EL FILO DE PERSIA Capítulo Cinco — La guerra de Isfahán
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Capítulo Cinco — La guerra de Isfahán

El segundo asalto comenzó antes de que el sol terminara de levantarse.

Isfahán ya no despertó con el llamado de los comerciantes ni con el sonido de los animales en los mercados, sino con el golpe profundo de los tambores otomanos y el crujido de las defensas exteriores.

Desde las murallas, Karim contempló una extensión de estandartes que parecía no tener final.

El humo del primer ataque todavía permanecía suspendido sobre los campos, mezclado con el polvo levantado por caballos, carros y hombres.

Aquella mañana comprendió que la ciudad no sería defendida por una sola batalla.

Sería defendida hora por hora, calle por calle, decisión por decisión.

A su alrededor, soldados agotados ajustaban correas, recogían flechas útiles y ocupaban los espacios dejados por quienes ya no podían continuar.

Nadie hablaba de victoria. La palabra era demasiado grande para una muralla que apenas había sobrevivido al amanecer.

—No miren cuántos son. Miren el espacio que deben defender. —dijo Karim.

—Eso es fácil de decir cuando el espacio está lleno de otomanos. —dijo Harun.

—Entonces procura que deje de estarlo. —dijo Karim.

—Discutan después. Vuelven a mover las escaleras. —dijo Aylin.

Aylin había dejado de sentir que necesitaba demostrar su lugar entre los defensores.

La primera jornada del asedio había borrado las últimas miradas de desconfianza.

Los hombres que al principio se habían sorprendido al verla con espada ahora buscaban su posición para saber dónde se encontraba la línea más firme.

Ella no celebraba aquel reconocimiento. Había imaginado durante años el momento en que nadie cuestionaría su capacidad para combatir, pero nunca pensó que llegaría mientras su ciudad ardía alrededor.

Desde una abertura de la muralla alcanzó a ver los barrios donde había crecido.

Pensó en Farid, convertido de comerciante en organizador de suministros, usando las mismas rutas con las que había vendido telas para mover agua, alimentos y vendajes.

Su padre también estaba luchando, solo que sin espada.

Aquello le recordó que una ciudad no se defendía únicamente con soldados.

Emir se encontraba a pocos pasos. Desde que había entrado en Isfahán vivía bajo una contradicción permanente: para los persas seguía siendo un otomano y para los otomanos se había convertido en traidor.

Sin embargo, en la muralla no había tiempo para resolver identidades.

Su conocimiento de las formaciones enemigas había permitido anticipar dos movimientos durante la noche y Karim, aunque no lo admitía con facilidad, comenzaba a consultarlo antes de cada decisión.

Emir reconoció un cambio en los tambores y levantó la cabeza.

No era una señal de avance general. Era una orden para cubrir una maniobra más pequeña.

Señaló hacia el sur, donde una sección de infantería parecía retirarse demasiado pronto.

Karim siguió la dirección de su mano y comprendió que la retirada era una máscara.

—No se retiran. Están abriendo espacio. —dijo Emir.

—¿Para qué? —dijo Karim.

—Para una unidad que no quieren que veamos llegar. —dijo Emir.

—¿Qué clase de unidad? —dijo Aylin.

—Una que no suele atacar murallas. Entra cuando alguien ya abrió la puerta. —dijo Emir.

La respuesta apareció poco después. Entre las filas enemigas avanzó un grupo reducido, quizá cuarenta hombres, vestidos sin el brillo de las tropas ceremoniales.

Sus protecciones eran oscuras, sus movimientos silenciosos y sus armas distintas entre sí, escogidas para combatir en espacios cerrados.

No portaban grandes estandartes. Solo una pequeña marca roja cosida cerca del hombro.

Emir palideció al reconocerla. Eran conocidos entre algunos regimientos como los Lobos de Rum, una célula de asalto utilizada para infiltración, sabotaje y eliminación de oficiales.

No eran invencibles ni sobrenaturales. Su peligro estaba en la disciplina: no peleaban para conquistar terreno visible, sino para romper el punto exacto que sostenía una defensa.

Si habían llegado a Isfahán, significaba que alguien había identificado una debilidad dentro de la ciudad.

Karim reunió a Harun, Aylin y Emir detrás de una torre dañada.

Extendieron un mapa sobre una caja de flechas.

La puerta sur estaba protegida, pero debajo de aquella zona existían antiguos canales y corredores de servicio utilizados para mover mercancías y agua.

Farid había mencionado algunos cuando explicó cómo abastecerían los barrios interiores.

Karim recordó inmediatamente a Zahir. La traición de su antiguo compañero había entregado rutas, hábitos y accesos.

Quizá parte de aquella información había terminado en manos de los hombres que ahora estaban frente a ellos.

La cicatriz de su rostro pareció arderle de nuevo.

Por primera vez no respondió a ese recuerdo con rabia. Respondió con cálculo.

—Si Zahir conocía los pasos, ellos también pueden conocerlos. —dijo Karim.

—Mi padre conoce los depósitos del sur. Hay conductos viejos debajo de los talleres. —dijo Aylin.

—Entonces los Lobos no vienen por la muralla. Vienen por dentro. —dijo Emir.

—Perfecto. Por una vez podremos recibirlos sin tener que subir una escalera. —dijo Harun.

—No. Por una vez tendremos que pensar antes de golpear. —dijo Karim.

La frase sorprendió a Harun y también a Aylin.

Meses atrás Karim habría elegido el choque directo.

Ahora ordenó evacuar dos almacenes, cerrar tres corredores y dejar uno aparentemente accesible.

Con ayuda de Farid, los defensores trasladaron provisiones y ocultaron hombres detrás de puertas interiores.

Emir dibujó de memoria la forma en que una unidad otomana de infiltración revisaría una bifurcación.

Aylin propuso dejar señales falsas que condujeran hacia un patio estrecho.

Harun aceptó esperar allí con un pequeño grupo.

La preparación tomó menos de una hora. No tenían más tiempo.

Mientras trabajaban, Karim observó a Emir dar instrucciones a soldados persas que días antes lo habrían detenido.

Nadie discutía ya su utilidad. La confianza no había nacido de palabras, sino de decisiones repetidas bajo peligro.

El primer indicio de la infiltración fue una lámpara apagada.

Después desapareció un centinela de su puesto, no muerto, sino reducido y dejado inconsciente detrás de unas cajas.

Karim entendió el mensaje: aquellos hombres evitaban el ruido.

Los Lobos de Rum habían penetrado por un conducto lateral y avanzaban exactamente como Emir había previsto.

Aylin permaneció oculta junto a una columna.

Podía escuchar pasos breves, una pausa, otros pasos.

No había gritos ni órdenes. La célula se comunicaba con señales de manos.

Cuando el primer grupo entró al patio, encontró un espacio aparentemente vacío.

El segundo avanzó detrás. Karim esperó hasta que la mayor parte estuviera dentro y cerró la salida con una barrera de madera preparada por Harun.

—Ahora. —dijo Karim.

—Eso sí era una orden que estaba esperando. —dijo Harun.

El enfrentamiento fue rápido y duro, pero muy distinto a las batallas abiertas de la muralla.

No había espacio para grandes formaciones.

Cada paso debía ser medido. Los soldados de élite intentaron romper la barrera y reorganizarse, mientras los persas presionaban desde los costados.

Aylin descubrió que sus adversarios no desperdiciaban movimientos; cuando uno retrocedía, otro ocupaba su lugar.

Emir conocía parte de su entrenamiento y gritaba advertencias antes de cada cambio.

Karim dejó de combatir como un hombre aislado.

Comenzó a moverse con Emir, cubriendo uno el ángulo que el otro no podía ver.

La limitación del ojo derecho de Karim, que durante semanas había sido una desventaja, dejó de serlo cuando Emir se colocó de ese lado sin necesidad de que nadie se lo pidiera.

—Derecha. —dijo Emir.

—La tengo. —dijo Karim.

—No. Esa es la izquierda. —dijo Emir.

—Si sobrevivimos, te permitiré burlarte una sola vez. —dijo Karim.

—Entonces procuraré sobrevivir necesito decirte lo inútil que eres. —dijo Emir.

Aylin escuchó aquel intercambio en medio del combate y, pese a la tensión, sintió algo parecido al alivio.

Karim había desconfiado de Emir desde el primer momento; ahora le entregaba literalmente el lado que menos podía ver.

No existía una declaración más clara. La amistad entre ambos no se parecía a la que Karim había tenido con Zahir.

No estaba construida sobre años de camino, sino sobre una prueba constante.

Emir sabía que Karim podía seguir considerándolo enemigo y, aun así, se mantenía junto a él.

Karim sabía que Emir había servido bajo la media luna y, aun así, comenzaba a confiarle su espalda.

Cuando la célula comprendió que el patio era una trampa, intentó dividirse.

Aylin cortó la retirada hacia los talleres y Harun bloqueó el paso principal. La infiltración había fracasado.