EL FILO DE PERSIA Capítulo Seis — El precio de la aurora
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Capítulo Seis — El precio de la aurora

La aurora posterior a la defensa de Isfahán no trajo paz.

Trajo inventarios. Hombres, caballos, sacos de cebada, pólvora, agua, vendas y nombres de muertos.

En los patios donde la víspera se habían repartido órdenes, los escribas safávidas contaban ahora lo que quedaba.

La ciudad, convertida por necesidad en centro de concentración, recibía contingentes de Fars, Yazd, Kashan y de los caminos de Qazvin.

No era una transformación histórica exacta de Isfahán en un cuartel único de todo el imperio, sino una concentración extraordinaria provocada por la amenaza que la novela había llevado hasta sus puertas.

La capital de Shah Abbas era, desde hacía pocos años, el corazón político del reino; convertirla en nudo logístico resultaba inevitable.

Karim recorrió las líneas sin hablar. La victoria sobre las avanzadas otomanas había costado demasiado. Habían rechazado a los hombres que tanteaban las defensas, pero nadie confundía aquello con una derrota del Imperio otomano. Emir lo sabía mejor que nadie.

—Volverán —dijo Emir.

—Siempre vuelven —respondió Karim.

—No así. La próxima vez vendrán con oficiales que hayan aprendido de nuestros errores.

Mendoza, el capitán español que había entrado en sus vidas como una rareza diplomática y militar, extendió un mapa sobre una mesa.

Su presencia seguía siendo excepcional. España y Persia buscaban contactos contra un enemigo común, pero no existió históricamente un ejército español combatiendo en Isfahán en aquellos años.

El pequeño contingente de Mendoza pertenecía, dentro de la ficción, a esa zona gris de embajadas, aventureros, asesores y promesas que rodeó los contactos entre Shah Abbas y las potencias ibéricas.

—Entonces no debemos esperar aquí —dijo Mendoza—. Una muralla sirve para detener un golpe. No para ganar una guerra.

Karim señaló el noroeste.

—Tabriz.

Emir negó lentamente.

—Todavía no. Entre nosotros y Tabriz hay demasiados caminos que pueden cerrarse. Primero hay que limpiar las rutas, reunir hombres y saber quién manda realmente cada columna.

Aylin escuchaba desde el extremo de la mesa. Antes habría intervenido de inmediato. Esa mañana estaba distraída por algo que le parecía más peligroso que los mapas: cada vez que Emir hablaba, ella buscaba su voz antes que sus palabras. Y cada vez que él callaba, notaba el silencio.

A media mañana entró en Isfahán una columna distinta a las demás.

No avanzaba con el desorden de una leva provincial.

Los jinetes mantenían distancia regular, los estandartes estaban limpios y detrás marchaban ghulams de la casa real, hombres vinculados directamente al nuevo aparato militar de Shah Abbas.

La noticia corrió antes que los caballos: llegaba Allahverdi Khan, el poderoso comandante georgiano convertido al islam y elevado por el shah, uno de los hombres esenciales en la reorganización del ejército safávida.

Karim lo conocía de nombre. Todos lo conocían. Allahverdi Khan había ascendido hasta ser sardar-e lashkar y, con el crecimiento de los regimientos de ghulams, representaba la clase de mando con la que Abbas pretendía equilibrar el poder tradicional de los qizilbash.

El comandante no llegó vestido como un personaje de leyenda.

Llegó cubierto de polvo, con el rostro cansado y una escolta que parecía haber cabalgado sin descanso.

Escuchó informes durante horas. Preguntó por las rutas, por los pozos, por las pérdidas, por la disciplina otomana y por el extraño grupo de extranjeros que había combatido junto a los persas.

Cuando llamaron a Karim, este entró acompañado por Emir.

—Tú eres el hombre de la cicatriz —dijo Allahverdi Khan.

—Soy Karim ibn Rashad.

—La cicatriz era más fácil de recordar.

Karim no sonrió.

—Me dijeron que sostuviste una línea cuando otros retrocedían.

—No estaba solo.

—También me dijeron eso. —Allahverdi miró a Emir—. Un antiguo soldado otomano.

—Un hombre que eligió no seguir siéndolo —contestó Emir.

—Los hombres cambian de bandera con más facilidad que de costumbres.

—Por eso no le pido que confíe en mi bandera. Mire mis actos.

Allahverdi Khan sostuvo la mirada del joven. Después volvió a Karim.

—Necesito grupos pequeños que puedan moverse delante del ejército, reconocer pasos, destruir depósitos abandonados antes de que los tome el enemigo, rescatar exploradores y golpear donde una columna grande sería demasiado lenta. No necesito héroes. Necesito hombres que regresen con información.

—¿Y si la información exige pelear? —preguntó Karim.

—Entonces pelea. Pero si confundes valentía con estupidez, tu mando durará una tarde.

El nombramiento fue breve: Karim quedaría al frente de un grupo de asalto y reconocimiento adscrito a la vanguardia. No era un gran general. No recibía miles de hombres. Recibía algo más difícil: responsabilidad.