Cientos.
Parecían estrellas caídas.
Aylin pensó en Emir.
Lo imaginó lejos, cabalgando hacia su pueblo.
Deseó que estuviera allí.
Después se odió por desearlo.
Él se había marchado porque necesitaba hacerlo. Ella había decidido no perseguirlo. La guerra no tenía derecho a convertir aquella decisión en arrepentimiento.
Se sentó junto a una carreta.
Shirin apareció sin hacer ruido.
—Sigues peleando con alguien que no está presente.
Aylin no levantó la vista.
—Y tú sigues metiéndote donde nadie te llama.
—Es una de mis virtudes.
—No es una virtud.
Shirin se sentó.
Durante varios minutos ninguna habló.
—Mañana puede terminar —dijo Aylin.
—La batalla.
—La guerra.
Shirin negó.
—Las guerras tardan más en terminar que las batallas.
Aylin apretó la mandíbula.
—Entonces mañana terminará nuestra parte.
Shirin la miró.
—Eso sí puede ser.
Aylin tocó la carta debajo de su ropa.
—No sé qué voy a hacer después.
—Sobrevive primero. Decide después.
Era una frase sencilla.
Aylin la aceptó.
El amanecer llegó rojo.
No por sangre.
Por el sol atravesando el polvo.
Los dos ejércitos comenzaron a moverse antes de que la luz terminara de extenderse sobre la llanura. Las unidades persas ocuparon posiciones. Los oficiales cabalgaron de un extremo al otro. Los tambores otomanos respondieron desde la distancia.
Karim montó.
Dastan estaba a su lado.
Harun esperaba más atrás con una unidad de reserva. Mendoza preparaba a sus hombres. Aylin permanecía con los arqueros.
Rostam, incapaz todavía de combatir con libertad, se quedó cerca de los mensajeros.
Karim miró a Dastan.
—Primer asalto.
Dastan sonrió.
—Por fin.
—No te mueras.
—Eso arruinaría mi reputación.
La señal llegó.
El campo entero pareció despertar.
El primer avance persa no fue una sola masa.
Fueron grupos moviéndose con propósitos distintos, cubriéndose unos a otros, obligando al enemigo a repartir su atención.
El estruendo de la artillería otomana llegó como un golpe lejano y pesado.
La tierra vibró. Hombres se agacharon por instinto. Caballos se resistieron a avanzar.
Karim no miró hacia atrás.
Dastan tampoco.
Su objetivo estaba delante.
El humo comenzó a cubrir parte del frente y convirtió la llanura en un lugar de sombras.
A través de aquella confusión, Karim y Dastan condujeron a sus hombres hacia la zona que habían señalado durante la noche.
No necesitaban conquistarla para siempre.
Solo necesitaban inutilizar la ventaja que representaba.
Dastan desaparecía entre grupos y reaparecía donde menos lo esperaban. Su agilidad seguía pareciendo imposible incluso después de meses de verla. Karim avanzaba de otra manera: observaba, ordenaba, corregía y mantenía a los hombres unidos.
Funcionaban como dos mitades de una misma idea.
Cuando una unidad se detenía, Karim la reorganizaba.
Cuando una posición parecía cerrada, Dastan encontraba otra posibilidad.
El primer objetivo cayó antes de lo previsto.
El segundo costó más.
La resistencia otomana se endureció cuando comprendieron lo que los persas intentaban conseguir. Los artilleros comenzaron a retirar parte de sus piezas y las unidades cercanas cerraron filas.
Dastan vio a Karim entre el humo.