Capítulo Siete — El león de Persia #3
Los arcabuceros de Mendoza respondieron desde posiciones cubiertas mientras Harun dirigía a un grupo hacia la puerta principal. Emir corrió con Karim hasta una depresión del terreno que ofrecía protección parcial.
Dentro, Aylin y Dastan abandonaron cualquier intento de silencio.
Corrieron.
Dastan parecía transformarse cuando una estructura se cerraba a su alrededor. Subía escaleras de tres en tres, saltaba sobre cajas, desaparecía por corredores laterales y regresaba por lugares imposibles. No era más fuerte que los soldados que encontraba. Era más difícil de tocar.
Aylin comprendió por qué se había convertido en leyenda.
No vencía a una fortaleza.
La confundía.
Llegaron al mecanismo de la puerta exterior.
Había demasiados guardias.
Dastan contó rápidamente.
—Siete.
—Somos dos.
—Entonces te toca la mitad.
—No existen tres y medio.
—El último lo compartimos.
Aylin desenvainó.
La lucha fue breve y desesperada. No había espacio para grandes movimientos. Dastan usó la velocidad; Aylin, precisión. Cuando consiguieron llegar al mecanismo, ambos respiraban con dificultad.
La puerta comenzó a abrirse.
Afuera, Harun rugió al verla moverse.
Los persas cargaron.
El enfrentamiento se extendió por toda la mañana.
Los otomanos defendieron cada patio y cada escalera. Karim avanzaba sin separarse demasiado de sus hombres. Había aprendido a no convertirse en la punta de todas las cargas. Un comandante muerto podía ser valiente durante un minuto y desastroso durante el resto de la batalla.
Harun, en cambio, seguía siendo Harun.
Abrió paso en el patio principal, protegiendo a dos soldados que habían quedado aislados. Una descarga obligó al grupo a cubrirse. Después otra.
Karim gritó su nombre.
Harun no lo escuchó.
Un proyectil lo alcanzó.
El gigante se detuvo.
Por un instante pareció no comprender lo ocurrido. Después perdió fuerza en las piernas.
Emir llegó antes de que cayera completamente.
—¡Harun!
Karim corrió hacia ellos.
La batalla continuaba alrededor, pero para el grupo el mundo se redujo al enorme guerrero tendido sobre las piedras.
Harun intentó levantarse.
No pudo.
—No me carguen —gruñó.
—Cállate —dijo Karim.
—Puedo caminar.
—No puedes.
—Puedo...
La voz se quebró.
Aylin apareció desde el corredor y vio el rostro de Karim.
Comprendió.
Entre cuatro hombres sacaron a Harun del patio mientras el resto de la unidad aseguraba la posición. Dastan cubrió la retirada desde una escalera. Emir no se separó de Harun.
La fortaleza cayó antes del mediodía.
Nadie celebró.
Harun apenas estaba consciente.
Mendoza revisó la herida y negó con la cabeza.
—Necesita un médico.
—No tenemos —respondió Karim.
—Entonces necesita un milagro.
Un soldado persa que conocía la región habló de un pequeño pueblo en las montañas, a menos de medio día. Allí vivía una anciana que curaba heridas cuando los médicos militares ya no podían hacer nada.
Karim no creía en milagros.
Pero creía en Harun.
Partieron de inmediato.
El pueblo estaba formado por una docena de casas construidas alrededor de un manantial. Cuando llegaron, la gente cerró puertas y ventanas al ver soldados. Karim desmontó sin arma en la mano y pidió ayuda.
La anciana apareció después de varios minutos.
Era pequeña, encorvada y llevaba el cabello completamente blanco cubierto por un pañuelo oscuro. Sus manos estaban manchadas por hierbas y tierra. Miró a Harun una sola vez.
—Adentro.
Nadie discutió.
La casa olía a humo, plantas secas y aceite.
La mujer ordenó que dejaran a Harun sobre una mesa. Después expulsó a todos excepto Aylin.
—Yo me quedo —dijo Karim.
—Entonces se muere mientras tú discutes conmigo.
Karim salió.
Pasaron horas.
La noche llegó.
Emir caminaba de un lado a otro. Dastan permanecía sentado contra una pared, silencioso por primera vez desde que se había unido al grupo. Mendoza rezaba en voz baja.
Karim miraba la puerta.
Aylin salió cerca de la medianoche.
Tenía las manos temblorosas.
—Está vivo.
Karim cerró los ojos.
—¿Va a sobrevivir?
—Ella dice que sí.
La anciana apareció detrás.
—Dije que puede.
Karim la miró.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que sobrevivir depende también de él.
Durante tres días permanecieron en el pueblo.
La anciana trató a Harun con emplastos, infusiones y métodos que ninguno comprendía. Algunas cosas parecían simples conocimientos transmitidos durante generaciones. Otras eran más extrañas.
La segunda noche pidió que apagaran todas las lámparas de la habitación.
Aylin entró sin permiso.
Encontró a la mujer dibujando símbolos con ceniza alrededor del lecho. Había pequeñas ramas ardiendo en un recipiente y el humo llenaba el cuarto con un olor amargo.
—¿Qué haces?
La anciana no se volvió.
—Lo llamo.
—¿A quién?
—A la parte de él que todavía quiere quedarse.
Aylin sintió un escalofrío.
—Eso no es medicina.
—Entonces sal.
Harun comenzó a murmurar.
No eran palabras claras. Su cuerpo se tensó.
La anciana colocó una mano sobre su frente y pronunció frases en una lengua que Aylin no reconoció. Tal vez eran antiguas palabras persas. Tal vez oraciones. Tal vez nada.
Aylin quiso detenerla.
Entonces Harun abrió los ojos.
Respiró profundamente.
Por primera vez en días, el color regresó ligeramente a su rostro.
Aylin no volvió a preguntar.
A la mañana siguiente Harun pidió comida.
Dos días después consiguió sentarse.
Al sexto se puso de pie.
Todos lo llamaron milagro.
La anciana no.
—Pagará el precio —dijo.
Karim la miró.
—¿Qué precio?
Ella guardó silencio.
—¿Qué le hiciste?
—Lo traje hasta la puerta. Él decidió regresar.
—No respondiste.
La anciana observó a Harun desde lejos.
—Algunas puertas no deben abrirse dos veces.
Karim sintió una inquietud que no supo explicar.
Harun parecía el mismo.
Durante los primeros días incluso parecía mejor. Reía, comía y se burlaba de Emir. Su fuerza regresaba con una velocidad sorprendente. La herida cerraba. Podía caminar sin ayuda.
La columna reanudó la marcha.
La guerra no había esperado por ellos.
Las fuerzas persas continuaban presionando hacia el oeste.
Los caminos recuperados permitían mover provisiones y nuevos contingentes.
Las fortalezas aisladas comenzaban a caer o ser abandonadas.
El ejército otomano retrocedía hacia posiciones más defendibles, pero cada retirada dejaba pueblos destruidos, campos vacíos y soldados dispuestos a vengarse.
Karim recibió órdenes de adelantarse otra vez.
Dastan se convirtió en los ojos de la unidad.
Su presencia cambió la manera de combatir del grupo. Donde antes Karim veía un muro, Dastan veía una ruta. Donde Mendoza calculaba cuántas descargas serían necesarias, Dastan preguntaba dónde dormían los centinelas. Donde Harun imaginaba una puerta derribada, Dastan buscaba una ventana.
Emir seguía sin soportarlo.
El sentimiento era mutuo.
Una tarde discutieron frente a un puente destruido.
—Podemos cruzar río arriba —dijo Emir.
Dastan negó.
—Perderemos un día.
—Perder un día es mejor que perder hombres.
—Hablas como alguien acostumbrado a retirarse.
Emir dio un paso.
—Y tú como alguien que confunde suerte con talento.
Dastan sonrió.
—Mi suerte ha ganado más fortalezas que tu antiguo ejército esta semana.
Emir lo empujó.
Dastan retrocedió apenas.
Karim apareció entre ellos.
—Se terminó.
Dastan señaló a Emir.
—No recibiré órdenes de él.
—No te las está dando él. Te las doy yo.
Dastan guardó silencio.
Karim se acercó.
—Puedes despreciarlo cuanto quieras. Pero cuando estemos en combate, Emir es parte de esta unidad. Si no puedes aceptarlo, te vas.
Dastan miró a Karim durante varios segundos.
Después bajó la cabeza.
—Entendido.
Emir esperaba una disculpa.
No llegó.
Pero esa noche Dastan le entregó una taza de agua sin decir nada.
Para él era suficiente.
Harun comenzó a cambiar durante la segunda semana.
Al principio fueron detalles.
Dormía menos.
Despertaba con los puños cerrados.
Se irritaba por cosas pequeñas.
Una mañana golpeó a un soldado porque había movido su arma sin permiso. Karim intervino antes de que continuara.
—¿Qué te pasa?
Harun respiraba con violencia.
—Tocó mis cosas.
—Es un muchacho.
—Que aprenda.
—Casi le rompes la mandíbula.
Harun miró al joven en el suelo.
La rabia desapareció de repente.
—Yo...
Se llevó una mano a la cabeza.
—No sé.
Karim lo observó.
—Descansa hoy.
—Estoy bien.
—No era una pregunta.
Harun obedeció.
Esa noche pidió perdón al soldado.
Todos atribuyeron el episodio al dolor, al cansancio y a la recuperación.
Después ocurrió otra vez.
Durante una escaramuza, un enemigo arrojó el arma y levantó las manos.
Harun siguió avanzando.
Karim gritó.
—¡Harun! ¡Basta!
El gigante no pareció escucharlo.
Dastan se interpuso.
Harun levantó el brazo.
Dastan esquivó el golpe por centímetros.
—¡Harun!
La voz de Aylin consiguió atravesar la furia.
Harun se detuvo.
Miró al hombre rendido.
Después miró sus propias manos.
Retrocedió horrorizado.
—¿Qué estoy haciendo?
Nadie respondió.
Desde aquel día, Karim comenzó a vigilarlo.
Harun también empezó a tener miedo de sí mismo.
El avance continuó.
Llegaron a una tercera posición enemiga al final de una semana de marchas. No era una fortaleza, sino un antiguo puesto de vigilancia convertido en depósito. Si lo tomaban, las unidades persas tendrían acceso a un camino directo hacia las siguientes concentraciones otomanas.
Karim planeó un ataque al amanecer.
Dastan propuso entrar durante la noche.
—No —respondió Karim.
Dastan frunció el ceño.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué no?
Karim miró a Harun, que permanecía sentado lejos del fuego.
—Porque esta vez quiero a todos juntos.
Dastan siguió su mirada.
Comprendió.
—Como ordenes.
El ataque comenzó con los arcabuceros.
Mendoza dirigió dos descargas para obligar a los defensores a abandonar las posiciones exteriores. Karim avanzó por el centro mientras Dastan y Aylin rodeaban el flanco. Emir permaneció cerca de Harun.
Durante los primeros minutos todo funcionó.
Después Harun recibió un golpe en el casco.
No fue grave.
Pero algo se quebró dentro de él.
Soltó un grito.
Emir lo vio cambiar.