Capítulo Tres — La marca del traidor #2
Un corte profundo atravesó la parte derecha de su rostro.
Karim cayó de rodillas.
Aylin gritó.
—¡Karim!
La sangre comenzó a caer sobre su mejilla.
Su ojo derecho se cerró inmediatamente.
Harun atacó.
Zahir esquivó el golpe y corrió.
—¡Deténganlo! —gritó Aylin.
Zahir montó uno de los caballos.
Karim se levantó.
—No.
Aylin intentó detenerlo.
—Estás herido.
Karim la apartó.
—No.
—¡Karim!
—Ese hombre no llegará vivo a ninguna parte.
***
Zahir galopó hacia el bosque.
Karim tomó otro caballo.
La sangre le cubría la cara.
Su ojo derecho apenas podía abrirse.
Aylin montó detrás.
—No puedes verlo.
—Puedo.
—No con ese ojo.
—Tengo uno más.
—Karim, detente.
—No.
—¡Karim!
—No.
Zahir apareció al final del bosque.
Había otros hombres esperándolo.
Otomanos.
Karim frenó.
Aylin llegó junto a él.
Harun se colocó a su lado.
Los tres observaron a los soldados.
Zahir desmontó.
Uno de los hombres se acercó.
—¿Lo conseguiste?
Zahir señaló a Karim.
—Ellos son los que necesitan.
El hombre sonrió.
—¿Y tú?
—Quiero mi recompensa.
Karim levantó la espada.
—No tendrás ninguna.
Zahir se volvió.
—Karim...
—Terminó.
Los soldados comenzaron a avanzar.
Harun levantó el martillo.
—Son demasiados.
Aylin respiró profundamente.
—Entonces tendremos que luchar.
Karim cerró parcialmente su ojo derecho.
La sangre seguía cayendo.
—No.
Aylin lo miró.
—¿Qué?
—Ustedes continúen.
—¿Qué estás diciendo?
Karim bajó del caballo.
—Yo me quedo.
Harun negó.
—No.
—Vayan.
—No te dejaremos.
Karim lo miró.
—Harun.
El enorme guerrero permaneció en silencio.
—Confía en mí.
Harun apretó los dientes.
Finalmente asintió.
Aylin entendió.
—No vas a matarlo.
Karim la observó.
—Sí.
—No.
—Aylin.
Ella se colocó delante de él.
—No eres un asesino.
Karim la miró.
—Él acaba de intentar matarme.
—Pero está desarmado.
Karim miró hacia Zahir.
—No.
Zahir todavía llevaba la daga.
Karim sonrió con tristeza.
—Nunca estuvo desarmado.
Los soldados atacaron.
***
La pelea fue brutal.
Harun golpeó al primer soldado con tanta fuerza que lo lanzó contra un árbol.
Aylin se movió entre dos enemigos.
Karim avanzó directamente hacia Zahir.
No veía bien.
Cada movimiento era doloroso.
Pero conocía su objetivo.
Zahir intentó escapar.
Karim lo alcanzó.
Ambos cayeron al suelo.
Zahir clavó la daga.
Karim la detuvo con la mano.
La hoja atravesó la palma.
Karim gritó.
Pero no soltó.
Zahir abrió los ojos.
—¡Suéltame!
—No.
Karim golpeó su rostro.
Zahir cayó.
Intentó levantarse.
Karim lo sujetó por la túnica.
—¿Por qué?
—¡Ya te lo dije!
—No.
Karim acercó el rostro.
—Quiero saber por qué nos elegiste a nosotros.
Zahir respiró con dificultad.
—Porque sabía que tú nunca aceptarías.
Karim se quedó quieto.
—¿Aceptar qué?
—El trato.
—¿Qué trato?
Zahir sonrió.
—Ellos no querían matarlos.
Karim lo soltó ligeramente.
—¿Qué?
—Querían capturarlos.
—¿Para qué?
—Para utilizarlos.
—¿A Aylin?
Zahir no respondió.
Karim lo golpeó.
—¡¿Para qué?!
—Para llegar a Isfahán.
Karim comprendió, Todo, las rutas, la fortaleza, la emboscada, los caballos, no querían capturarlos por ser guerreros, querían utilizarlos para encontrar la ruta de las caravanas, querían llegar hasta Farid, querían llegar hasta Isfahán, Zahir lo había entregado todo.
Karim se levantó.
Zahir permaneció en el suelo.
—Karim...
—Cállate.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Puedo decirles que ustedes murieron.
Karim miró a Zahir.
—¿Y después?
—Podemos escapar.
Karim negó.
—Tú ya escapaste.
—¿Qué?
—De nosotros.
Zahir comenzó a retroceder.
Karim desenvainó.
Aylin llegó corriendo.
—¡Karim!
Él no volteó.
—Déjalo.
—No.
—Aylin.
—No lo mates.
Karim la miró.
—Se acabó.
—Todavía podemos entregarlo.
—¿A quién?
Aylin guardó silencio.
Los hombres que los habían atacado estaban muertos o habían escapado, no había autoridad cerca.
Zahir seguía siendo peligroso.
Karim miró a su antiguo compañero.
—Nos vendiste.
—Karim...
—Vendiste nuestras vidas.
—Lo siento.
Karim apretó la mandíbula.
—Yo también.
Zahir entendió, intentó levantarse.
Karim avanzó.
Aylin cerró los ojos.
Se escuchó un solo golpe, después, silencio, cuando Aylin abrió los ojos, Zahir estaba inmóvil.
Karim permanecía de pie frente a él, no había rabia en su rostro.
Eso fue lo que más la asustó.
No había odio, no había furia, solo vacío.
Harun llegó segundos después.
Observó el cuerpo.
Después miró a Karim.
—¿Lo mataste?
Karim limpió lentamente la espada.
—Sí.
Harun bajó la cabeza.
Aylin observó a Karim.
—Lo hiciste a sangre fría.
Karim no respondió.
—Ni siquiera dudaste.
Karim tocó su rostro.
La sangre seguía brotando de la herida.
—Él tampoco dudó cuando decidió vendernos.
Aylin negó con la cabeza.
—No puedes convertirte en aquello que odias.
Karim tocó la cicatriz.
—Quizá ya lo hice.
***
Aquella noche acamparon lejos del camino, Karim permaneció sentado junto al fuego, Aylin limpió su herida.
La cortada comenzaba cerca de la ceja y descendía hacia el borde del ojo derecho.
—Va a dejar una cicatriz, estuviste cerca de perder el ojo
Karim permaneció en silencio.
—Probablemente siempre, la herida sana la cicatriz queda es una batalla de guerra y una experiencia de vida.
—No importa.
Aylin lo miró.
—Sí importa.
—Es solamente una herida.
—No.
Ella vendó su rostro.
—Será una marca.
Karim levantó la mirada.
—¿Una marca de qué?
Aylin tardó unos segundos.
—De lo que ocurrió hoy.
Karim no respondió.
Harun permanecía al otro lado del fuego.
—¿Qué hacemos ahora?
Karim observó las llamas.
—Seguimos.
—¿Sin Zahir?
—Sin Zahir.
Harun miró hacia la oscuridad.
—Éramos cuatro.
Aylin respondió:
—Ahora somos tres.
Karim cerró el ojo derecho.
La herida ardía.
Pero había algo más.
Por primera vez comprendió las palabras de su padre.
Un guerrero no era aquel que podía matar.
Cualquiera podía hacerlo.
Un guerrero debía decidir cuándo no hacerlo.
Y Karim había cruzado una frontera.
Había matado a alguien que alguna vez había llamado hermano.
Quizá había sido necesario, quizá no, pero ya no podía regresar.
Aylin lo observó durante largo tiempo, no sentía amor, nunca había existido eso entre ellos, sentía algo más complicado, respeto, miedo y una preocupación profunda.
Karim había salvado sus vidas.
Pero para hacerlo había perdido algo de sí mismo. Había nacido un hombre con sed de sangre y venganza.
Harun se levantó.
—Tenemos que movernos antes del amanecer.
Karim asintió.
—Sí.
—¿A dónde?
Karim miró hacia el este.
—Isfahán.
Aylin frunció el ceño.
—¿Por qué?
Karim respondió:
—Porque ahora sabemos que quieren llegar hasta allí.
Harun tomó su martillo.
—Entonces nosotros también.
Karim se puso de pie y guardó su espada, antes de montar, miró una última vez hacia el lugar donde había quedado Zahir, pero no dijo nada, no pidió perdón ni sintió arrepentimiento, no pronunció una oración, simplemente montó.
Aylin lo siguió, Harun cerró la marcha, los tres desaparecieron entre las sombras, detrás de ellos quedaron las cenizas de la fortaleza, el cuerpo de un traidor y una nueva marca en el rostro de Karim, una marca que permanecería durante el resto de su vida.
Desde aquel día, cada vez que alguien preguntara por aquella cicatriz sobre su ojo derecho, Karim solamente respondería:
—Me recordó que la guerra no siempre mata a tus enemigos.
A veces mata a tus amigos y algunas veces te convierte en uno de ellos.