Capítulo Cinco — La guerra de Isfahán #4
—Entonces úsalo. —dijo Aylin.
—Eso también lo heredaste de tu madre. —dijo Farid.
—¿Qué cosa? —dijo Aylin.
—La forma de corregirme cuando ya sabes que tienes razón. —dijo Farid.
Más tarde, Aylin encontró a Emir sobre una terraza baja desde donde podía verse parte del campamento enemigo.
Se sentó a su lado. Ninguno habló durante un rato.
Abajo, los soldados reparaban defensas y los españoles descargaban cajas de suministros.
A lo lejos, las fogatas otomanas seguían extendiéndose por el horizonte.
La guerra continuaba allí, inmensa, recordándoles que el día siguiente podía deshacer todo lo conseguido.
Emir le confesó que Selim había sido uno de los oficiales que lo había recomendado para una unidad mejor años atrás.
Había admirado su disciplina antes de comprender el costo de obedecer sin preguntar.
Verlo caer no le producía alegría. Aylin entendió que el pasado de Emir no podía dividirse en enemigos y aliados con la facilidad de un mapa.
—No tienes que odiar todo lo que fuiste para saber quién quieres ser. —dijo Aylin.
—¿Y tú cómo sabes eso? —dijo Emir.
—Porque pasé media vida odiando las reglas de mi ciudad y aun así estoy aquí defendiéndola. —dijo Aylin.
—Siempre tienes una respuesta. —dijo Emir.
—No. Solo aprendí a fingir que sí. —dijo Aylin.
Emir rio en voz baja. Aylin apoyó por un momento su mano sobre la de él, sin promesas ni palabras mayores.
El gesto duró poco, pero fue suficiente.
Ambos sabían que cualquier acercamiento debía sobrevivir primero a la guerra y después a todo lo que existía fuera de ella: Persia, Anatolia, las familias, las lealtades y las heridas.
Aylin no quería convertir el miedo a perderlo en una razón para apresurarse.
Lo que sentía podía crecer o desaparecer.
Por ahora, le bastaba con saber que admiraba al hombre que Emir había elegido ser.
En otra parte de la muralla, Karim y Mendoza revisaban el campo.
El español explicó que su contingente no podría sostener una campaña larga sin recibir más suministros.
Habían llegado para abrir una cooperación, no para ganar la guerra por Persia.
Karim agradeció la claridad. Había aprendido a desconfiar de las promesas grandes.
Mendoza señaló que los otomanos todavía conservaban una superioridad enorme y que la muerte de Selim podía obligarlos a cambiar de estrategia.
Tal vez intentarían un asedio más lento.
Tal vez buscarían cortar por completo las rutas del sur.
Tal vez enviarían otra unidad de élite. Karim respondió que entonces tendrían que cambiar ellos también.
—¿Cuántos años tienes, Karim? —dijo Mendoza.
—Los suficientes. —dijo Karim.
—Esa respuesta solo la dan los demasiados jóvenes o los demasiado viejos. —dijo Mendoza.
—Elige la que te permita dormir. —dijo Karim.
—Empiezo a entender por qué Emir te soporta. —dijo Mendoza.
La amistad entre Karim y Emir terminó de consolidarse esa noche de una forma menos solemne.
Emir apareció con dos cuencos de comida y se sentó sin pedir permiso.
Karim le recordó que días atrás habría dormido con un ojo abierto si el otomano estaba cerca.
Emir respondió que, técnicamente, Karim siempre dormía con un ojo en peores condiciones que el otro.
Karim lo miró con indignación y después soltó una risa breve, la primera que Aylin le escuchaba desde antes de la muerte de Zahir.
Harun se unió a ellos y exigió saber qué era tan gracioso.
Nadie se lo explicó. Durante unos minutos parecieron cuatro viajeros alrededor de un fuego y no soldados dentro de una ciudad sitiada.
Pero la guerra no permitía olvidar por mucho tiempo.
Cerca de medianoche llegaron exploradores con informes de movimientos al oeste y al norte.
El ejército otomano estaba reorganizando sus campamentos.
Varias unidades se retiraban del alcance inmediato de las murallas, mientras otras cavaban posiciones más estables.
Mendoza interpretó aquello como el inicio de una fase distinta.
Emir estuvo de acuerdo. El ataque frontal había costado demasiado y la pérdida de Selim obligaría a los comandantes a reconsiderar.
Isfahán había sobrevivido al primer gran intento de ruptura, pero ahora podía enfrentarse a algo más peligroso: hambre, aislamiento y desgaste.
Karim subió a la torre antes del amanecer.
Aylin, Emir y Harun lo acompañaron. Mendoza llegó unos minutos después.
Desde allí contemplaron una ciudad agotada y un ejército enemigo que parecía haberse multiplicado durante la noche.
Las primeras luces revelaron zanjas, nuevas posiciones y columnas de suministros.
La llegada española había abierto una esperanza, pero también había convertido la batalla en un conflicto más amplio.
Karim comprendió que el clímax de aquella historia no sería un solo duelo ni una sola jornada.
Lo que había ocurrido era apenas la primera puerta.
Detrás esperaban días de asedio, decisiones políticas, traiciones posibles y batallas mayores.
Aylin miró a Emir. Él no apartó la vista esta vez.
Harun apoyó el martillo sobre la piedra.
Mendoza observó el horizonte como si intentara calcular cuánto mundo había recorrido para llegar hasta allí.
Karim tocó la cicatriz de su ojo derecho.
Ya no la sintió como una marca de Zahir, sino como el recuerdo de una elección que todavía debía repetir cada día: qué clase de guerrero quería ser.
Había derrotado a Selim, pero sabía que matar a un comandante no destruía un imperio.
Había ganado la confianza de Emir, pero sabía que la amistad también podía perderse.
Había defendido Isfahán por una jornada, pero la ciudad seguía rodeada.
—Hoy no ganamos la guerra. —dijo Karim.
—Siempre encuentras una forma de arruinar una buena mañana. —dijo Harun.
—Ganamos tiempo. —dijo Karim.
—A veces el tiempo es lo único que necesita una ciudad. —dijo Emir.
—Entonces hagamos que les cueste cada hora. —dijo Aylin.
—Eso sí lo entendí sin intérprete. —dijo Mendoza.
El sol apareció detrás de Isfahán y proyectó las sombras de los cinco sobre la muralla.
Abajo, persas y españoles reparaban juntos una sección dañada.
En los barrios interiores, Farid organizaba nuevas caravanas para traer alimentos desde rutas secundarias.
En el campamento otomano, otros comandantes ocupaban el lugar de Selim y preparaban respuestas.
La guerra había dejado de pertenecer a una sola frontera.
Cada personaje había cruzado la suya: Aylin ya no luchaba para demostrar su valor; Emir ya no era definido únicamente por el ejército que había abandonado; Karim comenzaba a recuperar la humanidad que la traición le había arrebatado; Harun había transformado su fuerza en responsabilidad; y Mendoza acababa de entrar en una historia que todavía no comprendía por completo.
Isfahán seguía en pie. Pero alrededor de sus murallas el mundo se preparaba para una guerra mayor.
Aquella mañana, cuando volvieron a sonar los tambores otomanos, nadie confundió el sonido con el final.
Era el anuncio de la siguiente fase. Karim desenvainó lentamente.
Emir se colocó a su derecha, en el lado que la cicatriz había convertido en vulnerable.
Aylin ocupó el otro costado. Harun avanzó detrás de ellos.
Mendoza levantó una mano y sus hombres prepararon las armas.
La media luna volvió a moverse en el horizonte.
Isfahán respondió desde sus murallas. Y por primera vez, Karim no sintió que marchaba acompañado por aliados circunstanciales.
Miró a Emir y supo que, si sobrevivían a lo que venía, aquel hombre sería su hermano por elección.
Después miró al frente. La verdadera guerra acababa de comenzar.