Capítulo Cinco — La guerra de Isfahán #3
La brecha era peor de lo esperado. Una sección exterior había colapsado y el espacio entre dos construcciones se había convertido en un corredor hacia el interior.
Los otomanos avanzaban por allí en grupos compactos.
Los defensores persas habían improvisado una segunda línea con carros, piedras y vigas.
Mendoza colocó a sus arcabuceros detrás de aquella protección y ordenó disparos alternados, no una descarga desordenada.
El ruido sorprendió incluso a algunos persas.
La primera línea enemiga vaciló y ese instante permitió a Karim reorganizar a los hombres.
Harun ocupó el centro. Aylin se movió hacia un costado desde donde podía interceptar a quienes intentaran rodearlos.
Emir buscó entre los estandartes una señal específica.
La encontró junto a un grupo de jinetes desmontados.
Un hombre de armadura trabajada y casco oscuro avanzaba sin prisa detrás de los soldados de élite.
No necesitaba gritar para ser obedecido.
A su alrededor, los Lobos de Rum que habían sobrevivido a otros combates se agrupaban con una disciplina rígida.
Emir reconoció a Selim Pasha. Durante años había escuchado historias sobre él: campañas rápidas, castigos severos y una obsesión por quebrar la voluntad del adversario antes de ocupar una ciudad.
Selim no era el comandante supremo del ejército otomano, pero sí uno de los hombres encargados de convertir una brecha en una derrota completa.
Cuando vio a Emir entre los persas, su expresión cambió.
—Así que era verdad. —dijo Selim.
—¿Qué cosa? —dijo Emir.
—Que habías cambiado tu nombre por la compañía de tus enemigos. —dijo Selim.
—No cambié mi nombre. Cambié de decisión. —dijo Emir.
—Las decisiones de un soldado pertenecen a su comandante. —dijo Selim.
—Entonces has venido demasiado lejos para descubrir que aquí no. —dijo Karim.
Selim miró a Karim y reparó en la cicatriz que cruzaba su ojo.
Preguntó quién era. Nadie respondió de inmediato.
Karim avanzó un paso. No tenía rango suficiente para que su nombre importara en los mapas, pero había pasado meses enfrentando las consecuencias de hombres que sí aparecían en ellos.
Selim pareció divertido al descubrir que el persa que le hablaba no era un general.
Para él, la guerra todavía se organizaba mediante jerarquías.
Para Karim, la guerra se había reducido a las personas que permanecían cuando todo lo demás fallaba.
—¿Eres el comandante de esta defensa? —dijo Selim.
—No. —dijo Karim.
—Entonces apártate. —dijo Selim.
—Jodete. —dijo Karim.
—Podría ordenar que cien hombres te sustituyeran por uno solo. —dijo Selim.
—Ese es tu problema. Sigues creyendo que los hombres son números. —dijo Karim.
El choque se reanudó antes de que pudieran decir más.
Los Lobos de Rum atacaron la barricada mientras los arcabuceros españoles retrocedían para recargar.
Harun sostuvo el centro con los persas. Aylin y Emir protegieron el costado izquierdo.
Mendoza gritó órdenes a sus hombres y Bedros las traducía como podía entre el estruendo.
Karim perdió de vista a Selim durante unos segundos y luego lo encontró avanzando directamente hacia él.
No fue un duelo acordado ni una escena aislada del resto de la batalla.
Fue el encuentro inevitable de dos hombres empujados al mismo espacio por cientos de decisiones ajenas.
Selim era más experimentado y lo demostró desde el primer intercambio.
No desperdiciaba fuerza. Atacaba la zona que Karim veía peor y lo obligaba a girar continuamente.
Karim comprendió que alguien había informado al comandante sobre su lesión o que Selim la había leído con rapidez.
La vieja rabia intentó regresar. La misma que había sentido frente a Zahir.
Pero esta vez no permitió que dirigiera su mano.
Recordó las enseñanzas de su padre: un guerrero no se medía solo por su capacidad de destruir, sino por la claridad con la que elegía cada acción.
Karim dejó de perseguir el golpe definitivo y comenzó a esperar.
—Tu ojo te hará lento. —dijo Selim.
—Mi ojo ya aprendió esa lección. —dijo Karim.
—Entonces aprenderás otra. —dijo Selim.
—Eso espero. —dijo Karim.
A pocos metros, Emir intentó abrirse paso hacia Karim, pero tres soldados lo obligaron a retroceder.
Aylin se colocó junto a él. Ambos combatieron espalda con espalda durante unos instantes.
Ella notó que Emir miraba constantemente hacia el duelo.
No era miedo por Selim. Era preocupación por Karim.
Aquello confirmó lo que ya sabía: entre los dos hombres había nacido una hermandad que ninguno habría considerado posibles semanas atrás.
Emir había dejado de luchar junto a Karim por conveniencia.
Lo hacía porque no estaba dispuesto a perder a otro compañero.
—Tengo que llegar hasta él. —dijo Emir.
—Llegaremos. Pero vivos. —dijo Aylin.
—Selim conoce su punto ciego. —dijo Emir.
—Karim también. —dijo Aylin.
Karim cedió terreno hasta quedar cerca de una pared derruida.
Selim interpretó el retroceso como agotamiento y aceleró.
Ese fue el error que Karim esperaba. En lugar de cubrir su lado derecho, giró hacia él, entrando en la distancia que el otomano consideraba segura.
Las armas chocaron una vez y después otra.
Karim perdió la suya por un instante, pero utilizó el movimiento para desequilibrar a Selim.
El comandante recuperó la postura y volvió a atacar.
Karim alcanzó su espada caída y se levantó.
Ninguno parecía dispuesto a retroceder. A su alrededor, la línea otomana comenzaba a perder cohesión bajo la presión combinada de persas y españoles.
Selim intentó ordenar un nuevo avance. Karim entendió que si el comandante conseguía reagrupar a los Lobos, la brecha volvería a abrirse.
Se lanzó antes de que la orden terminara.
El enfrentamiento duró apenas unos segundos más.
Selim bloqueó el primer golpe y falló el segundo.
Karim encontró la apertura y lo derribó.
El comandante otomano quedó sin posibilidad de continuar el combate.
Durante un instante, Karim tuvo la opción de apartarse.
Selim buscó todavía su arma. Karim vio en aquel gesto la decisión de seguir luchando y terminó el enfrentamiento cortando la cabeza de Selim.
No hubo celebración. Solo un silencio breve en torno a los hombres que habían visto caer a su comandante.
La muerte de Selim Pasha no terminó la batalla, pero quebró la coordinación del ataque.
Los Lobos de Rum retrocedieron para evitar quedar aislados y las tropas que los seguían perdieron el impulso.
Mendoza aprovechó el momento para ordenar otra descarga.
Harun empujó la barricada hacia adelante con ayuda de varios soldados.
Aylin y Emir alcanzaron finalmente a Karim.
Él permanecía de pie, respirando con dificultad, mirando el lugar donde había caído Selim.
No había satisfacción en su rostro. Aylin reconoció esa expresión y temió por un instante que regresara el vacío que había visto después de Zahir.
Pero Karim envainó la espada y miró a Emir.
—¿Estás herido? —dijo Emir.
—Solo cansado. —dijo Karim.
—Eso significa que sí, en el ego. —dijo Emir.
—Te estás volviendo insoportable. —dijo Karim.
—Me dijeron que eso hacen los amigos. —dijo Emir.
—¿Quién te dijo que somos amigos? —dijo Karim.
—Nadie. Por eso puedo equivocarme. —dijo Emir.
—Entonces equivócate un día más. —dijo Karim.
Aylin sonrió a pesar del agotamiento. No porque la muerte de Selim fuera motivo de alegría, sino porque Karim había respondido de una manera que creía perdida.
Había vuelto a permitir que alguien se acercara.
La traición de Zahir había convertido la confianza en una herida; Emir, sin proponérselo, estaba demostrando que una herida no tenía que permanecer abierta para siempre.
Harun llegó poco después y golpeó a ambos en los hombros con tanta fuerza que Karim protestó.
Mendoza apareció detrás, cubierto de polvo, y preguntó si todos los persas celebraban una victoria intentando derribar a sus propios compañeros.
Harun respondió que solo a los que le caían bien.
La línea exterior fue recuperada antes del anochecer.
Los defensores no persiguieron a los otomanos más allá del alcance seguro.
Karim insistió en que la caída de Selim podía provocar un contraataque más violento.
Mendoza estuvo de acuerdo. Emir advirtió que el mando otomano sustituiría rápidamente al comandante muerto.
La guerra no dependía de un solo hombre.
Esa certeza evitó que la ciudad confundiera una victoria táctica con el final del asedio.
Aun así, la noticia corrió por Isfahán: la unidad de élite había sido rechazada, un comandante otomano había caído y soldados llegados desde tierras españolas combatían junto a los defensores.
Por primera vez en varios días, algunos civiles permitieron que la esperanza entrara en sus conversaciones.
Farid encontró a Aylin al caer la noche.
Le entregó un cuenco con agua y pan, como si todavía pudiera cuidarla de la misma forma que cuando era niña.
Aylin comió en silencio. Cerca de ellos, Emir ayudaba a mover a un herido.
Farid siguió la dirección de la mirada de su hija y comprendió más de lo que ella habría querido explicar.
No preguntó si estaba enamorada. Aquella palabra sería demasiado grande y demasiado prematura.
Solo vio admiración y una cercanía nueva.
Recordó a la muchacha que se escapaba para observar entrenamientos y comprendió que ya no podía decidir con quién debía caminar.
—El otomano regresó por ti cuando pudo escapar. —dijo Farid.
—Se llama Emir. —dijo Aylin.
—Lo sé. —dijo Farid.