EL FILO DE PERSIA Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro #4
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Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro #4

Rostam encontró su lugar con rapidez.

Su pierna todavía le impedía correr, pero no necesitaba hacerlo para demostrar su valor. Extendía mapas, corregía rutas y recordaba detalles que otros ignoraban. Conocía pozos ocultos, senderos de pastores y pasos entre colinas que podían permitir el movimiento de pequeñas unidades.

Dastan se burlaba de él constantemente.

Rostam respondía recordándole historias de infancia que Dastan prefería mantener enterradas.

—Cuéntales la del gallinero —dijo una noche.

Dastan lo señaló.

—Si cuentas la del gallinero, regreso por los otomanos y les digo dónde estás.

Harun rio.

—Ahora tienes que contarla.

—No existe ninguna historia.

Rostam sonrió.

—Dastan tenía doce años y juró que podía entrar a cualquier lugar.

—Rostam.

—Entró.

—Bien.

—No pudo salir.

Harun golpeó la mesa riendo.

Incluso Karim sonrió.

Aylin permaneció en silencio.

La ausencia de Emir ocupaba un lugar visible aunque nadie lo nombrara.

Dastan dejó de provocarla.

Era quizá la forma más extraña de respeto que podía ofrecer.

Una tarde, Shirin encontró a Aylin afilando el shamir con demasiada fuerza.

—Vas a destruir el filo.

—No.

—Ya lo estás haciendo.

Aylin continuó.

Shirin le quitó la piedra.

—Devuélvela.

—Cuando dejes de castigar al metal.

Aylin la miró con furia.

La mujer no se impresionó.

—Perdiste a alguien.

—A mi padre.

—No hablaba de él.

Aylin se puso de pie.

—No sabes nada.

—Sé reconocer cuando una persona está peleando con alguien que no está presente.

Aylin recuperó la piedra.

—Ocúpate de Harun.

Shirin sonrió apenas.

—Harun ya empezó a ocuparse de sí mismo.

La frase la persiguió el resto del día.

Al caer la noche llegaron jinetes desde el este.

Esta vez no eran mensajeros agotados.

Eran oficiales.

Traían órdenes selladas.

Karim fue llamado al patio principal.

Mendoza, Dastan, Rostam, Harun, Aylin y los capitanes de las unidades cercanas se reunieron.

El oficial de mayor rango abrió el documento.

—La concentración ha comenzado.

Nadie habló.

—Las fuerzas del Shah se están reuniendo. Las unidades dispersas deberán abandonar posiciones secundarias y marchar hacia los puntos designados. Los próximos enfrentamientos decidirán el control de las rutas occidentales.

Karim preguntó cuánto tiempo tenían.

—Tres días.

Mendoza cruzó los brazos.

—¿Y esta fortaleza?

—Quedará con una guarnición reducida.

Dastan miró las murallas.

Había ayudado a tomarlas.

Había ayudado a defenderlas.

Ahora tenían que abandonarlas parcialmente para una batalla mayor.

La guerra era así.

Convertía una fortaleza en el centro del mundo durante una semana y después la reducía a un punto sobre un mapa.

El oficial continuó.

—No será otra escaramuza. No será otra incursión. Los ejércitos están convergiendo.

Harun levantó la cabeza.

—¿Las batallas finales?

El oficial tardó en responder.

—Las batallas que decidirán si seguimos avanzando o volvemos a perder todo lo recuperado.

Karim observó a su grupo.

Harun estaba vivo.

Dastan había encontrado a Rostam.

Aylin había perdido a Farid.

Emir se había marchado.

Shirin había llegado desde una columna de cautivos y se había quedado como si siempre hubiera pertenecido al campamento.

Habían rescatado a cientos.

Habían perdido amigos.

Habían tomado fortalezas.

Habían visto cómo la guerra transformaba hombres buenos en traidores, enemigos en hermanos y sobrevivientes en algo que ya no sabía regresar a la vida anterior.

Karim sintió que todo aquello había sido preparación.

El verdadero golpe todavía estaba por llegar.

Durante los siguientes tres días desmontaron el campamento.

Los rescatados capaces de luchar fueron evaluados y distribuidos entre unidades. Los demás serían enviados hacia zonas seguras. Rostam pidió permanecer con Dastan.

Karim aceptó.

Shirin anunció que también marcharía.

—No eres soldado —dijo Karim.

—Precisamente. Tendrán demasiados soldados y muy poca gente capaz de impedir que mueran después.

Harun sonrió.

—Yo voto porque venga.

Karim negó con resignación.

—Esto no es una votación.

—Entonces ordena lo mismo.

Shirin miró a Karim.

—El gigante aprende rápido.

Aylin preparó sus cosas en silencio.

Encontró la carta de Emir.

La leyó otra vez.

Esta vez no sintió rabia.

Sintió miedo.

No sabía si él llegaría a su pueblo.

No sabía si volverían a verse.

No sabía qué habría respondido si la guerra les hubiera concedido un año de paz en lugar de una noche entre batallas.

Doblando la carta, comprendió que no podía resolverlo ahora.

Había cosas que ni siquiera una espada podía obligar a responder.

Guardó el papel junto a la tela de Farid.

Uno representaba a un hombre que había perdido.

El otro a uno que había dejado ir.

Al amanecer, la columna comenzó a marchar.

Karim iba al frente.

Dastan y Rostam avanzaban cerca de los exploradores.

Harun caminaba con una tranquilidad que semanas atrás parecía imposible.

Shirin viajaba en una carreta, insultando a cualquiera que intentara mover sus bolsas.

Mendoza dirigía a sus hombres unos metros atrás.

Aylin cabalgaba sola.

El sol apareció sobre las montañas.

En el oeste, el horizonte estaba cubierto por una línea de humo.

Allí los esperaban los ejércitos.

Allí se reunirían las fuerzas que llevaban meses avanzando, retrocediendo, muriendo y sobreviviendo.

Allí la guerra dejaría de ser una sucesión de pequeñas historias.

Se convertiría en una sola batalla enorme.

Dastan miró a Rostam.

—¿Recuerdas el muro de los higos?

—Sí.

—Era más alto.

Rostam soltó una carcajada.

—Mentiroso.

Karim los escuchó y negó con la cabeza.

Harun sonrió.

Aylin no.

Ella miraba hacia el oeste.

Pensaba en Farid.

Pensaba en Emir.

Pensaba en todos los hombres que habían rescatado de las cadenas y en todos aquellos que no habían podido salvar.

Su tristeza seguía allí.

Pero ya no era una herida abierta.

Era combustible.

Peligroso.

Ardiente.

Karim se acercó con su caballo.

—Cuando lleguemos, necesito que seas tú.

Aylin lo miró.

—¿Quién más sería?

—Eso intento averiguar.

Ella entendió.

Después de unos segundos asintió.

—No voy a perderme.

Karim miró el horizonte.

—Bien.

La columna continuó.

Detrás quedaban las fortalezas conquistadas.

Delante esperaba la concentración de los ejércitos.

Y en algún camino lejano, Emir cabalgaba hacia el pueblo que había abandonado, llevando consigo la certeza amarga de que amar a alguien no obligaba a esa persona a estar preparada para responder.

La guerra todavía no había terminado con ellos.

Solo estaba reuniendo a todos para el golpe final.