EL FILO DE PERSIA Capítulo Siete — El león de Persia
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Capítulo Siete — El león de Persia

El polvo que habían visto levantarse en el horizonte no pertenecía a una patrulla otomana.

Karim lo comprendió antes de que los exploradores regresaran.

La nube era demasiado irregular para una formación enemiga y avanzaba a golpes, desapareciendo por momentos detrás de las lomas y volviendo a levantarse como si un puñado de jinetes estuviera persiguiendo algo que se negaba a detenerse.

Aun así, ordenó que los arcabuceros tomaran posiciones y que nadie abandonara la línea.

El recuerdo de Zahir le había enseñado que una bandera conocida podía ocultar una traición y que la prudencia no era cobardía cuando sesenta y ocho vidas dependían de una sola orden.

Mendoza distribuyó a sus hombres detrás de una elevación.

Harun dejó caer el peso de su arma sobre el hombro y observó el camino con una sonrisa impaciente.

Emir permaneció junto a Aylin, aunque fingió estudiar el terreno.

Ella lo conocía lo suficiente para saber que vigilaba cualquier movimiento que pudiera ponerla en peligro.

Los jinetes aparecieron finalmente.

Eran persas.

Delante de ellos corría un hombre a pie.

No parecía huir. Parecía divertirse.

Era de estatura mediana, incluso baja comparado con Harun, delgado de hombros y vestido con una armadura ligera que había conocido mejores días.

No llevaba casco. Una tela oscura sujetaba su cabello y una espada curva colgaba de su espalda.

Corría entre las piedras con una facilidad desconcertante.

Cuando uno de los caballos estuvo a punto de alcanzarlo, apoyó un pie sobre una roca, cambió de dirección y subió por una pendiente que cualquier soldado habría preferido rodear.

Aylin entrecerró los ojos.

El hombre saltó sobre una piedra, se sostuvo apenas un instante con una mano y descendió por el otro lado. Los jinetes soltaron gritos que no eran de amenaza, sino de celebración.

—¿Qué demonios hacen? —preguntó Mendoza.

Harun soltó una carcajada.

—Creo que intentan atraparlo.

—¿Por qué?

—Porque no pueden.

El corredor llegó hasta la columna y se detuvo frente a Karim sin mostrar el cansancio que cualquiera habría esperado. Respiraba con fuerza, pero sonreía. Detrás de él, los jinetes frenaron entre insultos y risas.

Uno señaló al recién llegado.

—¡Te dije que con caballo te alcanzaría!

El hombre se inclinó, apoyó las manos sobre las rodillas y respondió:

—Y yo te dije que primero tendrías que aprender a montar.

Las carcajadas recorrieron al pequeño grupo.

Karim no sonrió.

—Nombre.

El hombre levantó la mirada.

—Dastan.

—Unidad.

—La que todavía necesite entrar en una fortaleza.

Karim frunció el ceño.

Uno de los jinetes desmontó y se acercó.

—comandante, viene enviado desde las unidades de vanguardia. Lo llaman Dastan de las Murallas. Ha participado en más asedios de los que puede recordar.

Dastan se enderezó.

—Recuerdo todos. Lo que no recuerdo son los nombres de los oficiales que me dijeron que era imposible entrar.

Aylin lo observó con curiosidad. No tenía la presencia de Harun ni la gravedad de Karim. Tampoco poseía la elegancia de Emir cuando empuñaba una espada. Parecía, más bien, alguien a quien la guerra nunca había conseguido obligar a caminar por donde caminaban los demás.

Karim señaló la formación.

—Te incorporas a mi grupo.

Dastan miró alrededor, evaluando hombres, caballos, armas y rostros con una rapidez incómoda. Sus ojos se detuvieron en Harun.

—Demasiado grande.

Harun dejó de sonreír.

Luego miró a Mendoza.

—Demasiado ruido.

El español arqueó una ceja.

Después observó a Emir. La insignia otomana que este conservaba oculta ya no era visible, pero su forma de vestir y ciertos detalles de su equipo todavía revelaban su origen para quien supiera mirar.

Dastan lo supo.

—Y un turco.

Emir dio un paso.

—Otomano.

—Es lo mismo cuando te disparan desde una muralla.

Karim se interpuso con la mirada.

—Él está conmigo.

Dastan volvió los ojos hacia Karim. Algo cambió. La burla desapareció.

—Entonces está contigo.

No hubo disculpa. Tampoco desafío.

Karim señaló hacia el oeste.

—Tenemos movimiento enemigo en los corredores que llevan a las fortalezas. Nuestra misión es avanzar, reconocer sus defensas y abrir el camino a las unidades que vienen detrás.

Dastan sonrió otra vez.

—Entonces llegué al lugar correcto.

La campaña continuó antes del mediodía.

El terreno se volvió más áspero conforme avanzaron.

Los caminos anchos desaparecieron y fueron sustituidos por senderos que trepaban entre montañas secas, gargantas estrechas y pequeñas aldeas que parecían aferrarse a la piedra.

Los otomanos habían comenzado a retirarse de algunas posiciones menores, pero no lo hacían desordenadamente.

Dejaban destacamentos en torres, pasos y fortalezas capaces de retrasar durante días a una columna persa.

Karim comprendió la estrategia.

No necesitaban vencerlos en cada enfrentamiento. Les bastaba con obligarlos a detenerse.

Cada día perdido permitía que el enemigo reorganizara una nueva línea más al oeste.

La primera fortaleza apareció al atardecer del segundo día.

No era enorme. Sus muros de piedra se levantaban sobre una elevación rocosa y dominaban el único paso razonable para caballos y carretas. Una torre cuadrada protegía la entrada y desde ella podían verse pequeñas siluetas moviéndose.

Mendoza estudió la construcción.

—Con artillería podríamos abrir una brecha.

—No tenemos artillería —respondió Karim.

—Entonces tardaremos.

Dastan, sentado sobre una piedra, mordía una manzana que había conseguido en la última aldea.

—No.

Todos lo miraron.

—¿No qué? —preguntó Harun.

—No tardaremos.

Karim se acercó.

—¿Ves algo?

Dastan señaló el costado norte.

—La roca.

—Solo hay un precipicio.

—Exactamente.

Harun negó con la cabeza.

—Eso no es una entrada.

—Por eso nadie la vigila.

Aylin siguió con la vista la pared de piedra. Era irregular, casi vertical en algunos tramos.

—¿Puedes subir por ahí?

Dastan la miró por primera vez con atención.

—Puedo intentarlo.

—Eso no responde.

—En los asedios nunca hay respuestas antes de subir.

Aylin sonrió, fascinada por la seguridad con que lo decía.

Emir vio la sonrisa.

No dijo nada.

Dastan dejó la manzana, se levantó y caminó hasta el borde desde donde podía observar mejor la fortaleza.

Durante varios minutos no habló. Sus ojos recorrían grietas, salientes, sombras y cambios de color en la roca.

Karim reconoció aquella concentración. Era la misma que él sentía antes de una batalla, pero dirigida hacia otra clase de combate.

Dastan no parecía interesado en derribar una puerta.

Quería convencer a la fortaleza de que nunca había tenido paredes.

Al caer la noche prepararon el ascenso.

Karim permitió que Dastan eligiera solamente a cuatro hombres. Aylin se ofreció de inmediato. Emir también.

Dastan miró a Emir.

—No.

—¿Por qué?

—Porque haces demasiado ruido.

—Ni siquiera me has visto moverme.

—Te vi caminar toda la tarde.

Emir apretó la mandíbula.

Aylin intervino.

—Es bueno.

Dastan se encogió de hombros.

—Entonces que sea bueno aquí abajo.

La respuesta irritó a Emir más de lo que quería admitir.

Karim eligió a dos qizilbash ligeros y a un joven explorador.

Aylin completaría el grupo. Dastan repartió cuerdas cortas y explicó el plan con pocas palabras.

No buscaban conquistar la fortaleza ellos solos.

Debían llegar a la parte superior, neutralizar la vigilancia inmediata y abrir una pequeña puerta de servicio situada cerca del muro oriental.

—¿Y si la puerta está bloqueada? —preguntó Aylin.

—Encontramos otra.

—¿Y si no hay otra?

—Entonces hacemos una.

Emir soltó una risa seca.

—Gran estrategia.

Dastan giró hacia él.

—Las estrategias sirven hasta que una piedra cae donde no debía.

—Eso no es estrategia. Es improvisación.

—Y tú sigues vivo después de desertar de un ejército que quería matarte. Supongo que también improvisaste.

El silencio cayó entre ambos.

Karim dio un paso.

—Basta.

Dastan inclinó la cabeza hacia él, aceptando la orden.

Emir no respondió, pero Aylin percibió el cambio en su expresión.

Aquello no era únicamente orgullo.

Era miedo.

Cuando la oscuridad cubrió la montaña, Dastan comenzó a subir.

Aylin había visto hombres ágiles. Ella misma era rápida y ligera.

Pero el persa se movía de otra manera. No luchaba contra la roca.

La escuchaba. Probaba cada apoyo antes de confiarle su peso y parecía encontrar salientes donde los demás solo veían una pared.

A veces desaparecía completamente en la oscuridad y segundos después aparecía varios metros arriba.

Aylin lo siguió.

Dos veces creyó que no podría continuar. En ambas, Dastan descendió unos pasos, señaló una grieta o cambió la ruta sin burlarse. No la ayudaba como a alguien débil. Simplemente compartía el camino.

Abajo, Emir apenas podía distinguirlos.

Cada vez que la silueta de Aylin desaparecía, sentía una presión desagradable en el pecho.

Harun lo notó.

—Deja de mirar.

—Estoy vigilando.

—Estás celoso.

Emir giró.

—No.

Harun sonrió.

—Entonces estás vigilando con cara de querer lanzar a Dastan desde la montaña.

—No confío en él.

—Llegó hace dos días.

—Precisamente.

Harun apoyó el arma en el suelo.

—Aylin te quiere.

Emir lo miró sorprendido.

Harun se encogió de hombros.

—Todo el campamento lo sabe.

—No es eso.

—Entonces deja de actuar como un muchacho.

Emir volvió la mirada hacia la pared.

—Él es persa.

Harun tardó en comprender.

—¿Y?

—Ella también.

La sonrisa de Harun desapareció.

Emir continuó en voz baja.

—Hablan la misma lengua desde niños. Tienen las mismas historias, los mismos dioses que escucharon nombrar, las mismas ciudades. Yo fui el enemigo. A veces todavía veo cómo me miran algunos soldados.

Harun observó la montaña.

—Dastan te desprecia.

—Gracias. Eso ayuda mucho.

—Pero no porque quiera a Aylin.

Emir lo miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque ese hombre mira las murallas como tú miras a Aylin.

Emir no pudo evitar una pequeña sonrisa.

Arriba, Dastan alcanzó el borde.

Un centinela apareció.