Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro #2
Un oficial vio a Dastan junto a la primera cadena.
Gritó.
Dastan lanzó la herramienta que llevaba en la mano y derribó la lámpara del hombre. Aylin apareció desde un costado y lo desarmó antes de que pudiera alcanzar su silbato.
—Rápido —dijo ella.
—Eso intento.
Dastan trabajó sobre el cierre.
No era una cerradura elegante. Era hierro tosco, grueso y diseñado para resistir golpes.
Sonrió.
—Esto sí me ofende.
—Dastan.
—Ya voy.
El cierre cedió.
La primera cadena cayó.
Los prisioneros tardaron unos segundos en comprender.
Karim llegó hasta ellos.
—Persas. Escuchen. No venimos a pelear aquí. Venimos a sacarlos. Los que puedan caminar ayudarán a los heridos. Los que sepan usar un arma tomarán solamente las necesarias. Nadie se separa.
Un hombre de barba enmarañada levantó la cabeza.
—¿Quién eres?
—El que está abriendo la puerta. Muévete.
La respuesta bastó.
La noticia corrió entre los cautivos.
Dastan avanzó hacia la segunda línea.
Y entonces se detuvo.
No fue una pausa normal.
Fue como si alguien le hubiera clavado los pies a la tierra.
Aylin lo vio mirar entre los prisioneros.
Un hombre delgado, con el cabello largo pegado al rostro por el polvo, estaba sentado junto a una rueda rota. Tenía una ceja partida y una pierna vendada. Al escuchar el ruido levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron a Dastan.
Durante un instante la guerra desapareció.
—No puede ser —murmuró Dastan.
El prisionero parpadeó.
Después sonrió.
—Tardaste demasiado.
Dastan cruzó el espacio de tres pasos como si fueran ninguno.
Se arrodilló frente a él.
—Rostam.
Aylin nunca había escuchado aquella voz en Dastan.
No había burla.
No había desafío.
Solo incredulidad.
Rostam Darvishi había crecido con Dastan en un barrio miserable cercano a las rutas de montaña.
No era un guerrero legendario ni un noble caído.
Era hijo de un curtidor que murió cuando él era niño y de una mujer que sobrevivió cosiendo sandalias para caravanas.
Conoció a Dastan cuando ambos intentaron trepar el mismo muro para robar higos de un huerto.
Dastan cayó dentro. Rostam cayó encima de él.
El dueño los persiguió durante medio pueblo y aquella huida se convirtió en amistad.
Después vinieron otros muros.
Otros huertos.
Techos.
Mercados.
Panes robados para comer.
No robaban por aventura. Robaban porque el hambre era más rápida que la vergüenza.
Dastan aprendió a trepar.
Rostam aprendió a observar.
Uno encontraba la entrada.
El otro encontraba la salida.
Con los años tomaron caminos distintos. Dastan terminó entre soldados y fortalezas. Rostam se convirtió en explorador de caravanas y más tarde en guía militar, capaz de recordar un camino después de recorrerlo una sola vez.
Y ahora estaba encadenado en mitad de una columna destinada a desaparecer hacia el oeste.
—Pensé que estabas muerto —dijo Dastan.
—Yo pensé que te habían colgado.
—Lo intentaron.
—Me alegra que sigas siendo difícil de matar.
Aylin cortó la conversación.
—Pueden recordar su infancia cuando salgamos.
Rostam la miró.
—¿Siempre habla así?
Dastan recuperó parte de su sonrisa.
—Es de las amables.
La alarma comenzó a extenderse.
Karim gritó la segunda señal.
Los arqueros dispararon desde las alturas, no contra la masa de soldados, sino contra lámparas, monturas y puntos de paso. La oscuridad se convirtió en aliada.
Emir interceptó a dos guardias que intentaban alcanzar el centro. Los obligó a retroceder y gritó en otomano que una fuerza persa atacaba desde el norte.
Era mentira.
Funcionó.
Media escolta giró hacia un enemigo inexistente.
Dastan abrió otra cadena.
Luego otra.
Los prisioneros comenzaron a moverse.
Algunos recogieron armas abandonadas. Otros ayudaron a los heridos. Rostam intentó ponerse de pie y casi cayó.
Dastan lo sostuvo.
—No me cargues.
—Cállate.
—Puedo caminar.
—Entonces camina más rápido.
Rostam sonrió.
—Sigues mandando mal.
El primer grupo alcanzó el arroyo seco.
Karim había calculado que la retirada sería el momento más peligroso. Trescientos veinte hombres no podían desaparecer. La única posibilidad era convertirlos en una corriente humana que avanzara sin detenerse.
Los exploradores marcaron la ruta.
Los cautivos caminaron.
Cuando los otomanos comprendieron lo que ocurría, ya habían perdido el centro del convoy.
Un grupo intentó cerrar la salida del desfiladero.
Aylin se adelantó con Karim.
No combatió con elegancia.
Combatió con urgencia.
Cada movimiento buscaba abrir espacio. Cada segundo comprado significaba diez hombres más fuera del cerco.
Emir llegó detrás.
Dastan no estaba.
Karim miró hacia el campamento.
—¿Dónde está?
Aylin señaló.
Dastan había regresado.
Rostam estaba fuera, pero quedaban prisioneros en la última línea.
—Maldito loco —murmuró Karim.
Dastan corrió entre las carretas.
Un guardia lo vio y se lanzó contra él. Dastan esquivó el golpe, utilizó el costado de una carreta para impulsarse y cayó detrás del hombre. No se detuvo.
Llegó hasta la última cadena.
Había nueve cautivos.
Uno de ellos era demasiado viejo para ser soldado. Probablemente un auxiliar.
—¿Puedes abrirla? —preguntó.
Dastan examinó el cierre.
—Puedo insultarla hasta que se abra.
El hombre lo miró sin entender.
—Es una broma
—No es buena, dalagak
—Eso dicen.
El hierro cedió.
La última columna quedó libre.
Entonces un cuerno sonó desde el camino.
Refuerzos.
Karim escuchó el eco.
—¡Fuera! ¡Todos fuera!
Los persas comenzaron a abandonar el desfiladero.
Dastan llegó con los últimos nueve.
Los refuerzos otomanos aparecieron cuando el campamento ya estaba prácticamente vacío.
Karim ordenó retirada completa.
Nadie persiguió a los enemigos.
Nadie intentó incendiar el resto de las carretas.
Nadie se quedó buscando gloria.
Habían ido por vidas.
Regresaban con vidas.
Al amanecer contaron a los rescatados.
Trescientos doce podían caminar.
Cinco necesitaban ser transportados.
Tres habían muerto antes de que comenzara la operación, víctimas de heridas y enfermedad sufridas durante el cautiverio.
De los ocho hombres que habían entrado, todos regresaron.
Uno de los exploradores tenía una herida en el brazo.
Emir llevaba un golpe en la mandíbula.
Aylin tenía la túnica rasgada.
Karim había perdido su cuchillo.
Dastan había encontrado un hermano.
Para Karim, aquello era una victoria más grande que tomar una torre.
No porque hubieran humillado al enemigo.
Porque habían negado a la guerra trescientas diecisiete vidas que todavía podían regresar a casa o volver a combatir.
Rostam viajó junto a Dastan.
Hablaba poco, pero observaba todo.
Al llegar a la fortaleza miró las murallas, las posiciones de los arqueros, los almacenes y las rutas de escape antes de preguntar dónde podía sentarse.
Karim lo notó.
—Dastan dice que eres explorador.
Rostam miró a su amigo.
—Dastan dice muchas cosas.
—Dice que conoces caminos.
—Los suficientes.
Karim señaló el oeste.
—Necesitaré hombres que sepan encontrar rutas cuando las carreteras estén tomadas.
Rostam se puso de pie a pesar de la pierna.
—Entonces necesitarás uno que sepa cuándo una ruta es una trampa.
Dastan cruzó los brazos.
—Te dije que servía.
Rostam lo miró.
—Tú no sirves. Tú sobrevives.
Karim sonrió.
—Bienvenido.
Así, sin ceremonia, Rostam Darvishi se unió al grupo.
No como sustituto de nadie.
Zahir seguía siendo una herida que no debía cubrirse con otro nombre.
Rostam era otra cosa.
Era una parte del pasado de Dastan que había regresado cuando todos creían que el pasado solo sabía convertirse en cadáver.
Mientras los rescatados recibían agua y alimento, una conmoción se produjo cerca de las tiendas de los civiles. Varios soldados llevaron ante Karim a una mujer que había sido encontrada entre los cautivos.
No vestía como soldado.
Llevaba collares de semillas, pequeños recipientes de barro y una bolsa de cuero llena de raíces secas. Su cabello era completamente blanco, pero caminaba erguida. Sus ojos oscuros parecían examinar a cada hombre antes de que este hablara.
—Dice que es curandera —explicó un soldado.
La mujer lo corrigió.
—No dije eso.
Karim levantó una ceja.
—¿Entonces qué eres?
—Lo que ustedes llaman cuando sus médicos ya dijeron que no pueden hacer nada.
Aylin, que acababa de llegar, sintió un escalofrío.
Recordó a la anciana que había salvado a Harun.
Recordó las palabras.
El precio.
Harun permanecía en una tienda apartada. Desde la batalla no había vuelto a perder el control, pero las noches eran peores. Despertaba empapado en sudor, asegurando que escuchaba una voz. A veces tenía que salir del campamento y caminar hasta que amaneciera para evitar estar cerca de los demás.
Karim miró a la mujer.
—Tengo un hombre enfermo.
—Todos los hombres de este lugar están enfermos.
—Este de otra manera.
La mujer sostuvo su mirada.
—Llévame.
Se llamaba Shirin-e Siah, aunque algunos la llamaban simplemente Shirin. Había vivido durante años entre aldeas de montaña, aprendiendo remedios de mujeres que conocían plantas, fiebres y heridas mucho antes de que un médico llegara a esos pueblos. Otros aseguraban que practicaba hechicería.
Ella nunca se molestaba en negarlo.
Cuando entró en la tienda de Harun, el gigante retrocedió.
—No.
Shirin lo observó.
—Ya te tocaron.
Harun palideció.
Karim cerró la entrada.
—¿Qué quieres decir?
La mujer ignoró la pregunta.
Se acercó a Harun.
—Una mujer vieja.
Harun respiró con dificultad.
—Sí.
—¿Te hizo beber algo?
—No recuerdo.
—¿Quemó hierbas?
Harun asintió.
Shirin miró la cicatriz de la herida, después sus ojos.
—No estás poseído.
Aylin soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Harun no pareció aliviado.
—Entonces ¿qué demonios me pasa?
—Te curaron un cuerpo que estaba muriendo y dejaron tu mente atrapada en el miedo.
Karim frunció el ceño.
—¿Puedes ayudarlo?
Shirin abrió su bolsa.
—Puedo intentarlo.
No hubo rayos ni palabras capaces de mover objetos.
Hubo humo amargo.
Agua hervida con raíces.
Paños fríos.
Horas de vigilancia.
Y también hubo palabras que ninguno comprendió, pronunciadas mientras Shirin dibujaba un círculo de ceniza alrededor del lecho de Harun.
Aylin quiso preguntar.
No lo hizo.