EL FILO DE PERSIA Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro #3
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Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro #3

La primera noche Harun gritó.

La segunda rompió una vasija contra la pared.

La tercera durmió.

Durmió desde antes de la medianoche hasta que el sol estuvo alto.

Cuando despertó, miró sus manos.

No temblaban.

Shirin estaba sentada afuera.

Harun salió.

—¿Se fue?

—¿Quién?

—La voz.

Shirin bebió agua.

—Las voces no se van porque alguien se los ordene.

Harun se sentó frente a ella.

—No la escucho.

—Entonces aprovecha el silencio.

—¿Estoy curado?

Shirin lo miró con dureza.

—Estás vivo. No seas ambicioso.

Harun soltó una carcajada.

Fue la primera carcajada verdadera en semanas.

Aylin la escuchó desde el otro lado del patio y sonrió.

Karim también.

La tensión que había rodeado al gigante comenzó a desaparecer lentamente. No todos confiaron de inmediato. Algunos soldados seguían apartándose cuando Harun pasaba. Él ya no se enfurecía por eso. Había aprendido que el miedo de los demás era una deuda que tendría que pagar con tiempo.

Shirin permaneció en el campamento.

No pidió dinero.

Pidió comida, una tienda y que nadie tocara sus bolsas.

Dastan intentó mirar dentro de una.

Shirin le golpeó los dedos con una cuchara de madera.

Rostam se rio durante tanto tiempo que tuvo que sentarse por el dolor de la pierna.

La llegada de Rostam y la recuperación de Harun parecieron devolver al grupo una pequeña parte de aquello que la guerra les había quitado.

Pero la guerra siempre cobraba otra cosa.

Emir llevaba días buscando un momento para hablar con Aylin.

La batalla, el rescate y los heridos habían pospuesto una conversación que en su cabeza se volvía más urgente con cada amanecer.

Había escuchado a Aylin decirle que lo quería.

Había sentido su mano. Había imaginado un futuro que probablemente ninguno tenía derecho a imaginar mientras los ejércitos se preparaban para destruirse.

Una noche la encontró cerca de la muralla oriental.

Aylin limpiaba su shamir.

—Necesito decirte algo.

Ella no levantó la vista.

—Eso nunca empieza bien.

Emir sonrió, pero la sonrisa murió rápido.

—No sé cuánto tiempo tenemos.

Aylin dejó el arma.

—Nadie lo sabe.

—Precisamente.

Él habló sin la seguridad de un soldado.

Le dijo que desde que la había conocido había dejado de pensar únicamente en sobrevivir. Que cuando combatía buscaba su silueta entre el humo. Que cuando imaginaba el final de la guerra, ella aparecía en ese final.

Aylin escuchó.

No lo interrumpió.

Emir dio un paso.

—Te amo.

La palabra quedó entre ambos.

Aylin abrió la boca.

No encontró respuesta.

Emir interpretó el silencio como miedo.

O como permiso.

Se inclinó y le robó un beso breve.

Aylin se quedó inmóvil.

No lo apartó con violencia.

Pero tampoco respondió.

Cuando Emir retrocedió, encontró en su rostro algo que no esperaba.

No rechazo.

No amor.

Confusión.

—Emir…

Él entendió antes de que ella terminara.

—No.

—Escúchame.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Emir retrocedió.

—Pensé que…

—Lo sé.

—Dijiste que me querías.

—Y te quiero.

—Pero no así.

Aylin guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Emir bajó la mirada.

La vergüenza fue peor que cualquier herida que hubiera recibido.

—Perdóname.

—No quería hacerte daño.

—No lo hiciste.

Era mentira.

Ambos lo sabían.

Emir se marchó antes de que Aylin pudiera detenerlo.

Ella permaneció junto a la muralla con una rabia que no sabía contra quién dirigir.

Contra Emir por haber confundido sus sentimientos.

Contra ella por no haber sabido explicarlos.

Contra la guerra por obligarlos a hablar de amor como si el amanecer pudiera ser el último.

Esa noche Emir preparó su caballo.

No habló con Karim.

No habló con Harun.

Ni siquiera insultó a Dastan.

Dejó su equipo militar, tomó una capa, agua y algo de comida.

Antes de salir escribió una carta.

La dobló una vez.

La dejó bajo la funda del shamir de Aylin.

Y abandonó el campamento antes del amanecer.

Solo ella sabría por qué.

Cuando Aylin encontró la carta, Emir llevaba horas de ventaja.

La abrió con manos tensas.

No era larga.

Emir le decía que no podía permanecer a su lado esperando una respuesta que ella no estaba obligada a darle.

Le pedía perdón por el beso. Le explicaba que regresaría a su pueblo, al lugar del que había salido antes de que el ejército otomano lo convirtiera en soldado y la guerra lo convirtiera en desertor.

No la culpaba.

Eso hizo que Aylin se enfureciera todavía más.

Corrió hacia los establos.

El espacio de Emir estaba vacío.

Karim la encontró allí.

—¿Dónde está?

Aylin apretó la carta.

—Se fue.

Karim tardó un segundo.

—¿Quién?

—Emir.

Dastan apareció detrás.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿A dónde?

—A su pueblo.

—¿Solo?

Aylin asintió.

Karim extendió la mano.

Ella no le entregó la carta.

—Es mía.

Karim bajó la mano.

—¿Por qué se fue?

Aylin lo miró.

—Porque esta maldita guerra destruye todo lo que toca.

Golpeó una columna de madera con el puño.

—Nos obliga a decidir demasiado rápido. A matar demasiado rápido. A querer demasiado rápido. Todo tiene que ser hoy porque mañana alguien puede estar muerto.

Dastan no hizo ninguna broma.

Rostam, que había llegado cojeando, se quedó en silencio.

Karim preguntó si quería ir tras él.

Aylin miró hacia la puerta.

Durante unos segundos quiso decir que sí.

Después negó.

—Si decidió irse, no voy a arrastrarlo de regreso.

Guardó la carta bajo su ropa.

—Pero si la guerra se lo traga también, juro que voy a cobrar cada maldito día.

Desde aquella mañana Aylin cambió.

No se volvió cruel con los suyos.

Se volvió implacable con el enemigo.

En las escaramuzas posteriores avanzaba antes que otros, gritaba órdenes con una fuerza que sorprendía a los veteranos y perseguía cada oportunidad de romper una posición rival. Ya no peleaba para demostrar que pertenecía al ejército. Ya no peleaba por la admiración de nadie.

Peleaba contra la guerra misma.

Era una contradicción brutal.

Intentaba castigar a la guerra destruyendo a los hombres que la alimentaban.

Karim lo vio.

Dastan también.

Harun fue quien se atrevió a decirlo.

—Te estás pareciendo a Karim cuando mató a Zahir.

Aylin se volvió.

—No me compares.

—Entonces no me obligues.

Ella apretó el shamir.

Harun no retrocedió.

—La rabia sirve para levantar un arma. No sirve para decidir dónde bajarla.

Aylin recordó que meses atrás había sido ella quien intentó enseñarle eso a Karim.

Ahora la frase regresaba desde la boca del hombre que casi la había atacado.

La ironía era insoportable.

—No estoy perdiendo el control.

Harun señaló el campo.

—Eso dije yo.

Aylin se marchó.

Pero aquella noche no durmió.

Dos días después llegó otro mensajero.

No venía del frente.

Venía de Isfahán.

Aylin lo reconoció por el sello comercial cosido en la bolsa.

El mismo símbolo que había visto cientos de veces en las mercancías de su padre.

Sintió que el estómago se cerraba.

El hombre preguntó por ella.

Aylin caminó hacia él.

—Soy Aylin, hija de Farid.

El mensajero bajó la mirada.

Karim, que estaba cerca, comprendió antes de escuchar una palabra.

Aylin no.

O no quiso comprender.

—Habla.

—Tu padre enfermó hace varias semanas.

Aylin dejó de respirar.

—¿Qué enfermedad?

—Fiebre. Al principio parecía pequeña. Continuó trabajando. No quiso cerrar el negocio. Después empeoró.

—¿Dónde está?

El mensajero tragó saliva.

—Murió hace nueve días.

El mundo siguió moviéndose.

Eso fue lo más insoportable.

Un caballo pasó detrás.

Un herrero golpeó metal.

Alguien gritó una orden desde la muralla.

El viento movió una bandera.

Todo continuó.

Farid había muerto y el mundo tuvo la insolencia de continuar.

Aylin no lloró.

No en ese momento.

—¿Estaba solo?

—No.

—¿Preguntó por mí?

El mensajero dudó.

—Todos los días.

Aylin cerró los ojos.

Recordó la última conversación.

Recordó a Farid diciéndole que regresara si su vida estaba en peligro.

Su vida llevaba años en peligro.

Nunca regresó.

Karim se acercó.

Aylin levantó una mano.

—No.

Él se detuvo.

—No me digas nada.

Karim obedeció.

Aylin tomó la bolsa que el mensajero llevaba. Dentro había una pequeña pieza de tela, un trozo de una de las primeras sedas que Farid había comerciado cuando ella era niña, y una nota escrita por otra mano con las últimas palabras que él había pedido enviar.

No eran palabras de reproche.

Eso la destruyó.

Farid decía que estaba orgulloso.

Que nunca había entendido por completo el camino de su hija, pero que había aprendido a respetarlo.

Que no regresara por culpa.

Que regresara cuando pudiera hacerlo siendo libre.

Aylin caminó fuera del campamento.

Nadie la siguió.

Llegó hasta una zona de rocas desde donde apenas se veía la fortaleza.

Allí cayó de rodillas.

No gritó al principio.

Después sí.

Maldijo a los otomanos.

Maldijo a Persia.

Maldijo a los generales.

Maldijo a los reyes.

Maldijo a los dioses que aceptaban sacrificios y seguían permitiendo que los padres murieran esperando a sus hijos.

Y finalmente maldijo la guerra.

—¡Maldita seas! —gritó hacia el valle—. ¡Maldita seas!

Su voz regresó convertida en eco.

No hubo respuesta.

Nunca la había.

Cuando volvió al campamento, sus ojos estaban secos.

Eso preocupó más a Karim que verla llorar.

Aylin pidió una misión.

Karim se negó.

Pidió otra.

Volvió a negarse.

Al tercer intento, ella golpeó la mesa.

—No necesito que me protejas.

—No te estoy protegiendo.

—Entonces dame hombres.

—No.

—¿Por qué?

Karim sostuvo su mirada.

—Porque ahora mismo no quieres ganar una batalla. Quieres castigar a alguien.

Aylin apretó la mandíbula.

—¿Y qué diferencia hay?

—Toda.

El silencio se hizo pesado.

Karim tocó la cicatriz de su rostro.

—Yo aprendí tarde.

Aylin entendió.

Zahir.

El hombre que Karim había matado sin rabia y que después había cargado como una sombra.

—No soy tú.

—Espero que no.

Aylin salió furiosa.

Pero no desobedeció.

Los días siguientes la guerra continuó acercándose a su desenlace.

Llegaron columnas persas desde el este.

Unidades de caballería ocuparon los caminos.

Los almacenes comenzaron a llenarse de grano, flechas, pólvora y vendajes.

Los españoles de Mendoza recibieron órdenes de concentrarse con otras fuerzas aliadas. Los herreros trabajaban durante la noche. Los exploradores iban y venían sin descanso.