Capítulo Tres — La marca del traidor
La mañana llegó cubierta de humo.
Desde la colina, las ruinas de la fortaleza todavía ardían.
El viento arrastraba cenizas sobre la tierra y las hacía girar alrededor de los cuatro jóvenes como pequeños fantasmas. Nadie hablaba. Después de aquella noche, incluso las palabras parecían demasiado pesadas.
Aylin permanecía de pie con la espada envainada, Harun estaba sentado sobre una piedra, revisando el enorme martillo que había utilizado durante el combate, Zahir observaba la fortaleza destruida, Karim, en cambio, permanecía unos pasos alejado, tenía la mirada fija en las llamas.
—Lo conseguimos —dijo Harun finalmente.
Nadie respondió.
—Dije que lo conseguimos —insistió.
—Sí —contestó Aylin.
—Entonces deberíamos estar celebrándolo.
Karim volteó lentamente.
—¿Celebrando qué?
Harun lo miró confundido.
—Que estamos vivos.
Karim bajó la mirada hacia la fortaleza.
—Los muertos también estuvieron vivos esta mañana.
Harun guardó silencio.
Aylin observó a Karim.
Había algo diferente en él.
Desde hacía semanas, Karim parecía estar alejándose de aquel joven que ella había conocido años atrás. El muchacho que alguna vez había limpiado la sangre de su espada con tristeza ahora hablaba de la muerte como si fuera una herramienta.
Y eso comenzaba a preocuparla.
—Tenemos que regresar —dijo Aylin.
—No.
La respuesta de Karim fue inmediata.
—¿Por qué?
—Porque alguien nos está esperando.
Zahir levantó la cabeza.
—¿Quién?
Karim lo observó.
—No lo sé.
Zahir sonrió ligeramente.
—Entonces no sabes si alguien nos espera.
—Precisamente por eso.
Aylin frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Karim señaló las ruinas.
—La fortaleza estaba demasiado bien defendida para ser solamente un puesto de desertores.
Harun se levantó.
—Había muchos hombres.
—Demasiados.
—Eso es bueno —dijo Harun—. Significa que hicimos un buen trabajo.
Karim negó con la cabeza.
—No.
Se acercó a las cenizas.
Tomó del suelo un pequeño trozo de tela, era roja, tenía bordado un símbolo.
Zahir lo reconoció.
—¿Qué es eso?
Karim lo miró.
—Lo sabes.
—No.
Karim acercó la tela.
—Es un símbolo utilizado por comerciantes de Anatolia.
Zahir mantuvo la expresión tranquila.
—Muchos comerciantes pasan por estas tierras.
—No dentro de una fortaleza militar.
Aylin tomó la tela.
—¿Crees que los otomanos estaban financiando a los desertores?
—Creo que alguien está pagando esta guerra desde las sombras.
Caminaron durante tres días, la fortaleza había quedado atrás, el grupo avanzaba hacia el este por caminos secundarios para evitar patrullas, Karim iba delante, Aylin detrás de él, Harun cerraba la marcha, Zahir caminaba entre ellos, por momentos hablaba, por momentos permanecía callado.
Aylin comenzó a notar algo extraño, Zahir conocía demasiado bien los caminos, sabía dónde encontrar agua, sabía qué pueblos estaban abandonados, sabía dónde habían colocado puestos de vigilancia, incluso conocía rutas que no aparecían en los mapas militares.
La primera noche, mientras descansaban cerca de un arroyo, Aylin decidió preguntarle.
—¿Cómo conoces todos estos caminos?
Zahir levantó la vista.
—Estudié.
—Eso no responde mi pregunta.
—Las rutas comerciales aparecen en los mapas.
—Estas no.
Zahir sonrió.
—Entonces tuve buenos maestros.
Aylin no respondió, Karim estaba sentado a pocos metros, limpiando su espada, La piedra de afilar de su padre pasaba lentamente por el acero.
Una vez, otra, otra, el sonido era constante.
Harun dormía, Zahir observaba las llamas.
Aylin se acercó a Karim.
—No confías en él.
Karim continuó afilando la espada.
—¿En quién?
—Zahir.
Karim tardó unos segundos en responder.
—No confío en nadie.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Confías en mí.
Karim la miró.
—Confío en que no me apuñalarás mientras duermo.
Aylin sonrió, golpeando su hombro derecho
—Qué honor
Karim volvió a mirar su espada.
—No bromees.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé.
—Entonces dilo.
Karim dejó la piedra.
—Hay algo que no encaja.
—¿Qué?
—Zahir.
Aylin miró hacia él.
—¿Qué tiene?
—Demasiadas respuestas.
—Es inteligente.
—Demasiado inteligente.
Aylin permaneció callada.
Karim continuó:
—En la fortaleza supo exactamente dónde estaban los explosivos.
—Porque investigó.
—Y supo cuándo incendiar las torres.
—También lo hizo antes.
—No.
Karim negó.
—La primera vez improvisó. Esta vez sabía exactamente qué hacer.
Aylin miró a Zahir.
El hombre permanecía sentado junto al fuego, parecía tranquilo, dirigió media sonrisa.
—¿Crees que nos traicionará?
Karim tomó nuevamente la piedra.
—Creo que todos traicionan a alguien alguna vez.
Al cuarto día llegaron a una pequeña aldea, no había soldados, no había comerciantes, no había niños jugando, era un lugar muerto, desierto sin un alma en vida, las casas permanecían intactas, pero las puertas estaban abiertas.
Harun levantó el martillo.
—No me gusta.
—A nadie le gusta —dijo Zahir.
Karim desmontó.
—No entren.
Los tres lo miraron.
—¿Por qué? —preguntó Harun.
Karim señaló el suelo.
Había huellas.
Muchas.
—Alguien estuvo aquí recientemente.
Aylin bajó del caballo.
—¿Soldados?
Karim se agachó.
Tocó la tierra.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Más de veinte.
Zahir observó las casas.
—Podrían haber sido mercenarios.
Karim lo miró.
—Podrían.
Zahir no respondió.
—Vamos a rodear la aldea —ordenó Karim.
Harun asintió.
Pero antes de que pudieran moverse, una flecha atravesó el aire.
Se clavó en el suelo.
Luego otra.
Y otra.
—¡Emboscada!
Los árboles comenzaron a llenarse de hombres.
Karim desenvainó.
—¡Aylin, conmigo! Coloco su espalda con la Karim
Ella tomó su espada.
Harun levantó el martillo.
Zahir retrocedió, tratando de buscar una salida.
Karim lo vio.
—¡Zahir!
—¡Estoy buscando una salida!
—¡Quédate con nosotros!
Zahir asintió.
Pero sus ojos ya habían encontrado otra cosa, una bandera, una bandera otomana, la observó durante apenas un segundo, después sonrió.
***
La batalla fue corta, los enemigos no intentaban matarlos, Intentaban rodearlos, capturarlos de ser necesario.
Karim se dio cuenta demasiado tarde.
—¡Nos quieren vivos!
Aylin golpeó a uno de los hombres y lo derribó.
—¿Por qué?
—¡No lo sé!
Harun embistió contra dos enemigos.
—¡Pues yo no pienso preguntarles!
Los cuatro retrocedieron hacia una casa abandonada.
Karim cerró la puerta.
—Tenemos que salir por detrás.
Aylin observó la ventana.
—Hay demasiados.
—Entonces tendremos que abrirnos camino.
Zahir respiraba con dificultad.
—Hay un túnel.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—Debajo de esta casa.
Karim se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
Zahir señaló el suelo.
—Las casas antiguas tienen depósitos subterráneos.
Karim lo observó durante varios segundos.
—Enséñanos.
Zahir abrió una trampilla.
Debajo apareció un pequeño túnel.
—Por aquí, corran.
Entraron.
El túnel era estrecho, Harun tuvo que caminar inclinado, Aylin iba detrás de Karim, Zahir cerraba la marcha, caminaron varios minutos, finalmente llegaron a una salida, Zahir abrió la puerta.
Karim salió primero.
El lugar estaba vacío.
—Tenemos que continuar —dijo Zahir.
Karim no respondió.
Estaba mirando alrededor.
—¿Qué pasa? —preguntó Aylin.
Karim señaló.
Había caballos, cuatro, para ser exactos, preparados y ensillados, esperándolos, en la entrada de los tuneles
Harun levantó una ceja.
—Eso sí que es suerte.
Karim negó con la cabeza.
—No es suerte.
Miró a Zahir.
—Nos estaban esperando.
Zahir no contestó.
Karim desenvainó lentamente.
—¿Verdad?
Aylin sintió que el aire cambiaba.
Harun apretó el martillo.
—Zahir...
El pequeño estratega levantó las manos.
—Esperen.
—¿Qué hiciste? —preguntó Aylin.
—Nada.
Karim dio un paso.
—Mientes.
—Karim...
—Mientes.
Zahir retrocedió.
—Escúchame.
—Te estoy escuchando.
—No entiendes lo que está pasando.
—Entonces explícame.
Zahir miró a Aylin, también a Harun, finalmente volvió a mirar a Karim.
—No podemos ganar esta guerra.
Silencio.
—¿Qué?
—No podemos ganar.
Karim apretó la mandíbula.
—Continúa.
—Los otomanos tienen hombres, dinero, armas y alianzas. Nosotros tenemos hambre, soldados cansados y un ejército que pelea por sobrevivir.
—Eso no responde mi pregunta.
Zahir respiró profundamente.
—Me ofrecieron una salida.
Aylin dio un paso atrás.
—¿Qué hiciste?
—Nada al principio.
—¿Al principio?
Zahir bajó la mirada.
—Les di información.
Harun levantó el martillo.
—Hijo de perra maldito traidor
—¡Espera! —gritó Zahir—. No quería que murieran.
Karim permaneció inmóvil.
—¿Qué información?
Zahir no respondió.
—¿Qué información les diste? Abre la boca maldito bastardo.
—Las rutas.
Aylin sintió un escalofrío.
—¿Nuestras rutas?
Zahir asintió.
—Los movimientos de la unidad.
Karim dio otro paso.
—¿La fortaleza?
Zahir guardó silencio.
—¿La fortaleza también?
—Sí.
Harun grito
--Mierda como puedes ser tan cobarde
—Nos vendiste.
—Intentaba mantenernos vivos.
Karim soltó una risa seca.
—¿Vivos?
—Sí.
—¿Cuántos soldados murieron en esa fortaleza?
Zahir no respondió.
—¡Te pregunté cuántos!
—No lo sé.
Karim levantó la espada.
—Ciento veinte.
Zahir lo miró.
—¿Qué?
—Ciento veinte soldados.
Karim dio otro paso.
—Y tú sabías que estaban allí.
—No sabía que enviarían tantos.
—Pero lo sabías.
—Sí.
Aylin se interpuso.
—Karim.
Él la miró.
—Quítate, no lo repetiré por segunda vez
—No.
—Aylin.
—No lo hagas.
Karim volvió a mirar a Zahir.
—¿Por qué?
Zahir tragó saliva.
—Porque tengo miedo, yo soy un estratega yo no estoy hecho para la guerra, no tengo la habilidad y la fuerza de ustedes
Aquellas palabras detuvieron el momento.
Harun bajó lentamente el martillo.
Zahir continuó:
—Tengo miedo de morir. Tengo miedo de que esta guerra termine y no quede nada. Tengo miedo de que Persia pierda. Tengo miedo de que ganemos y tampoco quede nada.
Karim no dijo nada.
—Me ofrecieron dinero —continuó Zahir—. Una casa. Protección. Un lugar lejos de esta guerra.
—Y por eso vendiste a tus compañeros.
—Sí.
La respuesta fue sencilla.
Demasiado sencilla, Karim bajó la espada, Aylin pensó que quizá había terminado, entonces Zahir hizo algo inesperado, metió la mano debajo de su túnica.
Karim reaccionó inmediatamente.
Se lanzó contra él.
Pero Zahir sacó una pequeña daga.
La hoja alcanzó a Karim.