Capítulo Ocho — Los que regresan del hierro
La primera oleada otomana golpeó la fortaleza como una tormenta de hierro.
Desde las almenas, Karim observó cómo la infantería enemiga avanzaba bajo escudos levantados, mientras los arcabuceros de Mendoza respondían desde la torre sur.
El estruendo de las armas se mezcló con los tambores, los gritos de mando y el choque de las flechas contra la piedra.
No había espacio para discursos ni para heroísmos inútiles.
Cada hombre tenía una posición, cada posición una función y cada error podía abrir una grieta por la que entrara la muerte.
Aylin dirigía a los arqueros con una energía que meses atrás habría sorprendido incluso a ella misma.
Esperaba hasta que los atacantes estuvieran dentro de alcance y entonces daba la orden.
Las descargas caían sobre las primeras líneas, obligándolas a romper formación.
Emir combatía cerca de Karim, todavía bajo una bandera que no era la de su nacimiento, pero que había elegido defender.
Dastan corría por las murallas como si la piedra fuera una extensión de su cuerpo, apareciendo donde una escalera amenazaba con alcanzar el parapeto y desapareciendo antes de que los soldados pudieran seguirlo con la mirada.
Harun permanecía junto a Karim.
No porque fuera el más fuerte.
Porque Karim necesitaba verlo.
Durante los primeros minutos el gigante se mantuvo firme. Respiraba con violencia, apretaba el mango de su arma y observaba al enemigo sin lanzarse contra él. La furia seguía allí, agazapada en algún lugar de su cabeza, pero esta vez Harun parecía sostenerla con las dos manos.
Cuando un grupo otomano consiguió alcanzar una de las plataformas exteriores, Karim dio la orden.
—Ahora.
Harun avanzó.
No hubo locura. No hubo aquel vacío aterrador en sus ojos. Hubo disciplina.
Su fuerza hizo retroceder a los primeros hombres y permitió que los defensores cerraran el paso. Dastan apareció desde una escalera lateral, golpeó una cuerda de asalto con el filo y gritó a los soldados que empujaran una escalera antes de que otros enemigos pudieran subir.
La defensa duró casi dos horas.
Dos horas de humo, polvo, órdenes y miedo.
Finalmente los tambores cambiaron de ritmo.
Los atacantes comenzaron a retirarse.
Nadie celebró inmediatamente. Karim había aprendido que una retirada podía ser solamente la respiración que antecedía a un segundo golpe.
Ordenó mantener las posiciones, contar municiones y revisar cada entrada.
Mendoza hizo lo mismo con sus hombres. Los españoles habían gastado más pólvora de la que podían permitirse y los persas habían perdido demasiadas flechas.
Fue entonces cuando apareció el mensajero.
Llegó montando un caballo cubierto de espuma, con la túnica rota y una venda oscura alrededor del brazo. Dos guardias estuvieron a punto de detenerlo, pero el hombre gritó el nombre de Karim antes de caer de la silla.
Karim bajó de la muralla.
El mensajero intentó ponerse de pie.
—Comandante… vienen del norte.
—¿Cuántos?
—No hablo de los que atacan.
Karim se inclinó.
—Entonces habla.
El hombre respiró con dificultad.
—Prisioneros. Persas. Un convoy otomano tiene alrededor de trescientas veinte unidades capturadas. Soldados, exploradores y auxiliares. Los reunieron después de tomar dos puestos de paso. Los llevan hacia el oeste. Dicen que serán enviados como esclavos a tierras otomanas.
El patio quedó en silencio.
Dastan, que acababa de bajar de las almenas, dejó de sonreír.
Karim preguntó por la ruta.
El mensajero señaló hacia el noroeste.
—Marchan por un camino secundario. Evitan las posiciones principales.
Tienen guardias suficientes para impedir una fuga, pero no esperan un ataque.
Mañana cruzarán el desfiladero de Darband-e Sorkh.
Después alcanzarán terreno abierto. Si pasan de allí, será imposible alcanzarlos sin abandonar esta fortaleza.
Karim miró las murallas.
Acababan de rechazar un asalto. El enemigo seguía cerca. Sacar una fuerza numerosa para rescatar prisioneros podía costarles la posición que habían conquistado.
Pero dejar marchar a trescientos veinte hombres significaba aceptar que Persia perdiera soldados que todavía podían luchar.
Y significaba algo peor.
Aceptar que hombres que habían combatido bajo su misma bandera fueran encadenados y vendidos lejos de su tierra.
Karim pidió un mapa.
Lo extendieron sobre una mesa de madera todavía cubierta de polvo.
Mendoza, Emir, Aylin, Dastan y dos oficiales persas se reunieron alrededor. Harun permaneció a cierta distancia. No pidió participar.
Karim estudió el desfiladero.
El camino se estrechaba entre dos paredes de roca y descendía hacia una zona donde un arroyo seco cortaba la ruta. Si el convoy llegaba hasta allí, tendría que reducir su formación. Era el único lugar donde una fuerza pequeña podía multiplicar su efecto.
—No podemos mandar cien hombres —dijo Mendoza—. Los otomanos volverán.
—Ni cincuenta —respondió Karim.
Uno de los oficiales frunció el ceño.
—¿Entonces qué propone?
Karim levantó la mirada.
—Doce.
El oficial creyó haber escuchado mal.
—¿Doce? Es broma
—Doce entran y salen. Cincuenta provocan una batalla. No voy a sacrificar más vidas de las que intentamos rescatar.
Dastan se inclinó sobre el mapa.
—Doce siguen siendo demasiados si queremos acercarnos sin ser vistos.
Karim lo miró.
—¿Cuántos?
—Ocho.
Mendoza soltó una maldición en castellano.
Aylin señaló el arroyo seco.
—Si bloqueamos la vanguardia aquí y la retaguardia aquí, el centro queda atrapado.
Emir negó.
—También quedan atrapados los prisioneros.
—Solo durante unos minutos.
—Unos minutos bastan para una matanza.
Karim escuchó a ambos.
No quería una victoria. Quería una extracción.
Aquella diferencia decidió el plan.
No atacarían el convoy de frente. No buscarían destruir a la escolta.
La obligarían a mirar hacia lugares equivocados mientras Dastan entraba al centro, encontraba a los cautivos y abría las cadenas.
Una vez liberados, los propios soldados persas podrían recuperar armas y romper el cerco desde dentro.
El riesgo era enorme.
Pero era un riesgo concentrado en pocas personas.
Karim eligió a ocho.
Dastan, porque ningún muro, carro o cerradura parecía capaz de detenerlo.
Aylin, por su velocidad y precisión.
Emir, porque conocía los procedimientos otomanos y podía anticipar cómo reaccionaría la escolta.
Dos exploradores persas.
Dos arqueros.
Y él.
Harun escuchó la lista.
—Falta uno.
Karim no levantó la vista.
—No.
—Puedo hacerlo.
—No.
Harun apretó los dientes.
—Ya luché.
—Y lo hiciste bien.
—Entonces voy.
Karim lo miró por fin.
—Precisamente porque lo hiciste bien no voy a empujarte otra vez hasta el borde.
Harun dio un paso.
—Son trescientos veinte.
—Y tú eres uno.
—Soy tu amigo.
—Por eso te quedas.
La respuesta cayó con más peso que una orden.
Harun quiso discutir, pero Aylin se acercó.
—Necesitamos que alguien defienda esto si regresan.
Harun miró la muralla.
Después a Karim.
Finalmente asintió.
La pequeña unidad salió antes del anochecer.
No llevaron estandartes.
No llevaron armaduras pesadas.
Cada hombre cargó únicamente lo indispensable: agua, cuerda, una manta oscura, arma corta y suficiente comida para una jornada. Los caballos quedaron ocultos a varias leguas del desfiladero. A partir de allí avanzaron a pie.
El viento soplaba desde el oeste y arrastraba el olor de los incendios lejanos.
Dastan iba delante.
No hablaba.
Aquello inquietó a Emir más que cualquiera de sus provocaciones.
—¿Qué te pasa? —preguntó en voz baja.
—Estoy pensando.
—Eso sí es preocupante.
Dastan lo miró de reojo.
Por primera vez, Emir consiguió arrancarle una sonrisa. Jajaja eres un imbécil
Continuaron.
Al llegar a una elevación pudieron ver el convoy.
Era más grande de lo que el mensajero había descrito.
Los prisioneros caminaban agrupados en columnas, unidos por cuerdas y cadenas. Algunos llevaban vendajes. Otros apenas podían sostenerse. La escolta otomana avanzaba a ambos lados y varios jinetes vigilaban la retaguardia.
Karim contó durante largo tiempo.
Cerca de ochenta guardias.
Demasiados para ocho atacantes.
Exactamente por eso no atacarían.
Esperaron a que oscureciera.
Uno de los exploradores descendió hasta el arroyo seco y colocó pequeñas señales de tela entre las rocas. El segundo rodeó el camino para preparar una distracción en la retaguardia. Los arqueros ocuparon dos posiciones elevadas desde donde podían cubrir la retirada sin revelar su número.
Emir observó el campamento temporal que la escolta levantó antes de entrar al desfiladero.
—Van a descansar cuatro horas.
Karim preguntó cómo lo sabía.
—Los relevos. Están preparando dos turnos. Si fueran a marchar inmediatamente, no cambiarían guardias.
Dastan señaló las carretas.
—Las cadenas están en el centro.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aylin.
—Porque los hombres miran hacia allí.
Emir soltó aire.
—A veces odio que tenga razón.
—Solo a veces —respondió Dastan.
Karim dividió la operación en tres movimientos.
Primero, una falsa amenaza en la retaguardia.
Segundo, cortar la comunicación entre los jinetes y el centro.
Tercero, liberar a los cautivos.
No habría persecución.
No habría búsqueda de trofeos.
No habría muertos innecesarios.
El objetivo era regresar con hombres vivos.
Cuando la luna quedó cubierta por nubes, Karim dio la señal.
El primer ruido llegó desde la retaguardia.
Un caballo relinchó.
Después otro.
Una carreta comenzó a arder.
Los guardias corrieron hacia el fuego creyendo que el ataque venía desde atrás.
Entonces dos flechas golpearon las cuerdas que sostenían unas lámparas y el centro del campamento quedó en oscuridad.
Dastan desapareció.
Aylin corrió detrás de él.
Emir tomó una túnica otomana que habían recuperado durante campañas anteriores y caminó hacia los prisioneros gritando órdenes contradictorias. En la confusión, varios guardias obedecieron antes de reconocerlo.
Karim se movió por el borde del campamento, evitando combates que no fueran indispensables.
El plan funcionaba.
Hasta que dejó de hacerlo.