Capítulo Siete — El león de Persia #4
Los ojos de Harun dejaron de reconocer el campo. Ya no distinguían entre peligro y movimiento. Se lanzó hacia delante con una violencia descontrolada.
—¡Harun!
No respondió.
Karim intentó alcanzarlo, pero una línea enemiga los separó.
Harun siguió.
Los defensores retrocedieron ante él.
Dastan apareció sobre una estructura lateral y vio lo que ocurría.
—¡Karim!
—¡Lo veo!
La unidad persa comenzó a desordenarse. Algunos hombres siguieron a Harun creyendo que la carga había sido ordenada. Otros permanecieron con Karim.
Era exactamente el tipo de ruptura que podía destruir una formación.
Karim gritó órdenes hasta recuperar el centro.
Emir corrió tras Harun.
Aylin llegó desde el flanco.
Cuando la posición enemiga finalmente cedió, Harun continuó buscando adversarios.
Ya no quedaban.
Un soldado persa se acercó por detrás para sujetarlo.
Harun giró y lo derribó.
—¡Soy yo! —gritó el hombre.
Harun levantó el arma.
Aylin se interpuso.
—¡Harun!
Él la miró.
Pero no la vio.
Aylin comprendió demasiado tarde.
Harun avanzó contra ella.
Emir gritó su nombre.
Dastan saltó desde una plataforma y corrió.
Aylin levantó la espada solo para defenderse.
Harun golpeó.
Ella consiguió apartarse, pero cayó.
El gigante volvió a avanzar.
Karim estaba demasiado lejos.
—¡HARUN!
La voz de Aylin rompió algo.
Harun se detuvo con el arma levantada.
Sus ojos comenzaron a cambiar.
La furia se convirtió en confusión.
Después en terror.
Miró a Aylin en el suelo.
Dejó caer el arma.
—No.
Retrocedió.
—No... no...
Aylin se puso de pie lentamente.
Emir llegó y se colocó delante de ella.
—Aléjate.
Harun ni siquiera reaccionó a la amenaza.
Miraba sus manos.
—Yo no quería.
Karim llegó.
—Harun.
—No me toques.
—Mírame.
—No me toques.
—Harun.
El gigante levantó los ojos.
Estaba llorando.
—La iba a matar.
Nadie respondió.
—Karim... la iba a matar.
Aylin dio un paso, pero Emir la detuvo.
Harun vio el gesto.
Aquello pareció herirlo más que cualquier arma.
Se arrodilló.
—¿Qué me hizo esa mujer?
Karim recordó las palabras de la anciana.
Algunas puertas no deben abrirse dos veces.
La victoria quedó olvidada.
Esa noche establecieron el campamento lejos de la posición conquistada.
Harun pidió que lo ataran.
Karim se negó al principio.
—Hazlo.
—No.
—¡Hazlo!
La voz volvió a tener por un instante aquella fuerza descontrolada.
Todos guardaron silencio.
Harun respiró.
—Por favor.
Karim aceptó.
No utilizaron cadenas. Solo una cuerda gruesa alrededor de sus muñecas, suficiente para despertarlo si intentaba levantarse sin darse cuenta.
Aylin permaneció lejos.
No porque lo odiara.
Porque todavía recordaba sus ojos.
Emir se sentó junto a ella.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No tienes que decir que sí.
Aylin miró el fuego.
—Sé que no era él.
—Era su cuerpo.
—Pero no era Harun.
Emir guardó silencio.
—Cuando se detuvo —continuó ella— me miró como si hubiera despertado en medio de una pesadilla.
—Pudo haberte herido.
—Lo sé.
Emir apretó la mandíbula.
—No quiero que te acerques a él.
Aylin lo miró.
—No puedes decidir eso.
—Aylin.
—Tiene miedo.
—Yo también.
Ella entendió.
Emir no hablaba de Harun.
Hablaba de perderla.
Aylin apoyó la frente un instante contra su hombro.
—No voy a hacer ninguna estupidez.
Dastan, sentado al otro lado del fuego, soltó una pequeña risa.
Emir lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
Dastan levantó las manos.
—Solo pensaba que ella sube murallas, entra por canales, pelea en fortalezas y discute con comandantes. Pero promete no hacer estupideces.
Aylin le lanzó una piedra.
Dastan la atrapó.
Por primera vez Emir rio con él.
Fue breve.
Pero ocurrió.
Más tarde, cuando todos dormían, Karim se sentó frente a Harun.
El gigante estaba despierto.
—Mátame si vuelve a pasar.
Karim negó.
—No.
—Te lo ordeno.
—Yo soy el comandante.
Harun soltó una risa amarga.
—Entonces te lo pido.
—Tampoco.
—Pude matar a Aylin.
—Pero no lo hiciste.
—Porque me reconoció.
—Entonces todavía estás ahí.
Harun miró la oscuridad.
—¿Y si la próxima vez no escucho?
Karim no tenía respuesta.
—Volveremos a buscar a la anciana.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo de lo que hará la segunda vez.
Karim recordó la habitación oscura, los símbolos que Aylin había descrito y la advertencia.
—Encontraremos otra manera.
Harun lo miró.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre la encontramos.
—Zahir no.
El nombre cayó entre ambos.
Karim bajó la mirada.
—No.
—Rostam tampoco.
—No.
—Entonces no prometas.
Karim levantó los ojos.
—No te prometo que sobreviviremos. Te prometo que no voy a abandonarte mientras sigas siendo tú.
Harun respiró lentamente.
—¿Y cuando no sea yo?
Karim tardó.
—Te traeremos de regreso.
Al amanecer, Dastan encontró a Karim estudiando el mapa.
—Quiero hablar.
Karim señaló una piedra.
Dastan permaneció de pie.
—Harun no puede entrar en otra batalla así.
—Lo sé.
—Pone en peligro a todos.
—Lo sé.
—Entonces déjalo atrás.
Karim levantó la mirada.
—No.
—El respeto que te tengo no significa que vaya a callarme.
—No te pedí que lo hicieras.
Dastan se acercó.
—He visto hombres romperse. Algunos regresan. Otros no.
—Harun regresará.
—No puedes saberlo.
—Tú tampoco.
Dastan guardó silencio.
Karim dobló el mapa.
—¿Por qué te importa?
—Porque si pierde el control dentro de una fortaleza puede matarnos.
—Eso no es todo.
Dastan desvió la mirada.
Karim esperó.
Finalmente habló.
—Mi hermano era así.
Karim no dijo nada.
—Volvió de una campaña —continuó Dastan—. No dormía. Se enfadaba. Un día atacó a nuestro padre. Después huyó. Nunca volvimos a verlo.
—Harun no es tu hermano.
—Lo sé.
—Y yo no soy tu padre.
Dastan asintió.
—Por eso te lo digo a ti.
Karim comprendió que aquel hombre que parecía no temer a ninguna muralla sí conocía una fortaleza que no había podido atravesar.
La mente de alguien que se perdía dentro de sí mismo.
—Ayúdame a vigilarlo.
Dastan lo miró.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—Entonces lo haré.
La marcha se reanudó con Harun lejos de la primera línea.
No protestó.
El cambio afectó a todos.
Los soldados que antes se sentían seguros al verlo caminar entre ellos comenzaron a observarlo con cautela. Harun lo notaba. Cada mirada era una herida distinta.
Aylin fue la primera en sentarse junto a él durante una parada.
Harun se tensó.
—No deberías.
—No empieces.
—Aylin...
—No eras tú.
—Eso dijiste.
—Lo sigo diciendo.
—Pude matarte.
Aylin sostuvo su mirada.
—Y te detuviste.
—Porque gritaste.
—Entonces la próxima vez gritaré más fuerte.
Harun soltó una risa pequeña.
Después cubrió el rostro con las manos.
—Tengo miedo.
Aylin no intentó negarlo.
—Yo también.
Harun la miró.
—¿De mí?
Ella tardó un segundo.
—Sí.
La sinceridad dolió, pero Harun asintió.
—Gracias.
—También tengo miedo por ti.
Aquello fue peor.
Harun bajó la cabeza.
Aylin apoyó una mano sobre su hombro.
—Vamos a encontrar qué te está pasando.
A pocos metros, Emir observaba.
Dastan apareció a su lado.
—Ahora sí tienes razón para estar celoso.
Emir lo miró con furia.
Dastan sonrió.
—Era una broma.
—Eres insoportable.
—Y tú demasiado fácil.
—¿Sabes? Harun podría lanzarte por encima de una muralla.
—Eso ahorraría tiempo.
Emir soltó aire por la nariz.
—No entiendo por qué Karim te soporta.
Dastan miró hacia el comandante.
—Porque él sabe para qué sirvo.
—¿Y para qué sirves?
—Para entrar donde nadie quiere entrar.
Emir siguió su mirada.
—Karim te respeta.
—Yo a él.
—A mí no.
Dastan se encogió de hombros.
—Todavía no.
Era la primera vez que añadía aquella palabra.
Todavía.
El siguiente objetivo apareció cuatro días después.
Una fortaleza más grande dominaba un valle estrecho. Detrás de ella se extendía el camino por el que varias unidades otomanas intentaban reorganizarse. Tomarla permitiría a los persas continuar el avance y obligaría al enemigo a retroceder nuevamente.
Karim reunió a sus hombres.
El viento agitaba los estandartes.
—No vamos a asaltarla de frente.
Dastan sonrió.
—Me estaba preocupando.
Karim señaló el mapa.
—Hay una torre secundaria aquí. Dastan entrará con seis hombres.
Emir levantó la mirada.
Karim continuó.
—Emir irá con él.
Dastan dejó de sonreír.
—¿Por qué?
—Porque conoce las señales otomanas y puede evitar que una patrulla descubra el engaño antes de tiempo.
—Puedo hacerlo sin él.
—No te pregunté.
Dastan miró a Emir.
Emir sonrió.
—Intentaré no hacer ruido.
Aylin ocultó una risa.
Karim señaló otra posición.
—Aylin estará conmigo. Harun se queda en reserva.
Harun apretó la mandíbula, pero asintió.
El plan comenzó al anochecer.
Dastan y Emir desaparecieron entre las rocas.
Durante horas no hubo señal.
Aylin comenzó a inquietarse.
—¿Cuánto tiempo?
Karim miró el cielo.
—El necesario.
—Eso no es una medida.
—Aprendí de Dastan.
Aylin sonrió.
Finalmente apareció una luz en la torre.
Una vez.
Dos.
Tres.
Emir había conseguido imitar la señal acordada.
Karim levantó la mano.
La unidad avanzó.
Dentro de la fortaleza, Dastan y Emir trabajaban juntos por primera vez.
No se gustaban.
Pero funcionaban.
Dastan encontraba caminos. Emir entendía rutinas. Cuando escuchaban pasos, Emir sabía si pertenecían a una patrulla o a un relevo. Cuando una puerta parecía cerrada, Dastan encontraba otra forma.
Llegaron a la torre principal sin ser descubiertos.
Un oficial otomano apareció en el corredor.
Reconoció a Emir.
—Tú.
Emir se quedó inmóvil.
Dastan llevó la mano a la espada.
El oficial abrió la boca.
Emir actuó.
Lo derribó antes de que gritara.
Dastan lo observó.
—Rápido.
—No te acostumbres.
Dastan sonrió.
—Eso lo dice Karim.
—Lo sé.
Por primera vez hubo algo parecido a respeto entre ellos.
Abrieron el acceso.
Karim entró con la primera línea.
La lucha fue dura, pero breve. La sorpresa destruyó la coordinación de los defensores y varias unidades otomanas abandonaron la posición antes de quedar atrapadas.
Cuando amaneció, el estandarte persa ondeaba sobre la torre.
El valle estaba abierto.
Los hombres comenzaron a celebrar.
Karim no.
Miraba hacia el oeste.
Sabía que cada fortaleza tomada los acercaba a una batalla mayor.
Dastan apareció cubierto de polvo.
Emir venía detrás.
—El otomano sirve —dijo Dastan.
Emir levantó una ceja.
—Persa.
Dastan lo miró.
—¿Qué?