Capítulo Siete — El león de Persia #2
No hubo grito. Solo una lucha breve entre sombras y el soldado desapareció detrás del muro. Dastan hizo una señal.
Aylin subió los últimos metros.
Dentro de la fortaleza había menos hombres de los esperados, pero suficientes para convertir cualquier alarma en una sentencia. Dastan avanzó pegado a las paredes. Su espada permanecía envainada. Prefería evitar el combate mientras pudiera.
Llegaron hasta un corredor estrecho.
Dos guardias conversaban cerca de una lámpara.
Aylin llevó la mano al arma.
Dastan negó.
Tomó una pequeña piedra y la lanzó hacia el patio contrario.
El sonido hizo que uno de los hombres se apartara. El segundo quedó solo.
Dastan apareció detrás de él, lo derribó y lo dejó inconsciente antes de que pudiera pedir ayuda. Aylin inmovilizó al otro cuando regresó.
Dastan la miró.
—No está mal.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
La frase le recordó a Karim y Aylin sonrió.
Cuando alcanzaron la puerta de servicio descubrieron que estaba asegurada desde dentro con una pesada viga.
Dastan observó el mecanismo.
—Esto será ruidoso.
—Abajo esperan la señal.
—Entonces hagamos ruido.
Entre los cinco levantaron la viga.
La puerta se abrió.
Karim entró primero con los hombres de asalto. Harun fue detrás y Mendoza condujo a los arcabuceros. Emir cruzó entre los primeros.
La alarma sonó segundos después.
El combate se extendió por el patio.
No fue una carnicería, sino una lucha rápida y confusa de hombres sorprendidos en la oscuridad.
Los defensores intentaron alcanzar la torre, pero Karim cortó el paso y ordenó ocupar la escalera.
Mendoza aseguró la entrada. Harun sostuvo el centro mientras los persas obligaban a los defensores a retirarse.
Dastan apareció sobre una galería, corrió por una baranda y saltó al otro lado de una separación que habría obligado a cualquiera a bajar.
Aylin se quedó mirándolo un instante.
—Está loco —murmuró.
Emir estaba junto a ella.
—Sí.
La sequedad de su respuesta hizo que Aylin lo mirara.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Emir.
—Estamos peleando.
—Y estás enfadado.
—Después.
La batalla terminó antes del amanecer.
La fortaleza cayó con menos bajas de las que Karim había temido. La apertura de la puerta había evitado un asalto frontal y, por primera vez desde que recibió el mando, sintió que una victoria podía significar precisamente eso: haber conseguido el objetivo sin gastar vidas innecesariamente.
Encontró a Dastan sentado sobre el muro, contemplando el valle, saco nuevamente una manzana.
—Buen trabajo.
Dastan se levantó inmediatamente.
—Comandante.
—Karim.
Dastan dudó.
—Karim.
—¿Quién te enseñó a hacer eso?
—Nadie.
—Todos aprendemos de alguien.
Dastan observó sus manos.
—Crecí cerca de montañas. Cuando era niño robaba fruta de huertos cercados el hambre fue mi mejor amiga, yo buscaba satisfacerla y ella me buscaba de nuevo al otro dia. Después descubrí que una muralla militar no era muy distinta. Solo que los dueños disparaban flechas.
Karim sonrió apenas.
—Dicen que eres una leyenda.
—Los soldados exageran cuando están aburridos.
—También dicen que has abierto fortalezas desde dentro.
—Algunas.
—¿Cuántas?
Dastan miró el valle.
—Las suficientes para saber que algún día una no se abrirá.
Karim comprendió.
Detrás de la fama había algo que reconocía: la certeza de que la suerte tenía memoria.
—Mientras estés bajo mi mando, no vas a entrar solo en ninguna.
Dastan lo miró.
No había burla.
—Por eso te respeto.
Karim frunció el ceño.
—Acabas de conocerme.
—No. He escuchado de ti. El hombre de la cicatriz. El que mató a un comandante otomano. El que recibió un grupo de asalto después de que muriera su superior. También escuché que detuviste una persecución cuando podías haber ganado más muertos.
—Los muertos no son una victoria.
Dastan asintió.
—Por eso te respeto.
Era la primera vez desde su llegada que parecía hablar sin esconderse detrás de una broma.
Karim le tendió el antebrazo.
Dastan lo sujetó.
La alianza quedó hecha sin ceremonia.
Aquella mañana, mientras los soldados reorganizaban provisiones, Aylin encontró a Emir junto a los establos.
—Ahora sí.
Emir siguió ajustando una cincha.
—¿Ahora sí qué?
—Dime qué te pasa.
—Nada.
Aylin le quitó la correa de las manos.
—Te conozco.
—Eso parece.
—¿Estás molesto porque subí a la fortaleza?
—No.
—¿Porque Dastan me eligió?
Emir guardó silencio.
Aylin abrió los ojos.
—No puede ser.
—No digas nada.
—Estás celoso.
—No.
—Harun tenía razón.
Emir la miró con indignación.
—¿Harun te dijo algo?
Aylin comenzó a reír.
—No. Pero ahora sé que habló contigo.
Emir se alejó dos pasos.
—Esto es ridículo.
—Muchísimo.
—No me estoy riendo.
Aylin dejó de hacerlo.
—Emir.
Él respiró.
—Es persa.
Aylin entendió de inmediato.
La burla desapareció de su rostro.
—Yo también.
—Lo sé.
—¿Y eso qué cambia?
Emir tardó en responder.
—Que él pertenece aquí.
Aylin se acercó.
—Tú también.
—No para todos.
—Para mí sí.
Emir bajó la mirada.
—Lo mirabas como si...
—Como si acabara de ver a un hombre correr por una pared y entrar en una fortaleza que todos creíamos imposible.
—Exactamente.
—Eso es asombro.
Emir no respondió.
Aylin continuó:
—Lo que siento por ti no se parece a eso.
Él levantó los ojos.
—¿Y a qué se parece?
—A miedo.
Emir frunció el ceño.
—Eso no suena mejor.
—Déjame terminar. Miedo a perderte. Miedo a que mañana llegue una flecha, una orden o una batalla y todo termine. Con Dastan no siento miedo. Solo quiero saber cómo demonios hace lo que hace.
Emir sonrió a pesar de sí mismo.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Podrías haber preguntado.
—Podrías dejar de mirarlo.
Aylin le devolvió la correa.
—Eso no.
—Aylin.
—Es impresionante.
Emir negó con la cabeza.
—Voy a arrepentirme de haberte dicho algo.
—Probablemente.
La conversación terminó cuando Harun pasó detrás de ellos.
—¿Ya dejaron de comportarse como niños?
Emir le lanzó un guante.
Harun lo esquivó riendo.
Dastan, que estaba a varios metros, ni siquiera miró.
Para él, Aylin era una soldado capaz y poco más.
La belleza, los celos y las historias de amor parecían pertenecer a un mundo que había abandonado mucho antes.
Su interés estaba en las rutas, en las alturas y en las defensas enemigas.
Cuando Aylin intentó preguntarle durante el desayuno si alguna vez había estado enamorado, Dastan la miró como si hubiera preguntado cuánto pesaba el viento.
—No tengo tiempo.
—Todos tienen tiempo.
—Yo tengo murallas.
Aylin soltó una carcajada.
Emir, que escuchaba desde cerca, decidió que Dastan acababa de mejorar considerablemente como persona.
La columna permaneció solo un día en la fortaleza.
Los exploradores informaron que las fuerzas otomanas retrocedían hacia una segunda posición más importante.
El avance persa comenzaba a sentirse en toda la región.
Pequeños destacamentos abandonaban puestos aislados para evitar quedar cercados, mientras las unidades safávidas aprovechaban caminos secundarios para recuperar pasos, depósitos y aldeas.
Pero cada victoria hacía que la siguiente defensa fuera más dura.
Tres días después encontraron la segunda fortaleza.
Esta sí estaba preparada.
Los muros eran más altos, las torres dominaban el camino y el terreno alrededor había sido despejado para impedir aproximaciones ocultas. Los defensores contaban con arqueros, mosquetes y suficientes provisiones para resistir.
Karim observó durante horas.
Dastan también.
Esta vez no sonreía.
—¿Puedes entrar? —preguntó Harun.
—Sí.
—¿Por dónde?
—Todavía no lo sé.
Karim desplegó un mapa sobre una roca.
—No podemos quedarnos aquí una semana.
Mendoza señaló el camino.
—Si la dejamos atrás, atacarán nuestras provisiones.
Emir añadió:
—Y pueden enviar mensajeros a las posiciones del oeste.
Karim miró la fortaleza.
—Entonces cae.
Durante dos días estudiaron las defensas.
Dastan desaparecía durante horas y regresaba cubierto de polvo. Una vez volvió con una flecha clavada en la capa y una sonrisa.
—Casi.
—¿Casi qué? —preguntó Aylin.
—Casi me ven.
—Eso parece más que casi.
—Si me hubieran visto, no estaría aquí.
Al tercer día encontró una posibilidad.
Un antiguo canal de agua descendía desde la montaña hacia una cisterna interior. La abertura era demasiado pequeña para Harun y demasiado expuesta para una entrada numerosa, pero Dastan creía que podía atravesarla.
Karim negó.
—Solo no.
—Dijiste que no entraría solo.
—Y no entrarás.
Aylin dio un paso.
—Voy con él.
Emir abrió la boca.
Aylin levantó una mano.
—Ni empieces.
Dastan observó a Emir.
—No te preocupes, otomano. Te la devolveré.
Emir se acercó.
—Tiene nombre.
—Lo sé.
—Entonces úsalo.
Dastan sonrió con una provocación deliberada.
—Aylin.
Emir apretó los puños.
Karim se colocó entre ambos.
—Dastan.
El persa dejó de sonreír.
—Sí, comandante.
—Una palabra más y entrarás a la fortaleza después de que Harun te lance por encima del muro.
Harun pareció considerar seriamente la posibilidad.
Dastan inclinó la cabeza.
—Entendido.
La infiltración comenzó antes del amanecer.
El canal estaba seco en algunos tramos y lleno de agua estancada en otros. Aylin avanzaba detrás de Dastan, arrastrándose entre piedra, raíces y barro. El espacio era tan estrecho que por momentos no podía girar la cabeza.
—Si esto se derrumba —susurró—, voy a matarte.
—Si se derrumba tendrás que encontrarme primero.
—No eres gracioso.
—Harun se ríe.
—Harun se ríe cuando golpea una puerta.
Continuaron.
El conducto desembocaba debajo de una rejilla de madera deteriorada. Dastan la empujó lentamente. Esperaron.
Nada.
Salieron a una pequeña cámara junto a la cisterna.
Desde allí podían escuchar pasos.
Dastan señaló una escalera.
Subieron.
La misión parecía funcionar hasta que un soldado apareció antes de tiempo.
Aylin reaccionó primero. Lo desarmó y Dastan lo inmovilizó, pero el hombre alcanzó a golpear una vasija.
El estruendo recorrió el corredor.
—Eso fue malo —dijo Dastan.
—Tu capacidad de análisis es admirable.
Sonó la alarma.
Afuera, Karim escuchó el cuerno.
—Ahora.
Los persas avanzaron.
El cielo se llenó de flechas.