EL FILO DE PERSIA Capítulo Siete — El león de Persia #5
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Capítulo Siete — El león de Persia #5

—Si vas a insultarme, al menos hazlo con respeto.

Dastan soltó una carcajada.

Karim negó con la cabeza.

Aylin se acercó a Emir.

—¿Sobreviviste?

—A la fortaleza sí. A él apenas.

Dastan escuchó.

—También habla demasiado.

Aylin miró a Dastan.

—¿Y tú siempre eres así?

—Sí.

—Debe ser agotador.

—Para los demás.

Emir pasó un brazo por los hombros de Aylin solo un instante antes de recordar que estaban rodeados de soldados. Ella no se apartó.

Dastan los miró.

Después miró la fortaleza.

No mostró el menor interés.

Emir lo notó.

La inseguridad que había cargado desde su llegada comenzó a parecerle absurda.

Aylin podía admirar la velocidad de Dastan, su coraje y aquella manera imposible de escalar. Pero cuando el combate terminaba, buscaba a Emir.

Eso era suficiente.

La alegría duró poco.

Un grito llegó desde el patio.

Harun.

Karim corrió.

Encontró al gigante de rodillas, sujetándose la cabeza. Dos soldados estaban cerca, sin atreverse a tocarlo.

—¡Fuera! —ordenó Karim.

Los hombres obedecieron.

Harun respiraba con dificultad.

—Está regresando.

—Mírame.

—No puedo.

—Harun.

—Escucho cosas.

Karim se agachó.

—¿Qué cosas?

—La vieja.

Karim sintió frío.

—¿Qué dice?

Harun levantó la cabeza.

—No sé.

Sus ojos estaban llenos de miedo.

—Pero cada vez que la escucho... quiero matar.

Aylin llegó detrás.

Harun la vio.

Retrocedió inmediatamente.

—No.

—Harun...

—¡NO TE ACERQUES!

Aylin se detuvo.

El grito recorrió el patio.

Los soldados dejaron de celebrar.

Harun miró alrededor y comprendió que todos lo observaban.

Se puso de pie.

—Átenme.

Karim negó.

—Ahora.

—Harun.

—¡AHORA!

Dastan apareció.

No preguntó.

Tomó una cuerda.

Harun extendió las manos.

Dastan comenzó a atarlas.

Sus miradas se encontraron.

—Si pierdo el control —dijo Harun—, no dudes.

Dastan apretó el nudo.

—No voy a matarte.

—No sabes lo que puedo hacer.

—He visto lo que puedes hacer.

Harun frunció el ceño.

Dastan continuó:

—También vi cómo te detuviste.

Karim observó al legendario guerrero.

Algo había cambiado desde aquella conversación.

Dastan ya no veía a Harun como un riesgo que debía eliminarse.

Lo veía como un hombre atrapado detrás de una muralla.

Y Dastan nunca había conocido una muralla que no quisiera atravesar.

Aquella noche nadie durmió bien.

Los informes llegaban desde el oeste.

Más tropas otomanas se concentraban en las rutas siguientes. La retirada había terminado. El enemigo estaba preparando una línea de resistencia.

Karim extendió los mapas.

Mendoza señaló varios caminos.

—Si avanzamos por aquí, nos encontrarán de frente.

Emir señaló el norte.

—Si rodeamos, tardaremos demasiado.

Dastan observó una cadena de pequeñas posiciones fortificadas.

—Entonces no rodeamos.

Karim lo miró.

—¿Qué propones?

Dastan puso un dedo sobre la primera fortaleza.

—Entramos.

Luego sobre la segunda.

—Entramos.

Después sobre la tercera.

—Y entramos.

Mendoza soltó una carcajada.

—Tu plan es conquistar todo lo que esté en medio.

—Sí.

—Eso no es un plan.

—Hasta ahora funciona.

Karim permaneció en silencio.

Aylin observó el mapa.

—Si tomamos las posiciones una por una, abrimos un corredor.

Emir añadió:

—Y obligamos a los otomanos a dividir fuerzas para recuperarlas.

Mendoza asintió lentamente.

—También protegemos nuestros suministros.

Karim miró a Dastan.

—¿Cuántas murallas puedes escalar?

Dastan sonrió.

—Todas.

—Respuesta equivocada.

La sonrisa desapareció.

Karim señaló el mapa.

—No quiero una leyenda. Quiero un soldado que siga vivo cuando lleguemos al final.

Dastan sostuvo su mirada.

—Entonces dime cuál primero.

Karim señaló la fortaleza más cercana.

—Esa.

Dastan asintió.

El avance persa continuaría.

Pero ya no era la misma columna que había salido de Isfahán.

Karim llevaba el peso del mando y las cicatrices de las decisiones.

Aylin había dejado de luchar para demostrar quién podía ser y comenzaba a luchar por aquello que había elegido amar.

Emir avanzaba entre hombres que alguna vez fueron sus enemigos, construyendo una patria que quizá nunca lo aceptaría por completo, pero junto a una mujer que sí lo había hecho.

Dastan, el león de las murallas, había encontrado por fin un comandante al que obedecía sin sentirse menos libre.

Y Harun libraba una guerra que ninguno de ellos podía combatir por él.

Antes del amanecer, Aylin despertó y encontró al gigante sentado junto al fuego, todavía con las muñecas atadas.

Se acercó despacio.

Harun la vio.

—Te dije que no te acercaras.

—Y yo nunca he sido buena obedeciendo.

—Esta vez deberías.

Aylin se sentó a varios pasos.

—¿La escuchas?

Harun asintió.

—A veces.

—¿Ahora?

—No.

—Entonces eres tú.

Harun cerró los ojos.

—Por ahora.

Aylin miró las llamas.

—Por ahora basta.

Emir observaba desde la oscuridad.

No intervino.

Karim apareció detrás de él.

—¿Sigues celoso de Dastan?

Emir casi saltó.

—¿Tú también?

Karim sonrió.

—Harun habla demasiado.

Emir miró a Aylin.

—No.

—Bien.

—Ahora me preocupa Harun.

Karim perdió la sonrisa.

—A mí también.

—¿Qué haremos?

Karim observó a su viejo amigo.

—Seguir avanzando.

—Eso no lo cura.

—No.

—Entonces...

—La guerra tampoco se detendrá para curarlo.

Emir guardó silencio.

Karim continuó:

—Pero no lo abandonaremos.

El cielo comenzó a aclararse.

Los primeros soldados despertaron. Los caballos fueron ensillados. Las armas se revisaron. Los mapas se doblaron.

Dastan apareció sobre el muro de la fortaleza.

Nadie supo cómo había llegado hasta allí.

—¡Karim!

El comandante levantó la cabeza.

Dastan señaló hacia el oeste.

En la distancia se levantaban varias columnas de humo.

No eran aldeas.

Eran señales.

Emir las reconoció.

—Están llamando refuerzos.

Karim subió a la muralla.

Aylin llegó detrás. Mendoza tomó un catalejo. Harun se puso de pie lentamente.

El horizonte comenzó a llenarse de puntos.

Jinetes.

Muchos.

La siguiente fuerza otomana no estaba retirándose.

Venía hacia ellos.

Karim miró la fortaleza que acababan de conquistar. Sus muros estaban dañados, las provisiones eran limitadas y sus hombres estaban cansados.

Dastan sonrió.

—Ahora ellos tendrán que entrar.

Karim lo miró.

—¿Y?

Dastan recorrió con los ojos las almenas, las puertas, las torres y los accesos.

—Y yo sé exactamente cómo impedirlo.

Harun recogió su arma.

Karim lo vio.

—Tú no.

Harun apretó la mandíbula.

—Puedo luchar.

—Lo sé.

—Entonces déjame.

Karim negó.

—Cuando llegue el momento.

Harun parecía dispuesto a discutir.

Aylin se acercó.

—Hazle caso.

Harun la miró.

El recuerdo del ataque volvió a sus ojos.

Finalmente dejó el arma en el suelo.

Emir subió a la muralla.

—No vienen solos.

Mendoza observó con el catalejo.

—Infantería detrás.

Karim respiró profundamente.

La campaña de avance acababa de transformarse en una defensa desesperada de aquello que habían conquistado.

Por primera vez, Dastan no tendría que entrar en una fortaleza.

Tendría que impedir que otros entraran.

Por primera vez, Emir tendría que defender una bandera persa contra los hombres con los que alguna vez había marchado.

Por primera vez desde su herida, Harun tendría que decidir si podía confiar en sí mismo.

Y Aylin, mirando a Emir a su lado, comprendió que el miedo que había aceptado en el capítulo anterior ya tenía forma.

Venía cabalgando desde el oeste.

Karim desenvainó la espada.

No gritó un discurso.

No habló de gloria.

Solo dio las órdenes necesarias.

—Mendoza, arcabuceros en la torre sur. Emir, conmigo. Aylin, organiza a los arqueros. Dastan, quiero cada entrada revisada dos veces.

Dastan asintió.

—¿Y Harun?

Karim miró a su amigo.

Harun esperaba.

—Harun se queda conmigo.

El gigante levantó la cabeza.

Karim se acercó.

—No porque necesite tu fuerza.

Harun frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué?

—Porque necesito saber que sigues aquí.

Harun respiró.

Luego tomó su arma.

Esta vez no había furia en sus ojos.

Solo miedo.

Y coraje.

Las puertas se cerraron.

Los hombres ocuparon las murallas.

En el horizonte, los tambores otomanos comenzaron a sonar.

Dastan corrió por las almenas con la agilidad de un puma, dando instrucciones sobre escaleras, puntos ciegos y lugares donde una cuerda podía encontrar apoyo. Los soldados lo seguían con la mirada como si observaran a una criatura nacida para vivir sobre la piedra.

Aylin lo vio pasar y volvió a sentir aquel asombro.

Emir la miró.

Ella lo descubrió.

—Ni se te ocurra.

—No dije nada.

—Lo pensaste.

—Tal vez.

Aylin tomó su mano durante un segundo.

—Te quiero a ti, idiota.

Emir sonrió.

—Eso ayuda.

Dastan pasó junto a ellos.

—¿Van a defender la muralla o escribir poesía?

Emir soltó la mano de Aylin.

—Definitivamente vuelvo a odiarlo.

La risa de Aylin duró apenas un instante.

Después llegó la primera flecha.

Golpeó la piedra frente a ellos.

Luego otra.

Y otra.

El cielo comenzó a oscurecerse.

Karim levantó la espada.

—¡Posiciones!

La fortaleza entera pareció contener el aliento.

Abajo, cientos de hombres avanzaban.

Arriba, un pequeño grupo esperaba.

La guerra por el oeste continuaba.

Pero ahora, entre las murallas de Persia, había nacido una nueva leyenda.

Y dentro de Harun, algo oscuro acababa de despertar.