Capítulo Cinco — La guerra de Isfahán #2
Uno de los Lobos, herido y sin posibilidad de escapar, dejó caer su arma.
Emir pidió que lo tomaran prisionero. Karim lo miró durante varios segundos.
Meses atrás habría resuelto la situación de otra manera.
Recordó a Zahir, la daga, la cicatriz y el silencio posterior.
Después envainó la espada. Aquella decisión no borraba lo ocurrido, pero demostraba que la frontera que había cruzado no tenía por qué convertirse en un camino sin regreso.
El prisionero fue llevado ante los oficiales.
En sus ropas encontraron un dibujo parcial de los accesos del sur y una orden sellada con el nombre de un comandante: Selim Pasha, responsable de coordinar la penetración en la ciudad.
Emir reconoció el nombre inmediatamente.
—Selim no envía a estos hombres para probar una defensa. Los envía cuando cree que puede romperla. —dijo Emir.
—¿Lo conoces? —dijo Karim.
—Lo suficiente para saber que no perdona un fracaso. —dijo Emir.
—Entonces vendrá otra vez. —dijo Aylin.
—No. Después de esto vendrá él. —dijo Emir.
La noticia se extendió entre los defensores y elevó la moral durante unas horas.
Sin embargo, la victoria en los corredores no cambió el tamaño del ejército que rodeaba Isfahán.
Al mediodía comenzaron nuevos ataques contra las puertas.
El estruendo se volvió continuo. Desde las murallas caían piedras y flechas; desde el exterior respondían proyectiles y columnas de infantería.
El calor convirtió las armaduras en una carga y el polvo se pegó al sudor.
Karim pasó de una sección a otra organizando relevos.
Aylin transportó mensajes entre torres. Emir fue requerido por dos oficiales que querían conocer las señales otomanas.
Harun terminó al frente de hombres a los que apenas conocía.
La guerra estaba convirtiendo a los cuatro en algo que ninguno había planeado: referentes para otros soldados.
Fue durante la tarde cuando apareció un sonido diferente.
No provenía de los tambores otomanos ni de las campanas de Isfahán.
Llegó desde el sureste como una serie de disparos secos y distantes.
Al principio algunos pensaron que era otra batería enemiga.
Después vieron confusión en el flanco otomano.
Una columna de caballería se movió para cubrir la retaguardia y varios estandartes cambiaron de orientación.
Los defensores de la muralla comenzaron a señalar hacia el horizonte.
Entre el polvo aparecieron banderas desconocidas para muchos de ellos: cruces, colores europeos y enseñas que habían viajado miles de kilómetros.
Farid, que había tratado con mercaderes portugueses y castellanos, fue uno de los primeros en comprender.
—No vienen de Anatolia. —dijo Farid.
—¿Quiénes son? —dijo Aylin.
—Españoles. O hombres al servicio de su corona. —dijo Farid.
—¿Por qué estarían aquí? —dijo Karim.
—En este mundo, hijo, las guerras viajan por las mismas rutas que el comercio. —dijo Farid.
La llegada del contingente español no fue la aparición milagrosa de un ejército capaz de terminar el asedio.
Eran varios centenares de hombres acompañados por auxiliares, intérpretes y artilleros, una fuerza pequeña frente a las dimensiones de la campaña otomana.
Pero su llegada tenía un valor enorme porque atacaba el problema que Karim había comprendido días antes: la guerra dependía de rutas y suministros.
El contingente había avanzado desde el sur siguiendo contactos comerciales y acuerdos con autoridades persas, transportando pólvora, armas, herramientas y especialistas en fortificación.
Su presencia obligó a los otomanos a dividir atención y recursos.
Por primera vez desde el amanecer, la presión sobre una sección de la muralla disminuyó.
Al frente de uno de los grupos llegó el capitán Alonso de Mendoza, un castellano de unos treinta y tantos años, rostro quemado por el sol y una barba que parecía haber acumulado polvo de varios países.
No hablaba persa con soltura, pero llevaba junto a él a un intérprete armenio llamado Bedros.
Mendoza no entró en la ciudad como un salvador.
Lo hizo como un soldado que sabía que había llegado tarde a una batalla ya iniciada.
Observó las murallas, los daños y la cantidad de heridos.
Después pidió hablar con quienes conocieran mejor los movimientos enemigos.
Los oficiales señalaron a Emir con evidente incomodidad y a Karim con mayor confianza.
Mendoza miró la insignia otomana que Emir todavía conservaba dentro de una bolsa y luego la cicatriz de Karim.
—Me dicen que uno de ustedes conoce al enemigo y el otro se niega a morir. —dijo Mendoza.
—Los dos conocemos al enemigo. —dijo Karim.
—Y los dos nos negamos a morir. —dijo Emir.
—Entonces quizá podamos entendernos. —dijo Mendoza.
Mendoza aportó algo que los defensores necesitaban tanto como las armas: una mirada exterior.
Sus hombres habían combatido en fortalezas europeas y conocían métodos para reforzar puntos dañados con rapidez.
Los artilleros evaluaron posiciones desde las que podían castigar las concentraciones enemigas sin desperdiciar pólvora.
Los zapadores ayudaron a revisar los accesos subterráneos que los Lobos de Rum habían utilizado.
No transformaron Isfahán en una fortaleza inexpugnable, pero hicieron que cada debilidad costara más al enemigo.
Karim observó con interés la forma en que Mendoza escuchaba antes de ordenar.
El español, por su parte, pareció reconocer en el joven persa una autoridad que no provenía de rango oficial.
Durante una breve pausa, Aylin encontró a Emir sentado junto a un depósito de agua.
Tenía una venda nueva en el antebrazo y limpiaba con paciencia la empuñadura de su espada.
Ella se sentó a cierta distancia. Desde que él había ayudado a rescatarla, algo había cambiado en la forma en que lo observaba.
Al principio había sido gratitud; después curiosidad.
Ahora existía admiración. No por su habilidad con las armas, sino por la decisión de permanecer en una ciudad donde casi todos podían desconfiar de él.
Emir había renunciado a la seguridad de obedecer y había aceptado el peso de elegir.
Aylin entendía demasiado bien lo que significaba vivir contra el lugar que otros habían decidido para uno.
—Podrías haberte ido con los españoles cuando entraron por el sur. —dijo Aylin.
—También podría haberme ido muchas veces antes. —dijo Emir.
—¿Por qué no lo hiciste? —dijo Aylin.
—Porque por primera vez estoy donde elegí estar. —dijo Emir.
—Eso no responde todo. —dijo Aylin.
—No. Pero responde lo suficiente por hoy y sobre todo para mí no me mal entiendas quiero tener la seguridad de estar donde soy necesitado o querido. —dijo Emir.
Aylin sostuvo su mirada un instante más de lo habitual.
No necesitaba una confesión. Tampoco quería que la guerra decidiera por ellos algo que apenas comenzaba a existir.
Extendió la mano y ajustó el nudo de la venda que se había aflojado en el brazo de Emir.
Fue un gesto sencillo, casi práctico, pero ninguno lo tomó como algo insignificante.
Emir sonrió apenas y Aylin apartó la vista hacia la muralla.
La cercanía no borraba el asedio ni convertía el miedo en una historia romántica.
Era solo la posibilidad de que, en medio de un mundo dedicado a separar personas por banderas, dos de ellas pudieran empezar a conocerse sin pedir permiso a la guerra.
Karim los vio desde lejos y continuó caminando.
En otro momento habría hecho una broma o habría desconfiado de las intenciones de Emir.
No lo hizo. La amistad que estaba naciendo entre los dos hombres había cambiado también la manera en que Karim entendía la relación de Emir con Aylin.
Sabía que ella no necesitaba protección ni autorización.
Si se acercaba al desertor era porque había encontrado algo digno de respeto.
Aquella conclusión le produjo una calma extraña.
Durante años había considerado a Aylin una compañera a la que debía vigilar para que no cometiera una imprudencia.
Ahora sabía que, en más de una ocasión, ella había sido quien había impedido que él se perdiera.
La calma terminó con la llegada de un mensajero.
El flanco norte había cedido parcialmente y una fuerza otomana avanzaba hacia una brecha abierta en una defensa exterior.
Mendoza propuso utilizar a sus arcabuceros para detener el impulso mientras los persas reorganizaban la línea.
Emir advirtió que Selim Pasha aprovecharía la confusión para dirigir personalmente a sus tropas de élite.
Karim pidió ir al punto de ruptura. Aylin y Harun se unieron sin esperar permiso.
Mendoza ordenó a una treintena de sus hombres acompañarlos.
Así, por primera vez, persas, un desertor otomano y soldados españoles marcharon juntos por las calles de Isfahán hacia el mismo frente.
—No entiendo la mitad de lo que gritan tus hombres. —dijo Mendoza.
—Mientras entiendan cuándo avanzar y cuándo detenerse, bastará. —dijo Karim.
—Eso mismo decía mi sargento. Murió viejo, así que quizá funcione. —dijo Mendoza.
—¿El español siempre habla tanto? —dijo Harun.
—Creo que todavía no ha empezado. —dijo Aylin.