Capítulo Nueve — Donde terminan los caminos #4
Por primera vez desde que lo conocían, parecía no tener una broma preparada.
Karim extendió el brazo.
Dastan lo tomó.
—Lo hiciste bien.
Dastan sostuvo su mirada.
—Tú me dejaste hacerlo.
—No me hagas arrepentirme.
—Demasiado tarde.
Se abrazaron brevemente.
No como comandante y subordinado.
Como hombres que habían sobrevivido juntos.
Harun tomó otra decisión.
Regresaría a su pueblo.
No como el hombre que había salido de allí.
No como el gigante nervioso que temía cada ruido.
Tampoco como el guerrero que había sentido dentro de sí una furia capaz de convertir a sus amigos en enemigos.
Volvería para asumir una responsabilidad.
Shirin fue quien le dio el nombre correcto.
—Kadkhodā.
Harun repitió la palabra.
—Jefe.
—Más que jefe —explicó ella—. El hombre que responde por la comunidad. El que representa al pueblo y carga sus problemas aunque preferiría estar durmiendo.
Harun sonrió.
—Suena horrible.
—Por eso creo que te queda bien.
Durante el periodo safávida, el término kadkhodā se utilizaba para el jefe o representante de una comunidad local, incluidos pueblos y aldeas.
Harun no regresaría para convertirse en señor de los demás, sino para intentar ser el hombre al que pudieran acudir cuando hubiera una disputa, una amenaza o una decisión que afectara a todos.
Karim lo miró con orgullo.
—Siempre quisiste proteger gente.
Harun negó.
—Antes quería que me tuvieran miedo.
—¿Y ahora?
Harun pensó.
—Ahora quiero que no tengan que tenerlo.
Shirin anunció que viajaría con él durante parte del camino.
Harun levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque alguien tendrá que impedir que conviertas cada discusión del pueblo en una pelea.
—Ya no hago eso.
Shirin lo miró.
Harun suspiró.
—Casi nunca.
Aylin y Emir prepararon el regreso a Isfahán.
No lo llamaron regreso a casa.
Todavía no.
Para Aylin, la ciudad significaba Farid.
Significaba una tienda que quizá seguiría oliendo a telas y especias aunque su padre ya no estuviera.
Significaba la calle donde había aprendido a correr.
El lugar donde había escondido armas debajo de la ropa.
El sitio del que había salido intentando demostrar que podía vivir libre.
Ahora regresaba sin necesidad de demostrarlo.
Emir iría con ella.
No como dueño de una respuesta.
No como hombre perdonado por un beso.
Solo como alguien a quien Aylin había permitido caminar a su lado mientras descubrían qué quedaba después de la guerra.
La mañana de las despedidas fue silenciosa.
Mendoza partió hacia una población cercana donde comenzaría a establecerse.
Harun y Shirin tomaron el camino hacia el pueblo del gigante.
Dastan se quedó con las unidades del sur.
Rostam decidió permanecer a su lado, aunque aseguró que únicamente lo hacía para evitar que el nuevo comandante destruyera Persia por accidente.
Karim todavía necesitaba recuperarse.
Los médicos insistieron en que viajara lentamente.
Él insistió en que podía montar.
Shirin, antes de marcharse, amenazó con regresar únicamente para golpearlo si intentaba demostrarlo.
Aylin subió a su caballo.
Emir hizo lo mismo.
Dastan se acercó.
—Así que Isfahán.
Aylin asintió.
—Isfahán.
—¿Y después?
Ella miró hacia el este.
—No lo sé.
Dastan sonrió.
—Eso sí me preocupa.
Aylin lo abrazó.
El gesto lo dejó inmóvil.
—No te acostumbres.
—No pensaba hacerlo.
Ella se separó.
Karim observaba desde su caballo.
Aylin se acercó.
Durante años habían caminado juntos.
Desde antes de que existiera Emir.
Antes de Harun.
Antes de Dastan.
Antes de que la guerra tuviera nombres y rostros.
—¿Vienes? —preguntó ella.
Karim miró hacia el camino.
—Hasta donde pueda.
Aylin asintió.
Era suficiente.
La columna que regresó hacia Isfahán era mucho más pequeña que el ejército que había marchado a la batalla.
Pero también era más ligera.
Por primera vez en años no avanzaba hacia un enemigo.
Los caminos comenzaron a llenarse nuevamente de comerciantes. Primero pocos. Después más. Caravanas pequeñas probaban rutas que semanas atrás habrían significado una sentencia. En los pueblos, la gente salía a observar a los soldados.
Algunos celebraban.
Otros simplemente preguntaban si era verdad.
Si los otomanos se habían retirado.
Si podían volver a viajar.
Si podían llevar grano.
Si podían enviar a sus hijos a otra ciudad sin esperar que una patrulla los detuviera.
Aylin entendió entonces por qué habían luchado.
No por los discursos.
No por las banderas.
No por los generales.
Por aquello.
Por un camino abierto.
Por una carreta avanzando sin escolta militar.
Por un comerciante discutiendo el precio de una tela en lugar del precio de su vida.
Pensó en Farid.
Su padre habría entendido esa victoria mejor que cualquier soldado.
La tarde antes de divisar Isfahán, Aylin se detuvo junto a una elevación.
Emir se quedó a cierta distancia.
No quiso interrumpirla.
Ella sacó el trozo de seda.
Después la carta.
Dos recuerdos.
Dos ausencias diferentes.
Escuchó pasos.
Karim se acercó lentamente.
—Mañana llegamos.
—Sí.
—¿Tienes miedo?
Aylin sonrió sin alegría.
—Mucho.
Karim miró el horizonte.
—Bien.
Ella lo observó.
—Eso me dijiste una vez.
—Probablemente era más inteligente entonces.
Aylin guardó la tela.
—¿Crees que terminó?
Karim tardó.
—La guerra.
—Nuestra guerra.
Karim miró su cicatriz.
Después la herida reciente bajo los vendajes.
—Creo que terminó la parte en la que otros decidían hacia dónde teníamos que correr.
Aylin pensó en ello.
—¿Y ahora?
Karim señaló el camino.
—Ahora elegimos.
Emir esperaba abajo.
Más lejos, los últimos soldados de la escolta preparaban el campamento.
El cielo comenzaba a oscurecer.
Aylin respiró.
Por primera vez en años, el día siguiente no contenía una batalla.
Aquello la aterrorizaba.
Y también la hacía sentir libre.
En el sur, Dastan recibiría un ejército que tendría que aprender a obedecer a un hombre que prefería trepar muros antes que sentarse detrás de una mesa.
En otro camino, Harun regresaría a su pueblo para convertirse en kadkhodā y descubrir si proteger a una comunidad podía ser más difícil que proteger una muralla.
Mendoza empezaría una vida que jamás había imaginado cuando cruzó hacia Persia como soldado extranjero.
Shirin seguiría curando cuerpos mientras fingía que no le importaban las personas que habitaban dentro de ellos.
Rostam tendría suficientes historias para atormentar a Dastan durante el resto de su vida.
Karim tendría que aprender a existir sin una guerra que le dijera quién debía ser.
Emir tendría que descubrir si un hombre podía abandonar una bandera sin perderse a sí mismo.
Y Aylin regresaría a la ciudad donde todo había comenzado.
No como la muchacha que se escondía para observar entrenamientos.
No como la hija del comerciante que soñaba con conocer el mundo.
No como una mujer intentando demostrar que podía luchar igual que un hombre.
Regresaría como Aylin.
Nada más.
Nada menos.
La guerra había terminado.
Pero las cenizas seguían cayendo.
Y todavía faltaba descubrir qué podía crecer sobre ellas.